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El Rey Sol: El ascenso de Luis XIV al trono de Francia (Maria Lara Martínez)


Portada de la revista
NATIONAL GEOGRAPHIC Nº 81

Cuando, el 10 de marzo de 1661, Luis XIV reunió a sus ministros y les anunció que en lo sucesivo gobernaría por sí mismo, en un primer momento la reacción fue de incredulidad. A los 23 años, Luis llevaba diez actuando como soberano, pero siempre a la sombra de su madre, Ana de Austria, y del favorito de ésta, el cardenal Mazarino. Hasta entonces no había destacado más que por su gusto por el boato y sus devaneos amorosos, y no había mostrado un excesivo interés por los asuntos políticos. Al fallecer Mazarino, todos creían que Luis delegaría la carga del gobierno en otro ministro de confianza. Pero pronto hubieron de desengañarse. El anuncio de 1661 no fue simplemente el buen propósito de un día, sino que inauguró un largo reinado en el que el rey ejerció una autoridad personal indiscutida y llegó a ser admirado y temido a partes iguales en Francia y en toda Europa.

La sorpresa de los cortesanos ante esta determinación de Luis XIV derivaba en buena medida del hecho de que el soberano había recibido una educación un tanto deficiente. El duque de Saint -Simon se hizo eco de ello en sus Memorias: «La inteligencia del Rey era mediana, pero era muy capaz de formarse... Todo el mal le vino de fuera. Su primera educación se abandonó por completo y nadie se atrevía a aproximarse a sus aposentos. Frecuentemente se le ha oído hablar de estos tiempos con amargura, hasta el punto de que contaba que una tarde lo encontraron caído en el estanque del jardín del Palais Royal, de París, donde entonces estaba la corte».


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María Lara Martínez

En su infancia, Luis hacía ejercicios físicos al aire libre, con un componente guerrero que era habitual en la educación de los príncipes. Marie Du Bois, ayuda de cámara del monarca, lo recordaba así: «El rey se divertía frecuentemente en su pequeño fuerte, atacándolo y defendiéndolo u obligando a hacer instrucción a su compañía de mosqueteros, que se componía de todos los jóvenes príncipes y señores de la corte». Tampoco faltaban los paseos, la esgrima, la equitación y las cacerías.

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