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al-Kunka: cerco, agonía y destierro


Agrimiro Saiz Ordoño es un conquense nacido en la villa de Montalbanejo, el 29 de febrero de 1960. Trabajó en el desaparecido Diario de Cuenca, tras su cierre, aprobó en 1982 unas oposiciones de funcionario del estado. Esporádicamente ha colaborado con los periódicos Gaceta Conquense, El Día de Cuenca y La Tribuna. Su afición a la literatura y la historia le ha llevado a estudiar y escribir la biografía de la princesa Zaida.
Es autor del capítulo "Zaida, madre del infante Sancho ¿esposa o concubina?" del libro La Batalla de Uclés (1108) contra los almorávides, editado en 2008 con motivo del 9º Centenario de la Batalla de Uclés. Se ha presentado a diversos certámenes literarios cuyos relatos ganadores componen este libro.


AL-QANNIT, RABI I DE 572 DE LA HEGIRA
(23 DE ENERO DE 1177 CRISTIANO)
Accésit
Certamen Internacional de Relato Histórico Breve
“Alvaro de Luna” 2007


Estaba en lo alto de la alcazaba, resguardado de la brisa helada tras una almena, oteando el horizonte. A menudo subía hasta allí y dejaba pasar el tiempo contemplando los montes y la vega que el Laguna había formado entre ellos, inmerso en pensamientos y recuerdos que no podía sacar de su cabeza. La vista del bello y vasto panorama montañés tapizado de inmensos pinares, alternados con rebollos, quejigos, acebos, tejos, nogales, sabinas... su fértil vega salpicada de huertas generosas en frutos, endulzaba su corazón como bálsamo milagroso. Pensó que marchando del lugar de la infidelidad esta no le atormentaría. Así decidió dejar su cargo de arif (capitán de ochenta hombres) al servicio de Abu Beka y abandonar al-Kunka (Cuenca) para instalarse en la plaza más avanzada y peligrosa de la taifa, el castillo de al-Qannit (Cañete), donde las constantes escaramuzas guerreras con sus vecinos le hicieran olvidar su mal.

Había nacido, crecido y educado en al-Kunka. Desde muy joven sintió fascinación por el mundo guerrero y a la primera oportunidad se enroló como sabi (joven aprendiz, asistente) en la guarnición. Rápidamente aprendió a usar el alfanje y el arco, pasando a formar parte de la hueste como radjul (soldado de a pié). Su primera gran experiencia en el campo de batalla fue junto a su señor el gran Mardanix, por todos conocido como Rey Lobo, durante la campaña del año 546 de la Hégira (1152 cristiano), en la conquista de Guadix. Esta experiencia le sirvió primero, para curtirse en el campo de batalla, segundo, para ganarse unos muy buenos dinares en la ganima (botín). Con ellos se procuró un buen alazán y un completo equipo de combate: jubón acolchado, cota de malla, peto de cuero, sobreveste, jabalina, aljaba y arco corto de hueso; su alfanje era un perfecto tajador y no era necesario renovarlo. El salto definitivo lo dio tres años mas tarde en la toma de Andujar, fue tan destacado su arrojo en la lucha, que este le valió para ascender hasta llegar a arif y contar con un sueldo anual de doscientos dinares.

La vida le trataba bien, hacía lo que le gustaba con su reconocido cargo de responsabilidad, disfrutaba de un salario holgado y además se había enamorado perdidamente de una extrovertida núbil perteneciente a una antigua familia. Se habían casado, y cada día de los tres años que llevaban viviendo juntos, daba gracias a Alá por la felicidad con que le había bendecido. Pero no se imaginaba lo que el destino le tenía preparado.

Regresó anticipadamente de una patrulla serrana debido a que las abundantes lluvias caídas habían aumentado los caudales de los ríos haciéndolos infranqueables. Amarró las riendas de su caballo en la aldaba de la fachada, entró apresuradamente en su casa deseando ver a la mujer de su vida, cruzó el patio, entró en la cocina y allí estaba ella, una imagen que se le quedó grabada a fuego, abrazada a un hombre que la mantenía agarrada por el trasero suspendiéndola contra la pared con las túnicas subidas, ella se aferraba con ambas piernas en torno a la cadera del hombre que la besaba con pasión, el desenfreno les impidió percatarse de la presencia del marido, cuando quisieron darse cuenta Abdelaziz empuñaba el alfanje y lo hundía una y otra vez en el cuerpo de aquel desgraciado, ella gritaba mientras el mancillado se desahogaba golpeando sin cesar el cuerpo ensangrentado del amante.

Ama un solo día y el mundo habrá cambiado” el viejo proverbio decía la verdad, pero no especificaba como, de hecho el mundo podía derrumbarse. Confiaba absolutamente en su mujer, se dejaría arrancar los ojos por ella, su vida daría si fuera necesario. Aquél engaño suponía que nada de aquellos altos valores depositados en ella, como el amor, la confianza, el respeto, la sinceridad, tenían relevancia alguna. Se sintió humillado, deshonrado, ultrajado; sobre todo despreciado ¿tan poco le importaba a su mujer que no dudó en dejarse llevar por un encuentro amoroso?

La ley y el derecho le acompañaban, no solo el intruso, si no también la consentida, merecían la muerte. El Corán especificaba que la adúltera debía morir lapidada, excepto si el marido perdonaba ¿Cómo borrar de un plumazo tanto amor entregado? Perdonar es el valor de los valientes. Su corazón no deseaba su muerte y así la mujer pudo salvar la vida, pero no evitó la vergüenza. Su familia se la llevó devolviendo la dote de boda mas una bolsa de dinares, tratando de mitigar la deshonra. Pero el daño estaba hecho. Le habían despojado de su inocencia y su corazón se endureció como el mármol para poder sobrellevar el dolor. Pensó que alejándose del lugar y el pasar del tiempo le ayudarían a olvidar. Al menos lo intentaría, y así recaló en al-Qannit.

Esta plaza fronteriza era punta de lanza de la taifa. Las constantes incursiones guerreras eran el termómetro con el que medir la capacidad de respuesta de los enemigos, pero esto también significaba estar en permanente alerta pues los contra-ataques se sufrían de igual manera.

La fortaleza era sólida como la roca en la que estaba enclavada. Se accedía por la albacara destinada a proteger a la población y ganados ante el ataque enemigo. Mas allá, había un arco de herradura con una sólida puerta que daba paso al patio de armas, en la que estaban ubicadas las cuadras, la armería y la herrería. Los imprescindibles recursos de agua y grano estaban perfectamente almacenados en depósitos horadados en la roca. Para acceder a la alcazaba había que traspasar una puerta arropada por una torre defensiva, franquear una angosta pasarela tallada en la roca madre y traspasar una segunda puerta guarecida por dos torres. ¡Con razón nunca antes había sido asaltado el castillo! Abajo tenían sus casas las gentes que mantenían el destacamento, gozaban de favores por vivir en estas tierras fronterizas, a salvo tras los muros de dos metros de grosor y ocho de altura, una muralla que baja del castillo en un práctico escalonamiento quebrado, dispuesta con torreones cilíndricos donde se obliga a cambiar de trazado.


- ¡Abdelaziz, Abdelaziz!- Una voz aguda llamaba desde el patio. El guerrero movía el brazo mostrando un papel en su mano.

La paloma había traído un mensaje de al-Kunka. Abdelaziz lo leyó apretando los labios en un gesto de desaprobación, arrugó la nota en su puño y la arrojó lejos de sí. Abu Beka reclamaba su presencia inmediatamente. Por lo visto estaba en un grave aprieto y necesitaba inexcusablemente sus servicios. Tendría que regresar a su antiguo destino.

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