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Sebastián de Ercávica o el camino de España

Novela histórica
sobre el origen de España

Sobre el libro de Alfonso Calle, Sebastián de Ercávica o el camino de España,

Madrid 2008
Por José Manuel Rodríguez Pardo


HIC YACET DEFUNCTO
SEBASTIANUS
EPISCOPUS ERCAVICENSIS
ANN DCCCL...X...


Esta fue la placa hallada por unos paisanos de Carrascosa de la Sierra, entre los que se encuentra el protagonista que narra esta historia, «Algún día me tendría que enterar de quién era aquel hombre, aquel Sebastianus, posiblemente Obispo, que guardaba sus huesos en una tumba abandonada junto a la calzada romana que llega desde Ercávica y que llaman “El Empedrao” de la Herrería de Santa Cristina, la antigua Huerta Vellida, que significa "Huerta Roja", en Carrascosa de la Sierra, mi pueblo. Hoy, pasados que han treinta y nueve años, por fin lo sé, he aprendido muchas cosas y hora es que os las cuente» (pág. 15).

Y ese alguien es el propio autor, Alfonso Calle García (1948), natural precisamente de Carrascosa de la Sierra, arquitecto de profesión pero que por devoción ha profundizado en disciplinas como la arqueología, la paleontología, la historia, la antropología y la literatura. Uno de sus resultados en la última de estas disciplinas nombradas es este libro, una auténtica novela histórica sobre el origen de España, ambientada en muchos lugares históricos que constituyen el sustrato de España: lugares que toman formas celtíberas, romanas, godas y finalmente españolas durante los siglos y que conforman el entorno en el que se desarrolla la novela.

El primer lugar que nos describe Alfonso Calle es la antigua ciudad romana de Ercávica, que en tiempos del Imperio alcanzó la categoría de municipio. Situada en Cañaveruelas, en la provincia de Cuenca, justo en el límite de la provincia de Guadalajara. La ciudad es nombrada por vez primera en el 179 antes de Cristo, en el contexto de la campaña de Tibero Sempronio Graco. Tito Livio en su Historia de Roma la describe como potens et nobilis civitas, caracterizándola como la ciudad que abrió generosamente las puertas a los romanos tras cinco días de asedio, aunque posteriormente los celtíberos que la habitaban volvieran a mostrarse hostiles a los romanos.

La posterior ciudad romana se situará sobre un promontorio a un margen del río Guadiela y sobre el pantano de Buendía, a escasos kilómetros de la ciudad celtibéríca pero en el margen contrario del río. La ciudad adquirirá durante la romanización su trazado regular y su delimitación por una muralla. Los edificios públicos y privados la caracterizaban. Con el mandato de Augusto, a finales del siglo I antes de Cristo y los primeros del I después de Cristo, se culminaría la edificación de la ciudad. Posteriormente adquiriría el estatus de municipio en la Hispania Citerior Tarraconensis. Así, en esa plenitud de los siglos I y II después de Cristo, con el siglo III sufre un lento declive que provocaría su abandono entre los siglos IV y V. Posteriormente será conocida como Arcávica y será mencionada, en tiempos góticos, en los concilios de Toledo como sede episcopal, que posteriormente trasladarán a Cuenca.

Tras este período de tiempo, Alfonso Calle inicia su historia con el Monasterio Servitano de Ercávica, fundado en el siglo VI de nuestra era, donde los monjes recién llegados emprenderán una importante tarea de traducción del latín y el griego de las principales obras conocidas de entonces, tales como la Biblia, la Patrología latina o las obras de autores tan destacados como Orígenes, Clemente de Alejandría y todo el saber grecolatino durante esos años oscuros (págs. 22 y ss.), convirtiéndose incluso en uno de los centros culturales mozárabes más destacados de los primeros años de invasión musulmana:

«La educación de los futuros monjes era fundamental en el Monasterio Servitano. De allí salieron en su día sabios y santos, aunque más de los primeros que de los segundos. Entre sus muros se formó Eutropio, su segundo abad, más tarde obispo de Valencia. Hombre de oratoria fácil y conocimiento extenso que, junto con el Metropolitano de Sevilla, San Leandro, el hermano de San Isidoro, fuera el organizador del III Concilio de Toledo. Aquel concilio al que asistió también Petrus como obispo de Ercávica, se celebró con motivo de la conversión de Recaredo al cristianismo, y devino en el más importante de todos los celebrados en la Hispania gótica. En él se erradicó definitivamente el arrianismo de los suevos que instauraran en aquella Galicia dominada por ellos» (págs. 16-17).

Con la invasión musulmana, ya rebautizada Ercávica como Santaver, los mozárabes percibían a los nuevos dueños de sus dominios como autoridades extrañas, una vez que las antiguas autoridades «tuvieron que ceder el paso a las correspondientes de la nueva cultura beréber, el Dalí, encargado del orden civil, sober todo en lo concerniente a recaudación de impuestos, el Kaid o jefe militar encargado de la defensa y de la organización de la “jihad” o fuerzas populares para la guerra santa contra los herejes hispanos, y el Imán o jefe religioso cuyos imperativos eran mucho más respetados que los del obispo». Así, ante la implantación de instituciones nuevas que era incompatibles con las anteriores, «las reuniones de obispos se tenían que realizar casi a escondidas en tierras de mozárabes, casi como lo hicieran en Roma los primeros cristianos» (pág. 27).

Situada la acción en el año 860, en la Alta Edad Media española, donde los reinos cristianos luchan por expulsar a los invasores islámicos de la Península Ibérica, varios personajes destacan en el Monasterio Servitano. El principal de ellos es el sujeto que aparece mencionado en la lápida que da inicio a la novela, Sebastián, obispo de Ercávica. También es reseñable el hermano Gregorio de Maús, de origen noble, ofrecido a la regla monástica cuando apenas tenía doce años. Descontento con la disciplina del Monasterio Servitano al haber alcanzado la edad adulta, abrazó, al igual que otros monjes, la condición de eremita durante algunos años, lo que le valió el sobrenombre de «El Rebelde». La reliquia más importante para entender el papel de este personaje aparece en la pestaña del libro, con el Castillo de Maús del Villar del Infantado, en Cuenca, que en realidad había sido un castro celtibérico reconvertido en fortaleza:

«Llamaban Castillo de Maús a todo el cerro que, a la espalda del caserío, lo resguardaba de los vientos del Septentrión. Estaba coronado por una plataforma plana de un tiro de arco de larga por medio de ancha, sobre la que aún quedaban claros restos de paredes de piedra y adobe correspondientes a más de treinta antiguas casas, más antiguas incluso que el camino que llegaba hasta ellas. Su acceso por el Norte se hacía mediante un puente de madera vieja que cruzaba un foso tan antiguo como el propio cerro. Estaba claro que se trataba de un castro celtibérico que en lugar de muralla guardando la entrada disponía del foso citado, y que quitando el puente de madera se convertía en inaccesible. Todo el resto era un cortado de piedra arenisca. Debajo de él se observaban espacios aterrazados y cada terraza era contenida por destartalados muros de piedras, grandes e irregulares, recubiertas ya por un musgo de siglos pero bien colocadas. En el interior de la plataforma plana, repleta de hierba verde y crecida, existía un estrecho paso que comunicaba con las cuevas de la terraza inferior y que fue abierta de manera artificial, en su mayor parte y seguramente, por los primeros pobladores del “castillo” mucho antes del nacimiento de Nuestro Señor, aprovechando la facilidad para el trabajo que aquella blanca roca entre caliza y arenisca ofrecía. La cueva estaba en general bien ventilada aunque en sus partes más recónditas y oscuras, pequeñas raíces se alimentaban del agua y la humedad que escurría la piedra» (pág. 90).

Así desde «Aquella atalaya era uno de los mejores miradores de la kura de Santabariya. Como un púlpito elevado en medio de la Hoya de Ercávica, desde él se divisaba perfectamente la ciudad romana entera y sus accesos, y el Guadiela que corría a sus pies, y la cercana Santaver y las huertas del Servitano» (págs. 90-91).

Los pobladores del Monasterio Servitano y de la vecina Santaver forman parte de una España mozárabe que vive en asintonía con unos omeyas que temen a la base popular cristiana. «Temen más a los muertos que a los vivos porque son hijos de la superstición y la mentira. Temen a nuestros santos porque saben que con su muerte, son los únicos capaces de incendiar el espíritu del pueblo» (pág. 51), afirma el monje Dulcidio ante unos religiosos francos, Odilardo y Usuardo, recién llegados al Servitano. Así, el acervo cultural tan encarecido por muchos sedicentes historiadores de Al Ándalus, no sería en realidad musulmán, sino la de los cristianos que habrían sido sometidos en aquellos lugares y que poco a poco fueron acudiendo a los reinos cristianos del norte.

En torno al monasterio se irá fraguando la idea de la recuperación de Hispania, tomando como base un proyecto cristiano que necesariamente desbordará la patria goda perdida en el año 711, aunque reconozca sus límites territoriales: «Hispania debe ser mucho más que un territorio y los hombres que lo habitan. El territorio es solamente la patria, la tierra del padre, el lugar de nacimiento. Pero... ¿qué importa donde naces si adoleces de conocimiento y pensamiento?... Al territorio hay que ponerle fronteras para que el laico defienda sus propiedades materiales, sus riquezas, pero nuestra única riqueza, lo único que tenemos que defender es nuestra fe. Nuestra única frontera debe de ser, en Hispania y ahora, la fe, porque el resto de las riquezas están a merced de lo que la lucha contra el Islam decida» (pág. 54).

Y así, tras haberse conjurado los monjes del Monasterio Servitano en divulgar la idea de la reconstrucción de Hispania, el monje Dulcidio, el mismo al que se le atribuye la Crónica profética donde se sentencia el final del Islam en el año 883, y se le da forma escrita al proyecto neogótico de Reconquista de Hispania. Acude en embajada junto a los francos Odilardo y Usuardo en dirección a Oviedo, la capital del imperio cristiano que combate al Islam. Una ciudad edificada siguiendo el modelo de la imperial Toledo: «La ciudad nueva y regia le impresionó vivamente. Aún no podía compararse con su Toledo, la vieja capital visigoda, pero los grandes edificios florecían por doquier, a lo que había que añadir el aliciente de su proximidad al mar» (pág. 63). Allí Dulcidio se ganará la confianza del rey Ordoño I para las posteriores embajadas a Córdoba con el objeto de recuperar los cuerpos de San Eulogio y Santa Lucrecia, para trasladarlos a Oviedo.

Mientras, el Monasterio Servitano está amenazado. La victoria de Ordoño I en la batalla de Albelda en el 859 ha soliviantado a los Omeyas, que buscan contraatacar (págs. 84-86). Estando en Toledo los árabes y conocedores de sus planes de saqueo, los monjes del Servitano emprenden su huida hacia Oviedo, en un camino que caracterizará a la naciente España: la repoblación de territorios reconquistados a los musulmanes con nuevos pobladores, sobre todo mozárabes:

«Cerca de trescientas personas, familias completas, enteradas de la partida se habían apuntado a la marcha. Muchos de los componentes eran conocedores de las repoblaciones llevadas a cabo por el rey Ordoño, en León, en Amaya, en Astorga y Tuy. Eran, así mismo, conocedores de que las intenciones del Rey pasaban por seguir repoblando con mozárabes las nuevas tierras conquistadas, y sintiéndose ajenos a la cultura en que les obligaban a desenvolverse, se apuntaron a aquel viaje en busca de un mundo cristiano y de unas costumbres que, aunque viejas y difíciles de practicar entre los herejes, habían logrado mantener. También tenían noticias de que en los lugares a repoblar, la propiedad se adquiría por el sistema de “presura”, consistente en esencia en que el Príncipe, propietario único de cualquier territorio conquistado, les permitía adueñarse de un modio de tierra, aquella que fueran capaces de ocupar y trabajar durante un año, y aquello era una promesa de propiedad de la que casi todos carecían en tierra dominada» (págs. 87-88).

Ercávica será saqueada por la combinación de Omeyas y Banu Qasi, cristianos renegados y emparentados con los Arista de Navarra, que aunque en el pasado sestearon en sus relaciones (ayudaron a Alfonso II en Roncesvalles frente a Carlomagno), junto a los árabes «tienen un mismo Dios» (pág. 95). Todos ellos iban camino de Álava Hasta se habla del moro Muza, el tercer Rey de Hispania, muerto a orillas del Henares por su propio yerno (pág. 96). Se va anunciando también durante el camino de los mozárabes comandado por el Obispo Sebastián, que pronto el joven Alfonso, de apenas 18 años, será Alfonso III.

Durante la huida, el eremita Alonso, conocido como «El Loco», proporcionará las últimas e inquietantes noticias sobre el reino ovetense. Ha fallecido el Rey Ordoño I, y el conde Fruela, un vetusto anciano de más setenta años, ha usurpado el trono y ha hecho huir a Alfonso hacia los territorios de las Bardulias, en el castillo de Amaya (pág. 117). Durante el camino, y como precaución, Sebastián de Ercávica deposita una copia del Cronicón y el Códice incompleto de fray Eulogio de Vétera, fallecido en Peña Hinca, en un molino de la Huerta Vellida, con la indicación de ser entregados ambos documentos a Alfonso III (pág. 120).

Tras numerosos avatares en forma de emboscadas y encuentros con otros mozárabes, la caravana del éxodo guiada por el Obispo Sebastián llega al Castillo de Amaya, en la Bardulia, donde encontrarán a Alfonso III acompañado del monje Dulcidio. Todos ellos debatirán sobre el proyecto de recuperación de Hispania y las guías que han de seguir los reinos cristianos en su lucha contra los caldeos (págs. 214 y ss.). También se pondrá en duda el modelo gótico, curiosamente por parte del autor de la Crónica profética, Dulcidio:

«Ya no se trata sólo de espada contra alfanje, se trata, para sobrevivir, de extender la comunión, ideal contra ideal, cristiano contra musulmán, Cristo contra Alá, nuestra cultura contra la suya, pero tenemos que tener todos la misma. La espada en una mano y la cruz en la otra. Sólo así la vieja Iberia volverá a ser Hispania, si no, sucumbiremos. Si sólo buscamos la tierra y sus riquezas, como hicieron los últimos reyes visigodos, sólo tendréis mercenarios a vuestro lado, como ha dicho el Obispo, e Hispania acabará siendo Alándalus. Si metemos a Cristo en el corazón de nuestros hombres, tendréis soldados luchando por vuestro reino en el que, Vos sabéis, reinaréis gracias a Él» (pág. 219).

E incluso se habla del modelo imperial romano como auténticamente cristiano, pues según afirma el obispo Sebastián: «Si la Corona cree en esas ideas, suyas son, y no se puede reinar a espaldas del Señor. Sólo fue Grande el emperador Constantino después de que abrazara la cruz en Puente Milvio [...] En Roma nació el modelo y ellos lo heredaron de los griegos. Cuando llegaron los romanos, con sus ejércitos vinieron también sus ideas, su cultura, sus leyes, su lengua, sus costumbres y finalmente su religión. Podríamos decir que nos trajeron con ellos el espíritu de la propia Roma, hasta tal punto que terminamos siendo romanos todos, porque todo lo que nos regía era común, lo único distinto era la tierra que ocupábamos, unos las Galias, otros Britania, otros Iberia o Hispania, pero nos dejaron un común acervo, una herencia cual la que deja el padre a sus hijos, una patria común» (pág. 220). Acto seguido, Sebastián muestra al Rey Alfonso el Cronicón que ha redactado, donde se enlaza con la dinastía gótica a los reyes ovetenses (pág. 222).

Para acabar con la usurpación de Fruela, se acuerda que tres de los monjes, Gregorio de Maús, junto a Cesareo de Alcantud y Constantino, acudan a Oviedo simulando formar parte de una embajada árabe con el objeto de firmar la paz. Cesareo de Alcantud apuñala a Fruela, aunque no tarda en ser muerto de idéntica forma, y Gregorio de Maús y Constantino, sin embargo pueden huir entre la confusión (págs. 233 y ss.).

Desaparecido Fruela, Alfonso III el Magno es coronado Rey y nombrará a Sebastián de Ercávica primer Obispo de Orense. Así, los monjes servitanos se trasladan a esa ciudad, donde refundarán su cenobio. Y Sebastián, con su nuevo cargo adjudicado, no se olvida sin embargo de encargar a Gregorio de Maús la entrega del Cronicón a Alfonso III. «Es la última y mejor obra de mi vida, Gregorio. La dejo en tus manos para que se la des a Alfonso. Yo no iré a verlo porque no quiero que vea mis debilidades, porque ya no tengo nada más que ofrecerle. Ya no puedo» (pág. 258). Algo verosímil con la posibilidad de que haya otras crónicas de la época sin descubrir.

Trasladado a Orense, el obispo Sebastián fallece en las calendas de Diciembre del 883, convertido así en mártir de la nueva Hispania. Todo ello en el contexto de la coronación de Alfonso III el Magno y la embajada del monje Dulcidio a Córdoba para firmar la paz en el 883 y llevar a Oviedo los cuerpos de San Eulogio y Santa Lucrecia. Por su parte, Gregorio de Maús habría entregado el Cronicón al Rey tras la partida de Sebastián y Constantino, falleciendo el 19 de Noviembre de 912. No sería hasta el año 1227 cuando se recuperarían las noticias de Ercávica, llegando a oídos de los monjes del Servitano que en el 866 habían huido hacia Galicia (págs. 259-267).

Para entonces el proyecto neogótico de recuperación de Hispania que anuncian Dulcidio y Sebastián de Ercávica ya ha aparecido con claridad en el horizonte de la monarquía hispánica, ahora bajo la forma del título explícito Imperator totius Hispaniae (Emperador de toda España) que ostentarán los reyes castellanos y clarificará el ortograma recubridor del Islam que constituye el origen de España como imperio. Se impone por lo tanto, valorar la obra de Alfonso Calle como una novela histórica de gran importancia para presentar materiales tan diversos como los que ofrece la Hispania visigótica, la pérdida y recuperación de España y el nuevo proyecto imperial recubridor del Islam que desde Oviedo ya se vislumbra y formará la España que hoy conocemos.

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