lunes

La Hoz

A Mayda Antelo, poetisa de Albalate de las Nogueras
"EN MIS HOCES dejadme en duermevela,

entre piedra y música del viento".
Arturo Culebras, mayo 2005



No me importa la soledad. Vivo con ella, y de ella. Mi vida corre entre peñascos y montes pelados. Mis compañeros de viaje no me permiten mucha conversación. Mis ojos ven lo que otros miran. Mis oídos escuchan lo que otros oyen, y mi olfato distingue los aromas en lo que para otros son simplemente olores.
Soledad.¿Cuántas personas no están más solas que yo? Tengo mis compañeros de viaje. Con sólo mirarles les conozco. No tienen nombre porque yo no quiero ponérselo. Mi soledad la elegí yo. ¿Qué es mejor, vivir esta soledad escogida o una soledad impuesta entre la multitud? Que triste debe ser estar sólo rodeado de gentes. Que maravilloso es vivir solo, rodeado de vida. Conozco cada piedra, cada árbol, cada rincón de esta tierra. Veo día a día como la vida emerge y se recrea en su esplendor. Cuando quiero, camino despacio. Cuando quiero, descanso. Cuando quiero, avivo la vista en busca de una imagen borrosa y recuerdo su pasado. Y cuando quiero estar solo, no puedo, todo me acompaña.
Ruidos. Aquí no existen los ruidos, aquí sólo hay sonidos. El canto de la perdiz. El de los grillos y el chirriar de las cigarras. El ladrido de los perros y el balido de los corderos. ¿Qué mejor sinfonía podré escuchar que la interpretada por los jilgueros juguetones revoloteando entre los almendros confesándose sus amores?. Escuchar el sonido del agua despeñándose por su cauce estrecho, y el sisear de las hojas de los álamos abrazando sus remansos, ¿también es ruido?. ¡Qué maravilloso es este ruido!
Huele a romero, ajedrea y tomillo. Su mezcla resulta un perfume embriagador. Las pequeñas florecillas blancas exhalan su poderío sin la pretensión de dejarse notar, sólo intentan ser el compañero de viaje de sus visitantes. Acariciarlas e impregnarse de sus esencias causa una grata sensación al sentido del olfato. A su paso, y con un pequeño roce, despiertan de su sopor y despiden su fragancia avisando de su presencia e inundando su entorno del aroma que guardan en su interior.
¿A qué huele el humo? El humo huele a retama, a romero o a tomillo, o a pino o a olivo, desprendido voluptuosamente de la hoguera donde aso mi tocino, o caliento mi entumecido cuerpo. El fuego extrae sus esencias y las esparce con el humo, que no es humo, es perfume purificador del viento.
Cuando la áspera tierra se ve saludada por pequeñas gotas de agua, el olor a tierra mojada mezclada con los olores campestres se mete en el corazón, porque el olfato no es capaz de soportar tan magnífico recuerdo, y es entonces cuando se revive el disfrute de la plenitud de la vida, de la vida del campo, de la vida en soledad, de la vida gozosa de la naturaleza.
La naturaleza creó los colores, y el hombre se apropió de ellos para distinguirse. El azul del cielo, lo copiaron los pintores para sus obras, resultado que su transparencia era opaca en sus pinceles. El verde, despertar de la naturaleza, se lo apropiaron para la esperanza, imitando el resurgir de la primavera, pero exento del perfume embriagador en su textura. ¿Y los ocres? Sólo el otoño los perfila con mano esmerada. ¿Y el blanco y el negro? ¿Acaso no hay ovejas blancas y negras? Y por eso, ¿es peor su lana?.
Allí, en aquel otero pelado y seco, tendré un remanso de paz. Desde él veré la magnitud del valle, y vigilaré la hermosura de los álamos recortando el camino del arroyo que desciende hasta la población. Desde mis recuerdos, algunos no han aguantado el paso del tiempo y se han derrumbado, caídos sobre el suelo esperan su defunción. Otros en su lugar han crecido vigorosos y fuertes; otros, han sido pasto de la desoladora hacha mortífera y consumido su esplendor en un fuego abrasador.
Extasiarse contemplando el vuelo de los pájaros, adentrarse en su cuerpo y ver desde las alturas la campiña, sólo se puede hacer cuando los pensamientos son libres, como sus vuelos. Recorrer con la aérea mirada los rincones pétreos donde tienen sus moradas, sólo se consigue si se tiene en la mente alas. Viajar de un valle a otro con una simple mirada, recogiendo en ella sus encantos y guardando sus recuerdos, sólo se puede hacer volando sin tener alas.
Acostumbro a andar por estrechas sendas, cuando no por atajos que han hecho de mis pies un amasijo de huesos desbaratados. Siento sobre mis espaldas el tenue calor de los primeros rayos de sol, y sin detener el paso, entre mis manos y con la navaja voy desmenuzando el primer bocado para mantener fuerzas durante la dura jornada. Pan y tocino, y algún día queso.
Aquel olivar, por donde ya hacía tiempo que no pasaba, dormita en su gris verdoso la preñez de su próxima cosecha, exhibiendo sus pequeñas florecillas. Sus troncos retorcidos y ásperos me cuentan el paso del tiempo. Cómo han soportado el envite de los tiempos Cómo se han retorcido al socaire del regañón aferrándose a la tierra que les sustenta. Cómo sus raíces, poco profundas, buscan su alimento en el interior de esta pobre tierra. Cómo su piel, escamosa y cuarteada, ha perdido su tersura con el rigor invernal y el abrasador calor estival.
Y en aquel majano, si mal no recuerdo, un pequeño vivar tiene su aposento. Con los primeros rayos de sol salen de su gazapera los pequeños conejos. Las tiernas y finas hierbas aun conservan las cristalinas y efímeras gotas del rocío, que en su transparencia descomponen pequeños arcos iris, haciendo más espectacular su apetitoso alimento. Apenas quedan conejos. Ya no corren entre los tomillos, ya no saltan entre los romeros, ya no compiten en veloces carreras con mis podencos. El hombre en su afán de inventor, inventó su ceguera, y con sus ojos vidriados, o tal vez muertos, sirven de pasto a las aves carroñeras.
En aquel rincón, refugio del sol en invierno, crecen los cerezos. Visten sus brillantes brazos de blanquecinas flores, desnudos aun de sus hojas. Sus troncos esbeltos, recubiertos de tersa y pulida piel amoratada, serán el firme sustento de sus entrelazados frutos. Rojo, rojo intenso, como gotas de sangre nacida en el interior de su alma, nos mostrarán sus cerezas, creando el bello contraste entre el verde y el rojo.
No lejos de ellos, unas pocas colmenas guardan en su interior el meloso sustento de las incansables abejas. El zumbido de sus vuelos delata la frenética actividad que se vive en su interior. Cientos, que digo cientos, miles de viajes acarreando el néctar floral para con su regurgitar hacernos disfrutar del dulzor de su alimento real. Recorren varios kilómetros en busca de flores, y agotadas con su melífera carga regresan gozosas a su organizada sociedad. Reina, zánganos y obreras, cada una tiene su trabajo bien definido. No necesitan de leyes, no necesitan de códigos, la sabiduría de la naturaleza les ha dotado de su propia identidad. La reina vive para reinar, y procrear. Los zánganos, custodian su hogar y su desesperado vivir para fertilizar a la reina será su final. Las obreras, no saben de acción sindical, sólo saben, trabajar.
Bajo las aliagas, cubiertas de sus amarillentas flores, la perdiz ha tejido su hogar. Su resguardo espinoso no permitirá el paso de depredadores y custodiará sus perdigones mientras ella busque su sustento. El macho, orgulloso de su situación, canta a los cuatro vientos su presencia delimitando su terreno. Su cuello corto, su pequeña cabeza, su pico y patas rojas, envuelta en un plumaje gris rojizo, la confundirán entre su entorno. Apenas vuela, sólo si es necesario, anda y corretea como una gallina dichosa en su corral.
A mi paso, un pequeño lagarto zigzaguea en rauda carrera en busca de un lugar seguro. Su piel verdosa, salpicada de pequeñas manchas amarillentas. Apenas es perceptible en su veloz huida la técnica utilizada en su policromía, sin orden, que les permite el ser distinto uno de otros. Con una mirada expectante, casi insolente, me observa desde la lejanía en espera de mis movimientos. Ha perdido su miedo, busca distraerme llamándome la atención sobre otro punto, alejándome de donde, seguramente, tiene su refugio. Trata de protegerse y proteger a los suyos, ante la presencia de un depredador mayor que él. Tras mis pasos, regresa al lugar donde en un principio tomaba el sol y custodia a sus crías.
Cada día es diferente. Cada día descubro algo nuevo. La brújula de mi destino no deja de girar, sin pararse en un punto fijo. Norte o sur, este u oeste, no me importa. Cuando al cabo de los días vuelvo por diferentes parajes descubro como, aun todo siendo igual, todo ha cambiado. Aquel almendro, que hace pocos días tenía sus ramas desnudas, hoy las tiene vestidas de un espléndido color violáceo. Cómo en aquel otero desnudo, recubierto de un pequeño manto de tomillos, ha crecido el cantueso. Y como aquel humilde arroyuelo, fluye más contento.
Hoy en mi deambular sin rumbo he venido a dar con mis maltrechos huesos a mi lugar preferido. Rodeado de mastodontes pétreos me siento seguro. Yo aquí abajo, ellos en las alturas. Vigilantes milenarios de cuantos hemos venido a recorrer sus entrañas han permanecido impertérritos al paso del tiempo. Los cinceles anónimos que modelaron sus contornos debieron ser manejados por el mejor escultor que ha existido. Asomados sobre sus precipicios me saludan con su pétrea mirada teñida su faz de exultantes ocres y grises. No dicen nada, pero cuentan sus historias por siglos y apenas se le nota su longevidad, han visto pasar a los hombres bajo su inmutable mirada a lo largo de milenios. Han sido testigos mudos de cientos de amores confesados, o inconfesables, en sus recogidos rincones. Y aun hoy, cuando el viento sisea entre sus alturas va contando como siguen viniendo cogidos de la mano, escondiendo arrumacos, declarándose amores, los jóvenes enamorados.
Sobre sus crestas anaranjadas, salpicadas de romeros, sobrevuelan las rapaces, y también las carroñeras, que en sus elevados círculos, elevan más todavía si cabe su esbelta verticalidad, propiciando al visitante la sensación de pequeñez desde sus pies. Separados por el refrescante río los farallones se miran frente a frente, desafiándose, compitiendo en su belleza. Delimitando su desafío, discurre el estrecho camino que nos adentra en su mundo, en un mundo silencioso, lleno de sonidos, pletórico de colores, rebosante de vida.
Vigilante, a su entrada, se encuentra la cueva de La Mora. De ella cuentan que cada noche de San Juan, de sus entrañas sale una bella morisca a pasear sus penas. Penas de amores confesados entre estas peñas a un joven cristiano, que por la rivalidad entre sus progenitores no pudieron ver satisfechos sus deseos matrimoniales. Según la tradición, al paso por su puerta hay que arrojar una piedra para que no salga la mora. ¡Que egoísmo más cruel! Cuando ya fui mayor, me di cuenta de la intención de esta tradición. No era crueldad para no dejarle salir a la mora, era con la buena intención, de limpiar el camino de las piedras sueltas que entorpecían el pasear de los viandantes. ¿Qué sentido tenía el arrebatarle a la joven mora el pasear sus penas en su noctámbulo deambular? Acaso, ¿Nos quitaba la belleza espectacular y se la guardaba en su lúgubre morar? Si tan bella era, ¿Por qué no dejarle pasear para que su belleza las piedras silenciosas, la pudiesen disfrutar? Hoy, hay menos piedras en el camino, y seguramente que la mora sigue saliendo a pasear en la noche de San Juan, cantando sus penas y desdichas junto a su deseado joven cristiano, y disfrutaran sus amores durante toda la noche en un refugio sin igual, apesadumbrados renegaran de las guerras que les separaron y a la vez, alabaran la fortaleza de estas piedras que año tras año guardan sus vidas espectrales y les permiten vivir eternamente sus amores.
Apenas he recorrido unos pasos, y mi reseca boca se llena de jugos salivares empujados por mi subconsciente recordándome que en el próximo recodo del camino encontraré una fuente. Las rocas paren en su maternal cobijo las cristalinas y puras aguas que saciaran mi sed, como han saciado la de cientos de visitantes. De rodillas, en una reverencial postura, haciendo un cuenco con las manos, acerco a mis resecos labios el frescor incoloro de su fluido, que calmará mis ardores sedientos y que en su descenso por mi garganta me irá inundando de un frenesí de felicidad. Bajo el frescor de la sombra de la arboleda que la circunda, que aquí llamamos galluvillos, un burro enjaezado con unas aguaderas, pace las escasas hierbas que pisotea. Su dueño sumido en la contemplación del entorno espera a que yo termine de saciar mi sed para llenar los cántaros con los que transportará el agua a su casa, donde su familia en pequeños sorbos se la irán bebiendo, recordando en su insípido sabor el paso por los filtros milenarios de las rocas que han dejado en ella una especial sensación. Sorbo a sorbo, trago a trago, se irán bebiendo parte de la eternidad de esta fuente, que aun en los años de sequía pervive en su escasa vida dando a sus visitantes la bienvenida en su longeva y prolífica salud.
Sobre ella, asciendo la mirada unos metros, y me topo con la cueva del Búho. Capricho de la naturaleza que en su escasa altura es objeto de las más intrépidas andanzas juveniles para su conocimiento. La aspereza de las aristas rocosas de su estrecho y arriesgado ascenso se encuentran hoy brillantes, pulidas por los cientos de manos que se han asido en sus salientes. Su espacio interior apenas permite la estancia de dos o tres personas, que en su mayor desarrollo no deben superar la adolescencia. La visión desde su interior, apenas permite unos metros más allá de la arboleda que circunda la fuente; pero la sensación de altura compaginada con la intrépida actitud descubridora del adolescente les transporta a la sensación del escalador que culmina la más preciada cumbre. Aquí arriba, ha sido el refugio inexpugnable de las primeras bocanadas de humo. Los primeros cigarrillos compartidos, ocultos a las miradas de los progenitores y vergonzantes ante la presencia de cualquier aguador. Si es verdad que aquí vivió un búho, nunca lo vi. Pero si es verdad que vive, que con su afán escudriñador vigile la fuente para que no desaparezca, que nos acompañe durante nuestras vidas y la de los que a ella vengan a saciar su sed.
Aquí abre su estrechez la Hoz para dar acogida entre sus altas paredes rocosas al molino. El molino de la Hoz, hoy fatigado, cansado, perplejo viendo pasar el agua que con furia movía su rodezno y en sus muelas trituraba los granos harineros, ahora descansa, sumido en la resignación de su desaparición, sintiendo como sus humildes paredes se van derrumbando. En sus tiempos de esplendor, reatas de mulas y burros pugnaban, azuzadas por sus amos, por llegar las primeras. Cargadas con costales de trigo o cebada serpenteaban por el estrecho camino deseando la llegada a la sombra de los frondosos sauces que junto a la entrada del molino refrescaban el tórrido calor, y saciar su sed en el saltarín regato que el molinero había dispuesto para regar su huerta, y en su despeñado salto en sutil cascada inundaba el aire de pequeñas gotas de agua haciendo del ambiente un refugio de frescor lleno de orquestales cánticos de gorriones, jilgueros y, algún que otro, martín pescador. Cuántas historias han corrido de boca en boca bajo la sombra de estos sauces, mientras el molinero hacía su labor. A un lado la harina y a otro, el salvao. Por pago de sus servicios, la maquila.
En nuestras andanzas juveniles desafiando la verticalidad de las rocas en un afán de descubrir y conquistar sus alturas, cuando un traspiés o un desprendimiento nos hacía rodar laderas abajo envueltos entre piedras, y el final lo veíamos próximo, la molinera que atendía sus labores en la huerta, avisada por ruido y el crepitar de las piedras rodando, gritaba: ¡Algún día se van a matar! Corría en busca de nuestros maltrechos cuerpos, y con un trapo empapado en refrescante agua, restañaba nuestras heridas, aplacaba nuestros chichones, y con voz maternal nos recomendaba:"Ea, no ha pasado nada. Iros a vuestras casas, y no volvaís a subiros por las piedras, que algún día os vais a matar".
Descender por la empinada y estrecha senda que circunda el molino en busca de la ribera del río, nos sumirá en las entrañas de este bello rincón. El sonido ensordecedor del agua golpeando desde la altura que en cascada se descuelga, apenas permite que las palabras sean audibles. No es necesario hablar. Contemplar su caída presurosa, estallando en el profundo remanso y llenando su superficie de una efímera espuma blanquecina, deja boquiabierto al visitante. Desde aquí abajo, su furia parece más enloquecida, pero apenas en unos metros ha desahogado su fiereza para convertirse en un sutil remanso y va descendiendo su cristalino caudal en sosegado paseo, dejándose mirar, y a su vez contemplando su encajonado descenso rodeado de estilizados chopos que marcan su pausado caminar. Contemplando desde su altura, que desde los pies de la cascada aun parece mayor, tres gigantes rocosos vigilan desde su posición. Asomados al intrépido precipicio, semejan en nuestra imaginación, las tres carabelas de Colón, zarandeas por inmensas olas cual si fueran un frágil cascaron. La quilla de su proa desafía a las alturas en la cresta de una inmensa ola pétrea, con vértigo sobrecogedor.
Camino despacio, no quiero perderme nada. El edulcorado olor de las flores de los almendros inunda este rincón. La aspereza de su piel contrasta con la sutileza del aroma de sus flores. Sus troncos, se han ido retorciendo en un desesperado intento de desesperado intento de aferrarse a la vida, en su añeja decadencia. Los romeros compiten en un desesperado concurso de perfumes para hacer prevalecer sus esencias, lo que hace que en el ambiente se respire un glamuroso conjunto de fragancias. La resina de los pinos no quiere perderse el envite y aporta su agria tonalidad.
Con la mirada inexpresiva, como un antiguo egipcio, nos contempla la anaranjada roca que se eleva sobre nuestra posición. El viento y el agua han perfilando sus duros rasgos,maquillando en tonos grises su perfil achatado, contorneando su faz. La verticalidad de sus paredes ha llamado la atención de numerosos escaladores que la han desafiado. Con sus cuerdas y artilugios han llegado al frontil de su mirada, llenando de vida humana el pensamiento vacío de su mente milenaria. El Nido. Así reza en un pequeño cartel de estilo talaverano sobre la pared, junto a la puerta, de un coqueto refugio que su dueña edificó para dar rienda suelta a sus palabras, convirtiéndolas en poemas. Y hoy, entre el eco repetido de los truenos al cobijo de las peñas, se escuchan los versos que de sus palabras salieron, cantándole a su tierra:


EN MIS HOCES dejadme en duermevela,entre
piedra y música del viento. Quiero quedar en
soledad de estepa envejecida,como está mi
almendro; al arrullo del río y las abejas,
horizontes marinos en mis sueños.

Cuanto color gozamos en la tierra, cuan bella la
esperanza de un cielo y qué buenaventura y
embeleso surge del agua, de la madreselva, del
tomillo, la sielva, el cantueso, y el fértil
humus de las hojas muertas.
(*)

En un pequeño pretil tomo un respiro. No porque esté cansado, no porque esté agotado, es que quiero llenar mis pulmones de los perfumes del campo. Quiero llenar mis ojos con la visión de los pájaros. Quiero llenar mi corazón de tanto encanto. Quiero meter en mi zurrón su tiempo y su vida para llevármelo a otro lado, y así poder disfrutarlo cuando ya no pueda venir a visitarlo. Sentado, en dirección contraria al descenso del río, los reflejos del sol sobre las saltarinas aguas precipitan mi mirada sobre su alegre correr. Corren como la vida, sin a penas detenerse, sólo pequeños remansos reflejan su tranquilidad y sosiego, en su cada vez más escaso caudal. La algazara de sus cánticos entre las piedras que intentan impedir sus pasos acompañan en una melodiosa sinfonía a los trinos de los jilgueros, que engalanados con su vistosa corbata roja, se afanan en la construcción de sus nidos. En un ir y venir ruidoso, casi escandaloso, con frenético regocijo van tejiendo con su hábil pico, el cobijo de sus amores y el lecho de sus futuros jilguerillos.
El malpaso. No he dado un traspiés, ni he tropezado, es que así le llaman a ésta parte del camino, por su agreste y costoso caminar. Son escasos unos metros, pero su empinado ascenso y su lecho pedregoso dificultan el paso sosegado y tranquilo que hasta aquí me ha traído. Una vez culminado su ascenso, resoplo, y ahora sí, descanso. Pierdo mi mirada en el vértigo de la profundidad, observando desde arriba, a mis pies, la serpenteante bajada del río, que parece que en su quietud tiene prisa por llegar a la cascada del molino para airear sus pensamientos, y decirle al molinero, ¡Aquí estoy! ¡Ya vengo!.
Debo regresar, el tiempo hace del espacio el infinito. Ya es hora de volver. Volver. Desandar el camino de emociones es revivir la vida en la vida, en la esencia y los perfumes. Los pasos no son iguales, vienen de recibir el aroma de los vestigios ancestrales, y aún en su desesperado caminar encuentran los tormentos de la fragilidad de la efímera vida, tropezones de ansiedad que desesperan en la finalización del recorrido que hoy han marcado mi destino.Espero vivir para poderte visitar, y cantar con la mayor amplitud de mis pulmones, aquel poema, aquel canto, aquel amor:

Matojos perfumados
recubren las laderas de los
montes alzados. Almendros
moribundos anuncian
primavera con ruborosos
pétalos; el zumbido de
abejas laboran el nenúfar de
su dulzor dorado y el
susurro del agua del río en
el quebrado sin duda nos
encierra...

(*) Mayda Antelo, "Arco Iris"; Amigos de la Poesía; 2.004; Pags. 20 y 23

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