LA NOCHE
DE LA MIEL
El pueblo de este relato no tiene nombre. Podría ser cualquiera
de los que se asoman a los valles de la Alcarria, con su torre, su fuente y sus
eras. Los personajes son inventados. El oficio, no.
En un pueblo de la Alcarria, de esos que parecen
haberse quedado prendidos de una ladera para que no se los lleve el cierzo,
vivía la tía Martina, mujer de pocas palabras, mucho conocimiento y unas manos
que parecían saber lo que tenían que hacer antes de que la cabeza acabara de
pensarlo.
Su casa estaba junto a la fuente, al remate de
una calleja empedrada por la que en invierno bajaba el agua como si el monte
quisiera meterse en el pueblo sin pedir permiso. Tenía la puerta de madera
oscurecida por los años, un aldabón de hierro y un ventanuco desde el que
Martina acostumbraba a mirar quién venía y quién se iba, que en los pueblos
pequeños es cosa de poca ciencia saber la vida de los demás, aunque no siempre
se sepa la propia.
Había asistido a tantos nacimientos que, cuando
alguien le preguntaba la edad, contestaba de una manera que no figuraba en
ningún libro de cuentas.
—¿Yo? ¡Amos, hija mía, qué s'yo los años que
tengo! Miá, pa mí que nací cuando nevó tanto que no podía salir ni el señor
cura, y endimpués han venío al mundo más criaturas que ovejas tié el tío
Eusebio. Conque echa tú la cuenta, si es que te salen los números.
Y se quedaba tan fresca.
Martina conocía los nombres de casi todos los
nacidos en el lugar, las casas donde habían venido al mundo y hasta las noches
en que sus madres habían pasado más miedo. Guardaba una libreta de tapas pardas
en el fondo de un arcón. Allí apuntaba los nombres con un lápiz que afilaba con
la navajilla de su difunto marido. Junto a cada nombre ponía, cuando podía,
alguna señal: una nevada, una tormenta, el toque de las campanas o la muerte de
algún vecino.
No era mujer que presumiera de lo que sabía. Si
acaso, cuando alguna moza se ponía a discutirle una cosa que ella había visto
cien veces, se limitaba a mirarla por encima de las gafas.
—Tú dirás lo que te dé la gana; pero una cosa es
haber oído campanas y otra saber ande está la iglesia.
Aquella noche de enero, Martina estaba sentada
junto a la lumbre, remendando una manga de lana. El viento golpeaba los
postigos y hacía crujir las vigas. Sobre las trébedes se calentaba un puchero,
y en un rincón dormitaba la gata, que tenía más años que paciencia y no se
levantaba ni aunque le cantaran misa.
De pronto sonaron tres golpes en la puerta.
Martina alzó la cabeza.
—¡Ya va, hombre, ya va! Que no estoy hecha de
alas pa dir volando dende la silleta hastia el portal.
Cuando abrió, se encontró con el muchacho de la
casa de Rosa, un zagal desgreñado que venía rendido, sin aliento y con las
orejas encarnadas de correr.
—¡Tía Martina, que venga usté deseguía! ¡Que la
Rosa está con los dolores y mi madre ice que no tié prencipios ni sabe qué
hacer!
—¿Y tú qué haces aquí plantao, zascandil? ¿Es que
t'han crecío las raíces en los pies? ¡Anda, tira pa la casa y di que voy pa
allá de un brinco!
—Pero ¿vendrá usté pronto?
—¡Quiá, hombre! ¿Y a qué te piensas tú que me hi
levantao? ¿A ver si ha echao flor el almendro?
El muchacho salió escopeteado. Martina se puso el
pañuelo, cogió su bolsa de tela y, antes de cerrar, echó una última mirada a la
lumbre.
—Que Dios nos eche una mano, que esta noche vié
larga.
Y se echó a la calle sin mirar el frío.
En casa de Rosa había más gente que en el día de
matanza. La madre, la suegra y dos vecinas iban de un lado a otro, cada cual
con una ocupación distinta y todas con la misma cara de no saber si lo estaban
haciendo con buen aquel. Una calentaba agua; otra doblaba paños; la tercera
entraba y salía de la cocina, donde el caldo de gallina llevaba un buen rato
haciendo chup-chup.
Los hombres, como era costumbre en el lugar,
habían desaparecido. Al padre de Rosa le habían mandado a la taberna, con el
encargo de no meter la pata ni estorbar. El marido de una vecina se había ido a
mirar las ovejas, aunque a aquellas horas las ovejas estaban recogidas en la
cuadra y no necesitaban que nadie les preguntara por su salud.
—¡Miá qué cosas tién los hombres! —dijo la madre
de Rosa, al ver entrar a Martina—. Cuando hay qu'arrimar el hombro, tóos tién
una historia que hacer. Y cuando se pone la mesa, ¡válgame Dios!, no hay quien
los quite de en medio.
—Déjalos, mujer —respondió Martina, quitándose el
pañuelo—. Cada cual se defiende como pué. Unos se esconden en la cuadra y otros
se meten debajo de las sayas. Lo que importa ahora mesmo es la muchecha.
Rosa estaba tendida en el lecho, con la frente
sudorosa y los dedos agarrados a la sábana. Tenía veintidós años, pero aquella
noche parecía haber aviejado de golpe. Su marido y ella llevaban esperando a la
criatura con una mezcla de ilusión y miedo desde que el vientre comenzó a
anunciar que la compaña iba a crecer.
Martina se acercó y la tomó de la mano.
—¿Qué tal andamos, hija?
—Mal, tía Martina. ¡Ay, Virgen bendita, que esto
no se remata enjamás de los jamases!
—Quiá, muchecha, no te me pongas atontizá tan
pronto. ¿Qué t'has figurao tú, que las criaturas vien al mundo por la chimenea,
a guisa de humo? Ea, respira con cudiao y no gastes las juerzas antes de
tiempo.
La madre de Rosa se arrimó a la cabecera.
—¡Ay, mi chica! Si pudiera pasar yo por lo que
estás pasando tú, lo hacía de mu güen contento y de güen grado.
—No hables así, mujer —repuso Martina—. Bastante
has padecido tú en este valle de molestias. Ahora le toca a ella, y aquí
estamos nusotras pa acompañala a la güena de Dios.
En la silla cercana a la cama habían colocado una
palangana, una jarra de agua templada y varios paños limpios. Sobre una mesa
descansaban una taza con agua y miel de la Alcarria, un plato de pan y una
botella de aceite de oliva.
La miel la había traído la suegra de Rosa de una
colmena que tenía un primo suyo por los barrancos. Era oscura, espesa y olía a
tomillo.
—Le hi puesto una miaja de miel al agua —dijo la
mujer—. A ver si le da algún brío y aquel, porque la probe está que no pué ni
con el estógamo.
Martina tomó la taza, la dejó cerca de la lumbre
y volvió junto a Rosa.
—No hay que dale a la muchecha más de lo que
pueda tragar. Ya veremos cuándo le apetece.
—Pus si es que una no sabe ande tié su mano zurza
—se lamentó la suegra—. Mi madre icía que había que dale una cosa, mi agüela
que otra, y mi difunta tía Petra, que en pa descanse, tenía un remedio pa cada
mal. ¡Amos, que si hubiéramos juntao tóos los diceres, salía una botica como la
del boticario!
—Y seguramente más de uno no servía pa ná
—contestó Martina—. Que una cosa es lo que se habla po ahí y otra lo que
conviene al cuerpo. Aquí hay que mirar a la madre, no a los cuentos de la
vecindad.
La suegra se calló. No porque le faltaran
palabras, sino porque conocía a Martina y sabía que, cuando hablaba de aquel
modo con tanta hombría de bien, era mejor escuchar.
Afuera, el viento seguía silbando entre los
tejados. Dentro, las mujeres se dispusieron a pasar la trasnochada. La primera
hora pasó despacio. La segunda, más despacio todavía.
Martina permanecía junto a Rosa, observándola
despacio, hablándole cuando hacía falta y dejando que descansara cuando el
dolor le daba un respiro. La madre cambiaba los paños; la suegra le sostenía la
mano; las vecinas atendían el fuego y procuraban que no faltara agua caliente.
—Tía Martina —dijo Rosa entre dos dolores—, ¿y si
no valgo pa esto?
—¿Que no vales pa qué, hija?
—Esto. Que si no tengo juerzas.
Martina la miraba con un cariño que rara vez
dejaba asomar.
—Miá, Rosa, tú no ties que demostrale ná a naide.
Ni a tu madre, ni a tu suegra, ni a mí, ni tan siquiá a ti mesma. Vamos a dir
paso por paso. Lo que viene, lo iremos viendo a la güena de Dios. Y si hay que
pedir auxilio, se pide, que pa eso estamos las presonas.
—¿Usté cree que saldrá con güen aquel?
—Yo creo que hay que hacer las cosas con juicio y
cudiao. Conque ahora mesmo, lo que más te conviene es guardar el resuello y
ascuchame.
La muchacha asintió. En la cocina, la vecina más
habladora, la tía Escolástica, aprovechó un momento para arrimarse a la suegra.
—¿Tú sabes lo que le pasó a la nieta de la tía
Rufina, la de la calle de la Iglesia? Queroque se puso de parto y no topaban
con la partera, porque s'había marchao al molino y...
—¡Escolástica, por la Virgen bendita! —la cortó
la otra—. ¿No ves que bastante tenemos con este belén? ¡No me vengas abora con
historias de partos ajenos!
—Pus, chica, si yo lo icía por entretener la
espera.
—¡Pus entretente contando las lentejas del
puchero!
La tía Escolástica frunció el morro, pero no se
extrañó demasiado. Al fin y al cabo, había nacido en el lugar, se había criado
en el lugar y sabía que una de esas conversaciones sin alguna pulla era como
unas gachas sin sal.
Martina, desde la habitación, oyó el remate y
negó con la cabeza, sonriendo apenas.
—¡Estas mujeres! —murmuró—. Si las dejaran,
hablaban hastia debajo del agua.
Poco después volvió a acercarse a la cama.
Calentó un poco de aceite junto a la lumbre y, con cuidado, masajeó la parte
baja de la espalda de Rosa. Las mujeres llamaban a aquello sobar, y Martina lo
hacía despacio, sin apartar la atención de la muchacha.
—¿Asín te alivia alguna miaja?
—Un poco, tía. Un poco sí.
—Pus estonces, paciencia. Que no por mucho
madrugar amanece más temprano.
La madre de Rosa se santiguó.
—¡Dios quiera que no se tuerza la custión!
Martina levantó la vista.
—Dios quiera, sí. Y nusotras hagamos lo que nos
toca, que una cosa no quita la otra.
A medianoche, el viento arreció. Una
contraventana golpeó con tanta fuerza que la tía Escolástica dio un respingo.
—¡Juasús, María y José! ¡Paice que el demonio
anda buscando puerta por estos barrios!
—Será el cierzo, mujer —contestó la suegra—. No
le pongas cuernos al aire, que ya trai bastante mala sombra.
Por un instante, todas rieron. Fue una risa
breve, casi culpable, pero suficiente para aliviar el peso que se había
instalado en la cocina. Después volvieron a guardar silencio. El reloj de pared
marcaba los minutos con una lentitud desesperante. Rosa apretaba los dientes.
Martina observaba los cambios, pendiente de cada señal. Entonces llegó un
momento en que la criatura parecía no avanzar como esperaban. La preocupación
entró en la habitación sin llamar a la puerta.
La madre de Rosa se llevó las manos al pecho. La
suegra empezó a rezar entre dientes. Una de las vecinas miró a Martina,
esperando que dijera algo que pudiera tranquilizarlas.
Pero Martina no era mujer de prometer lo que no
sabía.
—Vamos a mudala de postura —dijo con firmeza—. Y
que naide se canse de dir a buscar al médico si vemos qu'esto no mejora con
güen aquel. No estamos aquí pa tentar a la suerte.
Ayudaron a Rosa a ponerse de rodillas, agarrada
al cabecero de hierro, mientras su suegra la sostenía por detrás. Martina
permaneció delante de ella, animándola con palabras breves.
—Eso es, hija. Sin precipitarse. A tu paso.
—¡Ay, tía, que ya no valgo más!
—Ya t'hi oído, mujer. No hace falta que s'entere
el lugar entero. Respira agora. Eso es. Otra vez.
Rosa cerró los ojos.
La lámpara de aceite chisporroteó. Afuera ladró
un perro, y luego otro le respondió desde el extremo de la calleja. La casa
entera parecía contener el resuello. Hubo un instante en que todo quedó
reducido a la respiración de Rosa, a la voz de Martina y al murmullo de las
mujeres que la acompañaban.
Después llegó el último esfuerzo. Y con él, un
llanto pequeño, claro y redondo. Tan potente que parecía llenar la habitación
hasta las vigas. La madre de Rosa rompió a llorar. La suegra se santiguó tres
veces seguidas y acabó riéndose entre lágrimas. La tía Escolástica, que hasta
entonces había procurado tener algo que hacer en cada rincón, se quedó quieta,
como una estatua.
Martina limpió a la recién nacida y la envolvió
con cuidado en una manta. Era una niña, colorada, arrugada y enfadada por haber
tenido que abandonar el calor del vientre materno.
—¡Ya está aquí la flor del mundo! —dijo Martina.
La madre de Rosa se inclinó para verla.
—¡Ay, qué criatura más hermosa! ¡Miá qué carita!
¡Si paice un angelito d'oro!
—Pus a mí me paice que tié güenos pulmones
—respondió la suegra—. ¡Vaya manera de berrear! ¡Esta nos va a poner a tóos
firmes!
—¡Calla, mujer, que todavía no sabe ni ande tié
su mano zurza!
—Pus por eso mesmo. Como emprencipie tan pronto,
endimpués no habrá quien la pare en el campo.
La tía Escolástica se acercó, emocionada.
—Amos, Rosa, hija mía, que ties una niña que vale
un imperio.
Rosa, rendida, alargó los brazos. Martina le
colocó a la pequeña con cuidado y la madre la miró como si acabara de reconocer
una estrella.
—¿Cómo se llamará la mocilla? —preguntó la
suegra.
Rosa tardó unos segundos en contestar.
—Martina.
La partera alzó la cabeza, escamada.
—¿Cómo ices, hija?
—Que se llamará Martina. Si no le paice mal a
usté.
La anciana se quedó mirando a la madre y a la
niña. Había visto nacer muchas criaturas, pero pocas veces una palabra tan
sencilla le había llegado tan adentro del cerebro.
—Por mí, como si la llamáis la raina de las
abejas —dijo al fin—. El nombre es custión güestra. Pero que sepa siempre quién
es y de ande vié, qu'eso vale más que llevar un nombre d'esos exóticos que
s'oyen en la capital.
En el portal, el padre esperaba con la boina
entre las manos. Había pasado la noche entrando y saliendo, preguntando cada
poco si necesitaban algo, hasta que la madre de Rosa le había dicho que, como
siguiera dando vueltas, acabaría haciendo un surco en las baldosas.
Cuando por fin le permitieron entrar, se quedó
inmóvil.
—¿Y bien, hombre? —le dijo Martina—. ¿T'han comío
la lengua los ratones del pajar?
Él miró a su mujer, después a la niña.
—¡Válgame Dios! —acertó a decir—. ¡Pero si es
chica!
La suegra le dio un manotazo en el brazo.
—¡No me digas! ¡Y nusotras que l'habíamos
confundío con el señor alcalde u con el aguacil!
Las mujeres soltaron una carcajada de romper la
cincha.
El hombre se puso colorado.
—¡Amos, mujer, que yo lo icía porque...!
—Porque no sabes ni por ande t'andas —lo
interrumpió Martina, aunque sonreía—. Ea, ven acá y mira a tu hija. Pero habla
bajito, con güen aquel, que las dos están mu cansaditas.
El padre se acercó a la cama. Tocó apenas la
manta con un dedo y se quedó contemplando a la pequeña.
—¡Qué cosa más chica! —susurró—. Y pensar que de
aquí a unos años estará corriteando por la plaza...
—Y tú detrás de ella, pidiendo que no se te
escape —dijo su mujer.
—¡Eso sí que no! ¡Que ya tengo bastante con
cuidar las ovejas!
—Pus no te queda ná, hijo mío —sentenció la tía
Escolástica—. Lo que t'ha cáido encima no se arregla con una vara de fresno y
un silbido.
Pero el hombre no la escuchaba. Tenía los ojos
llenos de lágrimas. En la cocina, el caldo de gallina seguía al fuego. Alguien
acercó la taza de agua con miel, y Rosa tomó un trago cuando se encontró con
fuerzas para hacerlo. La noche había sido larga. Sin embargo, cuando el primer
resplandor del amanecer entró por la ventana, la casa parecía otra.
Había nacido una niña. Y con ella, una nueva
historia.
En los días que siguieron, Martina no dio por
terminada su labor con el nacimiento. Volvió a la casa de Rosa para comprobar
cómo se encontraba la madre, ayudarla a incorporarse poco a poco y vigilar que
descansara.
—¿Y qué tal andamos hoy? —preguntaba al entrar.
—Pus vamos como Dios quiere, tía. Un rato mejor y
otro pior.
—Pus asín es la vida, hija. Un rato se ríe y otro
se llora. Lo que hay que procurar es no empeñarse en llevar el mundo a cuestas
cuando una está todavía convaleciente.
Rosa, que había sido siempre trabajadora y poco
amiga de estarse quieta, empezaba a impacientarse.
—¡Pero si no hago ná en tó el día! Me paice que
me estoy volviendo una gandula.
Martina la miraba con severidad fingida.
—¡Gandula! ¡Ya quisiera yo ver a muchas gandulas
parir una criatura y levantase al otro día a fregar la cocina! Tú abora
descansa, que la casa no se va a escapar por la puerta.
La madre de Rosa asentía.
—Eso mesmo le digo yo, pero esta muchecha tié más
nervio que un macho en la trilla.
—Pus habrá qu'enseñale a parar la máquina —repuso
Martina—. Que no tó lo que pué hacese conviene hacelo en el istante.
La suegra preparaba gachas dulces y líquidas. Una
vecina llevaba caldo de gallina; otra, un tarro de miel. Una tercera se ocupaba
del fuego, y alguien siempre aparecía con agua limpia o con un cesto de ropa.
Nadie llevaba la cuenta de los favores. En
aquellas casas, las mujeres sabían que un día le tocaba a una y al siguiente a
otra. No había contratos ni papeles firmados. Había palabras dadas, memoria y
una manera de entender la vecindad que no necesitaba demasiadas explicaciones.
La niña crecía rodeada de voces.
—¡Miá qué ojos tié!
—¡Y qué genio!
—¡Amos, si cuando llora paice que está llamando
al prebonero u al aguacil!
—No le falta de ná, a esta criatura.
Martina la tomaba en brazos de vez en cuando, y
la pequeña parecía tranquilizarse al escuchar su voz.
—Ea, chiquitina, no te me enfades. Que el mundo
es mu grande y todavía no has visto más que una manta.
Una tarde, mientras Rosa descansaba, la tía Escolástica
se sentó junto a Martina y empezó a hablarle de los tiempos de antes.
—¿S'acuerda usté de la noche en que nació la
Petra del tío Julián? ¡Aquello sí que jué una noche de las que hacen historia!
Llovía tanto que el agua entraba por la cuadra y el marido se quedó atascao en
el barrizal. ¡Y luego icen que los partos son cosa de mujeres! ¡Pus anda que no
dan guerra los hombres!
Martina soltó una risa.
—M'acuerdo, sí. Y tamién m'acuerdo de que tú no
paraste d'hablar ni cuando la criatura emprencipió a berrear.
—¡Porque naide tenía más ganas de dar
conversación!
—Conversación, ices. Si t'hubiéramos dejao, le
cuentas al recién nacío hastia el precio de las patatas y el grano.
Escolástica se llevó la mano al pecho.
—¡Ay, qué mala lengua tié usté, tía Martina!
—La que hace falta, hija. Que si no, algunas os
subís a la parra y no hay quien os baje.
Las dos rieron. Desde la cama, Rosa las escuchaba
con una sonrisa. Comprendió entonces que el nacimiento de su hija no había sido
solamente cosa suya. En aquella habitación se habían juntado las madres, las
abuelas, las vecinas, las que sabían de partos y las que solo sabían acompañar.
Cada una había puesto algo: una mano, una palabra, un caldo, una oración o un
poco de humor cuando el miedo parecía demasiado grande. Y todo ello, junto,
había sostenido la noche.
Pasaron los meses. La pequeña Martina empezó a
reconocer las voces, a seguir con los ojos las sombras de la habitación y a
estirar los brazos cada vez que alguien se acercaba a la cuna. Cuando aprendió
a andar, la casa se quedó pequeña para sus piernas.
—¡Esta criatura me va a sacar canas! —protestaba
Rosa—. ¡No para un momento!
—Pus déjala que corritee —decía su madre—. Pior
sería que estuviá siempre metía debajo de las sayas.
La tía Escolástica, que nunca perdía ocasión de
opinar, añadía:
—¡Y qué lista es! ¡Más lista que el hambre! El
otro día le dije: «Martina, trai el pañuelo», y va la condená va y me trai la
escoba.
—Eso no es ser lista —replicaba Rosa—. Eso es no
entendete.
—¡Quiá! Lo que pasa es que tié más maginación que
nusotras juntas.
La niña creció entre las calles empinadas, la
fuente y los corrales. Aprendió a distinguir el sonido de las campanas, el paso
de las caballerías y las voces de las mujeres que se llamaban de una casa a
otra.
Por las tardes, cuando el tiempo lo permitía,
corría por la plaza con otros muchachos. Jugaban al toro, a la llunta y a
cuantos juegos inventaban con dos palos, unas piedras y un buen rato por
delante.
Su padre la miraba desde el portal.
—¡Martina, no te vayas tan lejos!
—¡Que no, padre!
—¡Y no rompas las alparagatas!
—¡Que no las rompo!
Rosa, desde la puerta, se reía.
—Déjala, hombre. Que a su edad nusotros hacíamos
lo mesmo.
—¡Sí, pero luego no eras tú quien tenía que
remendar las calzas!
—Pus por eso, porque las remendaba mi madre. Como
hago yo ahora.
El hombre se rascaba la cabeza, sin encontrar
respuesta.
Cuando la niña cumplió unos años, empezó a
acompañar a su abuela a la fuente. Allí escuchaba conversaciones de toda clase:
quién había vendido un cordero, quién debía dinero en la tienda, quién se había
enfadado con el vecino y quién andaba de amores con una moza de otro pueblo.
Martina no entendía todo, pero aprendía a
escuchar.
La tía Escolástica, que la había tomado por su
protegida, le decía:
—Tú ascucha mucho, hija, pero no vayas largando
po ahí lo que oigas. Que la lengua no tié huesos, pero hace más daño que una
vara de fresno.
La niña asentía con mucha seriedad.
—¿Y si es mentira lo que icen?
—Estonces, con más razón, te callas y ni regulles
ni rechistas. Que bastante trabajo tié la verdá pa salir adelante como pa que
la empujemos nusotras al barranco.
Aquella frase se le quedó grabada, aunque durante
muchos años no supo explicar por qué.
Los años fueron pasando y el pueblo comenzó a
cambiar. Primero mejoraron el camino. Después llegaron noticias de que los
nacimientos se atenderían cada vez más en el hospital. Se hablaba de médicos,
de carreteras nuevas, de coches que podían recorrer en una hora lo que antes
costaba una mañana entera. Algunas mujeres recibieron las novedades con recelo.
—¡Pus vaya una cosa! —decía la tía Escolástica—.
¿Abora resulta que pa tener un hijo hay que dir a la capital? ¡Como si las
criaturas entendieran de carreteras y de humos!
—No digas disparates ni asimpladas —contestaba
Martina, que ya era mayor y tenía el pelo completamente blanco—. Si hay médicos
y medios que pueden ayudar, habrá que aprovechalos. Lo que himos hecho aquí ha
sío porque era lo que teníamos, no porque tó estuviá bien hecho.
—¡Pero si nusotras himos sacao pa adelante a
medio lugar!
—Y tamién himos pasao muchos sustos, Escolástica.
No te olvides de eso.
La vieja se quedó callada.
Martina sabía mejor que nadie cuánto podía pesar
la distancia cuando una madre necesitaba ayuda. Había visto partos difíciles,
noches de miedo y familias que no sabían si podrían llegar a tiempo hasta el
médico. No tenía nostalgia de esas angustias.
Una tarde, mientras estaba sentada junto a la
fuente, vio pasar un Seat 600 levantando una nube de polvo. Dentro iban un
matrimonio joven y sus dos hijos. El coche trepó por la cuesta haciendo un
ruido de lata y desapareció tras una esquina.
Martina lo siguió con la mirada despacio.
—Miá tú —dijo para sí—. ¿Quién nos iba a icir
hace tantos años que veríamos estas cosas?
La tía Escolástica se sentó a su lado.
—¿Y usté cree que tó esto es de mejor aquel?
Martina tardó en contestar.
—Creo que hay cosas mejores, y otras que no sé si
lo son tanto. Que abora se llega antes al médico, y eso es güeno. Pero tamién
me da que pensar que algunas cosas se nos van a olvidar. No porque fueran
mejores, sino porque naide s'acordará de cómo se hacían.
—¿Y eso importa tanto?
Martina miró la fuente. El agua caía sobre la
piedra, gota a gota, con la misma paciencia de siempre.
—Importa, sí. Pero no pa repetilo tó. Importa pa
saber de ande venimos. Que una cosa es dejar atrás una costumbre y otra muy
distinta despreciar a quienes vivieron con ella.
Escolástica se ajustó el pañuelo.
—¡Amos, que al remate va a resultar que usté es
más sabia que el señor cura!
Martina soltó una carcajada.
—¡No me metas en esos belenes, mujer! Que
bastante tengo con saber ande guardo las gafas.
Cuando Martina ya no pudo recorrer las calles con
la misma ligereza, empezó a pasar más tiempo en su casa junto a la fuente.
La bolsa de tela la guardaba en el armario.
Dentro conservaba algunos paños, un pañuelo bordado y, en el arcón, una libreta
de tapas pardas. Las páginas se habían amarilleado y los nombres escritos a
lápiz aparecían cada vez más borrosos. De vez en cuando, abría el cuaderno y
recorría las anotaciones con el dedo.
Allí estaban las criaturas de una nevada, las de
una noche de tormenta, las que habían llegado al mundo mientras sus padres
aguardaban en el portal y las que habían nacido con el primer canto del gallo.
Cada nombre le devolvía una casa, una voz, una cara. Y entre todos ellos estaba
el de Martina, la niña de Rosa.
Habían pasado muchos años desde aquella noche de
enero en que la tía Martina ayudó a Rosa a traer al mundo a su hija. La niña, a
la que pusieron Martina en agradecimiento a la comadrona, se había hecho mujer,
de paso firme y mirada despierta. Había aprendido las labores de la casa, había
ayudado a sus padres y había conocido, como todo quisque, los días buenos y los
días torcidos. También había visto cambiar el pueblo, desaparecer viejos
oficios y abrirse caminos que sus abuelos nunca imaginaron.
Pero no había olvidado a la anciana que la
recibió al nacer.
Una mañana de primavera, cuando los almendros
empezaban a perder las flores, Martina fue a visitarla. Llevaba de la mano a su
propia hija, una pequeña de ojos vivos a la que habían puesto Rosa, como a la
madre de Martina.
La tía Martina estaba sentada junto a la ventana,
con una manta sobre las rodillas y las manos descansando en el regazo. Al oír
la puerta, levantó la cabeza.
—Buenos días, tía Martina. ¿Cómo va usté?
—Pus aquí me ties, hija. Más vieja que el olivo
de la cuesta y con menos ganas de andar que un burro cuesta arriba.
—¡No diga usté eso! Si todavía tié más cuerda que
muchas mozas del lugar.
—¡Quiá! No me vengas con cumplidos ni tiquetas,
que ya estoy mu vista. Anda, arrima una silleta y dime qué te trai por estos
barrios.
Martina se sentó a su lado y acercó a la pequeña.
—He venido pa que conozca a mi hija. Se llama
Rosa, como mi madre.
La anciana miró a la niña con una sonrisa.
—¡Rosa! Güen nombre, sí señor. ¿Y qué, mocita?
¿Ya das guerra en casa?
—Mi madre ice que usté la ayudó a nacer
—respondió la pequeña, sin apartar los ojos de la anciana.
La tía Martina soltó una risilla.
—¡Amos, miá qué pregunta! Pus sí, hija, yo ayudé
a tu madre cuando vino al mundo. Jué una noche de mucho trajín, con un frío que
pelaba y tóas las mujeres de la casa entrando y saliendo con los cacharros.
La niña abrió los ojos.
—¿Y mi madre era pequeña como yo?
—¡Más pequeña todavía, criatura! Tú ya andas
corriteando po ahí, pero tu madre, cuando nació, no sabía ni abrir los ojos con
güen aquel.
Martina, la madre, se echó a reír.
—Y eso que usté siempre me ha dicho que fui una
criatura muy tranquila.
—¿Yo hi icho eso? ¡Miá que ties memoria pa lo que
te conviene! Tranquila, no sé si serías, pero aquella noche nos tuvisteis a
tóas en vilo y con el corazón en un puño. Tu madre, la probe Rosa, estaba
asustá, y hubo qu'echale mucho ánimo. Pero al remate, cuando se te oyó berrear,
se nos quitó un peso de encima que ni te cuento.
La pequeña Rosa miró a su madre y luego a la
anciana.
—Entonces, ¿usté estaba allí cuando nació mi
madre?
—Allí mesmo, hija. Y no estaba yo sola. Había más
mujeres: tu agüela, la tía Escolástica, que no se callaba ni debajo del agua, y
alguna otra que abora no me vié a la cabeza. ¡Menuda cuadrilla de mujeres
juntamos!
—¿Y tuvo miedo? —preguntó la niña.
La anciana dejó de sonreír por un instante. Miró
por la ventana, como si al otro lado del cristal siguiera viendo aquella noche
lejana.
—Miedo, hija, miedo tenemos tóos cuando la
custión se pone seria. Pero una no pué quedase pará como una estauta, mirando
al techo. Había qu'ayudar a tu agüela y cuidar de tu madre. Y eso hicimos, cada
una como supo y pudo a la güena de Dios.
—¿Y sabía usté que mi madre iba a nacer aquella
noche? —insistió la pequeña.
—Sabía que venía de camino. Lo demás lo hizo
ella, que pa eso era quien tenía que nacer.
Martina apretó cariñosamente la mano de la
anciana.
—Yo no me acuerdo de aquella noche, claro está.
Pero la he oído contar tantas veces que paice que estuve despierta y me enteré
de todo.
—Los recuerdos de una casa son así, hija. A veces
los guarda quien los vivió y otras veces los guardan los demás pa que no se
pierdan con el tiempo.
La pequeña se quedó pensando, aunque no acabó de
entender del todo lo que le decía la anciana.
Al cabo de un rato, la tía Martina se incorporó
despacito y señaló un arca que tenía junto a la pared.
—Anda, Martina, hazme un favor. Abre esa arca y
tráime la libreta que hay dentro. La de las tapas oscuras y pardas.
Martina obedeció. Sacó una libreta gastada por
los años, con las esquinas dobladas y las hojas amarillentas. Al abrirla,
descubrió páginas llenas de nombres, fechas y pequeñas anotaciones.
—¿Y esto, tía?
—Los nacimientos que fui atendiendo de año en
año. No están tóos, porque hubo tiempos en que bastante tenía una con llegar a
la casa a tiempo con el barro, pero muchos sí.
Martina pasó unas cuantas hojas con cuidado. De
pronto, se detuvo.
—¡Mire usté! Aquí estoy yo.
La anciana se inclinó para ver la página
despacio.
—Claro que estás, hija. Martina, hija de Rosa.
Nacida una noche de enero, con un frío del demonio. ¿Lo ves? Hastia apunté que
al poco de nacer te arrimaron a la lumbre, bien envuelta en la mantilla,
mientras las mujeres preparaban algo caliente pa tu madre.
—¿Y por qué apuntaba usté esas cosas?
—Porque luego pasan los años, se muere la gente y
se van olvidando los detalles. Una piensa que se va a acordar de tó, pero la
memoria es como una cesta vieja o un escriño roto: por algún lado se escapan
las cosas.
La pequeña Rosa se acercó a la libreta.
—¿Y está mi nombre también?
—Quiá, criatura. Tú naciste muchos años
endimpués, cuando yo ya no andaba por las casas ayudando a las madres. Pero
miá, tu nombre está aquí d'otra facha: en el de tu agüela, que se llamaba igual
que tú.
La niña pareció satisfecha con aquella
explicación y volvió a mirar los dibujos que alguien había hecho en el margen
de una página.
Martina cerró la libreta con delicadeza.
—Tía, yo no sé si sabré contarle a mi hija estas
cosas como las cuenta usté.
—No t'apures ni te muerdas la lengua. No hace
falta que lo cuentes igual. Lo que importa es que no se te olvide que antes de
ti hubo otros, y que naide vié al mundo sin que alguien le eche una mano.
La mujer se quedó callada un momento. Había ido a
visitar a la anciana para darle una alegría, pero se marchaba comprendiendo que
aquella visita también era un regalo para ella.
Antes de que Martina y la pequeña Rosa se
marcharan, la tía Martina pidió que le acercaran un tarro que guardaba en una
alacena.
—Toma, hija. Llévate esto pa la casa.
—Pero, tía, si usté lo necesita más que yo.
—¡Anda, no digas tonterías! Tengo más miel de la
que puedo tragar. Y endemás, esta miel no es pa mí.
Martina cogió el tarro.
—¿Y para quién es, entonces?
—Pa vosotras dos. Pa que cuando la probéis us
acordéis de esta vieja y de aquella noche de enero.
La pequeña Rosa miró el tarro, intrigada.
—¿La miel sirve pa acordase de las cosas?
—No, hija —contestó la anciana—. La miel sirve pa
endulzar la boca y que resulte más maja. Pa acordase están la cabeza y el
corazón. Pero a veces una cosa te lleva a otra, y un sabor te hace golver a un
sitio ande ya no puedes ir.
Martina abrazó a la tía Martina con fuerza. La
anciana olía a jabón, a ropa limpia y a esa mezcla de casa antigua y lumbre
apagada que tienen las viviendas donde se han vivido muchos inviernos.
—Volveré a verla, tía.
—Tú ven cuando puedas, hija. Pero no vengas por
tiqueta ni compromiso, que bastante compromiso tié una con las cosas del campo
y de cada día. Ven, si te apetece acomodarte un rato y charlar de historias.
—Vendré, se lo prometo.
—Güeno, güeno. No prometas tanto, que luego vien
los días torcíos, se muere el borrico y no hay quien cumpla ná. Anda, vete con
Dios y cuida de esa criatura.
La pequeña se acercó para despedirse.
—Adiós, tía Martina.
—Adiós, Rosa. Y no te me hagas mu remilgá ni de
güen tono, que la vida enseña más verdades que tóos los maestros de la escuela
juntos.
Madre e hija salieron a la calle. La mañana
estaba clara y el sol caía sobre los tejados del lugar. Martina llevaba el
tarro bien sujeto, mientras Rosa saltaba de una losa a otra, entretenida en no
pisar las rayas.
Años después, cuando la pequeña hubiera crecido y
preguntara por qué se llamaba Rosa, su madre podría contarle que aquel nombre
venía de su abuela, y que en una libreta vieja de tapas pardas había quedado
escrito el nombre de otra mujer: Martina, nacida una noche de enero en que
muchas manos se juntaron para ayudarla a llegar al mundo.
Quizá entonces recordaría también el tarro de
miel, la voz cascada de la anciana y aquellas palabras que parecían sencillas,
pero guardaban una verdad honda: que las cosas importantes no siempre las hace
una persona sola.
Porque aquella noche no fue únicamente la noche
en que nació Martina. Fue también la noche en que Rosa recibió ayuda, en que
las mujeres del pueblo compartieron su saber y su miedo, y en que una casa
humilde se llenó de calor en medio del frío.
Y mientras quedara alguien dispuesto a contarla,
aquella noche seguiría viva.
Como la miel de la Alcarria, que guarda el dulzor
de las flores y el trabajo callado de las abejas, la memoria de aquellas
mujeres seguiría pasando de unas manos a otras, de una generación a la
siguiente.
Y eso, al fin y al cabo, era lo que la tía
Martina había querido conservar en su libreta: no solo los nombres de quienes
nacieron, sino también un poquito de la vida que los recibió.
Cuando la tía Martina cerró los ojos por última
vez, a finales de los años setenta, no hubo pregonero que anunciara el fin de
una época, ni el escribano del lugar anotó nada extraordinario en sus libros.
En la plaza del pueblo rugían los motores de los automóviles nuevos y los
jóvenes hablaban de marcharse a Madrid a trabajar en las fábricas. El progreso
había llegado para quedarse, y con él, las ambulancias que subían a toda prisa
por la carretera nueva hacia el hospital de la capital.
Nadie volvió a llamar con tres golpes en la
puerta de la casa de la fuente una noche de invierno. La bolsa de tela y los
paños limpios se quedaron guardados en el fondo del armario, y la libreta de
tapas pardas, con su lista de nombres escritos a lápiz, acabó sepultada bajo el
polvo del arcón.
Para los recién llegados, Martina solo fue una
anciana más que se apagó con el frío. Olvidaron que aquellas manos arrugadas
habían sostenido el primer resuello de medio pueblo; olvidaron el buen aquel
con el que calmaba el miedo de las madres y la firmeza rústica con la que
plantaba cara a las tormentas. El avance de los tiempos, implacable, borró de
las calles el oficio de partera, como el cierzo borra las huellas en el páramo.
Sin embargo, a veces, el pasado se resiste a
morir del todo.
Años después, cuando la pequeña Rosa creció y
abrió en su cocina el viejo tarro de miel de tomillo que guardaba su madre, el
aroma denso y oscuro llenó la habitación. No era solo el dulzor de las flores
de la Alcarria; era el olor a lumbre apagada, a ropa limpia y a palabras
sencillas dictadas con el corazón. En ese instante, frente al ventanuco, Rosa
comprendió que mientras alguien recordara aquella libreta vieja, la tía Martina
y todas las mujeres que sostuvieron la noche seguirían vivas. No en los libros
de historia, sino en la memoria callada de la tierra que las vio nacer.
Arturo
Culebras Mayordomo
Madrid,
octubre 2026

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