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EL GARBANCERO

Los pueblos de este relato no tienen nombre. Podrían ser cualesquiera de los de la Alcarria que, a finales de los años sesenta, todavía salían a la puerta cuando oían el pito de un motocarro. Los personajes son inventados. El oficio, no.

I. Las aliagas

A Leandro Carrasco le llamaban en su pueblo, y en media comarca, el garbancero, aunque de garbanzos vivía solo dos meses al año. El resto del tiempo era un labrador como otro cualquiera, con cuatro tierras de secano, una huerta junto al río y la costumbre de echarse a segar por jornal cuando el verano venía flojo. Pero desde que terminaba la sementera hasta la Nochebuena, cuando las noches se hacían largas y en las cocinas se encendía la lumbre a media tarde, Leandro tostaba garbanzos con yeso y los llevaba a los pueblos. Y eso era lo que la gente recordaba de él. Lo otro no lo recordaba nadie.

Tenía cuarenta y seis años, las manos anchas y agrietadas y una boina negra que no se quitaba ni para comer. Era hombre de pocas palabras en su casa y de muchas fuera de ella, que es lo contrario de lo que suele pasar, y su mujer, Rufina, decía que había que mandarlo a los pueblos para oírle hablar.

El oficio le venía de su padre, y a su padre del suyo. El abuelo iba con un macho tordo y dos serones, uno a cada lado: en uno llevaba los garbanzos tostados y en el otro iba echando los crudos que le daban a cambio. El padre, con una burra. Leandro había ido con la burra hasta que, tres años atrás, la vendió junto con los ahorros de dos cosechas y compró en Cuenca, de segunda mano, un motocarro de tres ruedas, pintado de azul y ya desconchado en los bordes de la caja. En la taberna hubo quien se rio de él. «Eso es tirar los cuartos», le dijeron. Pero el motocarro no comía paja ni pedía herrero, y en una mañana hacía el camino que a la burra le costaba un día entero. Los que se rieron fueron vendiendo sus caballerías después, uno detrás de otro. Nadie volvió a decirle nada.

Aquel año de 1968 las primeras escarchas llegaron a finales de octubre, y con ellas llegó también, como todos los años, la hora de pensar en los garbanzos. Leandro lo notaba antes en los huesos que en el calendario. Pero antes que los garbanzos, y antes que el yeso, venía la lumbre.

Para tostar hacía falta un fuego vivo, de llama alta y rápida, que subiera de golpe cuando uno quisiera. Eso no lo daba la leña gruesa de encina, que es de rescoldo y de paciencia, sino la aliaga. La aliaga es una mata baja y espinosa que cubre los ribazos y los páramos de la Alcarria; en primavera se llena de flores amarillas y en otoño queda seca, dura y erizada de pinchos. Arde como la pólvora. Por eso la buscaban los horneros para caldear el horno del pan, y por eso la buscaba Leandro para su caldero.

Un sábado de finales de octubre, antes de que clareara, sacó el motocarro del portal. Julián, el hijo mayor, que tenía diecisiete años, subió a la caja con dos horcas de hierro, el azadón y un par de sogas. Llevaba unos guantes de lona que le había cosido su madre con los restos de un saco, porque el año anterior había vuelto con las manos como un colador.

Subieron por el camino de las eras hasta el páramo, donde la tierra era tan pobre que ni siquiera se sembraba cebada. Allí arriba las aliagas se extendían a manchas entre las piedras, grises de escarcha a aquella hora. Leandro paró junto a un majano, se echó el aliento en las manos y señaló la ladera.

—Hala, muchecho, que en cuanto s'ajunte el sol se ablandan y pinchan más. Tú amontona y yo corto.

Leandro buscaba cada mata con el pie, la tanteaba para ver si estaba bien seca y, de un golpe de azadón dado por lo bajo, la arrancaba de cuajo. Julián iba detrás recogiéndolas con la horca, las pisaba para apretarlas y las llevaba a montoncillos junto al motocarro. Las espinas atravesaban la lona de los guantes como si fuera papel, y cada poco el muchacho soltaba un quejido.

—¡Ay, copón! Otra vez.

—Calla, que eso no es ná —contestaba el padre sin volverse—. Cuando yo tenía tus años las acarreábamos a lomo de la burra, y m'hincaba más pinchos que tié un erizo. Y endimpués, a cenar y a la cama, y aquí no ha pasao ná.

A media mañana la caja iba colmada, con las aliagas trabadas unas con otras y atadas con las sogas por encima para que no se volaran en las curvas. Julián se sentó sobre una piedra y se puso a sacarse las espinas de los dedos con los dientes, una por una. Desde allí arriba se veía todo el valle: el río con sus chopos ya amarillos, el campanario de su pueblo y, más lejos, las torres de otros dos o tres lugares desperdigados por las laderas. A dos de ellos iría su padre cada quince días, hasta Navidad.

—Padre, ¿y por qué no tuesta usté con leña de la de siempre, como hace la madre con el pan?

—Porque la leña gorda no sirve pa esto. El garbanzo quié un golpe de lumbre fuerte al remate, pa que salte tuico de una vez. Si le das poco a poco, s'arrecuece y se queda duro como una piedra, y endimpués la gente ice que les vendes balines. La aliaga es como el genio de tu madre: prende en ná y s'apaga en ná, pero mientras dura, calienta.

Julián se echó a reír, y el padre también, aunque miró alrededor como si alguien pudiera oírlo.

Hicieron dos viajes aquella mañana y otros dos el sábado siguiente. Descargaban las aliagas en el corral pasándolas a horcadas por encima de la tapia del huerto, para no atravesar la cocina, y las iban hacinando contra la pared del pajar en un montón tan alto que asomaba por encima del tejadillo de las gallinas. Rufina las miraba desde la puerta con los brazos cruzados.

—Ya estamos otra vez con el barullo. Tuico el corral lleno de pinchos, y las gallinas que no hay quien las saque d'ahí.

Pero lo decía por decir. Sabía tan bien como él que aquellos garbanzos traían a casa, cada invierno, los cuartos que no daba la tierra.

II. El remojo

Los garbanzos, en cambio, no había que ir a buscarlos a ninguna parte. Venían solos. Era el secreto del oficio, y Leandro lo explicaba con una sonrisa ladeada a quien quisiera oírlo. Los garbanzos crudos que la gente le daba en el cambio eran los mismos que él tostaba la quincena siguiente. Y como por cada vasija colmada de crudos devolvía la misma vasija rasa de tostados, y el garbanzo tostado abulta más que el crudo, siempre le sobraba. Lo que sobraba lo vendía al por mayor en la tienda del pueblo o lo guardaba para el cocido de la casa. Solo el primer tueste de cada invierno lo hacía con garbanzos propios, o comprados a algún labrador de la Comarca que salían con el camión a vender legumbre por los pueblos.

Aquel año tenía en la cámara cuatro sacos. Dos eran de su propia cosecha, pequeños y duros, de los que se criaban en las tierras flojas de la ladera; los otros dos eran de garbanzo manchego, gordo y de piel fina, que había pagado a dieciocho pesetas el kilo. Los mezclaba, porque el manchego tostaba mejor y el suyo pesaba más. En aquellas cuentas cabía toda su ciencia.

El tueste se hacía siempre en jueves, para salir con el género el viernes. Y la faena del jueves empezaba la noche del miércoles.

A eso de las doce, cuando en el pueblo no se oía más que algún perro y el viento en las tejas, Rufina se levantó sin dar la luz del cuarto, para no despertar a los chicos, y bajó a tientas a la cocina. Allí sí encendió la bombilla, una bombilla pelada que colgaba de un cable trenzado sobre la mesa y que daba más sombras que luz. Avivó las brasas que había dejado tapadas con ceniza, les echó unos sarmientos y, cuando la llama prendió, colgó del llar la caldera grande, la de cobre, la misma que sacaban para escaldar el gorrino el día de la matanza. La llenó con el agua del cántaro hasta un palmo del borde y se sentó en la silleta a esperar, con las manos metidas en el delantal.

Al rato bajó Leandro, en camiseta y con los pantalones sujetos con la mano.

—¿Ya está caliente?

—Ya casi. Mete la mano, que tú lo sabes mejor.

Leandro metió un dedo en el agua y lo sacó enseguida. No había que dejarla hervir. Si el agua hierve, el garbanzo se cuece, se le abre la piel y luego, en el tueste, revienta y se queda blando por dentro. Había que cogerla justo antes, cuando empezaban a subir del fondo las primeras burbujillas, pequeñas como perlas, sin llegar al borbotón.

—Agora —dijo.

Trajeron del portal la espuerta de esparto, vieja y honda, con las asas reforzadas con alambre, y la llenaron de garbanzos hasta algo más de la mitad. Entre los dos la bajaron despacio dentro de la caldera, sujetándola por las asas para que no tocara el fondo, y el agua la cubrió entera. Rufina echó entonces un puñado de sal gorda y, de un papelillo que guardaba en el vasar, una cucharada de bicarbonato.

Leandro nunca supo muy bien para qué servía el bicarbonato. Lo echaba porque lo echaba su padre, y su padre porque lo echaba el suyo. «Pa que s'ablande la piel», decía Rufina. «Pa que no se t'agarre el yeso a la boca», decía él. Probablemente ninguno de los dos lo sabía de cierto, y a ninguno de los dos le hacía falta saberlo.

Los dejaban un rato en el agua, el tiempo de rezar dos o tres credos, como decía la madre de Rufina, y luego sacaban la espuerta en alto, chorreando, y la dejaban colgada un momento del gancho del llar para que escurriera. De allí pasaban los garbanzos, humeantes, a unos capachos de esparto que tenían preparados en el suelo, y los tapaban enseguida con un saco de arpillera doblado en cuatro para que no se les fuera el calor.

Y vuelta a empezar: otra espuerta, otro poco de sal, otro poco de bicarbonato, otros dos credos. Cada tanda iba a parar al mismo capacho, debajo del mismo saco, y el saco, cada vez que lo levantaban para añadir, soltaba una nube de vaho que olía a legumbre y a tierra mojada.

—Ésta es la úntima —dijo Leandro hacia las dos de la madrugada, cuando en la caldera no quedaban más que dos dedos de agua turbia.

—Y agora a la cama, que mañana no hay quien te devante.

Los garbanzos se quedaban así, amontonados y tapados, hasta la mañana. En aquellas horas hacían lo que en la casa llamaban resudar: el calor que llevaban dentro se iba repartiendo por todo el montón, la humedad pasaba de la piel al corazón del grano, y el garbanzo quedaba tierno y húmedo por igual, sin estar cocido. Si uno levantaba el saco al amanecer y metía la mano, todavía notaba el calor, como el de un animal dormido.

Tomás, el pequeño, que tenía nueve años y dormía en el cuarto de encima de la cocina, se había despertado con el ruido y había estado todo el rato asomado al hueco de la escalera, en camisa, sin que nadie lo viera. Cuando su madre subió, lo encontró allí tiritando.

—¡Juasús, criatura! ¿Qué haces ahí, que te vas a quedar como un carámbano?

—Quería ver cómo se hacían.

—Pus mañana los ves, que mañana es lo gordo. Hala, a la cama, y como te vea tu padre, t'escostilla.

El chico subió los escalones de dos en dos. Desde la cama todavía oyó un buen rato a sus padres hablando abajo en voz baja, y luego el golpe de la tranca en la puerta del corral, y luego nada. Muchos años después, ya viejo, contaría que aquella fue la primera noche en que se dio cuenta de que sus padres también trabajaban mientras él dormía. Hasta entonces no se le había ocurrido.

III. El yeso que hierve

El tueste no se hacía en la cocina de la casa, porque Rufina no lo consentía, sino en la cocinilla del corral: un cuartucho bajo, con el suelo de tierra apisonada y un hogar grande de piedra con su campana, que en otro tiempo había servido para cocer la comida de los gorrinos. Las paredes y las vigas estaban blancas de años de tueste, como si alguien las hubiera enjalbegado a desgana, y en los rincones el polvo de yeso se había endurecido con la humedad hasta formar una costra que ya nadie intentaba limpiar.

En el centro del hogar, sobre unas trébedes de hierro altas, estaba el caldero. Era un caldero de hierro colado, ancho de boca y no muy hondo, negro por fuera de tanto fuego y gris por dentro, que había sido del padre de Leandro y antes de su abuelo. Pesaba tanto que hacían falta dos hombres para bajarlo, y por eso no se bajaba nunca.

Al lado, en un saco de papel doblado por la boca, estaba el yeso. Era yeso de albañil, del blanco y fino, que Leandro compraba en la yesería del pueblo, la misma de la que salía el yeso para tabicar las casas. Un saco le duraba casi todo el invierno, porque el yeso no se gastaba: se cernía después de cada tanda y volvía al caldero, y solo había que ir reponiendo lo que se quedaba pegado a los garbanzos.

El jueves amaneció despejado y frío. A las ocho estaba ya toda la familia en la cocinilla, cada uno en su puesto, como en una mañana de matanza. Tomás, que no había ido a la escuela porque su padre había hablado el día antes con el maestro, acarreaba las aliagas desde el montón del pajar, con unos guantes viejos de su hermano que le llegaban a los codos. Julián cuidaba la lumbre. Encarna, la hija, que tenía trece años y los brazos más fuertes que su hermano pequeño, se ponía junto al caldero con el mocho: una escoba vieja de palma a la que se le habían gastado las hebras hasta quedar como un cepillo corto y duro, que era lo mejor que había para remover sin que se quemara nada. Rufina, con un pañuelo atado a la cabeza y otro tapándole la boca y la nariz, preparaba el arnero.

Leandro echó el yeso en el caldero, unas cuantas paladas, hasta cubrir el fondo con un palmo de grueso. Y entonces empezó lo que él llamaba calentar el yeso.

Al principio no pasaba nada. El yeso estaba allí, quieto y blanco, como la harina en la artesa, y Julián iba metiendo leña de encina bajo el caldero para que el fuego cogiera cuerpo. Poco a poco el hierro se calentaba. Al cabo de un buen rato, la superficie del yeso empezó a temblar. Primero salió un vaho finito, casi invisible, que subió hacia la campana. Luego, aquí y allá, se abrieron unos agujerillos, como cuando llueve sobre la ceniza, y de cada agujero salió un soplo de vapor. Y al final, de repente, todo el yeso se puso a bullir: burbujeaba, se hinchaba, se hundía y volvía a subir, y si Encarna pasaba el mocho por encima, corría detrás de las hebras como un líquido espeso, igual que el aceite de la sartén cuando está a punto de humear.

Aquello era lo que llamaban «que el yeso hierva», aunque en el caldero no hubiera ni una gota de agua. Leandro no sabía, ni le hacía falta saberlo, que el yeso guarda agua escondida dentro de sí, que al calentarse la suelta en forma de vapor y que es ese vapor, al escapar por entre el polvo, el que lo levanta y lo hace moverse como si hirviera. Lo que sí sabía era que, mientras el yeso no hirviera, no se podía echar ni un garbanzo; y que cuando hervía había que echarlos enseguida, antes de que se asentara. Hay cosas que se aprenden sin entenderlas, y no por eso se aprenden peor.

—¡Ya corre! —gritó Encarna.

—Tráite la lata, Rufina.

La medida era una lata grande de las de conserva de pimientos, con un asa de alambre que le había puesto el hojalatero. Rufina levantó el saco de arpillera y el vaho de los garbanzos resudados le dio en la cara. Llenó la lata, se la pasó a su marido y Leandro la vació despacio sobre el yeso, repartiendo los garbanzos por todo el caldero. Una lata, y otra más.

—¡Menea, menea, que no se paren!

Encarna ya meneaba. Pasaba el mocho de un lado a otro, hacía un remolino, levantaba los garbanzos del fondo y los volvía a hundir en el yeso sin parar ni un momento, porque un garbanzo que se quedaba quieto contra el hierro se quemaba en un suspiro. El yeso, al tocar la piel húmeda del garbanzo, se le pegaba y lo iba envolviendo en una camisa blanca, y los garbanzos, que habían entrado morenos, se volvían blancos como almendras peladas.

—¡Agora, Tomás! ¡Aliagas!

Tomás echó una brazada de aliagas bajo el caldero, y Julián otra. La aliaga prendió con un bufido, como un gato enfadado, y la llama subió lamiendo el hierro por los lados. En menos de un minuto el caldero entero empezó a crepitar. Los garbanzos saltaban. Primero uno, luego tres, luego docenas, con un ruido seco, como de granizo en un tejado de chapa, y al saltar levantaban del yeso una polvareda blanca que se metía por todas partes: en los ojos, en las narices, en el pelo, por dentro de la camisa. En la casa la llamaban la polvisca, y había días en que no se veía de una pared a la otra.

—¡Ya no saltan! ¡Fuera, fuera!

Leandro se puso los agarradores, dos trapos gordos cosidos en forma de manopla, y con una pala de hierro de mango corto fue sacando del caldero garbanzos y yeso revueltos y echándolos en el arnero que sostenía Rufina. El arnero era una criba grande de piel agujereada, con aro de madera, y debajo había una estera de esparto tendida en el suelo. Rufina cernía. Sacudía el arnero a un lado y a otro, con un movimiento de cadera que parecía un baile, y el yeso caliente caía por los agujeros a la estera mientras los garbanzos, ya tostados, se quedaban arriba, blancos, humeantes y oliendo a pan.

El yeso cernido volvía al caldero, se calentaba otra vez y vuelta a empezar. Diez, doce, quince tandas en toda la mañana. A mediodía, cuando pararon a comer, los cinco estaban blancos de la cabeza a los pies, como los yeseros cuando acaban de descargar un carro. Tomás se miró en el cristal de la ventana y se echó a reír.

—¡Paezco el agüelo!

—Pus lávate, que como te vea asín la maestra el lunes, te manda pa casa.

Los garbanzos se dejaban enfriar extendidos sobre sacos en el suelo de la cámara, y ya fríos se metían en otros sacos limpios, de tela blanca, bien atados por la boca para que no cogieran humedad. A la caída de la tarde, Leandro probó un puñado. Crujían. Se deshacían en la boca sin romper las muelas, y el yeso apenas se notaba, solo un polvillo seco en la lengua.

—Están en su punto —dijo—. Mañana, a los pueblos.

Nadie le contestó. Estaban todos demasiado cansados. Pero Encarna, antes de irse a lavar, cogió también un puñado del saco y se lo guardó en el bolsillo del delantal. Era la única paga que había en aquella casa por un día entero de tueste, y a ninguno de los tres chicos se le ocurrió nunca pedir otra.

IV. El pito del motocarro

El viernes, antes de las nueve, Leandro cargó el motocarro. En la caja, bien arrimados a la cabina para que no se corrieran, iban cuatro sacos de garbanzos tostados; detrás, dos sacos vacíos para ir echando los crudos del cambio. Llevaba también una romana pequeña, colgada de un clavo, para los pocos que compraban por kilos, y una medida de madera de un cuartillo, gastada por los bordes, para los que pagaban con dinero y no traían vasija. Y el rasero, que era un listón de pino liso y recto, de palmo y medio, que había sido de su padre y que Leandro no le dejaba tocar a nadie. En la cabina, al lado del asiento, la bota de vino, un chusco de pan y un trozo de tocino envueltos en una servilleta de cuadros.

Rufina salió a la puerta con el delantal puesto.

—Y no te pares en la venta a jugar al tute, que te conozgo.

—Mujer, si yo no me paro en dengún lao.

—Ya. Como la otra vez, que viniste a las tantas y oliendo a anís.

Leandro no contestó. Dio dos patadas a la palanca, el motor tosió, escupió una nube de humo azul y arrancó con un traqueteo que hizo ladrar a todos los perros de la calle.

El pueblo al que iba aquel viernes estaba a diecinueve kilómetros, cuesta arriba casi todo el camino. Era más pequeño que el suyo, con su iglesia de torre cuadrada, su plaza con la fuente de cuatro caños y un par de tiendas, y allí iba cada quince días, desde noviembre hasta la Nochebuena, siempre en viernes. A la vuelta, por la tarde, paraba en otro más pequeño que le pillaba casi de camino. Eran dos pueblos distintos en un mismo día, pero el oficio era el mismo en los dos, y la gente también, aunque ellos no lo supieran.

La carretera era de tierra y piedra suelta hasta el cruce, y de allí en adelante estaba asfaltada a trozos, con unos baches que parecían pozos. El motocarro subía las cuestas renqueando, en primera, y Leandro iba echado hacia delante sobre el manillar, como si así le ayudara. Hacía un frío que cortaba la cara. En los barbechos todavía blanqueaba la escarcha, y en las cunetas había charcos con una capa de hielo fina como el cristal de una ventana.

Por el camino se cruzó con un pastor que llevaba el ganado a las rastrojeras y que le saludó levantando la cachava. Luego con dos mujeres que iban a lavar al río con los baldes en la cadera, que se apartaron a la cuneta y se quedaron mirando el motocarro hasta que se perdió en la curva. Más adelante, con el ordinario, que bajaba a la capital con su camioneta cargada de encargos y que le tocó la bocina al pasar. Leandro le contestó con el pito. Era lo más parecido a una conversación que se podía tener en aquella carretera.

Tardó casi una hora. Cuando asomó por la loma y vio el campanario, paró un momento, se sopló las manos, se sacudió el polvo de la chaqueta y se enderezó la boina. Luego arrancó otra vez y entró en el pueblo por la calle de abajo.

Nada más pasar las primeras casas, apretó el pito. Era un pito ronco, de pera de goma, que había que estrujar con la mano, y sonaba como el graznido de un ganso resfriado.

¡Mo-mo! ¡Mo-mo!

Avanzó despacio calle arriba, casi al paso de una persona, tocando el pito cada pocos metros. Y cuando llegaba a una esquina paraba el motor un momento, se ponía de pie en el estribo, se echaba las manos a la boca y soltaba, con una voz que se oía hasta en las eras:

—¡Garbancerooo! ¡El garbanceroooo!

No decía nada más. No hacía falta. En el pueblo todos sabían lo que traía y adónde iba a parar, porque llevaba muchos inviernos haciendo lo mismo y siempre del mismo modo. Por eso no entraba en todas las calles, sino solo en las del centro y en las de alrededor de la plaza, dando una vuelta que acababa siempre en el mismo sitio: la casa de la tía Eufrasia, en la calle del Horno.

A su paso se abrían las puertas. Se asomaba una mujer con el pañuelo mal atado, otra con las manos llenas de harina, otra con un crío en brazos. Y de las esquinas iban saliendo chiquillos que echaban a correr detrás del motocarro gritando también, imitando el pito con la boca:

—¡Mo-mo! ¡El garbancero! ¡Que ha venío el garbancero!

Los más atrevidos se agarraban a la trasera de la caja y se dejaban llevar unos metros, con los pies arrastrando, hasta que Leandro los veía por el espejo y les echaba una voz.

—¡Soltaros d'ahí, cenutrios, que os vais a esnucar y endimpués la culpa es mía!

La tía Eufrasia era una viuda de sesenta y tantos años, bajita y ancha, vestida de negro desde hacía veinte, con la cara curtida y los ojos pequeños y listos. Vivía sola en una casa grande de dos plantas, con un portal empedrado que daba a la calle por un portón de dos hojas, lo bastante ancho para meter un carro. El trato con Leandro venía de años atrás y nunca se había puesto por escrito. Él ponía el género en su portal cada quincena, y ella se quedaba cada vez con dos buenas vasijas de tostados, una para ella y otra para los nietos, que venían los domingos desde el pueblo de al lado. Pero la verdadera paga de la tía Eufrasia no eran los garbanzos. Era tener la casa llena de gente una mañana entera y enterarse de todo lo que pasaba en el pueblo sin moverse de la silla. Eso, en un pueblo, vale más que cualquier cosa.

Cuando el motocarro dobló la esquina de la calle del Horno, la tía Eufrasia ya tenía las dos hojas del portón abiertas de par en par y estaba esperando en el umbral, con los brazos en jarras.

—¡Hombre, Liandro! Ya creía yo qu'este año no venías, que t'habías muerto u t'habías ido pa Madrid como tuicos.

—Pus aquí m'ties otra vez, Ufrasia, más vivo que los ratones. ¿Y usté cómo anda?

—Pus como las sartenes viejas: renegría pero en pie. Pasa, pasa, qu'en el portal hace menos frío que en la calle, y he echao unas cepas a la lumbre.

V. En casa de la tía Eufrasia

Leandro metió el motocarro de culo en el portal, hasta la mitad, de modo que la caja quedaba dentro, a cubierto, y la cabina asomaba a la calle. Bajó los sacos de tostados, los puso de pie sobre el empedrado y les abrió la boca doblando el borde hacia fuera, como quien arremanga una camisa. Al lado dejó abierto uno de los sacos vacíos para los crudos, y encima apoyó el rasero. Con eso estaba el puesto hecho.

Al fondo del portal, por una puerta entornada, se veía la cocina de la tía Eufrasia: el hogar bajo con la lumbre encendida, dos poyos de piedra a los lados cubiertos con una manta vieja, unas sillas de enea y, colgadas de la campana, unas ristras de pimientos secos y una sartén tan negra que parecía de carbón.

No habían pasado cinco minutos cuando llegó la primera, la tía Sebastiana, que vivía enfrente y había estado espiando por el ventanillo desde que oyó el pito. Traía un tazón de loza blanca con el borde desportillado, lleno de garbanzos hasta formar un colmo, y lo llevaba con las dos manos y mucho cuidado, como quien lleva el Santísimo.

—¡Aquí estoy la primera, como las güenas gallinas! ¿Y qué, Liandro, hay salú? ¿Y la Rufina?

—Tirándola, Sabastiana, tirándola. Güena, gracias a Dios, con sus cosas.

—Mira, mira qué garbanzos te traigo: de lo mejorcico que s'ha criao este año en toa la vega. Ni uno picao, que los he escogío yo mesma, uno por uno, debajo de la bombilla.

Leandro cogió el tazón, miró los garbanzos por encima, metió los dedos, sacó un puñado, los miró al trasluz de la puerta y los dejó caer otra vez. Eran buenos, de los de la vega, de piel lisa. Volcó el tazón entero en su saco de crudos, sin dejar ni uno, y luego, con un cazo de lata, lo llenó de tostados hasta rebosar. Pasó el rasero por encima, de un lado a otro, y los garbanzos que sobresalían cayeron otra vez al saco.

—Ahí lo tié usté. Rasico.

—Rasico, rasico —refunfuñó la tía Sebastiana—. Yo te lo traigo colmao y tú me lo das rasico. Pa ti el colmo y pa mí el rasero.

—Asín ha sío siempre, Sabastiana, dende que el mundo es mundo. Colmo por rasero. Usté me lo trai crudo y yo se lo doy tostao, con la leña, el yeso, la gasolina y el trabajo de toa mi familia. ¿O se cree usté que los garbanzos se tuestan solos en la cámara mientras uno duerme?

—Ya, ya, si no digo ná. Es por hablar.

Cogió un garbanzo del tazón, lo sopló para quitarle el polvillo y se lo metió en la boca.

—Pus están rebuenos, eso sí. Se deshacen solos. No como los que traía aquel otro de la parte de la Mancha, que eran pa romperse las muelas.

Aquella era la ley del oficio, y no estaba escrita en ninguna parte. El colmo lo ponía el que daba y el rasero el que recibía, y la diferencia entre uno y otro era todo lo que ganaba el garbancero en un invierno. Una diferencia pequeña, que cabía en la palma de la mano, pero que multiplicada por cien vasijas y por diez viernes daba para los zapatos de los chicos y para la contribución.

Detrás de ella habían ido llegando otras. La Engracia, que era joven, con un crío de meses en brazos envuelto en una toquilla y, en la otra mano, una jarrilla de barro vidriado. La tía Petra, con un cuenco de madera. Una moza que traía un plato hondo tapado con un paño, como si llevara la comida al campo. Y detrás, remoloneando, un chiquillo de nueve o diez años, con los mocos helados y las orejas coloradas, que apretaba contra el pecho un tazón tan grande que parecía una palangana.

Se fueron metiendo todas en el portal, y la tía Eufrasia, que no quería perderse nada, sacó dos sillas de la cocina y se sentó en una junto a los sacos, como si fuera la dueña del negocio.

—Asentaros, asentaros, que por el garbanzo no hay prisa. Y si tenís frío, pasar a la lumbre, que hay pa tuicas.

La Engracia le dio la jarrilla a Leandro y se quedó meciendo al crío, que había empezado a lloriquear.

—¿Y qué tal el crío, Angracia? —preguntó la tía Sebastiana, asomando la cabeza por encima de la toquilla—. ¡Miá qué lustroso se cría! ¡Y no le quita jota a su padre, el condenao, es el mesmo retrato!

—Pus no crea usté, qu'ha estao malico. Hastia el médico tuvimos que llamar la otra semana, que tenía una calentura qu'abrasaba. Y el médico, que si esto, que si lo otro, y al remate nos manda un jarabe de la botica que costó más que el crío.

—Ya, ya, los médicos... Pa eso, un trapo con vinagre en la frente y un vaso de leche con miel, qu'es lo que hacíamos nusotras, y aquí estamos tuicos.

—¡Tuicos no, Sabastiana! —saltó la tía Eufrasia—. Que de los ocho que tuvo mi madre solo quedemos cuatro, y los otros se los llevó Dios con el vinagre y la miel.

Hubo un silencio corto, y la tía Sebastiana se santiguó.

Leandro, mientras tanto, iba despachando. Vaciaba cada vasija en su saco, miraba los crudos, la llenaba de tostados y pasaba el rasero. La jarrilla de la Engracia, el cuenco de la tía Petra, el plato de la moza. Con el plato tuvo que hacer equilibrios, porque un plato hondo no se puede rasar como es debido, y acabó dándole un poco más de la cuenta para que no se dijera.

Cuando le llegó el turno al chiquillo, Leandro miró el tazón y luego al chico.

—¡Arrea, muchecho! ¿Y esto qué es, un tazón u un pilón de fuente? ¿De quién eres tú?

—De la Luisa, la de la tienda. Y el tazón es de mi agüela, que m'ha dicho que se lo llene bien, que si no m'esloma.

Las mujeres se echaron a reír. Leandro vació el tazón en el saco y vio que los garbanzos apenas llegaban a la mitad.

—Pus mira, muchecho, tu agüela t'ha dao un tazón mu grande y mu pocos garbanzos. Esto no es colmo. Esto es la mitá d'un rasero.

El chico se puso colorado hasta las orejas, que ya lo estaban, y bajó la cabeza. Leandro lo miró un momento, suspiró y llenó el tazón de tostados hasta la mitad justa. Luego cogió un puñado más, grande, y se lo metió al chiquillo en el bolsillo de la chaqueta.

—Esto pa ti, pa que no te los comas por el camino y llegue el tazón entero a casa. Y dile a tu agüela qu'el garbancero no es tonto, pero que tampoco es un judas.

El chico salió corriendo, con el tazón apretado contra la barriga y la mano metida en el bolsillo. Antes de llegar a la esquina ya iba masticando. Aquel puñado no lo apuntó Leandro en ninguna cuenta. Tampoco lo olvidó el chico nunca.

Entonces entró por el portón una señora que no era como las demás. Llevaba un abrigo de paño gris con botones grandes, zapatos de tacón bajo y el pelo recogido sin pañuelo. Era doña Pilar, la mujer del maestro, que había llegado al pueblo aquel otoño desde Cuenca. Las mujeres se callaron y se apartaron un poco.

—Buenos días —dijo—. ¿Es usted el de los garbanzos tostados? ¿Me podría poner un cuartillo? No tengo garbanzos para cambiar; se los pago.

—Pa servila, señora. A cinco pesetas el cuartillo, qu'es lo que valen.

Le llenó la medida de madera, la rasó con cuidado y se la vació en una bolsa de tela que ella traía. Doña Pilar pagó con un duro, dio otra vez los buenos días y se fue. Hasta que no dobló la esquina, nadie abrió la boca.

—¡Miá tú, la maestra! —dijo por fin la tía Sebastiana—. ¡Cinco pesetas por un cuartillo de garbanzos, con la de garbanzos que hay en este pueblo! Ya se ve qu'es de capital.

—¿Y qué quié usté que haga, mujer, si no tié tierras? —dijo la Engracia—. ¿O va a sembrar garbanzos en la escuela?

—Pus que se los pida a alguna vecina, que naide se los va a negar. Pero no, la señora, con su duro por delante. Ya verás tú lo que dura en el pueblo con esos humos.

—Déjela usté, Sabastiana —dijo Leandro, guardándose el duro en el bolsillo del chaleco—, qu'esa señora es la única que m'ha dao dinero en toa la mañana. Si juera por ustedes, yo ya m'habría muerto d'hambre con un saco de garbanzos en cada mano.

Hacia las once apareció el tío Celedonio. No traía vasija ni garbanzos, porque no venía a cambiar. Tenía ochenta y dos años, andaba con una garrota de fresno y llevaba la boina calada hasta las cejas y una bufanda de lana que le daba tres vueltas al cuello. Desde que se había quedado viudo y los hijos se le habían ido a Madrid, no tenía nada que hacer en todo el día, y se pasaba las mañanas de puerta en puerta, allí donde hubiera una lumbre encendida y alguien con quien hablar. A la casa de la tía Eufrasia iba los viernes de garbanzos porque, decía, allí había más conversación que en la taberna y salía más barata.

—¡Güenos días nos dé Dios!

—Pase usté, tío Celedonio, y asiéntese aquí junto a la lumbre, qu'usté ya no está pa fríos —le dijo la tía Eufrasia, dejándole su propia silla.

El viejo se sentó despacio, apoyó las dos manos en la garrota y se quedó un rato mirando a Leandro despachar, con los ojos entornados.

—¿Y d'ande los traes este año, Liandro? —preguntó al fin.

—¿El qué, tío Celedonio?

—Los garbanzos, hombre. Porqu'en tu pueblo no se crían tantos pa llenar esos sacos.

—Pus d'aquí mesmo, d'este portal. Los que me dan hoy ustedes crudos, dentro de quince días se los traigo tostaos. Y el primer tueste, con los míos y con unos pocos que le merqué a un manchego que sube con el camión.

—¡Ah, manchegos! —dijo el viejo, cabeceando—. Los mejores garbanzos, los de la Mancha; eso siempre s'ha dicho. Tierra roja, tierra caliente. Aquí se crían duros como balas, por mucho que diga la Sabastiana.

—¡Uy, qué sabrá usté! —protestó la aludida.

—Lo que he visto en ochenta años, muchecha, que no es poco. Cuando yo era mozo venía al pueblo otro garbancero, uno de la parte de Huete, con un macho tordo y dos serones colgando, uno a cada lao. Y tocaba una corneta de lata que s'oía dende el cementerio. Tamién los tostaba con yeso, como éste. «Tostaos con yeso», icía mi padre, «pa que no se quemen y pa que crujan». Asín s'han hecho siempre.

—Y dígame usté una cosa, tío Celedonio —dijo la Engracia—, ¿y eso de comer yeso no hará daño? Que mi hombre ice qu'el yeso es pa las paredes y no pa las tripas.

—¡Daño! —el viejo se echó a reír, y la risa le acabó en tos—. Mi agüelo comió garbanzos tostaos con yeso toa la vida, y más de un puñao sin sacudir. Y se murió con noventa y dos años, y no del yeso, sino d'una coz que le pegó la mula. Si el yeso matara, en esta tierra no quedaba ni el cura.

Las mujeres se rieron. Leandro también, aunque no dejó de mover el rasero.

En ese momento entró la tía Tomasa, que vivía en las afueras, por la parte del lavadero. Traía un puchero de barro de Priego, de los de cocer las judías, alto, panzudo y con la boca estrecha, lleno de garbanzos hasta el cuello. Lo dejó en el suelo delante de Leandro con un golpe seco.

—Ahí tienes, Liandro: bien colmao, que no dirás.

Leandro miró el puchero, luego a la tía Tomasa y luego a las demás mujeres, que se habían quedado calladas esperando a ver qué pasaba.

—Mire usté, Tomasa, con too respeto. Este puchero tié la boca más estrecha que el ojo d'una aguja y la tripa más ancha que el señor cura. El colmo no se ve ni se cuenta. Y adimás, el garbanzo tostao se pone gordo, y en esta boca no me cabe rasao ni a porrazos.

—¿Y qué quiés, que me traiga la tinaja del aceite?

—Quiero que me dé usté los garbanzos y yo se los mido con mi cuartillo. Tantos cuartillos colmaos de crudos, tantos cuartillos rasaos de tostaos. Y lo que sobre en el puchero, pa usté, que no me lo llevo.

La tía Tomasa torció el gesto, pero no pudo decir nada, porque la tía Eufrasia se le adelantó.

—Eso es lo justo, Tomasa. Que tú siempre andas con la picardía del puchero, que ya te conozgo.

La tía Tomasa, entre dientes, aceptó. Cuando Leandro volcó el puchero para medir, salieron, además de los garbanzos, unas cuantas chinas del tamaño de un garbanzo y hasta alguno con los dos agujeros del gorgojo, que habían ido a parar al fondo. Leandro las fue apartando con dos dedos, en silencio, y las dejó en fila sobre el borde del saco, a la vista de todos. Nadie dijo nada. La tía Tomasa se puso colorada y miró hacia la calle. En un pueblo, a veces, basta con poner las cosas en fila.

A las doce llegó Fermín, que era mozo y aquel año entraba en quintas. Venía de parte de los quintos, que iban a celebrar la despedida en la bodega del tío Blas antes de irse al cuartel, y quería dos kilos de tostados para acompañar el vino. Pagó con un billete de cien pesetas, que Leandro miró al trasluz antes de darle la vuelta, y Leandro se los pesó en la romana, colgando el saquillo del gancho y corriendo el pilón por la barra hasta que quedó derecha.

—¿Y ande te toca, Fermín? —preguntó la tía Sebastiana.

—A Melilla, tía Sabastiana. Icen que está mu lejos.

—¡Juasús! A Melilla, a la tierra de los moros. Tu madre estará hecha una Madalena.

—Pus no crea usté. Ice que asín me quita de la taberna una temporá.

Cuando el mozo se fue, el tío Celedonio suspiró.

—Tuicos se van. Unos a la mili, otros a Madrid, otros a Valencia, a las fábricas. Los chicos de la Petra, en Madrid. El de la Luisa, en Barcelona, en la Seat esa. Y aquí nos quedemos los viejos, a ver cómo se caen las casas. ¿Sabís lo que os igo? Que dentro de veinte años aquí no queda naide pa comprale garbanzos a este hombre.

—Calle usté, tío Celedonio, calle, no sea agorero —dijo la tía Eufrasia.

—Ya me callo, que ya sé que no os gusta oílo. Pero el que viva lo verá.

Nadie le contestó. Leandro siguió pasando el rasero, un poco más despacio que antes.

Al filo de la una ya no llegaba nadie. Leandro ató la boca del saco de crudos, que pesaba casi tanto como los de tostados que había traído, y lo subió a la caja del motocarro. Luego llenó dos cazuelas grandes de tostados, bien colmadas, no rasadas, y se las dio a la tía Eufrasia.

—Éstas pa usté y pa los nietos.

—Dios te lo pague, hijo. Y agora entra, que he puesto unas migas a la lumbre y no me voy a comer yo sola la sartén entera.

Comieron los dos en la cocina, junto al fuego, cuchara y paso, de la misma sartén. El tío Celedonio se había ido ya a su casa, pero la tía Sebastiana se asomó dos veces por la puerta con cualquier excusa, por si había algo que contar.

VI. El otro pueblo

A las dos y media Leandro se despidió de la tía Eufrasia, sacó el motocarro del portal y tomó la carretera de vuelta. Pero no fue derecho a su casa. A siete kilómetros, en una hondonada entre dos cerros pelados, había otro pueblo más pequeño, de apenas cien vecinos, y allí paraba también cada quince días, la misma tarde y del mismo modo. No sacaba tanto como en el primero, pero sacaba, y los garbanzos que le quedaban en los sacos no iban a volverse crudos por quedarse en la caja.

Entró por la calle Real tocando el pito, igual que por la mañana.

¡Mo-mo! ¡Mo-mo!

—¡Garbancerooo!

El pueblo estaba más quieto a aquella hora. Los hombres andaban en el campo, arando para la sementera tardía o cortando leña, y las mujeres estaban fregando la loza de la comida. Pero en cuanto sonó el pito se asomaron las mismas caras de siempre, y los mismos chiquillos, o eso le pareció a Leandro, porque a aquellas alturas todos los chiquillos de todos los pueblos le parecían el mismo chiquillo: con los mocos, las orejas coloradas y las ganas de subirse a la trasera.

Aquí la parada era en casa de la tía Benita, que no era viuda sino casada, con el tío Nicasio, un hombre enfermo del pecho que llevaba dos años sin salir de casa más que para ir a misa los domingos. La casa tenía un corral grande con puerta a la calle, y allí, bajo el tejadillo del carro, ponía Leandro los sacos. El trato era el mismo que con la tía Eufrasia: dos vasijas de tostados cada quincena y la conversación de propina.

—Ya está aquí el garbancero —anunció la tía Benita hacia dentro de la casa, como si el marido no hubiera oído el pito.

—Ya lo he oído, ya —contestó desde la cocina una voz ronca—. Dile que pase a echar un trago, que tengo el porrón lleno y naide con quien bebémelo.

—Luego, Nicasio, luego, que primero es la obligación —dijo Leandro.

La primera en llegar fue la Remedios, una mujer joven con cuatro críos, que traía una cazuela de barro con garbanzos y, colgando del brazo, una cesta de mimbre tapada con un paño.

—Mira, Liandro, qu'este año tengo pocos garbanzos, que se m'agusanó medio saco en la cámara por las humedades. ¿No me cambiarías unos pocos por güevos? Traigo una docena, de las gallinas de casa, cogíos esta mesma mañana.

Leandro se rascó la nuca por debajo de la boina. No era la primera vez que le ofrecían huevos, ni patatas, ni una gallina vieja; había inviernos en que volvía a casa con la caja del motocarro convertida en una tienda de ultramarinos.

—Traiga acá. ¿Y cuánto quié usté por la docena?

—Pus lo que tú veas, hombre. Me llenas la cazuela y en paz.

Leandro miró la cazuela, que era de las grandes, luego la cesta de huevos, calculó de memoria lo que valía la docena en la tienda y lo que valía el cuartillo de tostados, y le llenó la cazuela hasta un poco más de la mitad.

—Ahí tié usté. Y si quié más, me da otro medio puñao de crudos y se la colmo.

—Eres un judas, Liandro —se rio la Remedios—. Pero un judas honrao.

Detrás llegaron otras. La tía Justa, con una taza de café con leche sin asa. La Mercedes, la del herrero, con una lata grande de sardinas, vacía y lavada, que había convertido en vasija para todo. Una niña muy seria, de siete u ocho años, con un pañuelo atado por las cuatro puntas lleno de garbanzos, que desató con mucho cuidado sobre el saco y volvió a atar después con los tostados dentro, sin decir una palabra. Y un pastor viejo, el tío Anacleto, que venía del corral con la zamarra puesta y el zurrón al hombro, y que no quería cambiar nada, sino comprar dos pesetas de garbanzos para llevárselos al monte.

—Pa entretené el hambre entre la mañana y la tarde —explicó—, qu'el pan se m'acaba enseguía y las ovejas no me dan de comer.

Leandro le llenó el zurrón con bastante más de dos pesetas. El pastor no dijo nada, pero se tocó la boina.

Mientras despachaba, en el corral se fue formando la tertulia de siempre. Se habló de la matanza, que en casi todas las casas iba a ser la semana siguiente, en cuanto helara de verdad, y de si aquel año los gorrinos habían engordado poco por culpa de la sequía del verano.

—El mío pesará diez arrobas, si no más —dijo la Mercedes—, que no ha comío más que patatas cocías y salvao dende San Juan.

—Diez arrobas —repitió la tía Justa, con retintín—. Diez arrobas dijiste el año pasao, y luego la romana dijo siete y media.

—Porqu'el meteminario me lo pesó mal, que lo hizo aposta.

—¡El meteminario! —saltó la tía Benita—. No me hables d'ese hombre, qu'el otro día vino a ver la borrica de mi Nicasio, que tenía un torzón, y le puso una cuenta que ni que hubiá sío el médico de Cuenca. Y la borrica, al remate, se curó sola con un poco d'aceite y paseo.

Desde la cocina, el tío Nicasio carraspeó.

—No hagas caso, Liandro, qu'el meteminario es un hombre de bien. Lo que pasa es qu'aquí naide quié pagar a naide.

Se habló también del aparato de televisión que acababan de poner en el bar de la plaza, el primero del pueblo, y de que por las noches se juntaban allí hasta cuarenta personas, con las sillas traídas de casa, para ver a unos señores muy serios que hablaban desde Madrid.

—Yo jui el domingo —dijo la Remedios—, y salía una muchecha cantando con una falda tan corta que se le veían las rodillas. Y mi hombre, con la boca abierta. Ya no vuelvo.

—¡Tu hombre, sí, pero tú tamién tendrías los ojos bien abiertos, que te conozgo! —le dijo la tía Justa, y se rieron todas.

Leandro escuchaba y no decía nada. Pensaba que en su pueblo todavía no había ningún aparato de aquellos, y que cuando lo hubiera, a lo mejor la gente ya no salía a la puerta por el pito de un motocarro. Lo pensó un momento y lo apartó, como se aparta una mosca. Tenía todavía medio saco que despachar.

A eso de las cinco, cuando el sol se escondía ya detrás del cerro y el corral se llenaba de sombra y de frío, entró por fin en la cocina a echar el trago con el tío Nicasio. El viejo estaba sentado junto a la lumbre, envuelto en una manta, y respiraba con un silbido.

—Mala cara traes, Nicasio.

—Mala la tengo, Liandro, mala. Pero mientras pueda beber, no me muero. ¡Venga ese porrón!

Bebieron un par de tragos y hablaron de las lluvias que no venían, del precio de la cebada y de lo que se había encarecido todo. Y cuando Leandro se levantó, el viejo le agarró la mano un momento.

—Ven la otra quincena, ¿eh? Que yo, por la conversación, aguanto.

Leandro le dijo que sí. Y fue. Y el tío Nicasio aguantó aquel invierno entero, de quincena en quincena, como quien cruza un río saltando de piedra en piedra.

VII. La cena

Cuando salió del segundo pueblo ya era de noche. En noviembre la noche cae de golpe en la Alcarria, como una manta que alguien echa desde lo alto de los cerros, y con ella baja un frío húmedo que se mete en los huesos. El faro del motocarro era una luz amarillenta y temblona que apenas alumbraba diez metros de carretera, y Leandro iba despacio, con la cabeza metida entre los hombros y la bufanda subida hasta la nariz, esquivando de memoria los baches que conocía y cayendo en los que no.

En la caja, los sacos habían cambiado de sitio y de peso. Los de tostados iban casi vacíos, arrugados en un rincón; los de crudos, que por la mañana habían salido de casa plegados, volvían llenos y atados. A su lado, envuelta en un saco para que no se rompiera, iba la cesta de la Remedios con la docena de huevos, y en el bolsillo del chaleco, bajo la chaqueta, el dinero: el duro de la maestra, la vuelta de los cien del mozo de las quintas, las dos pesetas del pastor y alguna moneda suelta.

A mitad de camino, en lo alto del puerto, paró el motor. No por cansancio, sino porque siempre paraba allí. Se bajó, orinó junto a la cuneta y se quedó un momento mirando hacia abajo. Se veían las luces de tres o cuatro pueblos esparcidas por el valle, pequeñas como brasas, y por encima un cielo tan cuajado de estrellas que parecía que también lo hubieran cernido con el arnero. Hacía un silencio enorme. Solo se oía el motor enfriándose, con unos chasquidos metálicos, y a lo lejos un perro.

Pensó en lo que había dicho el tío Celedonio, eso de que dentro de veinte años no quedaría nadie para comprarle garbanzos. Luego sacudió la cabeza, se ajustó la boina y volvió a arrancar.

Llegó a su casa pasadas las siete. En la cocina la lumbre estaba alta, la bombilla encendida y la mesa puesta, y Rufina lo esperaba con la sartén en el fuego. Los chicos saltaron de las sillas al oír el motocarro.

—¿Qué tal, padre? ¿Ha ido bien?

—Bien, bien. Ayúdame a bajar los sacos, Julián, que no me siento las manos.

Descargaron entre los dos los sacos de crudos y los subieron a la cámara por la escalera de palo, mientras Encarna y Tomás se peleaban por llevar la cesta de los huevos. Rufina los contó debajo de la bombilla, uno por uno, por si alguno venía cascado. Luego, cuando todos se sentaron a la mesa, Leandro sacó el dinero del chaleco y lo dejó sobre el hule, junto al pan.

—Esto es lo que ha habío.

Rufina lo contó despacio, moviendo los labios. No era mucho: un puñado de monedas y un par de billetes arrugados. Pero en la cámara había ahora casi cuatro arrobas de garbanzos crudos, buenos y escogidos, que la quincena siguiente serían otra vez tostados, y otra vez vasijas, y otra vez un puñado de monedas.

—Pus no está mal —dijo Rufina—. Con esto y lo de la otra quincena pagamos lo de la yesería y el seguro del motocarro. Y lo que sobre, pa los zapatos del chico, que va con los deos juera.

Cenaron patatas guisadas con un poco de costilla, todos de la misma sartén, y de postre un puñado de tostados que habían quedado en el fondo de un saco. Mientras cenaban, Leandro fue contando lo del día: lo del chiquillo del tazón grande, lo del puchero de la tía Tomasa y las chinas que salieron del fondo, lo de los huevos de la Remedios. Tomás se reía con la boca llena y Encarna le daba codazos para que se callara.

—¿Y la maestra le pagó con dinero? —preguntó la chica, asombrada.

—Con un duro. Nuevo, reluciente, con la cara de Franco, que paicía que lo acababan de hacer.

—¡Miá tú! —dijo Rufina—. A ver si viene una maestra asín a cada pueblo.

—Y en el otro pueblo han puesto el aparato de la televisión, en el bar. Icen que por las noches se junta allí tuico el pueblo, y que sale una que canta con la falda por encima de las rodillas.

—¡Leandro, delante de los chicos!

Julián no se reía. Había estado callado toda la cena, dando vueltas a las patatas con la cuchara. Su padre lo notó, pero no dijo nada. Ya lo diría el chico cuando quisiera.

Lo dijo en Nochebuena, después de la cena, cuando ya habían comido el cordero y estaban con los mantecados y los tostados, y el padre había bebido lo bastante para no enfadarse. Aquella tarde Leandro había vuelto del último viaje del invierno, y en la cámara quedaban los crudos para el cocido de todo el año. Era la noche en que en aquella casa se echaban las cuentas, y Julián lo sabía.

—Padre, que me voy a dir a Valencia. Con el Rufino, el de la tía Anastasia, qu'está allí en una fábrica de muebles y ice que buscan chicos pa aprendiz. Me paga el viaje y me busca una pensión.

Rufina se llevó el delantal a la boca. Leandro dejó el vaso en la mesa, muy despacio.

—¿Y los garbanzos? ¿Y las tierras?

—Los garbanzos, padre... —el chico bajó la vista—. Usté mesmo lo ha dicho: cada vez hay menos gente que los cambia. Y las tierras no dan pa comer tres familias. Yo no quiero pasame la vida arrancando aliagas y tostando garbanzos pa que me den la mitá en crudos. En Valencia pagan cada semana, a jornal fijo, llueva u no llueva.

Leandro estuvo un rato callado, mirando la lumbre. Luego cogió un garbanzo tostado del plato, lo miró, lo sopló y se lo metió en la boca. Lo masticó despacio, como si estuviera comprobando el tueste.

—A mí mi padre me icía que quien tié oficio tié beneficio —dijo al fin—. Y es verdá. Lo que no me dijo es que los oficios tamién se mueren, al igual que los hombres. Eso lo he tenío que aprender yo solo.

Se levantó, salió al corral y volvió al rato con el rasero en la mano, el listón de pino que había sido de su padre. Lo dejó encima de la mesa, junto a los mantecados.

—Esto no te va a hacer falta pa los muebles. Pero te lo llevas. Pa que no se t'olvide que aquí, colmo por rasero, se ha dao de comer a una casa entera durante tres generaciones. Y pa que cuando allí te paguen, sepas lo que vale el trabajo.

Julián cogió el rasero y lo tuvo un rato en las manos, pasando el dedo por el canto, gastado y brillante de tantos años de ir y venir sobre las vasijas de los demás.

—Y si te vas, vete bien —dijo su padre—. Y no vuelvas diciendo que allí no se come.

Julián se fue en febrero, en el coche de línea de las seis, con una maleta de cartón atada con una cuerda, el rasero envuelto en una camisa y una bolsa de garbanzos tostados que le metió su madre sin que él lo viera. Leandro no bajó a la plaza a despedirlo. Se quedó en la cocinilla del corral, barriendo el yeso de los rincones, que no hacía falta barrer, hasta que oyó el motor del coche subir la cuesta de la carretera.

VIII. Lo que vino después

Leandro se hizo otro rasero aquella misma primavera, de un listón de pino que le sobró al carpintero. Lo cepilló, lo lijó y lo dejó tan recto como el de su padre. Pero nunca rasó igual. Eso decía él, por lo menos, y nadie en los pueblos notó la diferencia.

Siguió con el oficio tres inviernos más. Cada invierno fue un poco más corto que el anterior, y cada quincena los sacos volvían un poco más llenos de tostados y un poco más vacíos de crudos. No hubo un día en que se acabara. Se fue acabando, como se va secando una fuente: primero un hilo más fino, luego unas gotas, luego nada.

En las tiendas de los pueblos empezaron a venderse garbanzos tostados de fábrica, en bolsitas de celofán con un dibujo de colores, colgadas de una tira de cartón junto a las pipas y los cacahuetes. Eran más pequeños, más salados y más caros, pero los chiquillos los preferían, porque venían en bolsa y se podían comprar con una peseta en cualquier momento, sin esperar a que pasara nadie tocando el pito. Las madres, además, ya no guardaban tantos garbanzos en la cámara. Se sembraba menos, porque se sembraba lo que pagaba la cooperativa, y lo que pagaba la cooperativa era la cebada. El garbanzo se compraba ya en la tienda, a granel o en paquete, como se compraba el azúcar.

La tía Eufrasia se cayó una mañana de hielo en la puerta de la iglesia y se rompió la cadera. La hija se la llevó a Madrid, a un piso de Carabanchel con ascensor, y la casa de la calle del Horno se quedó cerrada, con el portón atrancado. Leandro probó a poner la venta en casa de la tía Sebastiana, pero ya no fue lo mismo. La tía Sebastiana no tenía portal, solo una puerta estrecha que daba a la cocina, y las mujeres ya no se quedaban a hablar: cambiaban deprisa y se iban. Sin la tía Eufrasia, la venta seguía siendo una venta, pero había dejado de ser otra cosa.

El tío Celedonio se murió aquel mismo invierno, sin hacer ruido, sentado junto a una lumbre ajena. Al entierro fue todo el pueblo, y Leandro también, aunque era viernes de garbanzos y tuvo que dejar el motocarro a la puerta del cementerio con los sacos en la caja. En el otro pueblo, el tío Nicasio no llegó a la primavera siguiente. La tía Benita siguió prestando el corral, por costumbre, pero ya no había porrón al final de la tarde, ni nadie que dijera desde la cocina que por la conversación aguantaba.

Encarna se fue a Madrid a servir en una casa de la calle de Goya, con dieciséis años y una carta de recomendación del cura. Escribía cada mes. Contaba que la señora era buena, que la casa tenía calefacción y que en Madrid los garbanzos tostados se vendían en los quioscos, en cucuruchos de papel de periódico, y no sabían a nada.

El último viernes que Leandro fue a los pueblos fue un viernes de diciembre de 1971. Hacía un frío de los que hielan el agua de los botijos. Entró por la calle de abajo tocando el pito, como siempre.

¡Mo-mo! ¡Mo-mo!

—¡Garbancerooo!

Se asomaron tres mujeres. Ningún chiquillo corrió detrás del motocarro. Los pocos chicos que quedaban en el pueblo estaban en la escuela, o en el bar de la plaza, mirando por el cristal el aparato de la televisión, que a aquella hora solo daba una carta de ajuste con una música.

La tía Sebastiana le cambió su tazón de siempre, el del borde desportillado.

—¿Y la otra quincena, Liandro?

—La otra quincena ya no vengo, Sabastiana. Ni la otra ni denguna.

—¡Juasús! ¿Y eso?

—Porque ya no hay pa quién. Porque la gasolina cuesta más que los garbanzos. Y porqu'el chico mayor se m'ha ido a Valencia, y la chica a Madrid a servir, y yo solo con el pequeño no puedo con el tueste. Y porque uno ya no tié ganas de devantase a medianoche a poner la caldera.

La tía Sebastiana se quedó un rato mirando el tazón de tostados que tenía en las manos, como si fuera el último que iba a ver en su vida. Y seguramente lo era.

—Pus es una lástima, hijo. Que ya no quedemos ni los viejos, y agora ni el garbancero. Esto se va quedando como un camino que no va a denguna parte.

Aquella tarde, al volver a casa, Leandro no paró en lo alto del puerto.

En la primavera vendió el motocarro a un chatarrero de Cuenca por menos de lo que le habían dado por la burra. Las aliagas volvieron a florecer en el páramo sin que nadie las arrancara, y en unos años cubrieron también las tierras de la ladera, las de los garbanzos pequeños y duros, que nadie volvió a sembrar. El caldero de hierro se quedó en la cocinilla del corral, sobre sus trébedes, blanco por dentro de tanto yeso. Tomás, el pequeño, lo vendió muchos años después a un anticuario de Tarancón, que lo colgó de una cadena a la entrada de un restaurante de carretera, lleno de geranios.

Leandro siguió labrando sus cuatro tierras hasta que el cuerpo le dijo basta, y luego se sentó a la puerta de su casa, al sol, como se sentaba el tío Celedonio a las lumbres ajenas. Rufina decía que había que mandarlo a los pueblos para oírle hablar, y como ya no iba a los pueblos, ya casi no hablaba. Solo algunas tardes de noviembre, cuando empezaba a oler a lumbre y a escarcha, se le oía decir, sin dirigirse a nadie:

—Agora estaría yo calentando el yeso.

Murió en el invierno de 1989, en su cama, con la boina puesta. Al entierro vinieron los tres hijos: Julián desde Valencia, con su mujer y sus hijos; Encarna desde Madrid; Tomás desde la capital, donde trabajaba en la Diputación. Después del entierro, en la cocina, mientras las vecinas rezaban el rosario en la sala, Julián sacó de la maleta el rasero de su abuelo, el que se había llevado en el coche de línea veinte años atrás, envuelto en una camisa. Lo había tenido siempre en el cajón de la mesilla de noche, y sus hijos, que lo habían encontrado alguna vez, no habían sabido nunca lo que era. Lo dejó encima de la mesa, junto al hule. Los tres hermanos se quedaron mirándolo sin decir nada. No hacía falta.

Todavía hoy, en aquellos pueblos, hay algún viejo que fue chiquillo a finales de los sesenta y que, si oye en la calle un claxon ronco, levanta la cabeza sin darse cuenta. Por un momento vuelve a tener nueve años, las orejas coloradas de frío y el tazón de su abuela apretado contra la barriga, con un puñado de garbanzos caliente en el bolsillo de la chaqueta que nadie apuntó en ninguna cuenta. Y corre calle arriba detrás de un motocarro azul, mientras una voz grita desde la esquina, como si todavía fuera noviembre de 1968:

—¡Garbancerooo! ¡El garbanceroooo!

No lo sabían entonces aquellos chiquillos, pero aquel hombre les traía algo más que garbanzos. Les traía el invierno, y el pueblo lleno, y a las vecinas en un portal hablando de todo y de nada. Cuando dejó de venir, se llevó todo eso con él. Y ya no volvió.

fin


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