Laña echá, cuartillo caido
Los pueblos de este relato tampoco
tienen nombre. Podrían ser cualquiera de los que se asoman a los valles de la
Alcarria, con su torre, su fuente y sus eras. Los personajes son inventados. El
oficio, no.
I. La víspera
Pasado el Pilar de 1948, cuando ya estaban las uvas en los lagares y
todavía faltaba un mes largo para las matanzas, Tomás Parrilla bajó la caja del
lañador del clavo de la cámara, donde había pasado colgada todo el verano, y la
puso encima de la mesa de la cocina. Era una caja de pino, más larga que ancha,
con una correa de cuero para colgarla del hombro y la tapa sujeta con dos
bisagras de alambre que había hecho su padre. Dentro iba todo lo que hacía
falta para el oficio, y cada cosa en su sitio: el berbiquí de arco, con su
cuerda de tripa y su bola de plomo; las brocas, envueltas en un trapo con
aceite para que no cogieran orín; los alicates de punta, unas tenacillas, un
martillo tan pequeño que parecía de juguete y una lima de las finas. En un
cajoncillo aparte iban las varillas de hierro y el rollo de alambre de cobre
para hacer las lañas, y en otro, en un papel doblado muchas veces, los polvos
del cemento, que eran lo único de la caja que no tocaba nadie más que él.
Su padre lo miraba desde el escaño, junto a la
lumbre, con las manos apoyadas en la garrota. Tenía setenta y seis años y ya no
veía más que bultos, pero conocía cada herramienta por el ruido que hacía al
dejarla en la mesa, y cuando Tomás sacó el berbiquí levantó la cabeza como un
perro que oye llamar a su amo.
—¿L'has cambiao la cuerda?
—La semana pasá.
—¿De tripa?
—De tripa. Se la compré en la feria a un guitarrero.
—Güeno. La de cáñamo s'estira y se come la broca.
Tomás no contestó. Había aprendido el oficio con
aquel hombre, primero cargando la caja y luego sujetando los cacharros entre
las rodillas mientras él taladraba, y a los catorce años le había puesto el
berbiquí en la mano sin decirle nada más que «a ver». Desde entonces habían
pasado veintisiete otoños, y todavía, cada vez que preparaba la caja, el viejo
le preguntaba por la cuerda. No lo hacía por desconfianza, sino porque era la
única manera que le quedaba de salir con él.
Eulalia echaba sarmientos a la lumbre. Estaba de pie,
con el delantal atado a la cintura, y tenía el ceño que se le ponía siempre por
aquellas fechas.
—¿Y cuándo te vas?
—El lunes.
—Llévate la manta gorda. Qu'en otubre por la mañana
entoavía se está bien, pero por la noche en esos pajares se queda uno helao.
—Me la llevo.
—Y el tapabocas.
—Y el tapabocas, mujer.
Luego estaba el anafre, que iba aparte, en el serón
de la burra, con el saco de carbón, las barras de estaño, el soldador de cobre
y una botella de salfumán tapada con un corcho y envuelta en paja. Eso era lo
nuevo, o lo que había sido nuevo cuando él era mozo. Su padre, en sus tiempos,
no estañaba: echaba lañas y nada más, y los peroles de cobre o de latón se los
dejaba a los caldereros, que eran otra gente y otro oficio. Pero con los años
empezaron a llegar a las cocinas los cazos de porcelana, los pucheros de chapa
esmaltada y las cacerolas de hierro con ese baño marrón que llamaban de china,
que en cuanto se daban un golpe se descascarillaban y al poco se picaban de
orín. Y Tomás, que no era tonto, aprendió a estañar, igual que aprendió a
componer paraguas, porque el lañador que solo sabía lañar se volvía a casa en
noviembre con la alforja vacía.
La chica, Rosario, que tenía diez años, se había
sentado en el suelo, junto al serón, y cogía una a una las lañas que su padre
tenía ya hechas, dobladas en forma de grapa, y las iba alineando encima de una
baldosa por tamaños.
—Padre, ¿y cuánto vale una laña?
—Según el cacharro.
—¿Y una grande?
—Una grande, más.
—Laña echada, cuartillo caído —dijo el abuelo desde
el escaño, sin volver la cabeza.
La chica se quedó mirándolo.
—¿Qué es un cuartillo?
—La cuarta parte d'un rial —dijo el viejo—. Eso
cobraba mi padre por cada laña, y eso mesmo cobré yo. Echabas la laña y ya
t'había caído el cuartillo, que lo pagaran ese día u por San Martín. Abora ya
no hay cuartillos, pero la laña sigue siendo la laña.
—¿Y abora cuánto se cobra?
—Pregúntaselo a tu padre, qu'es el que cobra.
Tomás se echó a reír y cerró la caja.
II. El pueblo de la fuente vieja
Salió el lunes antes de que se hiciera de día, con la burra cargada, la
caja colgada del hombro y la manta atada encima del serón. Hacía fresco, pero
no frío, y el camino bajaba entre olivares y viñas ya vendimiadas, donde los
pámpanos empezaban a ponerse del color del cobre y quedaban todavía por el
suelo algunos racimos que los vendimiadores no habían querido agacharse a
coger. Al pasar junto a una pieza vio a dos mujeres rebuscando, con el cesto al
brazo, y le dieron los buenos días sin enderezarse. En la Alcarria de entonces
no se tiraba nada, ni un racimo ni un cántaro, y de eso vivía él.
Llegó al primer pueblo a media mañana. Tenía una
fuente vieja de piedra con un solo caño, a la entrada, junto al lavadero, y
allí se paró, porque sabía que era el mejor sitio: por la fuente pasaban todas
las mujeres del pueblo antes o después, y las que no pasaban mandaban a los
chicos. Dio de beber a la burra, bebió él, se sacudió el polvo de los
pantalones y soltó el pregón, con las manos puestas alrededor de la boca, como
su padre y como el padre de su padre:
—¡El lañaooor! ¡Se echan lañas a barreños, cazuelas,
cántaros y tinajas! ¡Se estañan peroles y cacerolas! ¡Se componen paraguas! ¡El
lañaor, que cuanto más roto, mejor!
Lo de «cuanto más roto, mejor» lo había añadido él,
que lo había oído en Madrid a un lañador andaluz el año que fue a la siega, y
le había caído en gracia. A su padre no le gustaba. Decía que un lañador no
tenía que alegrarse de lo roto, sino de lo compuesto. Pero a las mujeres de los
pueblos les hacía gracia también, y eso, en aquel oficio, valía más que tener
razón.
Al rato empezaron a asomar. Primero los chicos, que
llegaban corriendo, se paraban a cuatro pasos y se quedaban mirando la caja
como si dentro llevara algún animal. Luego las muchachas, con el cántaro en la
cadera o la cazuela abrazada contra el pecho, y detrás las mujeres mayores, que
venían más despacio y con más cosas. Una traía una orza de las del adobo con
una raja que le bajaba desde el cuello hasta la mitad de la barriga. Otra, un
plato de loza con una cenefa azul partido en tres pedazos, envueltos en un paño
como quien lleva un pájaro herido. Una viejecilla menuda, que no llegaba a la
altura del pilón, traía un cántaro de agua que había conocido tiempos mejores y
que, según dijo, se le había caído en el brocal del pozo el día de la Virgen de
Agosto.
—Dende entonces lo tengo guardao en la cámara,
aguardándole a usté.
—Pus ya estoy aquí, señora.
Tomás se sentó en el poyo de la fuente, abrió la caja
encima de las rodillas y empezó por el cántaro, porque la viejecilla llevaba
más tiempo esperando que nadie. Le dio la vuelta despacio, lo levantó a
contraluz y siguió la raja con la yema del dedo de un extremo a otro, sin
apretar, como quien toma el pulso a un enfermo. La raja era limpia, de las que
se ven bien, y no había salido ningún pedazo. Y eso era lo bueno, porque lo que
de verdad daba trabajo eran las rajas que se abrían en estrella o aquellas a
las que les había saltado una esquirla, porque entonces había que buscar dónde
agarrar la laña sin que el barro se deshiciera en las manos.
Marcó con un carboncillo cuatro pares de puntos, un
punto a cada lado de la raja y todos a la misma distancia, y sacó el berbiquí.
Una niña de unos ocho años, con trenzas y las rodillas llenas de costras, se
había acercado más que los otros y no le quitaba ojo.
—¿Y eso qué es?
—Un berbiquí.
—Los berbiquís no son asín. El de mi agüelo es de
dale vueltas con la mano.
—El de tu agüelo es pa la madera. Este es pa el
barro.
Tomás enrolló la cuerda en el eje, apoyó la punta en
la primera marca y empezó a mover el arco, arriba y abajo, arriba y abajo, sin
prisa, mientras la bola de plomo giraba como una peonza y la broca iba
mordiendo el barro con un ruidillo de grillo. Cada poco paraba, soplaba el
polvo rojo del agujero y miraba.
—¿Y por qué se para?
—Pa ver lo que me queda.
—¿Lo que le queda pa qué?
—Pa no pasame. El agujero tié que entrar en el barro,
pero no pué salir por la otra parte. Si sale, el cántaro llora.
—Los cántaros no lloran.
—Los lañaos sí. Le echas el agua y se te sale gota a
gota por el agujero, como una lágrima. Y eso es que el lañaor no sabía de su
oficio.
La niña se quedó muy seria, pensando en aquello.
Tomás terminó los ocho agujeros, sacó cuatro varillas de hierro del cajoncillo
y las fue cortando con los alicates a la medida, midiendo cada una dos veces
contra el cántaro antes de doblarle las patas. Luego cogió una lata pequeña,
echó un poco de los polvos del papel, un chorrito de agua de la fuente y lo
amasó todo con el dedo hasta que se hizo una pasta gris, espesa, que olía a
cal. Rellenó con ella los agujeros, encajó las lañas una a una y, con el martillito,
les fue cerrando las patas a golpecitos, tan suaves que la niña se tuvo que
acercar para oírlos. Al final pasó el dedo por encima de la raja, por fuera y
por dentro, repasó con la pasta lo que había que repasar y le devolvió el
cántaro a la viejecilla.
—Hoy lo deja usté vacío, a la sombra. Mañana, lleno.
—¿Y qué se le debe?
Tomás contó las lañas en voz alta, tocándolas con el
dedo.
—Cuatro. Laña echá, cuartillo caido.
La viejecilla se rio, enseñando las encías.
—Eso mesmo icía el lañaor d'antes, uno que tenía la
cara picá de viruelas.
—Ese era mi padre.
—¿Tu padre? Pus estaba bien plantao, anque tuviá la
cara como una criba. ¿Vive?
—Vive. Pero ya no ve gota.
—Pus dile que s'acuerda d'él la del tío Pelayo. Él ya
sabe.
Tomás no preguntó qué era lo que su padre tenía que
saber. Le cobró cuatro perras gordas, que era lo que se cobraba entonces por
una laña de las medianas, y siguió con la orza.
A la hora de comer tenía compuestos once cacharros y
la gente seguía llegando. Una mujer le trajo una artesa de amasar de madera,
rajada a lo largo por el fondo, y le preguntó si aquello también se lañaba.
—Se laña tuico lo que no se deshace —dijo él—. El
barro, la loza, la madera. Hasta los cuernos de las cabras, si me los trai
usté.
—¿Y los corazones, tamién?
—Esos no, señora. Esos, al señor cura.
Las mujeres se rieron, y la de la artesa se puso
colorada. Tomás le echó a la artesa tres lañas planas por la parte de fuera,
clavadas y no taladradas, y le dijo que la dejara un día al sol antes de volver
a amasar en ella, para que la madera se asentara.
Por la tarde, cuando ya recogía, volvió la niña de
las trenzas con un platillo de loza blanca muy pequeño, de los de poner la taza
del café en casa de los ricos, partido en dos pedazos limpios.
—Es de mi muñeca —dijo—. Me lo dio la señorita del
médico cuando se jué a Madrid. No tengo perras.
Tomás cogió los dos pedazos, los juntó y los miró a
contraluz. Eran de loza fina, de la que no aguantaba el berbiquí grande. Sacó
la broca más pequeña que llevaba, la de las porcelanas, y le echó dos lañas de
cobre tan finas como un alfiler. Tardó en aquello más que en el cántaro de la
viejecilla.
—¿Qué se le debe? —preguntó la niña, que ya lo había
aprendido.
—Dos lañas. Laña echá, cuartillo caido.
—No tengo cuartillos.
—Pus me lo pagas cuando seas moza.
III. El pueblo del alfar
El segundo pueblo tenía alfarero, y eso se notaba desde lejos, porque a
la salida del camino se veía el horno, redondo y bajo, con la boca todavía negra
de la última cochura, y alrededor, secándose al sol en unos tableros, dos o
tres docenas de cántaros y pucheros sin cocer, del color de la tierra mojada.
Tomás lo sabía, y por eso nunca pregonaba en la plaza de aquel pueblo, sino en
la calle de abajo, junto a la iglesia, lo más lejos posible del alfar. Pero
aquel año no le sirvió de nada.
No había terminado de echar la primera laña cuando
apareció el alfarero, con las manos y los brazos manchados de barro hasta los
codos, como si viniera del torno sin haberse lavado para no perder el tiempo.
—Ya estás aquí.
—Ya estoy aquí, Eladio. Como tóos los años.
—Como tóos los años, sí. Y tóos los años lo mesmo.
Eladio era un hombre ancho, de cara colorada, que
había heredado el alfar de su suegro y hacía los mejores cántaros de la
comarca, y lo sabía. Entre él y Tomás había una enemistad vieja y de buenas
maneras, de las que no llegan nunca a las manos, porque ninguno de los dos
tenía motivo para tanto, pero tampoco se acaban.
—Tú ya sabes lo qu'haces, ¿no? —le dijo, señalando
con la barbilla el barreño que Tomás tenía entre las rodillas—. Cada laña que
tú echas es un cacharro que yo no vendo.
—Y cada cacharro que tú vendes es una laña que yo
echaré d'aquí a diez años.
—Si no se rompieran, no le hacías falta a naide.
—Si no se rompieran, a ti tampoco. Harías un cántaro
por casa y te morías de hambre.
Las mujeres que esperaban se reían por lo bajo, pero
Eladio no. Se quedó mirando el barreño, que era de los suyos, porque llevaba en
el borde la marca de su suegro, una cruz con un punto en cada brazo.
—Ese barreño lo hizo mi suegro, que en paz descanse,
antes de la guerra.
—Por eso mesmo lo estoy lañando. Los d'antes de la
guerra valen la pena.
—¿Y los d'ahora no?
—Los d'ahora entoavía no s'han roto, Eladio. Ya te
diré.
El alfarero soltó un bufido y se fue calle arriba,
pero Tomás sabía que no había terminado, porque nunca terminaba. Y, en efecto,
a media tarde, cuando ya estaba recogiendo, volvió a aparecer, esta vez lavado
y con la chaqueta puesta, y se le paró delante con las manos en los bolsillos.
—Tengo una tinaja rajá.
—¿Tú?
—Yo. En la bodega. Una de las grandes, de sesenta
arrobas. Se me rajó con el vino nuevo, que dio un hervor más juerte de la
cuenta, y se está saliendo por abajo.
—¿Y por qué no te haces otra?
Eladio lo miró como se mira a un niño que pregunta
una tontería.
—Porque las tinajas no las hago yo, hombre. Las
tinajas grandes vienen de la Mancha, de Villarrobledo u de Colmenar, en carro,
y agora no hay quien las traiga ni quien las pague. Yo hago cántaros, pucheros,
orzas, cazuelas y barreños. Una tinaja d'esas no me cabe en el horno.
—O sea, que te hago falta.
—Le haces falta al vino.
La bodega era una cueva excavada en el yeso del
cerro, detrás de la casa, con una escalera de peldaños desgastados que bajaba
en curva hasta una nave larga donde se alineaban seis tinajas enterradas hasta
la mitad. Olía a mosto, a humedad y a esa cosa agria que tiene el aire de las
bodegas en octubre y que emborracha sin beber. La tinaja rajada era la del
fondo. La habían vaciado ya en otra a medias, y la raja, que empezaba en el
suelo y subía en diagonal más de un palmo, se veía a la luz del candil como un
río en un mapa.
Tomás estuvo un buen rato mirándola sin tocarla.
Luego pidió que le bajaran el anafre, las lañas gordas y un taburete, y se
quitó la chaqueta.
Aquello no era como un cántaro. Las paredes de una
tinaja de sesenta arrobas tenían el grosor de dos dedos, y las lañas tenían que
ser de varilla gruesa, de las que se hacían calentando el hierro en el anafre y
doblándolo con el martillo grande. Los agujeros no se hacían con el berbiquí de
arco, sino con otro, de manivela, más basto, y había que ir echando agua para
que la broca no se calentara. Tardó hasta la noche. Eladio le sujetaba el
candil y, de vez en cuando, le acercaba la herramienta sin que se la pidiera,
porque un alfarero entiende de barro aunque no entienda de lañas, y sabía lo
que venía después. Al terminar, Tomás le había echado a la tinaja nueve lañas
por fuera, y por dentro le dio una mano de pez caliente a lo largo de toda la
raja, como se hace con los pellejos.
—Mañana la llenas d'agua —dijo—. Si aguanta dos días,
le echas el vino.
—¿Y si no aguanta?
—Aguanta.
Eladio contó las lañas con el dedo, igual que había
visto hacer a Tomás por la mañana.
—Nueve. ¿Qué se te debe?
—Laña echá, cuartillo caido.
—Déjate de cuartillos, que ya no corren. Dime lo que
es en pesetas.
—Mi padre icía otra cosa —intervino un vecino que
había bajado a mirar, un hombre flaco que tenía la bodega de al lado—. Él icía
que el refrán era que por cada laña que le echas a una tinaja se pierde un
cuartillo de vino, qu'eso es lo que se come la raja por mucho que la compongas.
—Pus poco vino bebía tu padre, Casimiro —dijo
Eladio—, si le quitaba el sueño un cuartillo.
Aquella noche cenaron en la cocina de Eladio, y luego
bajaron a la taberna, que estaba en los bajos de la casa del herrador y tenía
un mostrador de tablas, cuatro mesas y un porrón que no se estaba quieto nunca.
Allí salió otra vez el refrán, porque en los pueblos pequeños lo que pasa por
la tarde es la conversación de la noche. El tabernero, que era primo del
alfarero y se llamaba Anacleto, dijo que en su casa se había entendido siempre
de otra manera: que antes, en tiempos de su abuelo, a los lañadores no se les
pagaba en dinero, sino en vino, y que por cada laña que echaban en una casa les
ponían un cuartillo en la taberna.
—Si eso juera asín —dijo Tomás—, a mi padre lo habían
tenío que llevar a casa en la burra tóas las noches.
—Y a lo mejor lo llevaron.
—A lo mejor. Pero a mí enjamás me lo dijo.
Se rieron todos. Luego se quedaron un rato callados,
y Eladio, que llevaba ya tres o cuatro vasos y tenía la cara más colorada que
de costumbre, dijo lo que Tomás no esperaba oírle decir nunca.
—Pus a lo mejor lleváis razón tóos. Que la laña
cuesta un cuartillo, que la tinaja pierde un cuartillo y que al lañaor le cae
un cuartillo en la taberna. Lo que está claro es que una cosa rota no sale de
balde. La pagas tú, la paga el cacharro u la paga el que la compone.
Nadie dijo nada. Anacleto le rellenó el vaso a Tomás
sin que lo pidiera.
—Este va por la tinaja —dijo.
—Pus astonces me faltan ocho.
IV. El pueblo de los peroles
Al tercer día cambió de valle. El camino subía por una ladera de romero y
aliagas hasta el páramo y luego bajaba, entre carrascas, a un pueblo de
cuestas, con las casas escalonadas en el cerro y la iglesia arriba del todo,
como si vigilara que nadie se saliera de su sitio. Era un pueblo más pobre que
los otros, de tierras flacas y mucho ganado, y Tomás sabía que allí no iba a
lañar muchos cántaros, porque en las casas pobres se lañaban los cántaros hasta
que no quedaba barro donde echar la laña, y luego se hacían tiestos para los
geranios. Allí lo que había eran peroles.
Y no se equivocó. En cuanto soltó el pregón empezaron
a salir mujeres con cacerolas de chapa, pucheros esmaltados, sartenes con el
mango suelto y un par de braseros de latón con más agujeros que una criba.
Tomás encendió el anafre al abrigo de una tapia, le echó el carbón, sopló con
el fuelle pequeño hasta que se puso la brasa roja y metió dentro el soldador.
Mientras se calentaba, iba lijando alrededor de los agujeros de los peroles con
la lima, hasta dejar el metal limpio y brillante, y luego les pasaba un poco de
salfumán con un palito envuelto en trapo, que soltaba un humillo blanco y
picante que hacía toser a los chicos que se acercaban demasiado.
—¡Atrás, qu'eso quema los ojos!
Después sacaba el soldador, ya del color de una
cereza madura, lo frotaba contra la barra de estaño y dejaba caer una gota
encima del agujero, que se extendía sola, plateada y redonda, y se quedaba allí
como si hubiera nacido con el perol.
—Eso ya no se sale —le decía a la dueña—. Se saldrá
por otra parte, pero por ahí ya no.
Hacia el mediodía llegó por el camino de abajo un
carro pequeño tirado por un macho, con un toldo de lona y un hombre joven en el
pescante, que se paró en la plaza, a veinte pasos de él, y empezó a descargar.
Tomás lo conocía de oídas. Era un quincallero de tierras de La Parrilla que
desde hacía un par de años recorría la Alcarria vendiendo cazos y pucheros de
aluminio, cucharas, peines, agujas, hilo y botones, y que tenía fama de hablar
más que un sacamuelas. Colgó los cazos de unos ganchos en el lateral del carro,
que relucían al sol como si fueran de plata, y se puso a pregonar a voces, muy
cerca de Tomás, como si lo hiciera aposta.
—¡Aluminio, señoras! ¡Pucheros de aluminio, que no se
rompen, que no se oxidan, que no pesan! ¡Ni barro, ni chapa, ni lañas, ni
estaño! ¡Lo que se compra hoy vale para toda la vida!
Algunas mujeres se acercaron al carro. Una de ellas,
joven, recién casada, compró un cazo y volvió con él donde Tomás, que le estaba
estañando un puchero a su suegra, y se lo enseñó, un poco avergonzada, como
quien le enseña al novio una carta del otro.
—Ice que no se rompe.
—No se rompe, no —admitió Tomás, sin levantar la
vista del soldador—. Se abolla. Y el día que se le pique, que se le picará, me
lo guarda usté pa l'año que viene.
—¿Y eso tamién s'estaña?
—El aluminio no hay quien lo estañe. Pero ya se
m'ocurrirá algo.
El quincallero, que lo había oído, se echó a reír.
—No se te va a ocurrir ná, abuelo. Esto es el
progreso.
—Agüelo lo será tu padre —dijo Tomás—. Y el progreso,
cuando se rompa, ya veremos quién lo compone.
A media tarde, cuando ya había recogido el anafre, se
le acercó un labrador de mediana edad con cara de pocos amigos, que tenía un
problema que no era de cacharros.
—¿Usté laña gorrinos?
—Si hace falta, sí.
—Tengo una cerda que me está devantando el corral
entero. Hoza como un topo. Si no le pone usté algo en el hocico, antes de la
matanza me deja la casa sin cimientos.
Tomás lo había hecho muchas veces, aunque no le
gustaba. Fueron a la casa, sujetaron a la cerda entre el labrador y su hijo
contra la pared de la corte, y Tomás le atravesó el borde del hocico con un
alambre grueso y afilado, lo dobló en redondo con los alicates y cerró los
extremos. La cerda chilló como si la estuvieran matando, pataleó, se sacudió y,
a los diez minutos, estaba otra vez hozando en la paja; pero en cuanto empujaba
con el hocico contra el suelo, se paraba en seco y se quedaba mirando la tierra
con una sorpresa tan grande que el hijo del labrador tuvo que sentarse de la
risa.
—Con eso ya no le devanta el corral —dijo Tomás—. Y
pa la matanza queda un mes. No l'hace falta más.
—¿Y qué se le debe?
—Laña echada…
—… cuartillo caído —terminó el labrador—. Ya lo sé,
hombre. Mi padre lo icía cuando venía el suyo.
La mujer del labrador, que había salido a la puerta
de la cocina secándose las manos, le preguntó si el barreño de la matanza, que
tenía una raja pequeña, se lo podía mirar antes de irse.
—Qu'el capador vié endimpués de los Santos —dijo—, y
pa entonces quiero tenelo tuico apañao. Luego vié la matanza y no hay tiempo pa
ná.
Tomás miró el barreño, le echó dos lañas y no quiso
cobrárselas aparte.
V. La casa del médico
El cuarto pueblo era el más grande de la ruta y tenía médico, boticario,
notario los jueves y un cuartel de la Guardia Civil con la bandera en el
balcón. Allí no pregonaba en la calle, porque había casas de señores que no
mandaban a las criadas a la fuente, sino que las mandaban a buscarlo a él. Y
aquel año lo buscaron antes de que tuviera tiempo de dar de beber a la burra.
La criada del médico, una muchacha de pueblo que
llevaba cofia y delantal blanco como las de las fotografías, lo encontró en la
plaza y le dijo que la señora quería verlo, que fuera por la puerta de atrás y
que se limpiara los pies.
La señora del médico, doña Amparo, lo recibió en la
cocina, que era más grande que toda la casa de Tomás, y encima de la mesa de
mármol tenía, extendidos sobre un paño blanco, los pedazos de una sopera de
porcelana, con su tapa y sus asas, pintada de flores azules y con el borde
dorado. Estaba hecha seis o siete pedazos, y algunos eran tan pequeños como una
uña.
—Era de mi madre —dijo la señora—. Y de su madre.
Vino de Valencia, en el ajuar. Se le cayó ayer a la chica, al fregarla.
La muchacha de la cofia, que estaba detrás, bajó los
ojos.
—Mi marido dice que eso no lo compone nadie, que la
tire. Pero en mi casa se decía que los lañaores lo arreglaban todo.
Tomás no contestó enseguida. Se sentó, pidió permiso
para mover los pedazos y los fue juntando encima del paño, despacio, como quien
hace un rompecabezas, hasta que tuvo la sopera entera delante, con sus grietas
negras cruzándola de arriba abajo. Faltaba una esquirla pequeña del borde, que
no apareció por ninguna parte.
—Componerse, se compone —dijo al fin—. Pero no va a
golver a ser la d'antes, señora. Va a llevar lañas. Muchas. Y no va a poder
echar caldo en ella, porque la porcelana no es como el barro, y el caldo
caliente acaba encontrando por ande salise.
—No quiero echar caldo. Quiero tenerla en la vitrina.
—Astonces sí.
Tardó toda la mañana y parte de la tarde. Para
aquello no servían las lañas de hierro, que eran bastas y se oxidaban, ni las
brocas de los cántaros, que habrían reventado la porcelana como una cáscara de
huevo. Sacó del fondo de la caja un estuche pequeño de hojalata que casi nunca
abría, donde guardaba las brocas finas que le había dejado su padre, templadas
por él mismo, y un rollo de alambre de latón que brillaba como el oro. Hizo los
agujeros de uno en uno, echando saliva en la punta de la broca para que no se
calentara, parándose cada pocas vueltas a mirar. Hizo las lañas tan pequeñas
que tenía que cogerlas con las tenacillas, y las fue encajando con la pasta
blanca, que para la porcelana hacía de otra manera y con otros polvos. La
criada, que se llamaba Jacinta, le traía agua, le traía la luz del candil
cuando se ponía el sol en la ventana y le sujetaba los pedazos sin que le
temblaran las manos, porque sabía que si aquello salía bien a ella no la
despedirían.
A media tarde entró el médico, don Rafael, con el
sombrero todavía puesto, y se quedó mirando desde la puerta.
—¿Eso va a aguantar?
—En la vitrina, sí.
—¿Y cuántas lañas lleva?
—Veintitrés, por agora.
El médico se acercó, se puso las gafas y estuvo un
rato mirando la costura dorada que cruzaba las flores azules de un lado a otro,
como si alguien hubiera cosido la sopera con hilo de oro.
—Parece una herida bien suturada —dijo—. Mejor que
alguna de las mías.
—Las suyas se curan, don Rafael. Las mías no. Se
quedan asín pa siempre.
Cuando terminó, eran treinta y una lañas. La señora
contó los pedazos, contó las lañas y le pagó en pesetas, que eran bastantes más
de las que valía el trabajo por la cuenta del cuartillo, y le dijo que cenara
en la cocina con la chica y se retiró a sus cosas. Jacinta le puso un plato de
cocido y un vaso de vino, y se sentó enfrente, con las manos en el regazo,
mirando la sopera, que ya estaba otra vez en la mesa de mármol, entera y
cosida.
—La señora m'ha dicho que si no se componía, me iba
pa mi pueblo.
—Ya lo sé.
—¿Y cómo lo sabe usté?
—Porque esta mañana te temblaban las manos y a
mediodía ya no.
La muchacha se rio, y luego se puso seria.
—¿Y usté cómo aprendió a hacer eso? Lo de las lañas
tan chiquitas.
—Mirando a mi padre. Él icía que pa echar lañas en un
cántaro basta con tener güen pulso, y que pa echalas en una sopera de señora
hace falta tener miedo.
—¿Miedo de qué?
—De romper lo que ya está roto. Qu'es lo pior que le
pué pasar a un lañaor.
VI. La noche de la ermita
Al quinto día, en lo alto del páramo, le pilló la tormenta. Había
amanecido raso, con ese cielo limpio y alto que tiene el otoño en la Alcarria,
pero a media mañana empezaron a subir por el oeste unos nubarrones negros que
se fueron comiendo el sol, y cuando quiso darse cuenta tenía encima los
primeros goterones, gordos como garbanzos. No había pueblo a menos de dos
horas. Se acordó de una ermita que había en un cerro, a la derecha del camino,
y tiró de la burra hacia allí a paso ligero, mientras el cielo se abría por la
mitad con un trueno que hizo recular al animal.
La ermita estaba cerrada, como siempre, pero tenía un
portalillo con un banco de piedra y un tejadillo de teja árabe donde cabían,
apretados, un hombre y una burra. Cuando llegó, ya había alguien dentro.
Era un hombre de su edad, más o menos, con la cara
curtida y un bigote espeso, sentado en el banco junto a un fardo, con un macho
atado a la reja y una lumbre pequeña de ramas encendida en un rincón, al abrigo
del viento. Al lado del fardo tenía un yunque pequeño, de los de llevar a
cuestas, y un saco del que asomaban los mangos de dos o tres martillos.
—Pase, pase, que cabemos —le dijo, apartándose—.
Anque la burra tendrá que mojase un poco el rabo.
Se llamaba Simón y era calderero. Venía de tierras de
Soria, de un pueblo que Tomás no había oído nombrar nunca, y llevaba desde
septiembre bajando por las sierras, componiendo calderos de cobre, sartenes de
hierro y alambiques de aguardiente, que era, dijo, lo que más se pagaba y lo
que menos se veía, porque la mitad de los alambiques de aquellos pueblos no
tenían permiso y había que componerlos de noche y en los pajares.
—Tú eres lañaor —dijo, mirando la caja.
—Y estañador, y paragüero, y lo que caiga.
—Como tós. Mi agüelo decía que en sus tiempos estaba
cada oficio en su sitio. El calderero, al cobre; el lañaor, al barro; el
estañador, al estaño; el paragüero, a los paraguas. Y ahora hacemos de tó y no
llegamos a ná.
Tomás abrió la alforja, sacó el pan, el tocino y el
queso que le quedaban, y los puso encima del banco, entre los dos. Simón sacó
una bota y un puñado de nueces. Comieron mientras fuera diluviaba y el agua
bajaba por el camino como un arroyo, arrastrando piedras y hojas de carrasca.
—Dicen —dijo Simón al cabo de un rato— que los
caldereros y los lañaores y los afiladores semos tós de la misma rama. Que
venimos tós de los mesmos, de los que andaban por los caminos hace
cuatrocientos años apañando lo que se rompía en las casas, y que luego cada uno
se quedó con un pedazo del oficio, como los hijos d'una herencia.
—Eso mesmo icía mi padre. Qu'en tiempos a tóos nos
llamaban igual: componedores, apañadores, remendones.
—Remendones. —Simón se rio—. Eso me llamaba mi mujer
cuando s'enfadaba.
Hablaron del oficio como hablan los que lo conocen,
sin explicarse nada, con medias palabras. Del precio del estaño, que había
subido tanto después de la guerra que había que estirarlo como la manteca. De
las brocas, que no había dónde comprarlas buenas y había que templarlas uno
mismo. De los pueblos donde pagaban bien y de los que no pagaban nunca. Y del
aluminio. Simón también había tropezado con quincalleros, en los pueblos de la
sierra, y también había oído lo del progreso.
—Yo no digo que no —dijo—. Un puchero de aluminio
pesa la mitad que uno de barro y no se rompe. Si yo juera mujer y tuviá que dir
a la fuente tres veces al día, tamién lo quería.
—Pero se abolla.
—Se abolla. Y lo tiran. Eso es lo que me da miedo,
Tomás. Que lo tiren. Que un día a la gente le dé lo mesmo tirar una cosa que
componela. Ese día no le vamos a hacer falta a naide.
Tomás se quedó mirando la lumbre. Pensó en la sopera
de doña Amparo, con sus treinta y una lañas doradas, metida en la vitrina para
que no la tocara nadie. Pensó que a lo mejor aquello era el principio: que las
cosas lañadas dejaran de servir para algo y se quedaran solo para mirarlas.
—Mi padre ice qu'el día que la gente tire las cosas
en vez de componelas, tamién emprencipiará a tirar a los viejos.
—Tu padre sabe mucho.
—Mi padre ya no ve. Por eso sabe.
Durmieron en el portal, envueltos en las mantas, con
la burra y el macho arrimados a la pared, cabeza con cabeza, dándose calor. A
medianoche paró de llover. Tomás se despertó con el silencio, que en el campo
despierta más que el ruido, y vio que las nubes se habían ido y que por encima
del páramo había más estrellas de las que había visto en su vida. Olía a tierra
mojada, a romero y a humo de lumbre apagada. Se quedó un buen rato despierto,
pensando en su padre, que habría dormido en aquel mismo portal más de una vez,
y en su hija, que estaría dormida en casa, con las lañas alineadas encima de la
baldosa por tamaños.
Por la mañana, Simón le regaló una broca de acero
inglés que llevaba de repuesto, y Tomás le dio a cambio un rollo de alambre de
latón. Se despidieron en la cruz de los caminos, uno hacia el sur y el otro hacia
el norte, sin prometerse nada, como se despedían entonces los que vivían por
los caminos.
VII. El barreño de las diecinueve lañas
Los días siguientes fueron iguales y distintos, como son siempre los días
del que va de pueblo en pueblo. Pasó por seis pueblos más, algunos tan pequeños
que no tenían taberna ni fuente en la plaza, y en ellos durmió donde le dieron
sitio: en el pajar del alcalde, en la cuadra de un pastor, en la cocina de una
viuda que le cobró la cena en lañas. Echó lañas a barreños, cántaros, orzas,
platos, tinajas y hasta a un botijo que tenía un pitorro partido. Estañó
sartenes, cacerolas y un alambique que no tenía permiso y que le pidieron que
compusiera de noche, como le había dicho Simón. Compuso cuatro paraguas, uno de
ellos el del cura, que tenía tres varillas partidas y el mango sujeto con un
cordel. En un pueblo le pagaron con una docena de huevos; en otro, con un
pañuelo de nueces; en otro, con una ristra de ajos y un queso tierno envuelto
en hojas de parra.
El último pueblo de la ruta era uno pequeño, colgado
en una ladera, que no tenía más de treinta vecinos. Llegó a media tarde,
cansado, con la burra cojeando un poco de una mano, y ya casi había decidido no
pregonar y seguir hasta casa, que estaba a dos horas, cuando vio a una mujer
sola en la fuente, sentada en el pilón, con un barreño grande a los pies. Era
una mujer mayor, vestida de negro de los pies a la cabeza, y parecía que lo
estaba esperando.
—Güenas tardes, señora.
—Güenas tardes. L'he oído venir por el camino, por
las herraduras de la burra. Ya sabía yo qu'era usté.
Tomás se acercó y miró el barreño. Era de barro
vidriado, verde por dentro, de los que se usaban para la matanza, grande como
una rueda de carro, y estaba tan lañado que parecía cosido. Se agachó a contar
las lañas: diecinueve. Algunas eran de hierro, negras y gruesas, de las que se
hacían antes; otras de cobre, verdes de cardenillo; dos o tres, de las más
nuevas, de alambre de hierro galvanizado, que era lo que se usaba ahora.
—A este barreño lo ha lañao mucha gente.
—Mi suegra, mi madre y yo. Güeno, nusotras no. Los
lañaores que pasaban. —La mujer se quedó mirando el barreño como quien mira a
un pariente enfermo—. Cuarenta años llevamos matando en él. Aquí s'ha hecho la
morcilla de tóas las matanzas de mi casa dende que me casé. Se me golvió a
rajar hace quince días, al fregalo.
La raja nueva corría entre dos lañas viejas, de un
lado a otro del fondo. Tomás pasó el dedo por encima y buscó sitio donde
taladrar sin tocar los agujeros de los otros, que estaban muy cerca.
—Aquí ya no queda mucho barro, señora. Hay cuasi más
hierro que barreño.
—Ya lo sé. Pero este año me toca matar sola, que mi
hijo está en Madrid y no vié. Y no quiero hacer la matanza en uno nuevo. Sería
como hacela en ca otra.
Tomás no dijo nada. Se sentó en el pilón, abrió la
caja y sacó el berbiquí. Tardó más de lo que tardaba con cualquier otro
barreño, porque la broca tenía que pasar muy cerca de los agujeros viejos y el
barro, entre ellos, estaba cansado, como la tierra que se ha sembrado
demasiados años seguidos. Le echó tres lañas. Una de ellas la tuvo que doblar
dos veces, porque la primera no encajaba. Cuando terminó, repasó la raja con la
pasta por dentro y por fuera y se quedó un momento mirando el barreño, que ya tenía
veintidós lañas y ningún sitio donde echar la vigesimotercera.
—Este es el úntimo apaño que tié, señora. La otra vez
que se raje, ya no lo compone naide.
—Ya lo sé. Pero este año sí.
La mujer sacó un pañuelo anudado del bolsillo del
delantal y empezó a deshacer el nudo con los dedos torpes. Tomás le puso la
mano encima.
—Deje. Este no se cobra.
—¿Cómo que no se cobra? ¿Y lo del cuartillo?
—El refrán ice que laña echá, cuartillo caido. Pero
no ice en qué bolsillo cae.
La mujer se quedó mirándolo sin entender, y luego entendió,
y volvió a atar el pañuelo sin decir nada. Le dio un trozo de pan y un puñado
de higos secos que llevaba en el delantal, y él se los guardó en la alforja.
Al marcharse, ya en el camino, se volvió. La mujer
seguía sentada en el pilón, con el barreño a los pies, y lo miraba irse como si
ya supiera que no lo iba a volver a ver.
VIII. Lo que vino después
Llegó a casa de noche, con la burra cojeando y la caja más ligera.
Eulalia le tenía la cena en la lumbre y la chica ya estaba acostada. El padre,
en cambio, seguía en el escaño, despierto, con las manos sobre la garrota, como
si no se hubiera movido de allí en once días.
—¿Cuántas? —le preguntó antes de que Tomás soltara la
caja.
—Trescientas cuarenta, cuasi. Y treinta y una en una
sopera de porcelana.
—¿De porcelana?
—De la mujer del médico.
El viejo se quedó callado, echando la cuenta con los
labios, como hacía siempre.
—Trescientos setenta y un cuartillos —dijo al fin—.
En mis tiempos, con eso se compraba una mula.
—En sus tiempos, padre.
—En mis tiempos.
Tomás se sentó a su lado, junto a la lumbre, y le
contó lo de la tinaja del alfarero, lo del quincallero, lo de la sopera, lo del
calderero de Soria y lo del barreño de las diecinueve lañas. El viejo lo
escuchó todo sin interrumpir. Al final, cuando Tomás le dijo que no le había
cobrado a la mujer del barreño, asintió despacio.
—Bien hecho —dijo—. Hay lañas que se cobran y lañas
que no. Eso no lo ice el refrán, pero tamién es del oficio.
Luego, sin venir a cuento, le preguntó:
—¿Pasastes por el pueblo de la fuente vieja?
—El primero.
—¿Y te dijo algo la del tío Pelayo?
—Que s'acordaba de usté. Que usté ya sabía.
El viejo sonrió, con una sonrisa que Tomás no le
había visto nunca, y no dijo nada más, y Tomás tampoco le preguntó.
El padre murió dos inviernos después, en la cama, con
la caja del lañador colgada del clavo de la alcoba, donde él mismo había pedido
que se la pusieran. Tomás siguió saliendo cada otoño, después del Pilar, y cada
primavera, antes de la siega, durante más de veinte años. Pero cada año había
menos cántaros que lañar y más cazos de aluminio colgados en las cocinas, y
luego llegaron los barreños de plástico, de colores, que no se rompían ni se
abollaban, y que cuando se rajaban se tiraban al muladar sin que nadie se
acordara de llamar a nadie. Llegó el agua corriente a las casas, y los cántaros
se quedaron en las cámaras, llenos de polvo, y las mujeres dejaron de ir a la
fuente. Llegaron las matanzas en el matadero, y los barreños de barro se fueron
quedando en los corrales, boca abajo, para que no se llenaran de agua de
lluvia. Y los pueblos se fueron vaciando, año tras año, como un cántaro con una
raja que nadie compone.
Rosario se casó y se fue a Valencia, y allí tuvo dos
hijos que no habían visto nunca un barreño de barro. Tomás dejó de salir en
1971, el año que la burra se murió de vieja y él no quiso comprar otra. Dijo
que, para lo que quedaba, no merecía la pena.
La caja volvió al clavo de la cámara, y allí se
quedó. A veces, en invierno, la bajaba y la abría encima de la mesa de la
cocina, sacaba el berbiquí y le enrollaba la cuerda, aunque no tuviera nada que
taladrar, solo por oír el ruidillo de grillo de la bola de plomo girando en el
aire. Eulalia lo miraba desde la lumbre y no le decía nada.
En la cocina, en su sitio de siempre, estaba el
barreño de la matanza de su propia casa, con catorce lañas, todas suyas, y de
ninguna había cobrado nada. Por Navidad, cuando venían los nietos de Valencia,
se quedaban mirándolo con curiosidad, pasando el dedo por las grapas negras, y
le preguntaban qué eran aquellas cosas.
—Lañas —les decía él.
—¿Y para qué sirven?
—Pa que lo roto dure un poco más.
Los nietos no lo entendían, porque en Valencia lo que
se rompía se tiraba.
Y en toda la casa ya no quedaba nadie, aparte de él,
que supiera lo que quería decir aquello de «laña echá, cuartillo caido».

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