miércoles

LA RUEDA DE LA FORTUNA



La rueda de la Fortuna


Hay una fotografía, la única que conservo de aquellos años, en la que mi padre me lleva a hombros por una calle que ya no existe con ese nombre, porque el ayuntamiento la rebautizó hace treinta años y ahora se llama de otra manera que a mí me sigue sonando falsa, prestada, como un abrigo que no es el mío. En la foto yo llevo una gorra demasiado grande, calada hasta las cejas, y él sonríe con esa sonrisa un poco torcida que dicen que yo he heredado, aunque yo no sabría decirlo, porque uno no puede mirarse la propia sonrisa salvo en un espejo, y en los espejos nunca sonreímos de verdad. Tengo esa fotografía sobre la mesa de la cocina desde hace semanas, no sé bien por qué la saqué del cajón donde llevaba durmiendo cuarenta años, y ahora la miro cada mañana mientras el café se hace, y cada mañana me ocurre lo mismo: no logro recordar el día en que se tomó. Veo la calle en el papel, pero no la recuerdo con los pies; no recuerdo el sol de aquella tarde, ni el peso de sus manos sujetándome los tobillos. Recuerdo la fotografía, que no es lo mismo. He terminado sustituyendo el recuerdo por su prueba, como le pasa a casi todo el mundo con casi todo, y eso, que durante años no me pareció grave, ahora, con lo que tengo encima, me parece una pérdida más.

Perdí a mi padre cuando yo tenía tres años, cuatro como mucho; nunca hemos sabido fijarlo con exactitud porque en mi casa no se hablaba de aquello, se pasaba de puntillas, como quien camina sobre un suelo que sabe hueco. Murió de una manera que entonces llamaban «mala suerte» y que hoy, con lo que yo he aprendido a la fuerza en los últimos meses, llamaría simplemente enfermedad no diagnosticada a tiempo, porque en aquel pueblo no había más médico que uno que venía dos veces por semana desde la cabecera de partido, y para cuando llegó ya no había nada que hacer, o eso me contaron, porque yo, insisto, no recuerdo nada de aquello. No recuerdo su voz. No recuerdo si me cogía en brazos con torpeza o con soltura. No recuerdo el funeral, aunque me han dicho que estuve allí, quieto, cogido de la mano de una tía que ya también ha muerto, mirando algo que a esa edad no podía entender y que probablemente ni siquiera vi como una pérdida, sino como un día raro entre otros días raros. Lo que sí recuerdo, o creo recordar, o me he inventado a base de repetírmelo tantas veces que ya no sabría distinguir la memoria de la fabricación, es un olor a tabaco negro y a lana mojada, y una mano grande sobre mi cabeza, y nada más. Ese es todo mi padre. Un olor y una mano. El resto lo he ido construyendo con los relatos de mi madre, que hablaba de él poco y siempre con la voz un poco más baja de lo normal, como si necesitara ahorrar aire para pronunciar su nombre, y con dos o tres fotografías que se salvaron de una casa que después también se perdió, porque en mi familia parece que estábamos destinados a que se nos fueran las cosas antes de que aprendiéramos a sostenerlas.

Mi madre se quedó viuda a los veintisiete años, con tres hijos, de los cuales yo era el pequeño, en un pueblo donde ser viuda joven significaba, además del duelo, quedar señalada, mirada con desconfianza y pasarlo mal para llegar a fin de mes, porque las viudas jóvenes eran miradas por las demás mujeres con una mezcla de compasión y recelo que a mí, de niño, se me escapaba por completo, pero que entendí al escuchar, ya adulto, algunos comentarios que se le habían quedado grabados a ella con una nitidez dolorosa cuarenta años después. Sacó adelante la casa haciendo costura para las familias que podían permitírselo, y nunca, ni una sola vez que yo recuerde, se quejó delante de nosotros, aunque de noche, cuando creía que dormíamos, la oía a veces llorar en la cocina con un llanto contenido, casi silencioso, como si incluso para llorar tuviera que pedir permiso. Mis hermanos mayores, que sí tuvieron tiempo de conocer a mi padre, hablaban de él de vez en cuando entre ellos, en voz baja, y yo escuchaba desde fuera de esas conversaciones como quien escucha una lengua que casi entiende, recogiendo fragmentos —que si tenía mal genio los lunes, que si cantaba jotas mientras araba, que si una vez le partió la cara a un vecino que había insultado a mi madre— con los que yo, incapaz de aportar ningún recuerdo propio, iba construyendo un padre de segunda mano, un padre hecho de testimonios ajenos, un poco como se recompone algo roto con las piezas que a uno le van dando, sin saber nunca si encajan o si uno se lo está inventando.

Crecí, pues, sin la prueba viva de lo que es tener padre, con la certeza construida, no vivida, de que un padre es una ausencia. Y crecí, también, con una determinación que fui formando despacio, sin darme demasiada cuenta: la de que si alguna vez yo tenía un hijo, ese hijo no iba a tener que reconstruirme a base de fotografías y de silencios de los mayores. Ese hijo me iba a tener entero, presente, insistente, quizá hasta empalagoso de tan presente, porque yo iba a compensar en él todo lo que a mí me faltó, sin darme cuenta de que estaba construyendo una promesa que ni siquiera dependía enteramente de mí, porque nadie, por mucho que se empeñe, tiene el control completo sobre cuánto tiempo va a poder cumplir sus promesas. Esto lo he entendido tarde, y de la peor manera posible.

Tuve a mi hijo con treinta y seis años, tarde para lo que se estilaba entonces, pronto para lo que se estila ahora, y desde el primer día, desde la primera noche en el hospital en la que no dormí, no porque él llorara, que lloraba lo justo, sino porque yo no podía dejar de mirarlo, tuve la sensación de estar cerrando un círculo que llevaba treinta años abierto. Le puse el nombre de mi padre, claro, no podía ser de otra manera, y cuando lo pronunciaba en voz alta, cuando lo llamaba desde la puerta del jardín al anochecer para que entrara a cenar, sentía una cosa extraña, como si estuviera devolviendo algo a algún sitio, como si con cada «¡a cenar!» estuviera reparando, sin que nadie me lo pidiera ni yo supiera muy bien a quién se lo estaba reparando, un desequilibrio muy antiguo. Ortega escribió aquello de «yo soy yo y mi circunstancia», y yo durante muchos años pensé que había entendido mal esa frase, porque la leía como una excusa, como si dijera que uno es solo lo que le ha tocado vivir y nada más; pero ahora, mirando hacia atrás, creo que la entiendo mejor: mi circunstancia era la ausencia de un padre, y yo fui, durante cuarenta años, el hombre que se construyó respondiendo a esa ausencia, unas veces bien y otras veces mal, pero siempre respondiendo, nunca indiferente. Y ahora mi circunstancia es otra, y no sé todavía en quién me va a convertir, aunque empiezo a sospechar que en nadie bueno.

***

Fue un niño fácil, si es que esa expresión significa algo más allá del alivio egoísta de los padres que la pronuncian. Dormía bien desde los primeros meses, comía sin remilgos lo que le poníamos delante, y tenía una curiosidad despierta por las cosas pequeñas que a mí, de mayor, me devolvía a mi propia infancia en el pueblo con una fuerza que no esperaba, porque yo también, de niño, había convertido piedras y palos en tesoros, y verlo a él hacer lo mismo, cuarenta años después, en otro pueblo, con otros juguetes disponibles que apenas tocaba, me hacía sospechar que hay algo en la infancia que no cambia aunque cambien las circunstancias materiales, algo que se repite de generación en generación como se repite el color de los ojos o la forma de la sonrisa.

Le enseñé a pescar en el mismo río, aunque no el mismo tramo, donde yo había pescado cangrejos de niño, y recuerdo su cara de concentración absoluta, con la lengua asomando entre los dientes, esperando el tirón del sedal con una paciencia que a mí, adulto ya entonces, me costaba sostener más de diez minutos seguidos. Le enseñé también, más tarde, a montar en bicicleta, corriendo a su lado sujetando el sillín hasta que un día, sin que yo me diera cuenta del momento exacto, dejé de sujetarlo y él siguió pedaleando solo, alejándose calle abajo con una risa que todavía puedo oír si cierro los ojos, y yo me quedé parado en mitad de la calle con las manos vacías, sintiendo esa mezcla de orgullo y de pérdida que sienten todos los padres cuando un hijo aprende a sostenerse sin ellos, sin saber entonces que esa pequeña pérdida, la del niño que ya no necesita que le sujeten el sillín, sería un ensayo minúsculo, ridículamente pequeño en comparación, de la pérdida que me tocaría vivir muchos años después.

Recuerdo, entre tantos días ordinarios que se han vuelto extraordinarios ahora que sé que no van a repetirse, una tarde de verano en que debía de tener nueve o diez años, y volvíamos los dos de bañarnos en la piscina municipal, él con el pelo todavía mojado y una toalla al cuello a modo de capa de superhéroe, hablando sin parar de un compañero de clase que se había tirado desde el trampolín alto sin que nadie le hubiera dicho que podía hacerlo, y yo, mientras lo escuchaba, sentí una de esas felicidades tan sencillas y tan completas que uno rara vez sabe reconocer como tales en el momento en que las está viviendo, y que solo identifica después, mucho después, cuando ya no puede volver a ellas más que con la memoria. Le compré un helado de esos de cucurucho con dos bolas que se le derretía más deprisa de lo que él conseguía comérselo, y se le quedó chorreando por la muñeca, y yo, en lugar de reñirle por el estropicio como quizá habría hecho otro padre más pendiente del orden que del instante, me reí con él, y los dos nos sentamos en un bordillo a terminar de comérnoslo mientras el sol de la tarde nos calentaba la espalda. Ese recuerdo, tan pequeño, tan de nada, es de los que más me duelen ahora, porque no hay en él ninguna gran conversación, ninguna lección de vida, solo un helado derretido y una risa compartida, y sin embargo daría cualquier cosa, cualquier cosa que todavía tenga, por poder repetirlo una vez más.

Fue un adolescente reservado, de esos que hablan poco de lo que sienten pero que dejan ver lo que sienten en gestos indirectos: una puerta cerrada con más fuerza de la necesaria, una canción puesta a un volumen que era, en realidad, un mensaje cifrado que no sabíamos descifrar. Discutimos, como discuten todos los padres con los hijos en esa edad, por horarios, por estudios, por una novia de la que no nos había hablado y que descubrimos por casualidad, y hubo meses, lo confieso aquí porque también forma parte de lo que hay que contar si se quiere contar la verdad entera y no solo la parte que conviene, en que la relación se volvió tensa, casi fría, en que yo llegué a preguntarme, con una angustia que entonces me parecía la más grande que podía sentir un padre, si había fracasado en la promesa que me había hecho a mí mismo de estar presente de una manera distinta a como mi padre, sin culpa suya, había estado ausente. Pero la adolescencia, como todo el mundo sabe y como yo mismo había olvidado hasta que me tocó atravesarla desde el otro lado, es un puente, no un destino, y al otro lado de ese puente, ya con veinte años recién cumplidos, apareció un hombre joven capaz de sentarse conmigo a charlar durante horas, capaz de preguntarme por mi trabajo, por mis recuerdos, por el pueblo donde crecí, con un interés que me conmovía porque yo sabía, sin que él lo supiera todavía, cuánto me había costado a mí llegar a ese punto de curiosidad genuina por la vida de mi propio padre, precisamente porque nunca había tenido la oportunidad.

***

Mi hijo empezó a encontrarse mal en abril, un abril que hasta entonces había sido como todos, con la primavera llegando tarde y a trompicones como llega siempre en esta parte de España, con lluvias que no terminaban de decidirse y un sol que se asomaba dos días y se escondía otros cinco. Al principio fue un cansancio al que nadie dio importancia, ni él, que tenía veintidós años y una vida por delante tan ancha que el cansancio le parecía un contratiempo menor, ni nosotros, que lo atribuimos a los exámenes de la universidad, a las noches sin dormir, a esa edad en la que el cuerpo parece un instrumento inagotable que uno puede maltratar sin consecuencias. Luego vinieron los moratones que aparecían sin que él recordara haberse golpeado, y una palidez que su madre notó antes que yo, porque las madres notan esas cosas con una antelación que a los padres nos parece sobrenatural, aunque no lo es, es solo atención, atención sostenida durante veintidós años que nunca se ha relajado.

El diagnóstico llegó un martes de mayo, a las once y veinte de la mañana, en una consulta con las persianas medio bajadas porque fuera hacía ya calor, y el médico, un hombre joven, más joven que yo, que hablaba con esa mezcla de precisión técnica y torpeza humana que tienen los médicos cuando tienen que decir algo que no tiene manera elegante de decirse, usó palabras que yo he tenido que aprender a la fuerza en estos meses, palabras que antes solo había visto en periódicos hablando de otras familias, de otras desgracias que uno lee con la tranquilidad culpable de quien sabe que no le tocan a él. Leucemia mieloide aguda de mal pronóstico, con una variante genética que reducía drásticamente las opciones de respuesta al tratamiento. Dijo también «evolución rápida», y esas dos palabras se me quedaron clavadas de una manera que las otras, más técnicas, no consiguieron, porque «rápida» era una palabra que yo entendía perfectamente, sin necesidad de diccionario médico, y significaba que no había tiempo, que el tiempo, ese lujo que uno da siempre por descontado como se da por descontado el aire, se nos estaba acabando antes de que hubiéramos empezado siquiera a contarlo.

Recuerdo que salí de la consulta y el pasillo del hospital me pareció el mismo pasillo por el que había caminado media hora antes, con las mismas sillas de plástico azul, el mismo cartel torcido anunciando una campaña de donación de sangre, y me pareció una barbaridad que todo siguiera igual, que el mundo no se hubiera detenido ni un segundo para señalar que algo se había roto de manera irreparable. Séneca escribe en algún lugar de sus cartas a Lucilio que nada nos sucede que no debiéramos haber previsto ya, que la fortuna no perdona a nadie por ser mejor persona ni castiga a nadie por ser peor, y que el sabio debe caminar por la vida sabiendo que todo lo que tiene le ha sido prestado y puede serle reclamado en cualquier momento. Yo había leído eso hacía años, en una edición de bolsillo que todavía conservo con anotaciones al margen hechas con una letra que ya no reconozco como mía, y me había parecido una sabiduría hermosa, aplicable, algo que uno podía adoptar como orientación general para vivir con menos angustia. Pero una cosa es leer que todo puede sernos reclamado, y otra muy distinta es que vengan a reclamarte, en un martes cualquiera de mayo, con las persianas medio bajadas, lo único que de verdad no estabas dispuesto a devolver.

***

Los primeros días después del diagnóstico son, si soy sincero, una mancha borrosa en mi memoria, un poco como aquella fotografía de mi padre a hombros: sé que ocurrieron, sé aproximadamente lo que ocurrió, pero no consigo reconstruirlos con el detalle con el que reconstruyo otras cosas. Recuerdo llamadas a especialistas, recuerdo una segunda opinión en otro hospital que solo sirvió para confirmar lo que ya sabíamos con otras palabras igual de duras, recuerdo a mi mujer llorando en la cocina con la puerta cerrada porque no quería que nuestro hijo la oyera, aunque él, que siempre ha sido más perceptivo que ninguno de los dos, sabía perfectamente lo que estaba pasando en aquella cocina aunque la puerta estuviera cerrada. Recuerdo también, y esto sí lo recuerdo con nitidez, una noche en la que no pude dormir y me senté en el sofá del salón a oscuras, sin encender ninguna luz, y me hice la pregunta que llevaba semanas evitando hacerme: por qué a él, por qué ahora, por qué otra vez en esta familia, como si hubiera una cuota de desgracia que nos tocara pagar generación tras generación y nadie nos hubiera avisado de las condiciones del contrato.

No soy hombre de fe, nunca lo he sido, aunque me criaron, como se criaba entonces a todo el mundo en los pueblos de esta tierra, dentro de una religión que aprendí como quien aprende una lengua materna, sin cuestionarla, hasta que llegó un momento, ya en la adolescencia, en que empecé a hacerme preguntas que la fe recibida no me sabía responder de manera satisfactoria, y desde entonces me he definido, con más comodidad de la que ahora tengo, como agnóstico: no niego a Dios porque negar exige una certeza que no poseo, pero tampoco lo afirmo, porque afirmar exigiría otra certeza, simétrica y contraria, que tampoco poseo. Durante décadas esta postura me pareció la más honesta, la más adulta, un mérito intelectual, la posición de quien se niega, en ningún sentido, a mentirse a sí mismo por comodidad emocional. Pero sentado en aquel sofá a oscuras, con mi hijo durmiendo, o no durmiendo, en la habitación de al lado, noté que me temblaban las manos sin que hiciera frío para explicarlo, y busqué, sin encontrarlo, algo a lo que agarrarme: treinta años construidos con cuidado sobre un agnosticismo que aguantaba bien mientras solo hablaba de ideas, y que ahora, a solas en la oscuridad del salón, se resquebrajaba como se resquebraja el hielo fino, dejándome las manos vacías precisamente en el momento en que más las necesitaba llenas.

Pensé en Unamuno, a quien he leído y releído a lo largo de los años porque pocos autores españoles han sabido expresar mejor esta agonía concreta, la del hombre que quiere creer y no puede, o que puede pero no del todo, o que cree a ratos y desespera a ratos y no encuentra descanso en ninguno de los dos estados. En Del sentimiento trágico de la vida escribe que la fe racional es una contradicción de términos, que la fe en Dios nace del sentimiento, no de la razón, y que el hombre que solo razona termina desesperando, mientras que el hombre que solo siente termina engañándose, y que la verdadera vida espiritual consiste en habitar esa contradicción sin resolverla, en «vivir de la lucha misma», como él dice, sin buscar una paz que quizá no exista para quien se ha hecho las preguntas serias. Aquella noche entendí, o creí entender, mejor que nunca esa frase, porque yo llevaba treinta años instalado en una duda cómoda, teórica, de sobremesa, y de pronto la duda dejó de ser un ejercicio intelectual para convertirse en una necesidad urgente, casi física, de saber si había algo, alguien, algún sentido detrás de lo que le estaba pasando a mi hijo, o si todo era, como me había parecido siempre en mis momentos de más cabeza fría, pura biología ciega, mutaciones celulares sin propósito ni destinatario, un cromosoma que se copia mal y que no sabe, no puede saber, que está destrozando una familia entera con su error microscópico.

No llegué a ninguna conclusión aquella noche, ni las noches siguientes, ni ahora, mientras escribo esto. Sigo sin poder afirmar que hay un Dios que permite el sufrimiento de los inocentes por alguna razón que se nos escapa, y sigo sin poder afirmar, con la misma seguridad, que no lo hay y que todo es azar sin sentido. Lo que sí puedo decir es que empecé, sin proponérmelo, a rezar, o a hacer algo parecido a rezar, algo que no sabría llamar de otra manera aunque no crea del todo en el destinatario de esas palabras: hablaba, por las noches, en voz baja, con quien quisiera escucharme, pidiendo no un milagro, porque incluso en mi desesperación conservaba la suficiente lucidez como para no pedir lo que sabía que no me iban a dar, sino tiempo, un poco más de tiempo, unos meses, unas semanas incluso, para poder darle a mi hijo lo que yo no había tenido con mi padre: una despedida consciente, unas palabras dichas a tiempo, la certeza de haber estado presente hasta el final en lugar de haber sido arrancado de la vida del otro sin previo aviso, como me arrancaron a mí de la de mi padre cuando yo tenía tres años y no entendía todavía lo que significaba la palabra «para siempre».

***

Los tratamientos empezaron enseguida, con esa urgencia que da tanto miedo como esperanza, porque cuando los médicos se mueven deprisa uno agradece que no haya tiempo que perder, pero al mismo tiempo entiende, sin que nadie lo diga en voz alta, que esa rapidez es la confirmación clínica de que efectivamente no hay tiempo que perder. Mi hijo afrontó la quimioterapia con una entereza que a mí, francamente, me avergonzaba comparada con mi propio estado, porque yo, que debería haber sido la roca, el soporte, el padre sereno que había prometido ser durante treinta años, me descubría muchas tardes llorando a escondidas en el coche, en el aparcamiento del hospital, antes de subir a la habitación con la cara recompuesta como quien se pone una máscara que ya no engaña a nadie, y menos que a nadie a mi hijo.

Hubo semanas de mejoría, o de lo que en oncología llaman mejoría, que no es lo mismo que curación, sino una tregua, un aplazamiento, una manera técnica de decir que las cifras en los análisis mejoraban sin que nadie se atreviera a pronunciar la palabra «remisión» a boca llena, porque los médicos, por prudencia, no quieren dar esperanzas que después tengan que retirar. Durante esas semanas volvimos a hacer algunas de las cosas que hacíamos antes: vimos partidos de fútbol en el sofá, comentando las alineaciones con esa pasión ridícula y entrañable que solo se entiende entre padre e hijo aficionados al mismo equipo; salimos a dar paseos cortos, cada vez más cortos, por el parque cercano a casa, y en esos paseos hablamos de cosas que antes nunca habíamos hablado, porque cuando el final está cerca se abren conversaciones que en circunstancias normales se habrían pospuesto indefinidamente, quizá para siempre, por pudor, por costumbre, por esa pereza emocional que tenemos los padres de mi generación, educados para no decir ciertas cosas en voz alta.

Le pregunté, en uno de esos paseos, si tenía miedo. Me dijo que sí, pero que le daba más miedo el miedo de su madre y el mío que el suyo propio, y que si algo podía hacer por nosotros en el tiempo que le quedara era demostrarnos que él estaba en paz, aunque no lo estuviera del todo, para que nosotros pudiéramos apoyarnos en esa paz suya, aunque fuera fingida en parte. Tenía veintidós años y me estaba enseñando algo sobre la generosidad que yo no había terminado de aprender en cincuenta y ocho años. Pensé que a un hombre se le puede arrebatar casi todo, pero no la manera de afrontar lo que le toca vivir. Mi hijo no podía elegir la enfermedad, ni el pronóstico, ni el tiempo que le quedaba, pero sí estaba eligiendo, cada día, con una lucidez que a mí se me escapaba, la actitud con la que afrontaba ese tiempo, y esa elección, pequeña y enorme a la vez, era quizá lo único suyo que la enfermedad no había conseguido arrebatarle.

Hubo una tarde, dentro de aquellas semanas de tregua, en que mi hijo me pidió que le contara cómo había sido yo a su edad, y yo, sentado al borde de su cama con el sol entrando oblicuo por la ventana y dibujando una franja de luz sobre la colcha, le hablé de aquel primer trabajo que tuve nada más terminar los estudios, en un taller de la capital donde entré de aprendiz sin saber apenas nada y donde un maestro viejo y de pocas palabras me enseñó, más a golpe de mirada que de explicación, un oficio que después ejercería el resto de mi vida; le hablé de la pensión donde viví aquellos primeros años, con una patrona que nos alimentaba mal y nos regañaba peor, y de los domingos en que subía al monte con dos o tres compañeros de aquella misma pensión solo para poder mirar el pueblo desde arriba y sentir, aunque fuera por unas horas, que el mundo era más grande de lo que había imaginado de niño. Él escuchaba con los ojos cerrados, no porque estuviera dormido, sino porque, según me confesó después, le ayudaba a imaginar mejor las escenas si no tenía que sostener la mirada abierta contra el cansancio que la medicación le producía, y en un momento me dijo, con esa media sonrisa suya que tanto se parecía, según todos, a la que yo tenía en la fotografía con mi padre a hombros: «Qué raro, papá... Es como si me dieras un abuelo que nunca tuve». No supe qué contestarle entonces, y sigo sin saber qué contestarle ahora. Me quedé callado, mirando cómo la franja de luz se había corrido ya hacia el otro lado de la colcha, le apreté la mano un momento y seguí contándole cosas de la pensión, de la patrona, de los domingos en el monte, sin volver sobre lo que acababa de decir. Solo días después, lavando platos, sin venir a cuento de nada, se me ocurrió que quizá las historias, aunque no sustituyan a las personas, sí pueden tender un puente entre generaciones que nunca llegaron a tocarse, y que sea ese uno de los pocos consuelos verdaderos que nos ha dado el lenguaje: la posibilidad de seguir presentando a los muertos a los vivos, aunque sea de manera indirecta, fragmentaria, incompleta.

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La recaída llegó en agosto, después de solo diez semanas de aquella tregua que habíamos aprendido, sin decirlo, a no llamar esperanza para no tentar a la desgracia con palabras demasiado optimistas, como si la desgracia entendiera de palabras, que por supuesto no entiende, pero en estas circunstancias uno empieza a hacer cosas de supersticioso aunque en toda su vida no las haya hecho. Los análisis de un control rutinario mostraron lo que nadie quería ver, y esta vez el médico joven, el mismo de mayo, ya no usó la palabra «rápida» porque no hacía falta: la habíamos aprendido todos ya, la llevábamos incorporada al vocabulario familiar como se incorpora una palabra nueva de un idioma extranjero que uno aprende por necesidad y no por gusto. Nos habló de cuidados paliativos, de calidad de vida en el tiempo que quedara por delante, de renunciar a tratamientos agresivos que ya no ofrecían beneficio proporcional al sufrimiento que causaban, y yo, mientras lo escuchaba, sentí que se cerraba dentro de mí una puerta que hasta ese momento había mantenido entreabierta sin confesármelo, la puerta de la esperanza de curación, y que a partir de entonces solo quedaba otra puerta, mucho más estrecha, mucho más difícil de atravesar: la de acompañar bien, la de estar presente, la de no repetir con mi hijo la ausencia que a mí me marcó de niño, aunque esa ausencia, en mi caso, no hubiera sido elegida por nadie, ni siquiera por la mala suerte, sino simplemente impuesta por las circunstancias de una España rural sin medios.

Esa noche, cuando por fin nuestro hijo se durmió con la ayuda de un calmante suave, mi mujer y yo nos sentamos a la mesa de la cocina, la misma donde tengo ahora la fotografía de mi padre, y durante un rato ninguno de los dos dijo nada, hasta que ella preguntó, sin mirarme, removiendo un café que ya se le había quedado frío:

—¿Se lo decimos tal cual, con esas palabras, «cuidados paliativos», o buscamos otra manera?

—No sé si hay otra manera que no sea mentirle —le contesté, y me di cuenta, según lo decía, de que llevaba semanas evitando pronunciar en voz alta la palabra que él llevaba ya incorporada, sin que yo lo supiera, desde mucho antes que nosotros.

—Yo creo que él lo sabe desde julio —dijo ella—. Lo he visto en cómo mira las cosas últimamente. Como quien empieza a despedirse de los muebles.

No supe qué contestar a eso. Ella siguió removiendo el café, que ya no iba a beberse, y añadió, con una voz que intentaba sonar firme y que se le quebró a mitad de la frase:

—Yo no sé hacer esto. No sé ser la madre de un hijo que se muere. Nadie me enseñó.

—Ni a mí mi padre —le dije, y fue lo único que se me ocurrió, aunque no viniera exactamente a cuento, o quizá sí venía, quizá era lo único que de verdad venía a cuento.

Se quedó callada un momento, y luego, con una honestidad que a mí, después de veinticinco años juntos, todavía me sorprende, dijo:

—Hay días en que te miro y no sé si estás aquí o si ya te has ido a otro sitio, por dentro, para protegerte. Necesito que te quedes aquí conmigo, aunque duela más.

Le prometí que me quedaría, y esa promesa, hecha en voz baja en una cocina a las dos de la madrugada, se me ha vuelto con el tiempo tan importante como la otra, la que me hice a los cuatro años sin palabras, y quizá más difícil de cumplir, porque quedarse del todo, sin escaparse por dentro, es lo más parecido a un acto de valentía que yo haya tenido que ejecutar nunca.

Aquí es donde el círculo del que hablaba al principio se cerró de una manera que todavía hoy me cuesta nombrar sin que la voz se me quiebre. Yo, que había pasado treinta años construyendo la promesa de ser un padre presente hasta el final, precisamente porque a mí me faltó esa presencia, me encontraba ahora en el lugar exacto donde mi propio padre debió de estar, sin que yo lo supiera nunca, sin que nadie me lo contara, quizá porque él tampoco tuvo tiempo de anticiparlo, quizá porque su enfermedad fue distinta, más súbita, sin este margen cruel de meses que a mí se me estaba concediendo para prepararme para algo para lo que en realidad nadie puede prepararse. Me pregunté, muchas noches de aquel agosto insoportablemente caluroso, si mi padre habría tenido tiempo de sentir lo que yo estaba sintiendo, si habría llegado a saber que se moría, si habría alcanzado a mirarme, a mí, un niño de tres años que no podía entender nada de lo que estaba pasando, con la misma desesperación con la que yo miraba ahora a mi hijo de veintidós, que sí entendía, que entendía perfectamente, y que además tenía que cargar con la responsabilidad añadida, injusta como pocas, de sostener el dolor de sus padres además del suyo propio.

Hubo días de aquel agosto en que me pregunté, sin rodeos, si la vida merecía o no la pena ser vivida. Yo nunca me había hecho esa pregunta con tanta crudeza, porque de joven uno la discute con la distancia de quien discute ideas, no destinos, pero viendo a mi hijo cada vez más débil, más delgado, con una respiración que ya no era la respiración fácil de un chico de veintidós años sino algo más trabajoso, la pregunta dejó de ser abstracta. Se instalaba cada mañana, nada más abrir los ojos, antes incluso de que el café estuviera hecho: si merecía la pena seguir levantándome, seguir siendo el padre que tenía que ser, cuando todo dentro de mí quería simplemente detenerse. Y la respuesta que encontré no fue filosófica sino práctica, casi animal: me levantaba porque mi hijo me necesitaba despierto, presente, capaz, y ese rostro concreto esperándome cada mañana pesaba más que cualquier pregunta sobre el sentido último de las cosas.

***

Hubo un día, ya en septiembre, en que mi hijo me pidió que le hablara de mi padre. Estábamos en su habitación, con la persiana bajada a medias para que entrara algo de luz sin que le molestara en los ojos, que se le habían vuelto sensibles con la medicación, y él, tumbado, con esa delgadez que ya empezaba a darme miedo cada vez que lo miraba, me dijo, de repente, sin que viniera a cuento de nada de lo que estábamos hablando antes, con la voz un poco pastosa por la medicación: «Papá..., cuéntame cómo era el abuelo». Y yo tuve que confesarle lo que nunca le había confesado con tanta claridad, ni siquiera a mí mismo: que no lo sabía, que no tenía manera de contárselo porque yo mismo no lo sabía, que todo lo que yo podía ofrecerle era un olor a tabaco negro y una mano grande sobre la cabeza, y una fotografía en la que un hombre me llevaba a hombros por una calle que ya ni siquiera se llama como se llamaba entonces.

Pensé que esa confesión lo decepcionaría, o que al menos lo entristecería más de lo que ya estaba, pero en cambio sonrió, con una sonrisa cansada pero real, y me dijo algo que no he podido olvidar desde entonces y que probablemente no olvidaré mientras viva, despacio, con pausas entre las frases, como si le costara encontrar el hilo: «Entonces... tengo más suerte que tú. Tú sí me vas a poder recordar entero». Tuve que salir de la habitación con la excusa de ir a buscar agua, porque no pude sostener aquello de pie sin desmoronarme delante de él, y él, que ya lo sabía todo, que ya sabía leer perfectamente mis salidas fingidas, me dejó ir sin decir nada, con esa generosidad que llevaba meses demostrando y que a mí, con cincuenta y ocho años, seguía pareciéndome imposible en alguien tan joven.

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Octubre trajo el ingreso definitivo. Ya no hubo más idas y vueltas a casa, ya no hubo más paseos por el parque, aunque en los primeros días todavía conseguíamos sacarlo en silla de ruedas hasta el jardín interior del hospital, un jardín pequeño y mal cuidado, con dos bancos de madera desconchada y un ciprés que alguien había plantado hacía décadas sin pensar demasiado en lo que significa un ciprés en un jardín de hospital, y allí nos sentábamos los tres, a veces en silencio, a veces hablando de cosas sin importancia, del tiempo, de un partido que iban a jugar el domingo y que él ya sabía, y nosotros también, aunque nadie lo dijera, que no iba a ver.

En esas semanas finales tuve, como es lógico, mucho tiempo para pensar, sentado en aquella habitación de hospital con la máquina del gotero marcando un ritmo que se me metía dentro de la cabeza sin pedir permiso, y pensé mucho, más de lo que había pensado en toda mi vida anterior, en la cuestión de la justicia, en si tenía algún sentido hablar de justicia en un universo que permite que un niño de tres años pierda a su padre y que ese mismo niño, convertido después en un hombre, en un padre entregado, tenga que ver morir a su propio hijo antes de cumplir los veintitrés años. He dado muchas vueltas a la idea de que quizá el mal tenga que existir para que la libertad y la bondad tengan sentido, para que elegir el bien signifique algo. Nunca me ha convencido, y en aquella habitación de hospital, con mi hijo durmiendo gracias a la morfina que le aliviaba un dolor que a mí me resultaba insoportable de solo imaginar, me pareció, sinceramente, una filosofía cómoda para quien la formula desde un despacho tranquilo, pero incapaz de sostenerse frente al llanto ahogado de una madre en el pasillo de una planta de oncología pediátrica y de adultos jóvenes.

Me acordé entonces, con más simpatía que nunca, de las palabras de Job, aunque yo no sea hombre de escrituras y hubiera tenido que buscar el pasaje en una Biblia vieja que guardábamos en casa desde la boda de mis suegros, cuando Job, después de perderlo todo, hijos incluidos, se niega a maldecir a Dios pero tampoco consigue una respuesta satisfactoria a su pregunta, y Dios, cuando por fin le habla desde el torbellino, no le explica por qué ha sufrido, sino que le hace preguntas sobre la creación del mundo, sobre dónde estaba Job cuando se pusieron los cimientos de la tierra, como diciéndole, en el fondo, que hay preguntas que al hombre no le está dado responder, no porque la respuesta no exista, sino porque no tiene con qué entenderla, como quien pregunta por un color a alguien que ha nacido ciego. Aquella lectura, hecha a las tres de la madrugada en una habitación de hospital con una luz de emergencia parpadeando en el pasillo, no me consoló exactamente, pero me hizo compañía, que en aquellos días ya era mucho pedir y mucho recibir. Y sin embargo, aun sin encontrar consuelo en la respuesta divina a Job, sentí algo parecido a un reconocimiento: la sensación de que otro hombre, hace miles de años, en otra lengua, en otra cultura, se había hecho la misma pregunta que yo me estaba haciendo, y que esa hermandad en la pregunta, aunque no resolviera nada, aliviaba un poco la soledad radical de estar formulándola en la madrugada de un hospital, solo, mientras todos dormían, o fingían dormir, que también eso lo aprendí en aquellas semanas: que en las familias que atraviesan esto, nadie duerme de verdad y todos fingimos por turnos para que los demás puedan descansar un poco.

***

Murió un martes de noviembre, a las seis y cuarto de la mañana, con la luz todavía sin decidirse a entrar por la ventana, esa luz gris azulada de las mañanas de otoño en esta parte de España que durante años me había gustado, que me parecía una de las cosas hermosas de vivir aquí, y que desde aquella mañana no he vuelto a mirar de la misma manera. Estábamos su madre y yo, uno a cada lado de la cama, cogiéndole las manos, que ya estaban frías desde hacía un rato, aunque él seguía respirando, cada vez más espaciado, con esas pausas que los médicos llaman respiración agónica y que a uno, por mucho que se lo hayan explicado con antelación, le siguen pareciendo el sonido más terrible que existe, porque uno cuenta los segundos entre respiración y respiración sin poder evitarlo, esperando la siguiente con una angustia que no se parece a ninguna otra angustia que yo haya sentido, ni siquiera a la de aquel martes de mayo en que oí por primera vez la palabra «leucemia».

No dijo nada en sus últimas horas, porque llevaba ya dos días sin poder hablar con claridad, sedado en la medida justa para que no sufriera, pero la noche anterior, todavía lúcido a ratos, me había cogido la mano y me había dicho, con un hilo de voz tan débil que tuve que acercar el oído casi hasta rozarle los labios para entender, algo que no voy a repetir aquí porque hay cosas que pertenecen solo a quien las recibe, y que uno guarda no por egoísmo sino porque ponerlas por escrito, compartirlas, las convertiría en otra cosa, las desgastaría, y yo necesito que sigan siendo exactamente lo que fueron cuando las oí por primera y única vez. Sí puedo decir que no fue una frase de reproche ni de miedo, sino de gratitud, y que esa gratitud, viniendo de un hijo de veintidós años que se estaba muriendo, me pareció, y me sigue pareciendo, la cosa más generosa y más injusta que he recibido nunca, porque no era yo quien debía recibir gratitud en aquella habitación, era yo quien debía darla, por cada uno de los veintidós años que él me había regalado sin saber que tenían fecha de caducidad tan corta.

Mi mujer y yo hemos llorado este duelo de maneras distintas, tan distintas que durante algunas semanas del invierno temí que esa diferencia nos fuera a separar, porque el dolor, cuando es tan grande, no siempre une a las parejas como cuenta la sabiduría convencional, a veces las aísla cada una en su propia manera de sobrellevarlo, incapaces de encontrarse en el territorio del otro. Ella necesitaba hablar, nombrar, repetir anécdotas una y otra vez como quien repite un conjuro para que la persona no termine de desvanecerse, mientras que yo, educado en un silencio que venía de mucho más atrás, de aquella casa donde no se hablaba de mi padre salvo en susurros, tendía a encerrarme, a rumiar por dentro, y ese desajuste, ese ir cada uno a un ritmo distinto en el duelo, nos costó más de una noche de reproches que ninguno de los dos quería en realidad hacerse, porque los dos sabíamos, en el fondo, que el enemigo no era el otro sino la ausencia misma, pero el dolor tiene esa capacidad perversa de buscar a quién culpar aunque no haya culpable disponible más cercano que la persona que duerme al lado.

Nos ayudó, y esto lo digo sin ninguna vergüenza aunque durante muchos años de mi vida me habría parecido innecesario decirlo en voz alta, empezar a ver a una psicóloga especializada en duelo, una mujer joven, de una serenidad que al principio me pareció casi sospechosa, y que nos enseñó, entre otras cosas, que el duelo compartido no exige que los dos vayamos al mismo paso, que dos personas pueden atravesar la misma pérdida por caminos distintos sin que eso signifique que se estén alejando el uno del otro. Empecé a pensar que basta con mirar el rostro del otro para sentirse responsable de él. Viendo a mi mujer llorar en habitaciones distintas de la casa, a horas distintas de la noche, pensé que quizá la responsabilidad más honda que me queda ahora no es tanto sostener mi propio duelo, sino seguir mirando su rostro, el de ella, con la misma atención con la que miré el de mi hijo en sus últimos meses.

***

El entierro fue un jueves, con un cielo tan azul y tan limpio que a mí me pareció, de nuevo, una ofensa, porque uno espera que la naturaleza guarde al menos las formas, que llueva un poco, que el cielo se cubra en señal de respeto, y en cambio aquel jueves de noviembre hacía un sol templado y agradable, de esos que en otras circunstancias uno habría agradecido en voz alta, y que aquel día me pareció una burla más, otra, añadida a la larga lista de burlas que el universo parecía tenernos reservadas. Vino gente que hacía años que no veía, primos segundos, antiguos compañeros de colegio de mi hijo que ya eran hombres y mujeres hechos y derechos, algún profesor suyo de la universidad que se había desplazado desde otra ciudad solo para estar presente media hora, y todos, absolutamente todos, decían las mismas frases que se dicen siempre en estas circunstancias, frases que yo mismo había pronunciado en otros entierros a lo largo de mi vida sin medir su peso, y que ahora, recibidas en lugar de pronunciadas, me sonaban a la vez sinceras e insuficientes, como palabras que uno dice porque hay que decir algo, aunque no sirvan de mucho.

Recuerdo poco del propio acto, con la misma imprecisión borrosa con que recuerdo los primeros días tras el diagnóstico, salvo dos o tres imágenes que se me han quedado fijas: la mano de mi mujer apretando la mía con una fuerza que no sabía que tuviera; un compañero de la infancia de mi hijo, un chico de su misma quinta al que conocíamos desde que ambos tenían seis años, llorando de una manera tan descontrolada, tan ajena a cualquier pudor adulto que por un instante fue él, y no yo, quien pareció el padre; y el momento en que, de pie frente al ataúd, sentí, con una claridad que no había sentido en ningún otro momento de todo el proceso, que estaba, literalmente, en el mismo lugar donde yo había estado cincuenta y cuatro años atrás, de pie frente a otro ataúd, el de mi padre, que entonces debió de parecerme enorme porque yo, con tres años, cabía en muy poco espacio, y sentí que las dos escenas se superponían, que el cementerio de mi pueblo natal y el cementerio donde enterrábamos a mi hijo eran, por un instante, el mismo cementerio, y que yo era, al mismo tiempo, el niño huérfano de tres años y el padre huérfano de hijo de cincuenta y ocho años, como si el tiempo, que hasta entonces yo había entendido siempre como algo que va hacia delante y no vuelve, se hubiera doblado y hubiera juntado dos momentos que deberían haber estado separados por más de medio siglo.

Pensé en la vieja imagen de la Fortuna como una rueda que gira sin cesar, y que no debe sorprendernos cuando nos quita lo que nos había dado, porque nunca prometió otra cosa que inconstancia. Lo había oído hacía muchos años y entonces me pareció un consuelo elegante pero un poco frío, la sabiduría de quien observa la desgracia desde cierta distancia. De pie frente a aquel ataúd, sin embargo, entendí mejor lo que quería decir: no que dejemos de amar, sino que aprendamos a distinguir entre el amor que hemos dado, que sigue siendo enteramente nuestro y nadie nos lo puede quitar, y la presencia física de la persona amada, que siempre, desde el principio, fue un préstamo.

***

Machado escribió que no hay camino, que se hace camino al andar, y esa frase, que había citado en algún brindis familiar con la ligereza con que uno cita a los poetas cuando todavía no los necesita, se me ha vuelto ahora insoportablemente literal, porque no hay ningún camino trazado para lo que me toca vivir ahora, ningún manual, ninguna tradición que me diga con exactitud cómo se sigue adelante cuando uno ha enterrado a su padre siendo niño y ha enterrado a su hijo siendo padre, y descubre que esas dos pérdidas, en lugar de sumarse simplemente como dos números, se multiplican entre sí, dialogan entre sí de una manera que no había previsto, porque la muerte de mi hijo me ha devuelto, con una intensidad que no esperaba, el duelo suspendido por mi padre, aquel duelo que de niño no pude hacer porque un niño de tres años no tiene los recursos psíquicos para hacer un duelo verdadero, solo puede absorber la ausencia y seguir creciendo alrededor de ella, como un árbol que crece torcido alrededor de un obstáculo que ya no se ve pero que sigue determinando la forma del tronco medio siglo después.

En estos meses que han pasado desde el entierro le he dado muchas vueltas a si tenemos alguna obligación hacia los muertos más allá del sentimiento. He llegado a pensar que perdonar y prometer son las dos cosas que nos permiten sostenernos frente a lo que ya no tiene remedio y frente a lo que todavía no sabemos. No sé si he perdonado a nadie, porque no hay a quién culpar de manera precisa, no hay un responsable de una mutación genética, y dirigir la rabia contra un Dios en el que no termino de creer me resulta, la mayoría de los días, un ejercicio vacío, como gritarle a una habitación sabiendo que probablemente no hay nadie al otro lado escuchando, aunque algunos días, pocos, todavía me sorprendo haciéndolo de todas formas, en voz baja, sin querer, y esos días no sé si estoy rezando o simplemente hablando solo, y quizá, pienso ahora, no haya tanta diferencia entre las dos cosas cuando se hacen desde la desesperación sincera.

Pero sí he encontrado, o estoy intentando encontrar, una promesa que hacer, que es lo único que me parece todavía a mi alcance: la promesa de vivir de una manera que honre lo que él me dijo aquella última noche lúcida, la promesa de no dejar que su recuerdo se me convierta, como me pasó con el de mi padre, en una fotografía sobre la mesa de la cocina, sino en algo más vivo, más presente, aunque no sepa todavía cómo se construye esa presencia cuando la persona ya no está para seguir alimentándola con gestos nuevos.

***

He empezado a escribir todo esto, estas páginas que ahora mismo tienes delante, sin saber muy bien para qué ni para quién, si acaso para mí mismo, como un ejercicio de orden en medio de un desorden que de otro modo no encuentro manera de gobernar, o quizá, con más honestidad, para dejar algo escrito que sirva de contrapeso a lo poco que, durante cincuenta y ocho años, tuve de mi padre. Si algún día alguien, un nieto que no tendré, un sobrino nieto, un lector cualquiera que no conocí ni conoceré, se topa con estas páginas, que sepa al menos que hubo un hombre que se llamó como mi hijo, que rio de una manera concreta, que tuvo miedo y generosidad a partes iguales en sus últimos meses, y que no fue, para quien lo quiso, una sombra, sino una persona entera, con sus contornos precisos, escrita aquí con la torpeza de quien nunca ha sido escritor de oficio pero que ha aprendido, a la fuerza, que a veces escribir es la única manera de seguir hablando con alguien que ya no puede contestar.

En esto he encontrado, sin buscarla, la idea de que el ser humano se cuenta a sí mismo para poder sostenerse, que la identidad no es algo fijo sino un relato que vamos tejiendo con los materiales que la vida nos da, incluidos los más dolorosos. Sospecho que ningún relato, por bien escrito que esté, llega nunca a reparar lo irreparable. Pero también sé, porque lo he sentido físicamente en las semanas que llevo escribiendo esto, que hay una diferencia entre cargar con el dolor en silencio, como cargué durante décadas con la ausencia de mi padre, y cargar con él poniéndole palabras, aunque esas palabras sean imperfectas, aunque no alcancen, aunque se queden siempre un poco cortas respecto a lo que se quiso decir.

Han pasado ya varios meses desde noviembre. La fotografía de mi padre sigue sobre la mesa de la cocina, y ahora, al lado, he puesto otra: mi hijo en la playa, con doce o trece años, riéndose de algo que no recuerdo qué fue, con el pelo mojado y la nariz quemada de sol, una foto tan llena de vida ordinaria y despreocupada que a veces no puedo mirarla más de unos segundos seguidos. Las dos fotografías juntas, la del padre que apenas recuerdo y la del hijo que recuerdo entero, como él mismo predijo aquella tarde en la habitación del hospital, forman una especie de eje sobre el que ahora se sostiene, torpemente, mi vida.

Algunas mañanas me sorprendo buscando en las dos fotografías una simetría que no existe, intentando que la muerte de mi padre explique, o al menos alivie, la de mi hijo, y algunas mañanas lo consigo durante unos segundos, antes de darme cuenta de que me estoy engañando: las dos pérdidas no se cancelan ni se explican mutuamente, no hay una simetría que le dé sentido al conjunto, la vida no es una composición literaria bien construida donde el final ilumina retrospectivamente el principio. Hay, sencillamente, dos ausencias, distintas entre sí, que ahora conviven dentro de mí, y con las que voy a tener que seguir viviendo el resto de los años que me queden, que espero, aunque hoy algunos días no me importaría demasiado que no fueran muchos, sean los suficientes para que yo también, como mi hijo me pidió sin pedírmelo, sea recordado entero por quien todavía me quiere, y no como un olor y una mano.

No he vuelto a misa en la iglesia del pueblo, adonde no iba desde hacía treinta años salvo para bodas y entierros ajenos, pero sí entré una tarde, hace unas semanas, sin proponérmelo, como quien entra a resguardarse de la lluvia aunque no llueva, y me senté en uno de los últimos bancos, entre el olor a cera y a piedra fría que tienen todas las iglesias antiguas de esta tierra, y estuve allí una hora, quizá más, sin rezar exactamente, porque nunca he sabido rezar de manera formal, pero sí en una especie de conversación silenciosa con algo que no sabría nombrar, que unos días llamo Dios y otros días llamo simplemente el silencio, o el vacío, o la posibilidad, y que probablemente sean, todas esas palabras, intentos torpes de señalar la misma cosa indecible. Pensé en la idea de dar un salto que la razón no puede justificar ni acompañar, un salto a ciegas. Yo no lo he dado, sigo sin poder darlo, sigo mirando al vacío desde el borde sin decidirme a saltar, pero acercarme al borde, aunque no salte, ya es distinto de fingir que el borde no existe, que es lo que había hecho durante treinta años con mi agnosticismo cómodo.

Volví a leer a san Juan de la Cruz, a quien había estudiado de joven con el desapego con que se estudia una asignatura obligatoria, sin sospechar que muchos años después iba a necesitarlo. Su noche oscura del alma, ese tránsito en el que el creyente pierde toda consolación sensible, toda certeza, todo apoyo, y precisamente en esa pérdida absoluta encuentra, si la atraviesa sin desesperar del todo, una forma de unión más profunda que la que tenía antes de perderlo todo, me pareció, leído desde donde yo estaba leyendo ahora, menos una doctrina mística reservada a los santos que una descripción notablemente precisa de lo que me estaba ocurriendo a mí, un hombre sin fe formal, en las semanas posteriores al entierro: una oscuridad que no era solamente tristeza, sino la pérdida de todo punto de referencia, de todo suelo firme bajo los pies, y en medio de esa oscuridad, algunas noches, no todas, una especie de compañía sin nombre que no sabría demostrar que existe pero que tampoco puedo, con honestidad, negar que sentí.

De esa misma oscuridad me viene, supongo, la costumbre nueva de pensar la vida de mi hijo no en función de lo larga que fue, sino de lo llena que estuvo. Alguna gente, con buena intención, me ha dicho estos meses que al menos me queda el consuelo de haber sido, hasta el final, el padre presente que quise ser, y no sé qué contestar a eso, porque es verdad y al mismo tiempo me parece una verdad que se queda muy corta, casi un insulto, como si veintidós años de presencia compensaran de algún modo los cincuenta o sesenta que él debería haber tenido por delante y que le han sido arrebatados sin que exista ninguna instancia, humana o divina, a la que reclamárselos. Séneca le escribía a Lucilio que la vida es larga si está llena, que no se mide por la cantidad de años, sino por la calidad de lo vivido, y he querido, algunas tardes, consolarme pensando que mi hijo tuvo una vida buena aunque corta, que hubo en él bondad, curiosidad, generosidad hasta el último aliento, virtudes que muchos hombres no alcanzan a desarrollar ni en ochenta años. Pero también desconfío de ese consuelo, porque sospecho que es, en parte, una manera elegante de anestesiarme, de convertir una tragedia bruta en una lección digerible, y que ninguna idea, por sabia que sea, se lo va a devolver.

Lo que sí he sacado en claro, con la misma prudencia con la que se sacan las pocas certezas verdaderas de una experiencia como esta, es que la promesa que me hice de niño, la de ser un padre presente hasta el final para compensar la ausencia del mío, se ha cumplido de una manera que yo nunca imaginé ni deseé, y que hay una ironía tan amarga en esto que algunas noches no sé si reírme o llorar: fui, en efecto, el padre presente hasta el último minuto, cogí su mano hasta que se enfrió del todo, no lo abandoné ni un solo día de los meses que duró la enfermedad, y ese cumplimiento exacto de la promesa, en lugar de ser la reparación que yo esperaba, se ha convertido en la fuente de un dolor todavía más agudo, porque no es lo mismo imaginar una presencia continuada hasta la vejez compartida que imaginarla, cumplida al pie de la letra, hasta la muerte prematura de un hijo de veintidós años. Kant decía que debemos obrar de tal manera que tratemos a la humanidad, tanto en nuestra persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca simplemente como un medio, y algunas noches me pregunto si mi promesa de juventud, aunque nacida de una herida legítima, no corría el riesgo de convertir a mi hijo, sin que yo lo quisiera ni lo supiera, en el instrumento de mi propia reparación, en el medio a través del cual yo pretendía sanar lo que a mí me faltó. Mirando hacia atrás con la mayor honestidad de la que soy capaz, creo, o quiero creer, que en algún momento del camino esa promesa dejó de ser sobre mí y pasó a ser sobre él, sobre su rostro concreto, sobre sus necesidades concretas, y que ese tránsito, de la reparación propia al amor desinteresado por el otro, es quizá lo único verdaderamente bueno que puedo rescatar, para mí mismo, de estos últimos veintidós años. Y quizá sea también, sin haberlo buscado, la única honestidad posible frente a la pregunta de si hay un sentido detrás de tanto sufrimiento: la de vivir en la lucha misma, sin resolverla, cargando con la pregunta como se carga con un hijo dormido, con el peso repartido entre los dos brazos para que no se te escurra, sabiendo que ese peso no se va a aligerar nunca del todo pero que también es, de una manera extraña, parte de lo que me mantiene erguido.

Sigo sin saber, y probablemente moriré sin saberlo, si hay algo después, si mi padre y mi hijo están en algún lugar donde el tiempo no funciona como funciona aquí y donde, quizá, se hayan encontrado el uno al otro sin haberse conocido nunca en esta vida, mi hijo llevando de mi parte un mensaje que yo nunca pude entregarle a mi padre porque no tuve edad ni tiempo para prepararlo. Es una imagen que me consuela algunas noches y que otras noches me parece una fantasía infantil, una manera de rellenar el vacío con la misma clase de historia que de niño me inventaba para explicarme lo que nadie me explicaba. No sé cuál de las dos reacciones es la verdadera, si es que hay alguna que lo sea, y he decidido, por ahora, dejar de exigirme una respuesta definitiva. Pienso a veces en ese hombre condenado a empujar cuesta arriba una piedra que vuelve a caer una y otra vez, y que aun así sigue empujando. No llego a imaginármelo feliz, no puedo, no todavía, pero he decidido imaginármelo, al menos, en pie, con las manos puestas en la piedra, y eso, algunos días, ya es suficiente para levantarme por la mañana, hacer el café, y mirar durante un rato largo las dos fotografías que tengo sobre la mesa de la cocina, antes de empezar, otra vez, un día más.



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