La rueda
de la Fortuna
Hay una fotografía, la única que conservo de aquellos
años, en la que mi padre me lleva a hombros por una calle que ya no existe con
ese nombre, porque el ayuntamiento la rebautizó hace treinta años y ahora se
llama de otra manera que a mí me sigue sonando falsa, prestada, como un abrigo
que no es el mío. En la foto yo llevo una gorra demasiado grande, calada hasta
las cejas, y él sonríe con esa sonrisa un poco torcida que dicen que yo he
heredado, aunque yo no sabría decirlo, porque uno no puede mirarse la propia
sonrisa salvo en un espejo, y en los espejos nunca sonreímos de verdad. Tengo
esa fotografía sobre la mesa de la cocina desde hace semanas, no sé bien por
qué la saqué del cajón donde llevaba durmiendo cuarenta años, y ahora la miro
cada mañana mientras el café se hace, y cada mañana me ocurre lo mismo: no
logro recordar el día en que se tomó. Veo la calle en el papel, pero no la
recuerdo con los pies; no recuerdo el sol de aquella tarde, ni el peso de sus
manos sujetándome los tobillos. Recuerdo la fotografía, que no es lo mismo. He
terminado sustituyendo el recuerdo por su prueba, como le pasa a casi todo el
mundo con casi todo, y eso, que durante años no me pareció grave, ahora, con lo
que tengo encima, me parece una pérdida más.
Perdí a mi padre cuando yo tenía tres años, cuatro
como mucho; nunca hemos sabido fijarlo con exactitud porque en mi casa no se
hablaba de aquello, se pasaba de puntillas, como quien camina sobre un suelo
que sabe hueco. Murió de una manera que entonces llamaban «mala suerte» y que
hoy, con lo que yo he aprendido a la fuerza en los últimos meses, llamaría
simplemente enfermedad no diagnosticada a tiempo, porque en aquel pueblo no
había más médico que uno que venía dos veces por semana desde la cabecera de partido,
y para cuando llegó ya no había nada que hacer, o eso me contaron, porque yo,
insisto, no recuerdo nada de aquello. No recuerdo su voz. No recuerdo si me
cogía en brazos con torpeza o con soltura. No recuerdo el funeral, aunque me
han dicho que estuve allí, quieto, cogido de la mano de una tía que ya también
ha muerto, mirando algo que a esa edad no podía entender y que probablemente ni
siquiera vi como una pérdida, sino como un día raro entre otros días raros. Lo
que sí recuerdo, o creo recordar, o me he inventado a base de repetírmelo
tantas veces que ya no sabría distinguir la memoria de la fabricación, es un
olor a tabaco negro y a lana mojada, y una mano grande sobre mi cabeza, y nada
más. Ese es todo mi padre. Un olor y una mano. El resto lo he ido construyendo
con los relatos de mi madre, que hablaba de él poco y siempre con la voz un
poco más baja de lo normal, como si necesitara ahorrar aire para pronunciar su
nombre, y con dos o tres fotografías que se salvaron de una casa que después también
se perdió, porque en mi familia parece que estábamos destinados a que se nos
fueran las cosas antes de que aprendiéramos a sostenerlas.
Mi madre se quedó viuda a los veintisiete años, con
tres hijos, de los cuales yo era el pequeño, en un pueblo donde ser viuda joven
significaba, además del duelo, quedar señalada, mirada con desconfianza y
pasarlo mal para llegar a fin de mes, porque las viudas jóvenes eran miradas
por las demás mujeres con una mezcla de compasión y recelo que a mí, de niño,
se me escapaba por completo, pero que entendí al escuchar, ya adulto, algunos
comentarios que se le habían quedado grabados a ella con una nitidez dolorosa
cuarenta años después. Sacó adelante la casa haciendo costura para las familias
que podían permitírselo, y nunca, ni una sola vez que yo recuerde, se quejó
delante de nosotros, aunque de noche, cuando creía que dormíamos, la oía a
veces llorar en la cocina con un llanto contenido, casi silencioso, como si
incluso para llorar tuviera que pedir permiso. Mis hermanos mayores, que sí
tuvieron tiempo de conocer a mi padre, hablaban de él de vez en cuando entre
ellos, en voz baja, y yo escuchaba desde fuera de esas conversaciones como
quien escucha una lengua que casi entiende, recogiendo fragmentos —que si tenía
mal genio los lunes, que si cantaba jotas mientras araba, que si una vez le
partió la cara a un vecino que había insultado a mi madre— con los que yo,
incapaz de aportar ningún recuerdo propio, iba construyendo un padre de segunda
mano, un padre hecho de testimonios ajenos, un poco como se recompone algo roto
con las piezas que a uno le van dando, sin saber nunca si encajan o si uno se
lo está inventando.
Crecí, pues, sin la prueba viva de lo que es tener
padre, con la certeza construida, no vivida, de que un padre es una ausencia. Y
crecí, también, con una determinación que fui formando despacio, sin darme
demasiada cuenta: la de que si alguna vez yo tenía un hijo, ese hijo no iba a
tener que reconstruirme a base de fotografías y de silencios de los mayores.
Ese hijo me iba a tener entero, presente, insistente, quizá hasta empalagoso de
tan presente, porque yo iba a compensar en él todo lo que a mí me faltó, sin
darme cuenta de que estaba construyendo una promesa que ni siquiera dependía
enteramente de mí, porque nadie, por mucho que se empeñe, tiene el control
completo sobre cuánto tiempo va a poder cumplir sus promesas. Esto lo he
entendido tarde, y de la peor manera posible.
Tuve a mi hijo con treinta y seis años, tarde para lo
que se estilaba entonces, pronto para lo que se estila ahora, y desde el primer
día, desde la primera noche en el hospital en la que no dormí, no porque él
llorara, que lloraba lo justo, sino porque yo no podía dejar de mirarlo, tuve
la sensación de estar cerrando un círculo que llevaba treinta años abierto. Le
puse el nombre de mi padre, claro, no podía ser de otra manera, y cuando lo
pronunciaba en voz alta, cuando lo llamaba desde la puerta del jardín al
anochecer para que entrara a cenar, sentía una cosa extraña, como si estuviera
devolviendo algo a algún sitio, como si con cada «¡a cenar!» estuviera
reparando, sin que nadie me lo pidiera ni yo supiera muy bien a quién se lo
estaba reparando, un desequilibrio muy antiguo. Ortega escribió aquello de «yo
soy yo y mi circunstancia», y yo durante muchos años pensé que había entendido
mal esa frase, porque la leía como una excusa, como si dijera que uno es solo
lo que le ha tocado vivir y nada más; pero ahora, mirando hacia atrás, creo que
la entiendo mejor: mi circunstancia era la ausencia de un padre, y yo fui,
durante cuarenta años, el hombre que se construyó respondiendo a esa ausencia,
unas veces bien y otras veces mal, pero siempre respondiendo, nunca
indiferente. Y ahora mi circunstancia es otra, y no sé todavía en quién me va a
convertir, aunque empiezo a sospechar que en nadie bueno.
***
Fue un niño fácil, si es que esa expresión significa
algo más allá del alivio egoísta de los padres que la pronuncian. Dormía bien
desde los primeros meses, comía sin remilgos lo que le poníamos delante, y
tenía una curiosidad despierta por las cosas pequeñas que a mí, de mayor, me
devolvía a mi propia infancia en el pueblo con una fuerza que no esperaba,
porque yo también, de niño, había convertido piedras y palos en tesoros, y
verlo a él hacer lo mismo, cuarenta años después, en otro pueblo, con otros juguetes
disponibles que apenas tocaba, me hacía sospechar que hay algo en la infancia
que no cambia aunque cambien las circunstancias materiales, algo que se repite
de generación en generación como se repite el color de los ojos o la forma de
la sonrisa.
Le enseñé a pescar en el mismo río, aunque no el
mismo tramo, donde yo había pescado cangrejos de niño, y recuerdo su cara de
concentración absoluta, con la lengua asomando entre los dientes, esperando el
tirón del sedal con una paciencia que a mí, adulto ya entonces, me costaba
sostener más de diez minutos seguidos. Le enseñé también, más tarde, a montar
en bicicleta, corriendo a su lado sujetando el sillín hasta que un día, sin que
yo me diera cuenta del momento exacto, dejé de sujetarlo y él siguió pedaleando
solo, alejándose calle abajo con una risa que todavía puedo oír si cierro los
ojos, y yo me quedé parado en mitad de la calle con las manos vacías, sintiendo
esa mezcla de orgullo y de pérdida que sienten todos los padres cuando un hijo
aprende a sostenerse sin ellos, sin saber entonces que esa pequeña pérdida, la
del niño que ya no necesita que le sujeten el sillín, sería un ensayo
minúsculo, ridículamente pequeño en comparación, de la pérdida que me tocaría
vivir muchos años después.
Recuerdo, entre tantos días ordinarios que se han
vuelto extraordinarios ahora que sé que no van a repetirse, una tarde de verano
en que debía de tener nueve o diez años, y volvíamos los dos de bañarnos en la
piscina municipal, él con el pelo todavía mojado y una toalla al cuello a modo
de capa de superhéroe, hablando sin parar de un compañero de clase que se había
tirado desde el trampolín alto sin que nadie le hubiera dicho que podía
hacerlo, y yo, mientras lo escuchaba, sentí una de esas felicidades tan sencillas
y tan completas que uno rara vez sabe reconocer como tales en el momento en que
las está viviendo, y que solo identifica después, mucho después, cuando ya no
puede volver a ellas más que con la memoria. Le compré un helado de esos de
cucurucho con dos bolas que se le derretía más deprisa de lo que él conseguía
comérselo, y se le quedó chorreando por la muñeca, y yo, en lugar de reñirle
por el estropicio como quizá habría hecho otro padre más pendiente del orden
que del instante, me reí con él, y los dos nos sentamos en un bordillo a
terminar de comérnoslo mientras el sol de la tarde nos calentaba la espalda.
Ese recuerdo, tan pequeño, tan de nada, es de los que más me duelen ahora,
porque no hay en él ninguna gran conversación, ninguna lección de vida, solo un
helado derretido y una risa compartida, y sin embargo daría cualquier cosa,
cualquier cosa que todavía tenga, por poder repetirlo una vez más.
Fue un adolescente reservado, de esos que hablan poco
de lo que sienten pero que dejan ver lo que sienten en gestos indirectos: una
puerta cerrada con más fuerza de la necesaria, una canción puesta a un volumen
que era, en realidad, un mensaje cifrado que no sabíamos descifrar. Discutimos,
como discuten todos los padres con los hijos en esa edad, por horarios, por
estudios, por una novia de la que no nos había hablado y que descubrimos por
casualidad, y hubo meses, lo confieso aquí porque también forma parte de lo que
hay que contar si se quiere contar la verdad entera y no solo la parte que
conviene, en que la relación se volvió tensa, casi fría, en que yo llegué a
preguntarme, con una angustia que entonces me parecía la más grande que podía
sentir un padre, si había fracasado en la promesa que me había hecho a mí mismo
de estar presente de una manera distinta a como mi padre, sin culpa suya, había
estado ausente. Pero la adolescencia, como todo el mundo sabe y como yo mismo
había olvidado hasta que me tocó atravesarla desde el otro lado, es un puente,
no un destino, y al otro lado de ese puente, ya con veinte años recién
cumplidos, apareció un hombre joven capaz de sentarse conmigo a charlar durante
horas, capaz de preguntarme por mi trabajo, por mis recuerdos, por el pueblo
donde crecí, con un interés que me conmovía porque yo sabía, sin que él lo
supiera todavía, cuánto me había costado a mí llegar a ese punto de curiosidad
genuina por la vida de mi propio padre, precisamente porque nunca había tenido
la oportunidad.
***
Mi hijo empezó a encontrarse mal en abril, un abril
que hasta entonces había sido como todos, con la primavera llegando tarde y a
trompicones como llega siempre en esta parte de España, con lluvias que no
terminaban de decidirse y un sol que se asomaba dos días y se escondía otros
cinco. Al principio fue un cansancio al que nadie dio importancia, ni él, que
tenía veintidós años y una vida por delante tan ancha que el cansancio le
parecía un contratiempo menor, ni nosotros, que lo atribuimos a los exámenes de
la universidad, a las noches sin dormir, a esa edad en la que el cuerpo parece
un instrumento inagotable que uno puede maltratar sin consecuencias. Luego
vinieron los moratones que aparecían sin que él recordara haberse golpeado, y
una palidez que su madre notó antes que yo, porque las madres notan esas cosas
con una antelación que a los padres nos parece sobrenatural, aunque no lo es,
es solo atención, atención sostenida durante veintidós años que nunca se ha
relajado.
El diagnóstico llegó un martes de mayo, a las once y
veinte de la mañana, en una consulta con las persianas medio bajadas porque
fuera hacía ya calor, y el médico, un hombre joven, más joven que yo, que
hablaba con esa mezcla de precisión técnica y torpeza humana que tienen los
médicos cuando tienen que decir algo que no tiene manera elegante de decirse,
usó palabras que yo he tenido que aprender a la fuerza en estos meses, palabras
que antes solo había visto en periódicos hablando de otras familias, de otras
desgracias que uno lee con la tranquilidad culpable de quien sabe que no le
tocan a él. Leucemia mieloide aguda de mal pronóstico, con una variante
genética que reducía drásticamente las opciones de respuesta al tratamiento.
Dijo también «evolución rápida», y esas dos palabras se me quedaron clavadas de
una manera que las otras, más técnicas, no consiguieron, porque «rápida» era
una palabra que yo entendía perfectamente, sin necesidad de diccionario médico,
y significaba que no había tiempo, que el tiempo, ese lujo que uno da siempre
por descontado como se da por descontado el aire, se nos estaba acabando antes
de que hubiéramos empezado siquiera a contarlo.
Recuerdo que salí de la consulta y el pasillo del
hospital me pareció el mismo pasillo por el que había caminado media hora
antes, con las mismas sillas de plástico azul, el mismo cartel torcido
anunciando una campaña de donación de sangre, y me pareció una barbaridad que
todo siguiera igual, que el mundo no se hubiera detenido ni un segundo para
señalar que algo se había roto de manera irreparable. Séneca escribe en algún
lugar de sus cartas a Lucilio que nada nos sucede que no debiéramos haber
previsto ya, que la fortuna no perdona a nadie por ser mejor persona ni castiga
a nadie por ser peor, y que el sabio debe caminar por la vida sabiendo que todo
lo que tiene le ha sido prestado y puede serle reclamado en cualquier momento.
Yo había leído eso hacía años, en una edición de bolsillo que todavía conservo
con anotaciones al margen hechas con una letra que ya no reconozco como mía, y
me había parecido una sabiduría hermosa, aplicable, algo que uno podía adoptar
como orientación general para vivir con menos angustia. Pero una cosa es leer
que todo puede sernos reclamado, y otra muy distinta es que vengan a
reclamarte, en un martes cualquiera de mayo, con las persianas medio bajadas,
lo único que de verdad no estabas dispuesto a devolver.
***
Los primeros días después del diagnóstico son, si soy
sincero, una mancha borrosa en mi memoria, un poco como aquella fotografía de
mi padre a hombros: sé que ocurrieron, sé aproximadamente lo que ocurrió, pero
no consigo reconstruirlos con el detalle con el que reconstruyo otras cosas.
Recuerdo llamadas a especialistas, recuerdo una segunda opinión en otro
hospital que solo sirvió para confirmar lo que ya sabíamos con otras palabras
igual de duras, recuerdo a mi mujer llorando en la cocina con la puerta cerrada
porque no quería que nuestro hijo la oyera, aunque él, que siempre ha sido más
perceptivo que ninguno de los dos, sabía perfectamente lo que estaba pasando en
aquella cocina aunque la puerta estuviera cerrada. Recuerdo también, y esto sí
lo recuerdo con nitidez, una noche en la que no pude dormir y me senté en el
sofá del salón a oscuras, sin encender ninguna luz, y me hice la pregunta que
llevaba semanas evitando hacerme: por qué a él, por qué ahora, por qué otra vez
en esta familia, como si hubiera una cuota de desgracia que nos tocara pagar
generación tras generación y nadie nos hubiera avisado de las condiciones del
contrato.
No soy hombre de fe, nunca lo he sido, aunque me
criaron, como se criaba entonces a todo el mundo en los pueblos de esta tierra,
dentro de una religión que aprendí como quien aprende una lengua materna, sin
cuestionarla, hasta que llegó un momento, ya en la adolescencia, en que empecé
a hacerme preguntas que la fe recibida no me sabía responder de manera
satisfactoria, y desde entonces me he definido, con más comodidad de la que
ahora tengo, como agnóstico: no niego a Dios porque negar exige una certeza que
no poseo, pero tampoco lo afirmo, porque afirmar exigiría otra certeza,
simétrica y contraria, que tampoco poseo. Durante décadas esta postura me
pareció la más honesta, la más adulta, un mérito intelectual, la posición de
quien se niega, en ningún sentido, a mentirse a sí mismo por comodidad
emocional. Pero sentado en aquel sofá a oscuras, con mi hijo durmiendo, o no
durmiendo, en la habitación de al lado, noté que me temblaban las manos sin que
hiciera frío para explicarlo, y busqué, sin encontrarlo, algo a lo que
agarrarme: treinta años construidos con cuidado sobre un agnosticismo que
aguantaba bien mientras solo hablaba de ideas, y que ahora, a solas en la
oscuridad del salón, se resquebrajaba como se resquebraja el hielo fino,
dejándome las manos vacías precisamente en el momento en que más las necesitaba
llenas.
Pensé en Unamuno, a quien he leído y releído a lo
largo de los años porque pocos autores españoles han sabido expresar mejor esta
agonía concreta, la del hombre que quiere creer y no puede, o que puede pero no
del todo, o que cree a ratos y desespera a ratos y no encuentra descanso en
ninguno de los dos estados. En Del sentimiento trágico de la vida
escribe que la fe racional es una contradicción de términos, que la fe en Dios
nace del sentimiento, no de la razón, y que el hombre que solo razona termina
desesperando, mientras que el hombre que solo siente termina engañándose, y que
la verdadera vida espiritual consiste en habitar esa contradicción sin
resolverla, en «vivir de la lucha misma», como él dice, sin buscar una paz que
quizá no exista para quien se ha hecho las preguntas serias. Aquella noche
entendí, o creí entender, mejor que nunca esa frase, porque yo llevaba treinta
años instalado en una duda cómoda, teórica, de sobremesa, y de pronto la duda
dejó de ser un ejercicio intelectual para convertirse en una necesidad urgente,
casi física, de saber si había algo, alguien, algún sentido detrás de lo que le
estaba pasando a mi hijo, o si todo era, como me había parecido siempre en mis
momentos de más cabeza fría, pura biología ciega, mutaciones celulares sin
propósito ni destinatario, un cromosoma que se copia mal y que no sabe, no
puede saber, que está destrozando una familia entera con su error microscópico.
No llegué a ninguna conclusión aquella noche, ni las
noches siguientes, ni ahora, mientras escribo esto. Sigo sin poder afirmar que
hay un Dios que permite el sufrimiento de los inocentes por alguna razón que se
nos escapa, y sigo sin poder afirmar, con la misma seguridad, que no lo hay y
que todo es azar sin sentido. Lo que sí puedo decir es que empecé, sin
proponérmelo, a rezar, o a hacer algo parecido a rezar, algo que no sabría
llamar de otra manera aunque no crea del todo en el destinatario de esas palabras:
hablaba, por las noches, en voz baja, con quien quisiera escucharme, pidiendo
no un milagro, porque incluso en mi desesperación conservaba la suficiente
lucidez como para no pedir lo que sabía que no me iban a dar, sino tiempo, un
poco más de tiempo, unos meses, unas semanas incluso, para poder darle a mi
hijo lo que yo no había tenido con mi padre: una despedida consciente, unas
palabras dichas a tiempo, la certeza de haber estado presente hasta el final en
lugar de haber sido arrancado de la vida del otro sin previo aviso, como me
arrancaron a mí de la de mi padre cuando yo tenía tres años y no entendía
todavía lo que significaba la palabra «para siempre».
***
Los tratamientos empezaron enseguida, con esa
urgencia que da tanto miedo como esperanza, porque cuando los médicos se mueven
deprisa uno agradece que no haya tiempo que perder, pero al mismo tiempo
entiende, sin que nadie lo diga en voz alta, que esa rapidez es la confirmación
clínica de que efectivamente no hay tiempo que perder. Mi hijo afrontó la
quimioterapia con una entereza que a mí, francamente, me avergonzaba comparada
con mi propio estado, porque yo, que debería haber sido la roca, el soporte, el
padre sereno que había prometido ser durante treinta años, me descubría muchas
tardes llorando a escondidas en el coche, en el aparcamiento del hospital,
antes de subir a la habitación con la cara recompuesta como quien se pone una
máscara que ya no engaña a nadie, y menos que a nadie a mi hijo.
Hubo semanas de mejoría, o de lo que en oncología
llaman mejoría, que no es lo mismo que curación, sino una tregua, un
aplazamiento, una manera técnica de decir que las cifras en los análisis
mejoraban sin que nadie se atreviera a pronunciar la palabra «remisión» a boca
llena, porque los médicos, por prudencia, no quieren dar esperanzas que después
tengan que retirar. Durante esas semanas volvimos a hacer algunas de las cosas
que hacíamos antes: vimos partidos de fútbol en el sofá, comentando las alineaciones
con esa pasión ridícula y entrañable que solo se entiende entre padre e hijo
aficionados al mismo equipo; salimos a dar paseos cortos, cada vez más cortos,
por el parque cercano a casa, y en esos paseos hablamos de cosas que antes
nunca habíamos hablado, porque cuando el final está cerca se abren
conversaciones que en circunstancias normales se habrían pospuesto
indefinidamente, quizá para siempre, por pudor, por costumbre, por esa pereza
emocional que tenemos los padres de mi generación, educados para no decir
ciertas cosas en voz alta.
Le pregunté, en uno de esos paseos, si tenía miedo.
Me dijo que sí, pero que le daba más miedo el miedo de su madre y el mío que el
suyo propio, y que si algo podía hacer por nosotros en el tiempo que le quedara
era demostrarnos que él estaba en paz, aunque no lo estuviera del todo, para
que nosotros pudiéramos apoyarnos en esa paz suya, aunque fuera fingida en
parte. Tenía veintidós años y me estaba enseñando algo sobre la generosidad que
yo no había terminado de aprender en cincuenta y ocho años. Pensé que a un
hombre se le puede arrebatar casi todo, pero no la manera de afrontar lo que le
toca vivir. Mi hijo no podía elegir la enfermedad, ni el pronóstico, ni el
tiempo que le quedaba, pero sí estaba eligiendo, cada día, con una lucidez que
a mí se me escapaba, la actitud con la que afrontaba ese tiempo, y esa
elección, pequeña y enorme a la vez, era quizá lo único suyo que la enfermedad
no había conseguido arrebatarle.
Hubo una tarde, dentro de aquellas semanas de tregua,
en que mi hijo me pidió que le contara cómo había sido yo a su edad, y yo,
sentado al borde de su cama con el sol entrando oblicuo por la ventana y
dibujando una franja de luz sobre la colcha, le hablé de aquel primer trabajo
que tuve nada más terminar los estudios, en un taller de la capital donde entré
de aprendiz sin saber apenas nada y donde un maestro viejo y de pocas palabras
me enseñó, más a golpe de mirada que de explicación, un oficio que después
ejercería el resto de mi vida; le hablé de la pensión donde viví aquellos
primeros años, con una patrona que nos alimentaba mal y nos regañaba peor, y de
los domingos en que subía al monte con dos o tres compañeros de aquella misma
pensión solo para poder mirar el pueblo desde arriba y sentir, aunque fuera por
unas horas, que el mundo era más grande de lo que había imaginado de niño. Él
escuchaba con los ojos cerrados, no porque estuviera dormido, sino porque,
según me confesó después, le ayudaba a imaginar mejor las escenas si no tenía
que sostener la mirada abierta contra el cansancio que la medicación le
producía, y en un momento me dijo, con esa media sonrisa suya que tanto se
parecía, según todos, a la que yo tenía en la fotografía con mi padre a hombros:
«Qué raro, papá... Es como si me dieras un abuelo que nunca tuve». No supe qué
contestarle entonces, y sigo sin saber qué contestarle ahora. Me quedé callado,
mirando cómo la franja de luz se había corrido ya hacia el otro lado de la
colcha, le apreté la mano un momento y seguí contándole cosas de la pensión, de
la patrona, de los domingos en el monte, sin volver sobre lo que acababa de
decir. Solo días después, lavando platos, sin venir a cuento de nada, se me
ocurrió que quizá las historias, aunque no sustituyan a las personas, sí pueden
tender un puente entre generaciones que nunca llegaron a tocarse, y que sea ese
uno de los pocos consuelos verdaderos que nos ha dado el lenguaje: la
posibilidad de seguir presentando a los muertos a los vivos, aunque sea de
manera indirecta, fragmentaria, incompleta.
***
La recaída llegó en agosto, después de solo diez
semanas de aquella tregua que habíamos aprendido, sin decirlo, a no llamar
esperanza para no tentar a la desgracia con palabras demasiado optimistas, como
si la desgracia entendiera de palabras, que por supuesto no entiende, pero en
estas circunstancias uno empieza a hacer cosas de supersticioso aunque en toda
su vida no las haya hecho. Los análisis de un control rutinario mostraron lo
que nadie quería ver, y esta vez el médico joven, el mismo de mayo, ya no usó
la palabra «rápida» porque no hacía falta: la habíamos aprendido todos ya, la
llevábamos incorporada al vocabulario familiar como se incorpora una palabra
nueva de un idioma extranjero que uno aprende por necesidad y no por gusto. Nos
habló de cuidados paliativos, de calidad de vida en el tiempo que quedara por
delante, de renunciar a tratamientos agresivos que ya no ofrecían beneficio
proporcional al sufrimiento que causaban, y yo, mientras lo escuchaba, sentí
que se cerraba dentro de mí una puerta que hasta ese momento había mantenido
entreabierta sin confesármelo, la puerta de la esperanza de curación, y que a
partir de entonces solo quedaba otra puerta, mucho más estrecha, mucho más
difícil de atravesar: la de acompañar bien, la de estar presente, la de no
repetir con mi hijo la ausencia que a mí me marcó de niño, aunque esa ausencia,
en mi caso, no hubiera sido elegida por nadie, ni siquiera por la mala suerte,
sino simplemente impuesta por las circunstancias de una España rural sin
medios.
Esa noche, cuando por fin nuestro hijo se durmió con
la ayuda de un calmante suave, mi mujer y yo nos sentamos a la mesa de la
cocina, la misma donde tengo ahora la fotografía de mi padre, y durante un rato
ninguno de los dos dijo nada, hasta que ella preguntó, sin mirarme, removiendo
un café que ya se le había quedado frío:
—¿Se lo decimos tal cual, con esas palabras,
«cuidados paliativos», o buscamos otra manera?
—No sé si hay otra manera que no sea mentirle —le
contesté, y me di cuenta, según lo decía, de que llevaba semanas evitando
pronunciar en voz alta la palabra que él llevaba ya incorporada, sin que yo lo
supiera, desde mucho antes que nosotros.
—Yo creo que él lo sabe desde julio —dijo ella—. Lo
he visto en cómo mira las cosas últimamente. Como quien empieza a despedirse de
los muebles.
No supe qué contestar a eso. Ella siguió removiendo
el café, que ya no iba a beberse, y añadió, con una voz que intentaba sonar
firme y que se le quebró a mitad de la frase:
—Yo no sé hacer esto. No sé ser la madre de un hijo
que se muere. Nadie me enseñó.
—Ni a mí mi padre —le dije, y fue lo único que se me
ocurrió, aunque no viniera exactamente a cuento, o quizá sí venía, quizá era lo
único que de verdad venía a cuento.
Se quedó callada un momento, y luego, con una
honestidad que a mí, después de veinticinco años juntos, todavía me sorprende,
dijo:
—Hay días en que te miro y no sé si estás aquí o si
ya te has ido a otro sitio, por dentro, para protegerte. Necesito que te quedes
aquí conmigo, aunque duela más.
Le prometí que me quedaría, y esa promesa, hecha en
voz baja en una cocina a las dos de la madrugada, se me ha vuelto con el tiempo
tan importante como la otra, la que me hice a los cuatro años sin palabras, y
quizá más difícil de cumplir, porque quedarse del todo, sin escaparse por
dentro, es lo más parecido a un acto de valentía que yo haya tenido que
ejecutar nunca.
Aquí es donde el círculo del que hablaba al principio
se cerró de una manera que todavía hoy me cuesta nombrar sin que la voz se me
quiebre. Yo, que había pasado treinta años construyendo la promesa de ser un
padre presente hasta el final, precisamente porque a mí me faltó esa presencia,
me encontraba ahora en el lugar exacto donde mi propio padre debió de estar,
sin que yo lo supiera nunca, sin que nadie me lo contara, quizá porque él
tampoco tuvo tiempo de anticiparlo, quizá porque su enfermedad fue distinta,
más súbita, sin este margen cruel de meses que a mí se me estaba concediendo
para prepararme para algo para lo que en realidad nadie puede prepararse. Me
pregunté, muchas noches de aquel agosto insoportablemente caluroso, si mi padre
habría tenido tiempo de sentir lo que yo estaba sintiendo, si habría llegado a
saber que se moría, si habría alcanzado a mirarme, a mí, un niño de tres años
que no podía entender nada de lo que estaba pasando, con la misma desesperación
con la que yo miraba ahora a mi hijo de veintidós, que sí entendía, que
entendía perfectamente, y que además tenía que cargar con la responsabilidad
añadida, injusta como pocas, de sostener el dolor de sus padres además del suyo
propio.
Hubo días de aquel agosto en que me pregunté, sin
rodeos, si la vida merecía o no la pena ser vivida. Yo nunca me había hecho esa
pregunta con tanta crudeza, porque de joven uno la discute con la distancia de
quien discute ideas, no destinos, pero viendo a mi hijo cada vez más débil, más
delgado, con una respiración que ya no era la respiración fácil de un chico de
veintidós años sino algo más trabajoso, la pregunta dejó de ser abstracta. Se
instalaba cada mañana, nada más abrir los ojos, antes incluso de que el café
estuviera hecho: si merecía la pena seguir levantándome, seguir siendo el padre
que tenía que ser, cuando todo dentro de mí quería simplemente detenerse. Y la
respuesta que encontré no fue filosófica sino práctica, casi animal: me
levantaba porque mi hijo me necesitaba despierto, presente, capaz, y ese rostro
concreto esperándome cada mañana pesaba más que cualquier pregunta sobre el
sentido último de las cosas.
***
Hubo un día, ya en septiembre, en que mi hijo me
pidió que le hablara de mi padre. Estábamos en su habitación, con la persiana
bajada a medias para que entrara algo de luz sin que le molestara en los ojos,
que se le habían vuelto sensibles con la medicación, y él, tumbado, con esa
delgadez que ya empezaba a darme miedo cada vez que lo miraba, me dijo, de
repente, sin que viniera a cuento de nada de lo que estábamos hablando antes,
con la voz un poco pastosa por la medicación: «Papá..., cuéntame cómo era el abuelo».
Y yo tuve que confesarle lo que nunca le había confesado con tanta claridad, ni
siquiera a mí mismo: que no lo sabía, que no tenía manera de contárselo porque
yo mismo no lo sabía, que todo lo que yo podía ofrecerle era un olor a tabaco
negro y una mano grande sobre la cabeza, y una fotografía en la que un hombre
me llevaba a hombros por una calle que ya ni siquiera se llama como se llamaba
entonces.
Pensé que esa confesión lo decepcionaría, o que al
menos lo entristecería más de lo que ya estaba, pero en cambio sonrió, con una
sonrisa cansada pero real, y me dijo algo que no he podido olvidar desde
entonces y que probablemente no olvidaré mientras viva, despacio, con pausas
entre las frases, como si le costara encontrar el hilo: «Entonces... tengo más
suerte que tú. Tú sí me vas a poder recordar entero». Tuve que salir de la
habitación con la excusa de ir a buscar agua, porque no pude sostener aquello de
pie sin desmoronarme delante de él, y él, que ya lo sabía todo, que ya sabía
leer perfectamente mis salidas fingidas, me dejó ir sin decir nada, con esa
generosidad que llevaba meses demostrando y que a mí, con cincuenta y ocho
años, seguía pareciéndome imposible en alguien tan joven.
***
Octubre trajo el ingreso definitivo. Ya no hubo más
idas y vueltas a casa, ya no hubo más paseos por el parque, aunque en los
primeros días todavía conseguíamos sacarlo en silla de ruedas hasta el jardín
interior del hospital, un jardín pequeño y mal cuidado, con dos bancos de
madera desconchada y un ciprés que alguien había plantado hacía décadas sin
pensar demasiado en lo que significa un ciprés en un jardín de hospital, y allí
nos sentábamos los tres, a veces en silencio, a veces hablando de cosas sin importancia,
del tiempo, de un partido que iban a jugar el domingo y que él ya sabía, y
nosotros también, aunque nadie lo dijera, que no iba a ver.
En esas semanas finales tuve, como es lógico, mucho
tiempo para pensar, sentado en aquella habitación de hospital con la máquina
del gotero marcando un ritmo que se me metía dentro de la cabeza sin pedir
permiso, y pensé mucho, más de lo que había pensado en toda mi vida anterior,
en la cuestión de la justicia, en si tenía algún sentido hablar de justicia en
un universo que permite que un niño de tres años pierda a su padre y que ese
mismo niño, convertido después en un hombre, en un padre entregado, tenga que
ver morir a su propio hijo antes de cumplir los veintitrés años. He dado muchas
vueltas a la idea de que quizá el mal tenga que existir para que la libertad y
la bondad tengan sentido, para que elegir el bien signifique algo. Nunca me ha
convencido, y en aquella habitación de hospital, con mi hijo durmiendo gracias
a la morfina que le aliviaba un dolor que a mí me resultaba insoportable de
solo imaginar, me pareció, sinceramente, una filosofía cómoda para quien la
formula desde un despacho tranquilo, pero incapaz de sostenerse frente al
llanto ahogado de una madre en el pasillo de una planta de oncología pediátrica
y de adultos jóvenes.
Me acordé entonces, con más simpatía que nunca, de
las palabras de Job, aunque yo no sea hombre de escrituras y hubiera tenido que
buscar el pasaje en una Biblia vieja que guardábamos en casa desde la boda de
mis suegros, cuando Job, después de perderlo todo, hijos incluidos, se niega a
maldecir a Dios pero tampoco consigue una respuesta satisfactoria a su
pregunta, y Dios, cuando por fin le habla desde el torbellino, no le explica
por qué ha sufrido, sino que le hace preguntas sobre la creación del mundo, sobre
dónde estaba Job cuando se pusieron los cimientos de la tierra, como
diciéndole, en el fondo, que hay preguntas que al hombre no le está dado
responder, no porque la respuesta no exista, sino porque no tiene con qué
entenderla, como quien pregunta por un color a alguien que ha nacido ciego.
Aquella lectura, hecha a las tres de la madrugada en una habitación de hospital
con una luz de emergencia parpadeando en el pasillo, no me consoló exactamente,
pero me hizo compañía, que en aquellos días ya era mucho pedir y mucho recibir.
Y sin embargo, aun sin encontrar consuelo en la respuesta divina a Job, sentí
algo parecido a un reconocimiento: la sensación de que otro hombre, hace miles
de años, en otra lengua, en otra cultura, se había hecho la misma pregunta que
yo me estaba haciendo, y que esa hermandad en la pregunta, aunque no resolviera
nada, aliviaba un poco la soledad radical de estar formulándola en la madrugada
de un hospital, solo, mientras todos dormían, o fingían dormir, que también eso
lo aprendí en aquellas semanas: que en las familias que atraviesan esto, nadie
duerme de verdad y todos fingimos por turnos para que los demás puedan
descansar un poco.
***
Murió un martes de noviembre, a las seis y cuarto de
la mañana, con la luz todavía sin decidirse a entrar por la ventana, esa luz
gris azulada de las mañanas de otoño en esta parte de España que durante años
me había gustado, que me parecía una de las cosas hermosas de vivir aquí, y que
desde aquella mañana no he vuelto a mirar de la misma manera. Estábamos su
madre y yo, uno a cada lado de la cama, cogiéndole las manos, que ya estaban
frías desde hacía un rato, aunque él seguía respirando, cada vez más espaciado,
con esas pausas que los médicos llaman respiración agónica y que a uno, por
mucho que se lo hayan explicado con antelación, le siguen pareciendo el sonido
más terrible que existe, porque uno cuenta los segundos entre respiración y
respiración sin poder evitarlo, esperando la siguiente con una angustia que no
se parece a ninguna otra angustia que yo haya sentido, ni siquiera a la de
aquel martes de mayo en que oí por primera vez la palabra «leucemia».
No dijo nada en sus últimas horas, porque llevaba ya
dos días sin poder hablar con claridad, sedado en la medida justa para que no
sufriera, pero la noche anterior, todavía lúcido a ratos, me había cogido la
mano y me había dicho, con un hilo de voz tan débil que tuve que acercar el
oído casi hasta rozarle los labios para entender, algo que no voy a repetir
aquí porque hay cosas que pertenecen solo a quien las recibe, y que uno guarda
no por egoísmo sino porque ponerlas por escrito, compartirlas, las convertiría
en otra cosa, las desgastaría, y yo necesito que sigan siendo exactamente lo
que fueron cuando las oí por primera y única vez. Sí puedo decir que no fue una
frase de reproche ni de miedo, sino de gratitud, y que esa gratitud, viniendo
de un hijo de veintidós años que se estaba muriendo, me pareció, y me sigue
pareciendo, la cosa más generosa y más injusta que he recibido nunca, porque no
era yo quien debía recibir gratitud en aquella habitación, era yo quien debía
darla, por cada uno de los veintidós años que él me había regalado sin saber
que tenían fecha de caducidad tan corta.
Mi mujer y yo hemos llorado este duelo de maneras
distintas, tan distintas que durante algunas semanas del invierno temí que esa
diferencia nos fuera a separar, porque el dolor, cuando es tan grande, no
siempre une a las parejas como cuenta la sabiduría convencional, a veces las
aísla cada una en su propia manera de sobrellevarlo, incapaces de encontrarse
en el territorio del otro. Ella necesitaba hablar, nombrar, repetir anécdotas
una y otra vez como quien repite un conjuro para que la persona no termine de
desvanecerse, mientras que yo, educado en un silencio que venía de mucho más
atrás, de aquella casa donde no se hablaba de mi padre salvo en susurros,
tendía a encerrarme, a rumiar por dentro, y ese desajuste, ese ir cada uno a un
ritmo distinto en el duelo, nos costó más de una noche de reproches que ninguno
de los dos quería en realidad hacerse, porque los dos sabíamos, en el fondo,
que el enemigo no era el otro sino la ausencia misma, pero el dolor tiene esa
capacidad perversa de buscar a quién culpar aunque no haya culpable disponible
más cercano que la persona que duerme al lado.
Nos ayudó, y esto lo digo sin ninguna vergüenza
aunque durante muchos años de mi vida me habría parecido innecesario decirlo en
voz alta, empezar a ver a una psicóloga especializada en duelo, una mujer
joven, de una serenidad que al principio me pareció casi sospechosa, y que nos
enseñó, entre otras cosas, que el duelo compartido no exige que los dos vayamos
al mismo paso, que dos personas pueden atravesar la misma pérdida por caminos
distintos sin que eso signifique que se estén alejando el uno del otro. Empecé
a pensar que basta con mirar el rostro del otro para sentirse responsable de
él. Viendo a mi mujer llorar en habitaciones distintas de la casa, a horas
distintas de la noche, pensé que quizá la responsabilidad más honda que me
queda ahora no es tanto sostener mi propio duelo, sino seguir mirando su
rostro, el de ella, con la misma atención con la que miré el de mi hijo en sus
últimos meses.
***
El entierro fue un jueves, con un cielo tan azul y
tan limpio que a mí me pareció, de nuevo, una ofensa, porque uno espera que la
naturaleza guarde al menos las formas, que llueva un poco, que el cielo se
cubra en señal de respeto, y en cambio aquel jueves de noviembre hacía un sol
templado y agradable, de esos que en otras circunstancias uno habría agradecido
en voz alta, y que aquel día me pareció una burla más, otra, añadida a la larga
lista de burlas que el universo parecía tenernos reservadas. Vino gente que
hacía años que no veía, primos segundos, antiguos compañeros de colegio de mi
hijo que ya eran hombres y mujeres hechos y derechos, algún profesor suyo de la
universidad que se había desplazado desde otra ciudad solo para estar presente
media hora, y todos, absolutamente todos, decían las mismas frases que se dicen
siempre en estas circunstancias, frases que yo mismo había pronunciado en otros
entierros a lo largo de mi vida sin medir su peso, y que ahora, recibidas en
lugar de pronunciadas, me sonaban a la vez sinceras e insuficientes, como
palabras que uno dice porque hay que decir algo, aunque no sirvan de mucho.
Recuerdo poco del propio acto, con la misma
imprecisión borrosa con que recuerdo los primeros días tras el diagnóstico,
salvo dos o tres imágenes que se me han quedado fijas: la mano de mi mujer
apretando la mía con una fuerza que no sabía que tuviera; un compañero de la
infancia de mi hijo, un chico de su misma quinta al que conocíamos desde que
ambos tenían seis años, llorando de una manera tan descontrolada, tan ajena a
cualquier pudor adulto que por un instante fue él, y no yo, quien pareció el
padre; y el momento en que, de pie frente al ataúd, sentí, con una claridad que
no había sentido en ningún otro momento de todo el proceso, que estaba,
literalmente, en el mismo lugar donde yo había estado cincuenta y cuatro años
atrás, de pie frente a otro ataúd, el de mi padre, que entonces debió de
parecerme enorme porque yo, con tres años, cabía en muy poco espacio, y sentí
que las dos escenas se superponían, que el cementerio de mi pueblo natal y el
cementerio donde enterrábamos a mi hijo eran, por un instante, el mismo
cementerio, y que yo era, al mismo tiempo, el niño huérfano de tres años y el
padre huérfano de hijo de cincuenta y ocho años, como si el tiempo, que hasta
entonces yo había entendido siempre como algo que va hacia delante y no vuelve,
se hubiera doblado y hubiera juntado dos momentos que deberían haber estado
separados por más de medio siglo.
Pensé en la vieja imagen de la Fortuna como una rueda
que gira sin cesar, y que no debe sorprendernos cuando nos quita lo que nos
había dado, porque nunca prometió otra cosa que inconstancia. Lo había oído
hacía muchos años y entonces me pareció un consuelo elegante pero un poco frío,
la sabiduría de quien observa la desgracia desde cierta distancia. De pie
frente a aquel ataúd, sin embargo, entendí mejor lo que quería decir: no que
dejemos de amar, sino que aprendamos a distinguir entre el amor que hemos dado,
que sigue siendo enteramente nuestro y nadie nos lo puede quitar, y la
presencia física de la persona amada, que siempre, desde el principio, fue un
préstamo.
***
Machado escribió que no hay camino, que se hace
camino al andar, y esa frase, que había citado en algún brindis familiar con la
ligereza con que uno cita a los poetas cuando todavía no los necesita, se me ha
vuelto ahora insoportablemente literal, porque no hay ningún camino trazado
para lo que me toca vivir ahora, ningún manual, ninguna tradición que me diga
con exactitud cómo se sigue adelante cuando uno ha enterrado a su padre siendo
niño y ha enterrado a su hijo siendo padre, y descubre que esas dos pérdidas,
en lugar de sumarse simplemente como dos números, se multiplican entre sí,
dialogan entre sí de una manera que no había previsto, porque la muerte de mi
hijo me ha devuelto, con una intensidad que no esperaba, el duelo suspendido
por mi padre, aquel duelo que de niño no pude hacer porque un niño de tres años
no tiene los recursos psíquicos para hacer un duelo verdadero, solo puede
absorber la ausencia y seguir creciendo alrededor de ella, como un árbol que
crece torcido alrededor de un obstáculo que ya no se ve pero que sigue
determinando la forma del tronco medio siglo después.
En estos meses que han pasado desde el entierro le he
dado muchas vueltas a si tenemos alguna obligación hacia los muertos más allá
del sentimiento. He llegado a pensar que perdonar y prometer son las dos cosas
que nos permiten sostenernos frente a lo que ya no tiene remedio y frente a lo
que todavía no sabemos. No sé si he perdonado a nadie, porque no hay a quién
culpar de manera precisa, no hay un responsable de una mutación genética, y
dirigir la rabia contra un Dios en el que no termino de creer me resulta, la
mayoría de los días, un ejercicio vacío, como gritarle a una habitación
sabiendo que probablemente no hay nadie al otro lado escuchando, aunque algunos
días, pocos, todavía me sorprendo haciéndolo de todas formas, en voz baja, sin
querer, y esos días no sé si estoy rezando o simplemente hablando solo, y
quizá, pienso ahora, no haya tanta diferencia entre las dos cosas cuando se
hacen desde la desesperación sincera.
Pero sí he encontrado, o estoy intentando encontrar,
una promesa que hacer, que es lo único que me parece todavía a mi alcance: la
promesa de vivir de una manera que honre lo que él me dijo aquella última noche
lúcida, la promesa de no dejar que su recuerdo se me convierta, como me pasó
con el de mi padre, en una fotografía sobre la mesa de la cocina, sino en algo
más vivo, más presente, aunque no sepa todavía cómo se construye esa presencia
cuando la persona ya no está para seguir alimentándola con gestos nuevos.
***
He empezado a escribir todo esto, estas páginas que
ahora mismo tienes delante, sin saber muy bien para qué ni para quién, si acaso
para mí mismo, como un ejercicio de orden en medio de un desorden que de otro
modo no encuentro manera de gobernar, o quizá, con más honestidad, para dejar
algo escrito que sirva de contrapeso a lo poco que, durante cincuenta y ocho
años, tuve de mi padre. Si algún día alguien, un nieto que no tendré, un
sobrino nieto, un lector cualquiera que no conocí ni conoceré, se topa con
estas páginas, que sepa al menos que hubo un hombre que se llamó como mi hijo,
que rio de una manera concreta, que tuvo miedo y generosidad a partes iguales
en sus últimos meses, y que no fue, para quien lo quiso, una sombra, sino una
persona entera, con sus contornos precisos, escrita aquí con la torpeza de
quien nunca ha sido escritor de oficio pero que ha aprendido, a la fuerza, que
a veces escribir es la única manera de seguir hablando con alguien que ya no
puede contestar.
En esto he encontrado, sin buscarla, la idea de que
el ser humano se cuenta a sí mismo para poder sostenerse, que la identidad no
es algo fijo sino un relato que vamos tejiendo con los materiales que la vida
nos da, incluidos los más dolorosos. Sospecho que ningún relato, por bien
escrito que esté, llega nunca a reparar lo irreparable. Pero también sé, porque
lo he sentido físicamente en las semanas que llevo escribiendo esto, que hay
una diferencia entre cargar con el dolor en silencio, como cargué durante
décadas con la ausencia de mi padre, y cargar con él poniéndole palabras,
aunque esas palabras sean imperfectas, aunque no alcancen, aunque se queden
siempre un poco cortas respecto a lo que se quiso decir.
Han pasado ya varios meses desde noviembre. La
fotografía de mi padre sigue sobre la mesa de la cocina, y ahora, al lado, he
puesto otra: mi hijo en la playa, con doce o trece años, riéndose de algo que
no recuerdo qué fue, con el pelo mojado y la nariz quemada de sol, una foto tan
llena de vida ordinaria y despreocupada que a veces no puedo mirarla más de
unos segundos seguidos. Las dos fotografías juntas, la del padre que apenas
recuerdo y la del hijo que recuerdo entero, como él mismo predijo aquella tarde
en la habitación del hospital, forman una especie de eje sobre el que ahora se
sostiene, torpemente, mi vida.
Algunas mañanas me sorprendo buscando en las dos
fotografías una simetría que no existe, intentando que la muerte de mi padre
explique, o al menos alivie, la de mi hijo, y algunas mañanas lo consigo
durante unos segundos, antes de darme cuenta de que me estoy engañando: las dos
pérdidas no se cancelan ni se explican mutuamente, no hay una simetría que le
dé sentido al conjunto, la vida no es una composición literaria bien construida
donde el final ilumina retrospectivamente el principio. Hay, sencillamente, dos
ausencias, distintas entre sí, que ahora conviven dentro de mí, y con las que
voy a tener que seguir viviendo el resto de los años que me queden, que espero,
aunque hoy algunos días no me importaría demasiado que no fueran muchos, sean
los suficientes para que yo también, como mi hijo me pidió sin pedírmelo, sea
recordado entero por quien todavía me quiere, y no como un olor y una mano.
No he vuelto a misa en la iglesia del pueblo, adonde
no iba desde hacía treinta años salvo para bodas y entierros ajenos, pero sí
entré una tarde, hace unas semanas, sin proponérmelo, como quien entra a
resguardarse de la lluvia aunque no llueva, y me senté en uno de los últimos
bancos, entre el olor a cera y a piedra fría que tienen todas las iglesias
antiguas de esta tierra, y estuve allí una hora, quizá más, sin rezar
exactamente, porque nunca he sabido rezar de manera formal, pero sí en una
especie de conversación silenciosa con algo que no sabría nombrar, que unos
días llamo Dios y otros días llamo simplemente el silencio, o el vacío, o la
posibilidad, y que probablemente sean, todas esas palabras, intentos torpes de
señalar la misma cosa indecible. Pensé en la idea de dar un salto que la razón
no puede justificar ni acompañar, un salto a ciegas. Yo no lo he dado, sigo sin
poder darlo, sigo mirando al vacío desde el borde sin decidirme a saltar, pero
acercarme al borde, aunque no salte, ya es distinto de fingir que el borde no
existe, que es lo que había hecho durante treinta años con mi agnosticismo
cómodo.
Volví a leer a san Juan de la Cruz, a quien había
estudiado de joven con el desapego con que se estudia una asignatura
obligatoria, sin sospechar que muchos años después iba a necesitarlo. Su noche
oscura del alma, ese tránsito en el que el creyente pierde toda consolación
sensible, toda certeza, todo apoyo, y precisamente en esa pérdida absoluta
encuentra, si la atraviesa sin desesperar del todo, una forma de unión más
profunda que la que tenía antes de perderlo todo, me pareció, leído desde donde
yo estaba leyendo ahora, menos una doctrina mística reservada a los santos que
una descripción notablemente precisa de lo que me estaba ocurriendo a mí, un
hombre sin fe formal, en las semanas posteriores al entierro: una oscuridad que
no era solamente tristeza, sino la pérdida de todo punto de referencia, de todo
suelo firme bajo los pies, y en medio de esa oscuridad, algunas noches, no
todas, una especie de compañía sin nombre que no sabría demostrar que existe
pero que tampoco puedo, con honestidad, negar que sentí.
De esa misma oscuridad me viene, supongo, la
costumbre nueva de pensar la vida de mi hijo no en función de lo larga que fue,
sino de lo llena que estuvo. Alguna gente, con buena intención, me ha dicho
estos meses que al menos me queda el consuelo de haber sido, hasta el final, el
padre presente que quise ser, y no sé qué contestar a eso, porque es verdad y
al mismo tiempo me parece una verdad que se queda muy corta, casi un insulto,
como si veintidós años de presencia compensaran de algún modo los cincuenta o
sesenta que él debería haber tenido por delante y que le han sido arrebatados
sin que exista ninguna instancia, humana o divina, a la que reclamárselos.
Séneca le escribía a Lucilio que la vida es larga si está llena, que no se mide
por la cantidad de años, sino por la calidad de lo vivido, y he querido,
algunas tardes, consolarme pensando que mi hijo tuvo una vida buena aunque
corta, que hubo en él bondad, curiosidad, generosidad hasta el último aliento,
virtudes que muchos hombres no alcanzan a desarrollar ni en ochenta años. Pero
también desconfío de ese consuelo, porque sospecho que es, en parte, una manera
elegante de anestesiarme, de convertir una tragedia bruta en una lección
digerible, y que ninguna idea, por sabia que sea, se lo va a devolver.
Lo que sí he sacado en claro, con la misma prudencia
con la que se sacan las pocas certezas verdaderas de una experiencia como esta,
es que la promesa que me hice de niño, la de ser un padre presente hasta el
final para compensar la ausencia del mío, se ha cumplido de una manera que yo
nunca imaginé ni deseé, y que hay una ironía tan amarga en esto que algunas
noches no sé si reírme o llorar: fui, en efecto, el padre presente hasta el
último minuto, cogí su mano hasta que se enfrió del todo, no lo abandoné ni un
solo día de los meses que duró la enfermedad, y ese cumplimiento exacto de la
promesa, en lugar de ser la reparación que yo esperaba, se ha convertido en la
fuente de un dolor todavía más agudo, porque no es lo mismo imaginar una
presencia continuada hasta la vejez compartida que imaginarla, cumplida al pie
de la letra, hasta la muerte prematura de un hijo de veintidós años. Kant decía
que debemos obrar de tal manera que tratemos a la humanidad, tanto en nuestra
persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca simplemente
como un medio, y algunas noches me pregunto si mi promesa de juventud, aunque
nacida de una herida legítima, no corría el riesgo de convertir a mi hijo, sin
que yo lo quisiera ni lo supiera, en el instrumento de mi propia reparación, en
el medio a través del cual yo pretendía sanar lo que a mí me faltó. Mirando
hacia atrás con la mayor honestidad de la que soy capaz, creo, o quiero creer,
que en algún momento del camino esa promesa dejó de ser sobre mí y pasó a ser
sobre él, sobre su rostro concreto, sobre sus necesidades concretas, y que ese
tránsito, de la reparación propia al amor desinteresado por el otro, es quizá
lo único verdaderamente bueno que puedo rescatar, para mí mismo, de estos
últimos veintidós años. Y quizá sea también, sin haberlo buscado, la única
honestidad posible frente a la pregunta de si hay un sentido detrás de tanto
sufrimiento: la de vivir en la lucha misma, sin resolverla, cargando con la
pregunta como se carga con un hijo dormido, con el peso repartido entre los dos
brazos para que no se te escurra, sabiendo que ese peso no se va a aligerar
nunca del todo pero que también es, de una manera extraña, parte de lo que me
mantiene erguido.
Sigo sin saber, y probablemente moriré sin saberlo,
si hay algo después, si mi padre y mi hijo están en algún lugar donde el tiempo
no funciona como funciona aquí y donde, quizá, se hayan encontrado el uno al
otro sin haberse conocido nunca en esta vida, mi hijo llevando de mi parte un
mensaje que yo nunca pude entregarle a mi padre porque no tuve edad ni tiempo
para prepararlo. Es una imagen que me consuela algunas noches y que otras
noches me parece una fantasía infantil, una manera de rellenar el vacío con la
misma clase de historia que de niño me inventaba para explicarme lo que nadie
me explicaba. No sé cuál de las dos reacciones es la verdadera, si es que hay
alguna que lo sea, y he decidido, por ahora, dejar de exigirme una respuesta
definitiva. Pienso a veces en ese hombre condenado a empujar cuesta arriba una
piedra que vuelve a caer una y otra vez, y que aun así sigue empujando. No
llego a imaginármelo feliz, no puedo, no todavía, pero he decidido
imaginármelo, al menos, en pie, con las manos puestas en la piedra, y eso,
algunos días, ya es suficiente para levantarme por la mañana, hacer el café, y
mirar durante un rato largo las dos fotografías que tengo sobre la mesa de la
cocina, antes de empezar, otra vez, un día más.


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