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EL ALBARDERO

 



EL ALBARDERO

El pueblo de este relato no tiene nombre. Podría ser cualquiera de los de la Alcarria que, a mediados del siglo pasado, tenían todavía más caballerías que vecinos. Los personajes son inventados. El oficio, no.

I. El taller

A Eusebio Olmeda le decían en el pueblo, cada vez que lo veían pasar con un haz de paja al hombro, que el albardero mete paja y saca dinero. Se lo decían los mozos en la taberna, las mujeres en la fuente y hasta el señor cura, una vez, a la salida de misa, delante de todos. Eusebio no se enfadaba nunca. Se paraba, se cambiaba el haz de hombro y contestaba siempre lo mismo:

—Paja y manos. Y riñones. Lo del dinero, como icía el otro, ya lo iremos viendo.

El taller estaba al fondo del corral de su casa, en lo que había sido la cuadra de su padre. El padre, Eusebio el viejo, había sido arriero, y en aquella cuadra habían dormido durante treinta años las cuatro mulas con las que bajaba a la Mancha a por vino y subía a la sierra a por madera. Cuando el padre dejó los caminos, en el año veintiocho, se vendieron las mulas, y el hijo, que había aprendido el oficio de albardero en la villa, con un maestro que ya era viejo cuando él era chico, se quedó con la cuadra vacía. No le cambió casi nada. El pesebre seguía en su sitio, a lo largo de la pared del fondo, pero ahora guardaba la paja de centeno, colocada en haces, derecha y seca, como los libros en la librería de un notario. Las argollas de hierro donde se ataban las mulas seguían clavadas en el muro, y de ellas colgaban ahora los rollos de cuerda, los ataharres a medio hacer y las cinchas nuevas. En el suelo empedrado todavía se veía el reguero por donde antes corría el orín del ganado hacia el corral.

—Esto güele a mula entoavía —decía Petra, su mujer, cuando entraba a llevarle el almuerzo.

—Esto güele a oficio —contestaba él.

Tenía una sola ventana, alta y enrejada, que daba al mediodía, y la puerta grande, de dos hojas, por la que antes entraban las mulas y ahora entraban los parroquianos con las suyas, porque una albarda no se hace a ojo ni de memoria, sino al lomo del animal que la ha de llevar. Delante de la ventana estaba el banco, un tablón de olmo sobre dos borriquetas, y a su lado el caballete: un tronco de pino con cuatro patas y el lomo redondeado a azuela, del grueso de una mula mediana, sobre el que Eusebio montaba las albardas para darles forma cuando el animal no estaba delante.

Las herramientas estaban colgadas en la pared, cada una en su clavo, y Eusebio sabía dónde estaba cada una sin mirar, igual que se sabe dónde está la boca sin necesidad de espejo. Había de todo, porque el oficio pedía de todo: la cuchilla de media luna para cortar el cuero; dos pares de tijeras, unas grandes para la lona y otras chicas para recortar; tres leznas de mango de boj para abrir los agujeros; el mazo de madera; el martillo; un compás de hierro para marcar las costuras; una escofina, y un hierro largo, de más de una vara, con la punta roma y aplastada, que servía para atacar la paja dentro de la albarda y repartirla por donde hiciera falta. Y luego estaban las tres herramientas que eran solo del albardero y que no se encontraban en ningún otro taller: la aguja, que no era una aguja como las de coser, sino un hierro de un palmo largo, con el ojo en la punta, que atravesaba la albarda entera de parte a parte; la tenaza de madera, que parecía una pinza de tender la ropa hecha para un gigante y que se sujetaba entre las rodillas para tener el cuero quieto mientras se cosía; y el dedal de manopla, un guante de cuero sin dedos, duro como una suela, que se ponía en la palma de la mano derecha para empujar la aguja sin atravesarse la carne.

El dedal de manopla había sido del maestro de la villa, y estaba tan gastado que la marca de la aguja se le había hecho un hoyo en el centro, como la huella de un pulgar en el barro. Eusebio no lo dejaba tocar a nadie.

Aquel año de 1951 la primavera había llegado tarde, con heladas hasta finales de abril, y la faena se le había venido encima toda de golpe. Era siempre así. En invierno las caballerías estaban quietas en las cuadras, y nadie se acordaba de las albardas; pero en cuanto el trigo empezaba a espigar y se veía venir la siega, todo el pueblo miraba de repente el aparejo de sus mulas y de sus burros y descubría que la albarda estaba vencida, que el cuero se había rajado, que la paja se había hecho polvo o que el ataharre, aquella banda de cuero o de cáñamo que abraza las ancas del animal para que la carga no se le vaya hacia el cuello en las cuestas abajo, estaba podrido de tanto sudor. Y todos querían la albarda compuesta para antes de San Juan, porque después de San Juan se segaba, y luego venía el acarreo de la mies a las eras, y en el acarreo no había domingo ni fiesta, ni mula que pudiera quedarse en la cuadra.

Eusebio no llevaba libreta. Los encargos los tenía a la vista: eran las propias albardas, que se iban amontonando contra la pared de la derecha, una encima de otra, cada una con un cordel atado y un trozo de cartón colgado donde Petra escribía el nombre del dueño. Aquella mañana de primeros de mayo había nueve. Algunas eran del pueblo y otras de fuera, de los pueblos de alrededor, porque albardero no había más que uno en cuatro leguas a la redonda, y los que tenían que venir al pueblo por otra cosa, al médico, al notario, a la feria de ganado de septiembre o a vender una pareja de gorrinos, aprovechaban el viaje, cargaban la albarda vieja en el burro y se la dejaban en el corral de Eusebio con un recado.

—Nueve —dijo Petra desde la puerta, con la cesta del almuerzo—. Y el tío Ceferino, que ha icho que vié esta tarde con la mula.

—¿Con la mula?

—Con la mula. Ice qu'está mala.

—Si la mula está mala, que llame al meteminario.

—Ice que no es custión del meteminario. Que es custión tuya.

Eusebio dejó la aguja en el banco y se quedó mirando a su mujer, y los dos supieron lo que aquello quería decir antes de que ninguno lo dijera.

—Matadura —dijo él.

—Eso ha icho.

En la puerta, detrás de Petra, asomaba su hijo, Julián, que tenía dieciséis años, las manos de su padre y ninguna gana de usarlas en aquel oficio. Llevaba desde la Candelaria ayudando en el taller por las tardes, después de las faenas del campo, porque Eusebio decía que un hombre tiene que saber hacer algo con las manos, aunque sea para no hacerlo luego. Julián cortaba bien la lona, enhebraba la aguja más deprisa que su padre y sabía ya distinguir al tacto la paja buena de la mala. Pero cuando Eusebio le hablaba del maestro de la villa, o del dedal de manopla, o de lo que valía una albarda bien hecha, el muchacho miraba hacia la puerta del corral como miran los perros cuando oyen pasar un carro.

—¿Y tú qué haces ahí parao como una estauta? —le dijo su padre—. Anda, desata la del tío Anselmo, qu'ésa corre prisa.

II. La matadura

El tío Ceferino llegó a media tarde, con la mula del ramal y la boina en la mano, andando más despacio que la mula. Era un hombre de setenta años, viudo, que vivía en la calle de la Fuente con una hija soltera y que tenía, además de aquella mula, dos fanegas de tierra de secano, un huerto junto al río y fama de no haber gastado una peseta que pudiera ahorrarse desde el año de la gripe. La mula se llamaba Generala. Era una mula torda, alta, ya entrada en años, de las que se compraban en la feria de Priego cuando había dinero, y el tío Ceferino la quería más que a su hija, según decían las malas lenguas, y tanto como a su hija, según decía él.

—Güenas tardes, Eusebio.

—Güenas tardes, tío Ceferino. ¿Y qué, hay salú? ¿Qué le pasa a la Generala?

—Yo, nunca pior, y mejor lo que Dios quiera. Pero ésta ha perdío el genio. Dende hace una semana no hay quien la cargue. Le pongo la albarda y se m'arrima a la paré, como si le juá a pegar. Y ayer, con dos costales de trigo pa'l molino, se me echó en metá del camino. Una mula que no s'ha echao enjamás.

Eusebio no dijo nada. Le quitó la albarda con cuidado, sin tirar, soltándole primero la cincha y luego el ataharre, que tenía la costura abierta por dos sitios, y la dejó en el suelo, boca arriba. Luego se puso al lado de la mula y le pasó la palma de la mano por el lomo, despacio, desde el cuello hacia las ancas, como quien alisa una sábana. Al llegar a la cruz, que es ese bulto que tienen las caballerías entre el cuello y el lomo, justo donde se apoya la parte delantera de la albarda, la Generala levantó la cabeza de golpe y dio un respingo que hizo retroceder al tío Ceferino hasta la puerta.

—Ahí —dijo Eusebio.

Apartó el pelo con los dedos. Debajo, en la piel, había una llaga del tamaño de una peseta, en carne viva, con los bordes hinchados y un poco de pus en el centro, y alrededor el pelo se había vuelto blanco, como se vuelve blanco en las caballerías viejas donde les ha rozado el aparejo muchos años. A eso le llamaban matadura en todos los pueblos de la comarca: a la herida que le hace a la bestia una albarda mal hecha, o vieja, o mal puesta, a fuerza de rozarle siempre en el mismo sitio.

—¿Ve usté? —dijo Eusebio—. No ha perdío el genio. Le duele.

—¡Pus no s'ha quejao, miste!

—Las mulas no se quejan, tío Ceferino. S'arriman a la paré.

El viejo se acercó a mirar la llaga y se quedó callado mucho rato, con la boina apretada contra el pecho, como si estuviera en un entierro.

Eusebio se agachó sobre la albarda. Era una albarda de carga de las de la comarca, con sus dos almohadas, una para cada costado de la mula, unidas por arriba, donde descansa sobre el espinazo, y con los dos arcos de madera por dentro, el de delante en pico y el de atrás redondo, que son los que le dan la forma y los que aguantan el peso. Por abajo estaba forrada de lona, que el sudor de la mula había vuelto parda y tiesa como un cartón, y los morriones, los dos cabezales abultados de delante y de detrás, iban forrados de piel de becerro, negra de años, cosida con un hilo de cáñamo que ya se deshacía al tocarlo. Le pasó los dedos por debajo, por la parte que va contra el lomo del animal, apretando aquí y allá, como el médico que busca dónde duele. Al llegar a la parte de delante, se paró.

—Toque usté aquí.

El tío Ceferino tocó. Debajo del forro, en el sitio justo donde la albarda se apoyaba en la cruz, había un bulto duro, redondo, como un huevo de gallina.

—La paja —dijo Eusebio—. Cuando la albarda es vieja, la paja se va quebrando y se hace polvo, y lo que queda se va escurriendo pa abajo y s'apelotona. Aquí s'ha hecho una pelota. Y la pelota, con el peso de la carga, l'ha ido apretando a la mula en el mesmo sitio, un día y otro día, hastia que l'ha abierto la carne. ¿Cuántos años tié esta albarda?

—La hizo tu maestro. El de la villa.

—Pus estonces tié más de treinta.

—Treinta y dos. Se la hizo a la mula d'antes, a la Capitana. Y cuando se me murió la Capitana, que en paz descanse, se la puse a ésta.

—¿Sin arreglala?

—Estaba güena.

—Estaba güena pa la Capitana. La Capitana tendría el lomo d'otra manera. Cada mula tié su lomo, tío Ceferino, al igual que cada cristiano tié sus pies. Usté no se pondría las botas de su padre.

—Me las puse. Las llevé diez años.

—Y le salieron callos.

El viejo no contestó, pero se miró los pies.

Eusebio le explicó lo que había. La albarda tenía arreglo: había que abrirla por la costura de abajo, sacarle toda la paja vieja, que ya no servía más que para la lumbre, y volver a rellenarla con paja nueva, y de paso ajustarle el arco de delante, que se había vencido un dedo hacia un lado. Luego había que coserla otra vez, y hacerle un ataharre nuevo, porque el que traía no aguantaba ni una cuesta más. Y lo más importante: la mula tenía que estar quince días sin albarda, en la cuadra o en el prado, hasta que se le cerrara la llaga.

—¿Quince días? ¿Con la siega encima?

—Quince días, ú la pierde. Una matadura mal curá se hace grande, y endimpués ya no se cierra enjamás. Lávesela tuicos los días con agua y sal, y que no le dé el sol en la herida. Y cuando se le seque, me la trai, que le pruebo la albarda puesta.

—¿Y cuánto me va a costar tuico esto?

Eusebio se lo dijo. El tío Ceferino abrió mucho los ojos, que era lo que hacía siempre que alguien le decía un precio, y luego los cerró, que era lo que hacía cuando se daba cuenta de que no había otro remedio.

—El albardero mete paja y saca dinero —dijo—. Bien lo ice el refrán.

—El refrán lo inventó uno que no ha cosío enjamás una albarda.

Aquella misma tarde, cuando se fue el viejo, Eusebio abrió la albarda de la Generala sobre el banco. Cortó con la cuchilla el hilo de la costura de abajo, puntada a puntada, sin tocar el cuero, que todavía podía servir, y fue sacando la paja vieja a puñados. Salía negra, rota, hecha casi harina, con un olor agrio a sudor de treinta años, y en el fondo de la almohada de delante apareció la pelota: un amasijo de paja apretada, duro como una piedra, que había ido ahí, según calculó Eusebio, desde antes de la guerra. La sacó entera y se la enseñó a Julián.

—Mira. Esto es una matadura antes de ser matadura.

El muchacho la cogió, la sopesó y la tiró al montón de la paja vieja.

—¿Y no s'hubiá podío ver endenantes?

—Si el tío Ceferino hubiá traío la albarda hace dos años, sí. Pero la gente no trai la albarda hastia que la mula s'echa en el camino. Es al igual que las muelas.

Esa noche, en la cocina, mientras Petra fregaba, Julián preguntó a su padre si en Madrid había albarderos.

—Alguno habrá —dijo Eusebio—. Pa las mulas de los traperos. Y pa los borricos de los que venden leña.

—¿Y cuántas mulas hay en Madrid?

—Menos que aquí.

—¿Y cuántos camiones?

Eusebio lo miró por encima del tazón de sopas. Petra había dejado de fregar.

—Más que aquí —dijo por fin—. Anda, acuéstate, que mañana hay que dir a por la paja.

III. La albarda nueva

La paja de centeno la compraba Eusebio todos los años al mismo labrador, el tío Paulino, que sembraba centeno en una hoja de tierra fría, en lo alto del páramo, donde el trigo no se daba. Pero no la compraba de cualquier manera. El centeno para las albardas no podía trillarse, porque el trillo parte la paja en trozos, y la paja de la albarda tenía que ir entera, larga, de una pieza, desde la raíz hasta la espiga. Así que el tío Paulino le apartaba cada verano unos cuantos haces sin trillar, y los desgranaba a mano, sacudiéndolos a golpes contra una piedra en la era, para sacarles el grano sin romper la caña. Eusebio le pagaba aquella paja más cara que el grano, y en el pueblo se reían de los dos.

—Paja a precio de trigo —decían—. Pa luego venderla a precio de pan.

—A precio de pan no, a precio de albarda —contestaba Eusebio.

Aquella semana llegó el primer encargo de una albarda nueva, la primera de la primavera. La trajo, o mejor dicho, vino a pedirla, un mozo del pueblo de al lado, de los de la otra banda del río, que se llamaba Aurelio y que se casaba por la Virgen de agosto. Aurelio acababa de comprar su primera mula, con el dinero que había ahorrado en tres temporadas de siega a jornal en la Mancha, y se la traía a Eusebio para que le hiciera el aparejo entero, porque la mula había venido de la feria sin nada, desnuda como un niño recién nacido. Venía con él su futura suegra, la señora Tomasa, una mujer pequeña y enlutada, con un lío de ropa debajo del brazo.

—Esto es pa drento de la albarda —dijo la señora Tomasa, y dejó el lío encima del banco—. Tres sábanas viejas y dos camisas de mi difunto, que Dios goce. Estaban güenas pa trapos, pero pa trapos ya tengo.

Era costumbre. El lienzo de dentro de la albarda, el que envolvía la paja, lo ponía la casa que hacía el encargo, y se sacaba de la ropa vieja que ya no servía para vestir: sábanas gastadas, camisas remendadas, sacos de harina. Eusebio desató el lío, estiró una de las sábanas contra la luz de la ventana y vio que estaba gastada, pero sana, sin agujeros.

—Esto vale —dijo—. Las camisas del difunto, guárdelas usté.

—¿No valen?

—Valen. Pero mejor que las guarde usté, miste.

La señora Tomasa lo miró un momento y luego volvió a liar las camisas y se las metió debajo del brazo, sin decir nada.

Eusebio salió al corral a ver la mula. Era una mula castaña, joven, de cuatro o cinco años, más bien baja y muy ancha de lomo, de las que llaman en la comarca mulas de sierra. La miró primero de lejos, dando una vuelta entera alrededor, como quien mira una casa antes de comprarla. Luego se acercó y le puso la mano en la cruz, y la mula lo dejó hacer. Sacó del bolsillo un cordel con nudos, que era su metro, y le fue midiendo el lomo: de la cruz al nacimiento de la cola, de un costado a otro por encima del espinazo, y la anchura en tres sitios, delante, en medio y detrás. Cada medida la iba contando en voz alta, por nudos y por cuartas, y Julián, a su lado, la iba marcando con la uña en un listón de madera que usaban para eso.

—¿No lo apuntas? —preguntó Aurelio.

—Ya lo apunta el listón. Y lo que no apunta el listón, lo apunta la mano.

Tardó dos días en hacerla, y Aurelio vino a verlo trabajar las dos tardes, sentado en un poyo del corral, con la boina en las rodillas, porque decía que quería saber cómo era por dentro la albarda que iba a llevar su mula toda la vida.

Primero cortó el lienzo. Extendió las sábanas de la señora Tomasa en el suelo barrido del taller, doblándolas en dos para que fueran de doble tela, y con el compás y un trozo de jaboncillo de sastre marcó la forma de las dos almohadas, unidas por el centro, que era como marcar en el suelo la sombra de una mariposa con las alas abiertas. Las cortó con las tijeras grandes y las cosió por los bordes, dejando abierta una boca en cada una.

Luego vino la paja. Eusebio la sacó del pesebre por haces y la fue extendiendo sobre el banco, peinándola con los dedos, quitándole las cañas rotas, las espigas que habían quedado y alguna hierba que se había colado en el haz, hasta que la paja quedaba lisa y derecha como el pelo de una muchacha. Después la fue metiendo en las almohadas, un puñado detrás de otro, siempre en el mismo sentido, y apretándola con el hierro largo, empujando hasta el fondo, hacia las esquinas, hacia los bordes, para que no quedara ningún hueco. Era un trabajo que parecía fácil y no lo era. La paja tenía que ir apretada, pero no tanto que la almohada se pusiera dura como una tabla, y tenía que quedar repartida por igual, sin que hubiera más en un lado que en otro, porque luego el peso de la carga iba donde había paja, y donde había paja de más, a la larga, había matadura.

—¿Cuánta lleva? —preguntó Aurelio.

—La que le haiga falta.

—¿Y cuánta le hace falta, pus?

—Eso lo ice la mula.

Cuando las dos almohadas estuvieron llenas, Eusebio las montó sobre el caballete, una a cada lado, y colocó los dos arcos de madera por encima, el de delante en pico, para que dejara libre la cruz de la mula, y el de atrás redondo. Los arcos se los hacía el carpintero del pueblo, de madera de carrasca, que no se rompe ni se pudre, según unas plantillas de cartón que Eusebio le había dado hacía veinte años y que el carpintero guardaba colgadas en su taller junto a las de los ataúdes. Después cosió los arcos a la paja, atravesando la albarda de parte a parte con la aguja larga, empujándola con el dedal de manopla, tirando del hilo encerado con toda la fuerza del brazo y volviendo a meter la aguja por el otro lado, un poco más allá, una y otra vez. Cada puntada sonaba como un suspiro. Luego metió más paja, poca, solo para rellenar los huecos que habían quedado junto a los arcos, y volvió a coser.

Julián enhebraba las agujas y encerraba el hilo, pasándolo tres veces por el carrete de cera, para que no se deshilachara ni se pudriera con el sudor del animal. Lo hacía deprisa y bien, sin mirar, y Eusebio lo vio hacer y no dijo nada, pero se le quedó mirando las manos un buen rato.

La segunda tarde vino lo de fuera. Primero, por la parte de abajo, la que iba a ir contra el lomo y los costados de la mula, Eusebio forró las dos almohadas con lona nueva, una lona gruesa y apretada, de la que él compraba por piezas, porque la ropa vieja de la señora Tomasa servía para tener la paja dentro, pero no para aguantar el sudor y el roce de muchos años. La estiró con las dos manos hasta que no hizo ni una arruga, porque una arruga en la lona, decía, es una matadura que todavía no ha nacido, y la cosió con puntada larga y apretada. Luego vinieron los morriones. Cortó el cuero con la cuchilla de media luna, sobre la tenaza de madera, que sujetaba entre las rodillas: una piel de becerro curtida que había escogido él mismo, tocándola con los ojos cerrados. Eusebio decía que un albardero tenía que saber, solo con tocarlo, de qué animal era un cuero y de qué parte del animal: si era del lomo, que es el más fuerte, o de la barriga, que da de sí, o del cuello, que se arruga. Con aquel cuero forró los dos morriones, el de delante y el de atrás, que eran los que más sufrían, porque en ellos rozaban los serones y las sogas de la carga, y lo cosió a la lona por los bordes con una costura menuda y derecha, de las que se ven de lejos.

Al anochecer, Aurelio trajo la mula al taller. Eusebio le puso la albarda, sin cincha todavía, y se apartó dos pasos a mirarla. Luego metió la mano entre la albarda y el lomo, primero por delante, en la cruz, después en medio, y después por detrás, junto a las ancas. En un sitio, a la izquierda, se paró.

—Aquí aprieta.

Le quitó la albarda, abrió un palmo de costura, sacó un puñado de paja, la repartió con el hierro y volvió a coser. Se la puso otra vez. Volvió a meter la mano. Y así tres veces, hasta que la mano entraba igual por todas partes, ni más holgada ni más apretada, como entra en un bolsillo.

—Ya está —dijo.

Faltaban la cincha, que pasa por debajo de la barriga y sujeta la albarda al cuerpo; el pretal, que le cruza el pecho a la mula para que el aparejo no se le vaya hacia atrás en las cuestas arriba, y el ataharre, que le abraza las ancas para que no se le vaya hacia adelante en las cuestas abajo. Aquellas piezas las tenía Eusebio empezadas, y las terminó a la luz del candil, mientras Aurelio esperaba sentado en el poyo del corral.

Cuando se lo puso todo, la mula castaña sacudió el cuerpo entero, como se sacuden los perros al salir del agua, y luego se quedó quieta, con las orejas hacia delante.

—¿Le gusta? —preguntó Aurelio.

—No s'ha arrimao a la paré —dijo Eusebio—. Con eso me basta.

Aurelio pagó una parte en dinero y otra en trigo, dos fanegas, a entregar después de la trilla, que era como se pagaban muchas cosas en aquellos años. Luego se fue con la mula del ramal, por el camino del río, y Eusebio lo estuvo mirando desde la puerta del corral hasta que se perdió en la curva de la chopera. Julián estaba a su lado, con las manos negras de cera.

—Esa albarda le va a durar más qu'el casorio —dijo el muchacho.

—Ojalá no —dijo Eusebio.

IV. El tío Matías

El tío Matías llegaba todas las tardes después de la siesta, cuando el sol empezaba a caer de lado sobre el corral, y se sentaba siempre en el mismo sitio: en un tajo de olmo que había junto a la puerta del taller, con la espalda contra el marco y el bastón entre las rodillas. Tenía ochenta y un años, una boina que ya no era de ningún color y una memoria que, según él, le llegaba hasta el reinado de Amadeo, aunque las cuentas no salían. Había sido arriero con el padre de Eusebio durante veinte años, por los mismos caminos y con las mismas mulas, y desde que se había quedado viudo y los hijos se le habían ido a Madrid no tenía nada que hacer en todo el día más que ir de un sitio a otro contándole a quien quisiera oírlo cómo eran las cosas antes. Al taller de Eusebio iba porque allí olía a mula, decía, y eso le hacía compañía.

—Güenas tardes nos dé Dios.

—Güenas tardes, tío Matías. Asiéntese usté.

—Ya m'asiento, ya. Que las piernas no están pa estar de pie. ¿Qué haces hoy?

—La del tío Anselmo. Lona nueva por abajo.

El viejo sacó la petaca, lió un cigarro muy despacio, con los dedos torcidos, y se quedó mirando cómo Eusebio desclavaba la lona vieja de la albarda, que estaba negra, rota por tres sitios y tan tiesa de sudor que se sostenía de pie ella sola.

—¿Ande compras tú la lona? —preguntó.

—En la capital. En un comercio de tejíos de la calle de Carretería. Me la trai el ordinario.

El ordinario era Venancio, el hombre que bajaba todos los martes a Cuenca con su carro y su mula, y subía los viernes cargado con los encargos del pueblo: medicinas de la botica, un par de botas, una pieza de paño, el periódico del señor secretario, las cartas que no habían querido esperar al correo y, dos veces al año, una pieza de lona para el albardero, enrollada en un palo y envuelta en arpillera.

—¿Y cuánto t'ha costao la última?

Eusebio se lo dijo. El tío Matías soltó el humo por la nariz, como los toros en las estampas.

—¡Juasús! En mis tiempos la lona la tejían en los pueblos. Aquí mesmo, en la calle del Horno, había dos telares, y l'uno era de tu güela, la tía Crescencia, que en paz descanse. Hilaban el cáñamo que se criaba en las huertas del río, lo tejían, y sacaban una lona que no la rompía ni el diablo con los cuernos. Tu padre forraba las albardas de las mulas con la lona de su madre, y dimpués de veinte años de caminos se le rompía la mula antes que la lona.

—Ya no se cría cáñamo en el río, tío Matías.

—Ya no se cría ná en ningún sitio. Tuico viene de la capital. Hastia la lona.

Eusebio no contestó. Tensó la lona nueva sobre la almohada de la albarda, la sujetó con cuatro puntas pequeñas para que no se le moviera y empezó a coserla por el borde, con puntada larga y apretada. La lona era gruesa y costaba pasarla. En cada puntada tenía que apoyar el dedal de manopla contra la cabeza de la aguja y empujar con todo el peso del cuerpo.

—Y los morriones, ¿con qué los forras?

—Con piel de becerro, cuando hay. Y si no, de cerdo.

—¿De cerdo? ¿De los gorrinos de aquí?

—Los gorrinos de aquí se comen con piel y tuico, tío Matías. En la matanza no se desuella a naide. La piel se va con el tocino.

—Eso es verdá.

—La de cerdo viene del matadero de la capital, curtía. Y la de becerro me la trai el tío Pellejo, de la villa.

El tío Pellejo se llamaba en realidad Faustino, y era curtidor. Tenía la tenería a la orilla del río, en la villa, a tres leguas, en un caserón que olía a demonios desde medio kilómetro, porque allí se curtían las pieles metiéndolas semanas enteras en unas pozas con agua y cal, primero para pelarlas, y luego con corteza de encina machacada, para que se pusieran duras y no se pudrieran. Dos veces al año, por la Candelaria y por San Miguel, el tío Pellejo recorría los pueblos de alrededor con una mula cargada de cueros curtidos, doblados en fardos, y se paraba en casa de Eusebio antes que en ninguna otra, porque sabía que allí tenía la venta hecha.

—Ese Faustino es hijo del tío Pellejo viejo —dijo el tío Matías—. Al viejo lo conocí yo. Tu padre le compraba los cueros pa las mulas, y siempre andaban a la greña por el precio. Una vez, en la feria de Priego, se pusieron a regatear a las nueve de la mañana y a mediodía entoavía no s'habían puesto de acuerdo. Y el viejo le ice a tu padre: «Mira, Eusebio, que me voy a comer». Y tu padre le ice: «Pus vete, que yo t'espero». Y lo esperó. Y a las cuatro de la tarde s'arreglaron por dos reales. ¡Dos reales, miste!

Eusebio se rio sin levantar la cabeza de la costura.

—Mi padre era asín.

—Tu padre era de güen aquel. Pero pa sacale un real, había que pegale.

A media tarde entró en el corral la tía Sebastiana, una viuda de la calle de la Iglesia, arrastrando del ramal un borrico pardo más viejo que ella, con la albarda puesta.

—Güenas tardes. ¿Se pué pasar?

—Adelante, tía Sabastiana.

—Eusebio, hijo, que vengo a que me mires la albarda del Morito, qu'el probecillo anda tuico torcío, y yo no sé si es él u es ella.

Eusebio le quitó la albarda al borrico, la puso en el suelo y la miró por debajo. La lona de abajo se había rajado a lo largo, y por la raja se salía la paja, de modo que la albarda estaba más baja de un lado que de otro, y el borrico andaba ladeado, como un borracho.

—Es ella —dijo—. La lona está rajá y s'ha escurrío la paja. Déjemela usté, que se la compongo pa pasao mañana.

—¿Y mientras tanto, cómo traigo la leña?

—Con la del tío Anselmo, que la tengo acabá de componer. Ya se la devolverá usté al tío Anselmo con una docena de güevos, que lo tié bien merecío.

—¡Juasús! ¿Una docena?

—Media, estonces. Que lo tié medio merecío.

La tía Sebastiana se fue con la albarda prestada puesta al Morito, y el tío Matías, que no se había perdido palabra, la estuvo mirando desde el tajo hasta que salió por la puerta del corral.

—Esa no le ice que no ni al señor cura —dijo—. Si le hubiás pedío una gallina, te trai la gallina. Tu padre le hubiá pedío la gallina.

—Por eso yo le pido los güevos.

Antes de que se pusiera el sol aparecieron todavía dos más. El primero fue un chico de doce años, hijo del herrador, que traía a la espalda, atada con una soga, una albarda de burro casi tan grande como él.

—Que ice mi padre que si pué usté echale un ataharre nuevo, y que no corre prisa, pero que la necesita pa'l jueves.

—Dile a tu padre que el jueves la tiene.

—Y que ice mi padre que se la cobra usté a cuenta de lo que le debe usté de las herraúras de la mula de su padre.

—Mi padre murió hace doce años, muchecho.

—Pus eso ice mi padre. Que la cuenta es vieja.

El segundo fue Venancio el ordinario, que venía de vuelta de la capital con la mula y el carro y se paró en la puerta del corral sin bajarse.

—Eusebio, que te traigo recao de los del pueblo de la vega. Que icen que les hagas dos albardas nuevas pa mulos grandes, que vendrán con los mulos a medir cuando acaben la escarda. Y que te manda la tía Remedios, la del pueblo del cerro, esta otra pa que se la compongas, qu'el morrión de delante lo tié roto, y que te pagará con aceite cuando venga a la feria.

Venancio se bajó del carro, descargó la albarda de la tía Remedios y la dejó contra la pared, encima de las demás. Eusebio le ató un cordel, y Petra, que había salido al oír el carro, le colgó el cartón con el nombre. Ya eran doce.

Cuando se fue el ordinario, el tío Matías se levantó del tajo, apoyándose en el bastón con las dos manos, y se quedó un rato mirando el montón de albardas.

—Mete paja y saca dinero —dijo—. Eso icen. Pero yo te veo mucha paja, y dinero, lo que se ice dinero, no te veo ninguno. Güevos, aceite y herraúras de un muerto.

—Asín ha sío siempre, tío Matías.

—Asín ha sío siempre, no. Asín ha sío siempre pa los probes. —El viejo se caló la boina—. Conque diquia mañana. Y a tu muchecho, que no lo veo por aquí, dile que el mundo es mu grande, pero que las mulas son las mesmas en tuicos los sitios.

Julián estaba en el pajar, encima del taller, tumbado sobre la paja, y lo había oído todo por el ventanuco. No bajó hasta que el viejo se fue.

V. Los de fuera

Los que venían de fuera venían cuando podían, que casi nunca era cuando Eusebio quería. Venían los días de mercado, a vender una pareja de gorrinos o unos celemines de garbanzos; venían los días de médico, con el hijo malo en el serón de la burra y la albarda vieja debajo; venían a la feria de septiembre, a la notaría, a pagar la contribución al Ayuntamiento, a un entierro o a una boda. Y cada vez que venían, aprovechaban el viaje y se acercaban al corral de Eusebio, porque albardero no había más que uno en cuatro leguas a la redonda, y una albarda compuesta a tiempo valía más que un viaje perdido.

El primer domingo de junio, que era día de mercado, llegaron seis antes de mediodía.

Los primeros fueron los del pueblo de la vega, dos hermanos altos y secos, de cara colorada, que se llamaban Fulgencio y Anastasio, pero a los que todo el mundo en la comarca conocía por los Largos. Traían dos mulos castaños, grandes como iglesias, de los que se criaban en su pueblo y se vendían a buen precio en las ferias de la Mancha. Los metieron en el corral, y los mulos, al oler la cuadra que había sido, levantaron la cabeza y resoplaron.

—Güenos días, Eusebio. Aquí te traemos a los muchechos pa que les tomes la medía.

Eusebio sacó el cordel de nudos y midió los dos mulos, primero uno y luego otro, de la cruz a la cola, de costado a costado y por encima del espinazo, mientras Julián marcaba las medidas en el listón. Los dos mulos eran hermanos, del mismo padre y de la misma madre, nacidos con un año de diferencia; pero cuando terminó de medirlos, Eusebio les dijo a los Largos que las albardas iban a ser distintas.

—¿Distintas? Si son igualicos.

—Por fuera. Por drento, no. Éste tié la cruz más alta, y el otro tié el lomo más ancho detrás. Si les pongo la mesma albarda, a uno le bailará y al otro le apretará. Y al que le apriete, a los dos meses tié usté una matadura.

Los Largos se miraron entre ellos, y luego miraron a los mulos, como si los vieran por primera vez.

—Pus tú sabrás. Tú eres el que sabe de lomos.

Luego vinieron las cuentas. Los Largos pagaban la mitad en dinero y la otra mitad en trigo, después de la trilla, como se hacía; pero antes de cerrar el trato, el mayor, Fulgencio, le preguntó a Eusebio de qué iban a ser los morriones.

—De becerro.

—¿Y no pué ser de cabra? Qu'es más barata.

—Pué ser. Pero la de cabra da de sí. Al año, con la lluvia, se l'afloja y se le va la forma. Y a los dos años me trai usté el morrión pa cambialo.

—¿Y cuánto más es de becerro?

Eusebio se lo dijo. Fulgencio se rascó la cabeza por debajo de la boina, miró a su hermano y su hermano se encogió de hombros.

—De becerro —dijo—. Que pa lo que valen los mulos, no vamos a escatimale los morriones.

Todavía no se habían ido los Largos cuando entró en el corral el molinero del río, el tío Crispín, con tres borricos atados en reata, uno detrás de otro, y cada uno con su albarda. Eran burros harineros, que se pasaban la vida subiendo y bajando del molino a los pueblos con los costales de trigo y de harina, y las albardas estaban blancas de harina por arriba y negras de sudor por abajo.

—Las tres —dijo el tío Crispín—. Las tres tien la lona que no es lona, que es un colaor.

—¿Pa cuándo?

—Pa antes de la siega. Qu'en la siega no hay borrico que se quede quieto.

—Pa antes de la siega no llego, tío Crispín. Mire usté cuántas tengo.

El molinero miró el montón de albardas contra la pared, las fue contando con el dedo y se quedó callado.

—Pus pa la siega mesmo.

—Pa la siega le compongo dos. Y la tercera, en la siega, cuando usté pueda pasar un borrico sin ella.

—Güeno. Pus las dos primeras, las de éstos, qu'el otro es el más viejo y el más aguantaor.

Luego vino un pastor del páramo, de un cortijo que estaba tan lejos de cualquier pueblo que ni siquiera sabía decir a qué término pertenecía. Traía una burra con la albarda del hato, en la que llevaba la manta, el zurrón y la sartén cuando subía con las ovejas a los agostaderos, y quería que Eusebio le cosiera en la albarda dos argollas de hierro, una a cada lado, para colgar el cántaro del agua. Eusebio se las cosió allí mismo, en media hora, mientras el pastor esperaba sentado en el tajo del tío Matías, que todavía no había llegado, comiendo pan con tocino y mirando las herramientas de la pared como quien mira los santos de una iglesia.

—¿Cuánto es?

—Ná.

—¿Ná?

—Dos argollas no son ná. Tráigame usté un queso cuando baje en otoño.

El pastor se fue sin decir ni gracias, pero a mediados de octubre, cuando nadie se acordaba ya de las argollas, apareció en la puerta del corral un muchacho que Eusebio no había visto nunca, con un queso de oveja envuelto en un paño, y se marchó sin decir de parte de quién era.

El último de aquel día llegó ya de tarde, cuando el mercado se había deshecho y los de fuera empezaban a volverse a sus pueblos. Era un tratante de ganado, un hombre gordo, con una cadena de reloj cruzándole el chaleco y un bastón de fresno con la contera de latón, que recorría las ferias de la comarca comprando y vendiendo mulas. Eusebio lo conocía de vista. Traía una mula negra, joven y bonita, de las que se venden solas.

—Güenas tardes, maestro. Aquí le traigo esta prenda pa que le haga una albarda nueva, de lo mejorcico que tenga. Y que sea pa'l sábado, que el domingo me la llevo a la feria de Priego.

Eusebio salió a ver la mula. La miró de lejos, dando una vuelta alrededor. Luego se acercó y le pasó la mano por el lomo, despacio, desde el cuello hasta las ancas, como había hecho con la Generala del tío Ceferino. Cuando llegó a la cruz, la mula no dio ningún respingo. Pero Eusebio notó, bajo los dedos, que allí el pelo era distinto: más corto, más áspero, y más claro que el de alrededor. Apartó el pelo con los dedos. Debajo había una cicatriz, grande como la palma de la mano, cerrada pero todavía tierna, del color de la carne mal curada.

—Esta mula tié una matadura —dijo.

—Tenía. Ya está curá.

—Curá por fuera. Por drento, no. Esto no está curao, está tapao. Al primer mes de carga, se le güelve a abrir.

El tratante se quitó la boina, se secó el sudor de la frente con un pañuelo y volvió a calársela.

—Mire usté, maestro. Le hablo claro, que yo no soy de arrodeos. A mí me hace falta una albarda que le quede alta en la cruz, que no le toque, y que se vea mu güena. Y el que compre la mula, que se la compre con la albarda puesta. Usté cobra lo que le paice, y yo le pago lo que me pida.

Eusebio lo miró un rato sin decir nada. En la puerta del taller, Julián se había quedado quieto, con la aguja enhebrada en la mano.

—Eso que usté me pide no es una albarda —dijo por fin Eusebio—. Es una mentira con paja drento. Y yo no hago mentiras. Si la mula es pa venderla, llévela usté sin albarda, que la vean como es. Y si quiere que se la cure, déjela usté en la cuadra dos meses, y endimpués me la trai, y le hago la albarda que le haga falta, y le cobro lo que valga.

—En dos meses se ha pasao la feria.

—Pus habrá otra feria. Ferias hay tuicos los meses. Mulas con el lomo sano, no tantas.

El tratante se quedó un momento parado. Luego soltó una risa corta, sin ganas, cogió la mula del ramal y se fue sin despedirse. En la puerta del corral se cruzó con el tío Matías, que llegaba entonces, con el bastón y la boina, y que se apartó para dejarlo pasar.

—¿Ése qué quería? —preguntó el viejo, sentándose en su tajo.

—Una albarda pa tapar una matadura.

—Y tú le has icho que no.

—Le he icho que no.

El tío Matías se quedó un rato callado, mirando la puerta del corral por donde se había ido el tratante.

—Tu padre tamién le hubiá icho que no —dijo por fin—. Pero le hubiá cobrao la vesita.

Aquella noche, en la cocina, Julián estuvo mucho rato callado, mirando el plato. Luego, cuando Petra se levantó a fregar, le preguntó a su padre, sin levantar la vista, cuánto habría pagado aquel hombre por la albarda.

—Lo que le hubiá pedío.

—¿Y cuánto le hubiás pedío?

—No le hubiá pedío ná, porque no se la hubiá hecho.

—Pero si se la hubiás hecho.

Eusebio dejó la cuchara en el plato.

—Si se la hubiá hecho, hijo, dentro de un año no vendría naide a este corral. Porque el que compre esa mula en Priego se va a enterar de que tié una matadura, y va a preguntar quién le hizo la albarda, y se lo van a icir. Y endimpués se lo va a icir él a tuico el mundo. Un albardero no vende albardas, Julián. Vende lomos sanos. Lo demás es paja.

Julián no dijo nada. Pero aquella noche, por primera vez, fue él quien apagó el candil del taller antes de acostarse.

VI. Los de Madrid

Pasaron dos veranos. En el de 1953, por las fiestas de la Virgen de agosto, volvieron al pueblo, como todos los años, los que se habían ido a Madrid. Llegaban en el coche de línea, con maletas de cartón atadas con cuerdas, trajes de ciudad que se quitaban al segundo día y unas ganas de contar cosas que les duraban hasta la última noche. Se les conocía de lejos por los zapatos, por el reloj de pulsera y por una manera de hablar que ya no era del todo la del pueblo, pero que tampoco había llegado a ser la de Madrid.

Uno de ellos era Nicasio, el hijo del tío Tránsito, que había sido quinto de Eusebio y se había ido a Madrid en el cuarenta y uno, con lo puesto, después de la mili. Trabajaba de portero en una casa de la calle de Toledo, a dos pasos de la plaza de la Cebada, y vivía con la mujer y los dos hijos en la portería, en dos cuartos con una ventana que daba a la escalera. Todos los años, el segundo día de fiestas, iba a ver a Eusebio al taller, se sentaba en el tajo del tío Matías si el viejo no había llegado, y se quedaba allí toda la tarde, mirando trabajar y oliendo a mula, igual que cuando eran chicos.

—Tú no sabes lo que es esto pa uno, Eusebio —decía—. En Madrid no güele a ná. Güele a gasolina.

Aquella tarde Eusebio estaba cosiendo el ataharre de un borrico, y Nicasio, con la chaqueta del traje colgada en la argolla de la pared, le contó cómo iban las cosas por allí.

—En Madrid se están acabando las caballerías, Eusebio. Cuando yo llegué, en la calle de Toledo pasaban tuicos los días los carros de las mulas, los de la harina, los del carbón, los del vino, los de la basura. Tú te asomabas al portal y aquello era como la feria de Priego. Y agora, pus uno u dos. Tuico son camiones. Dicen qu'el Ayuntamiento no quié carros en el centro, que estorban. Que atascan.

—¿Y las mulas ande van?

—Ande van a dir. Al matadero. U pa los pueblos, los que las compran. Los traperos entoavía las tien, allá por las afueras, por Tetuán y por Vallecas. Y los lecheros, algunos. Pero los hijos de los traperos ya quieren camioneta. Uno de mi casa, qu'era carretero del carbón, ha vendío la mula y s'ha comprao un motocarro, que es como una moto con un cajón detrás. Y dice que no lo cambia por ná, porque el motocarro no come cuando no trabaja.

Eusebio se quedó un rato callado, con la aguja atravesada en el cuero.

—El motocarro no come —dijo—. Pero tampoco sabe volver solo a casa cuando el amo se duerme en el carro.

Nicasio se rio.

—Eso es verdá. Pero en Madrid naide se duerme en el carro, Eusebio. Allí no hay tiempo ni pa dormise en la cama.

Luego, ya de vuelta a la taberna, al pasar por la puerta del corral, Nicasio se paró y se quedó mirando el montón de albardas contra la pared, que aquel verano era más bajo que otros años.

—¿Cuántas tiés?

—Siete.

—Antes tenías doce u trece por estas fechas.

—Antes.

—Pus acuérdate de lo que te igo: en Madrid ha empezao por las calles, y aquí va a empezar por las eras. Dentro de diez años no vas a ver una mula en la comarca más que en las estampas de San Antón.

Al día siguiente, el tío Matías llegó al taller con una carta en el bolsillo del chaleco. Era de su hijo el mayor, el que trabajaba en Madrid en una fábrica de Villaverde, y el viejo, que no sabía leer, se la había hecho leer dos veces al señor secretario y se la sabía de memoria.

—Me ice mi Florencio —dijo, sentándose en el tajo— que en su fábrica hacen piezas pa los tractores. Que hastia agora los traían d'Alemania, pero que ya los van a hacer en España, y que dentro de poco los va a haber en tuicos los pueblos, al igual que hay campanas. Que un tractor ara en un día lo que una pareja de mulas en una semana, y que no se cansa, y que no tié matadura.

—Eso ha icho el Nicasio tamién.

—Pus si lo icen dos que viven en Madrid, será verdá. —El viejo lió un cigarro, despacio, y no lo encendió—. Yo vide llegar el tren a la villa, Eusebio. Tenía yo doce años. Y la gente decía que se iban a acabar los arrieros. Y los arrieros duramos cuarenta años más, porque el tren no subía a los pueblos. Pero el tractor, el tractor sube a tuicos los sitios. Sube hastia las eras.

Aquel otoño, los Largos, los del pueblo de la vega, vendieron uno de los dos mulos castaños, el de la cruz alta, y con el dinero del mulo y un préstamo de la Caja se compraron, a medias con un primo, un tractor alemán de los de un solo cilindro, verde, que se arrancaba con un soplete y hacía un ruido que se oía desde el pueblo de al lado. Fue el primero de la comarca. Cuando pasó por la carretera, la primera vez, los chicos corrieron detrás de él hasta la salida del pueblo, y las mulas que iban por el camino se espantaron y hubo que agarrarlas por el ronzal. El mulo que se quedaron, el de lomo ancho, siguió llevando su albarda de morriones de becerro muchos años, pero ya no volvió a arar.

VII. La cena

Fue a primeros de noviembre, una noche de viento, cuando ya se había acabado la sementera y en el taller no quedaban más que tres albardas contra la pared. Petra había hecho gachas de almortas, y cenaban los tres en la cocina, con la sartén en medio de la mesa y una cuchara cada uno, como se cenaba entonces en todas las casas del pueblo. Julián había cumplido dieciocho años en septiembre. Había crecido un palmo en dos años, tenía ya las manos más grandes que las de su padre y cosía una albarda entera casi tan bien como él, pero seguía mirando hacia la puerta del corral cuando pasaba un carro.

Estuvo toda la cena callado. Cuando Petra se levantó a fregar la sartén, dejó la cuchara en la mesa y habló sin levantar la vista.

—Padre. El Ramiro, el hijo del tío Cipriano, el que se jué a Madrid el año pasao, m'ha escrito.

—¿Y qué ice el Ramiro?

—Qu'está en una obra, en Madrid. Que hacen casas, en las afueras, allá por la carretera d'Extremadura, casas de cinco pisos pa los que vienen de los pueblos. Que cogen gente. Que si quiero dirme con él, que el encargao es de la provincia y lo coge a uno sin preguntar. Que me pué conseguir trabajo en la mesma obra que él. De peón, al principio. Y endimpués, si valgo, d'albañil.

Petra había dejado de fregar. Estaba de espaldas, con las manos quietas dentro de la palangana.

—¿Y tú quiés dir? —preguntó Eusebio.

—Quiero dir.

El viento sacudía la puerta del corral, y se oía golpear la tranca contra el marco, una y otra vez, como si alguien llamara.

—Yo no quiero ser albardero, padre —dijo Julián, y ahora sí levantó la vista—. No es que no sepa. Usté sabe que sé. Pero no quiero. No quiero quedame aquí, cosiendo albardas pa unas mulas que dentro de diez años no van a estar. Me lo ha icho el Nicasio, me lo ha icho el tío Matías, y lo ice tuico el mundo. Usté lo sabe mejor que naide. Tenía doce albardas contra la paré, y abora tié tres.

Eusebio no contestó enseguida. Se quedó mirando el candil, que ardía en la repisa de la chimenea, y luego se miró las manos, que tenía abiertas encima de la mesa, con las palmas hacia arriba. En la derecha, en el centro, tenía un callo redondo y duro, del tamaño de una moneda, en el mismo sitio donde el dedal de manopla del maestro de la villa tenía el hoyo.

—Yo tampoco quería —dijo por fin.

Petra se volvió.

—Mi padre quería que juera arriero, como él —siguió Eusebio—. Y yo no quería. Yo quería dir a la villa, a aprender un oficio que no juera andar por los caminos. Y mi padre no me habló en un mes. Y al mes, una noche como ésta, me ice: «Si no quiés ser arriero, no seas arriero. Pero sé algo. Y sélo bien». Y jui a la villa, y aprendí esto. Y mi padre, cuando vendió las mulas, me dio la cuadra.

Se levantó, cogió el candil de la repisa y salió al corral. Julián y Petra lo oyeron cruzar el empedrado, abrir la puerta del taller y volver al rato. Traía en la mano el dedal de manopla.

—Esto no te hace falta pa poner ladrillos —dijo, y lo dejó encima de la mesa, al lado de la sartén—. Pero te lo llevas. Pa que sepas lo que es trabajar con las manos, cuando allí te digan que no sabes hacer ná. Que te lo van a icir.

Julián cogió el dedal y lo tuvo un rato en la palma de la mano, sin decir nada, con el pulgar metido en el hoyo que había hecho la aguja de dos albarderos en sesenta años.

—Y sé algo, Julián —dijo su padre—. Y sélo bien.

Petra no dijo nada en toda la noche. Pero a la mañana siguiente, antes de que se levantaran los hombres, sacó del arca la maleta de cartón que había sido de su hermano, la que se había traído de la mili, y la limpió con un trapo mojado, y la dejó encima de la cama de Julián, abierta.

Se fue el día de San Andrés, en el coche de línea de las seis. Eusebio no bajó a la plaza a despedirlo. Se quedó en el taller, cosiendo, y cuando oyó el motor del coche subir la cuesta de la carretera, dejó la aguja en el banco y se estuvo un rato sin hacer nada, mirando la pared de las herramientas, donde había un clavo vacío.

VIII. Lo que vino después

Los tractores llegaron como había dicho el tío Matías: primero uno, luego tres, luego todos. A mediados de los sesenta ya no quedaba en la vega una pareja de mulas arando, y en las eras las trilladoras habían sustituido a los trillos, y las cosechadoras, a finales de la década, a las trilladoras y a las eras. Las mulas se fueron vendiendo en las ferias, a los tratantes que las llevaban a Andalucía o al matadero, y las cuadras se fueron quedando vacías, y en las cuadras vacías se guardaron los aperos que ya no se usaban, y encima de los aperos, las albardas. Los burros aguantaron algo más, porque eran de los pobres, y los pobres tardaron más en comprarse un motocarro; pero también se fueron. Nadie tuvo que decidir nada. Como decía un albardero de otras tierras, ahora eran los tractores los que soportaban las cargas.

Eusebio siguió haciendo albardas hasta 1968. Los últimos años ya no hacía casi ninguna nueva, y componía pocas. Hacía ataharres para los cuatro borricos que quedaban en el pueblo, cinchas para las yeguas de algún señorito que montaba los domingos, y de vez en cuando le encargaban, para colgar en el comedor, una albarda pequeña, de juguete, con sus morriones de piel y su ataharre de colores, que los de Madrid se llevaban en verano como recuerdo, igual que se llevaban los botijos. Las hacía de mala gana, y las cobraba caras, y se las quitaban de las manos.

El tío Matías murió en el invierno del cincuenta y seis, en su cama, con la boina puesta. Al entierro fue todo el pueblo, y Eusebio llevó el tajo de olmo en el que se sentaba a la puerta del taller y lo dejó en el cementerio, junto a la tapia, para que se sentara en él quien fuera a visitarlo. El tajo estuvo allí hasta que se lo comió la carcoma.

El tío Ceferino y la Generala murieron el mismo año, con tres meses de diferencia. Primero la mula y luego el amo. En el pueblo dijeron que el viejo se había muerto de pena, y el médico dijo que se había muerto de viejo, y Eusebio pensó que las dos cosas eran la misma.

Julián no volvió a vivir en el pueblo. Fue peón, luego albañil y luego encargado de obra, y levantó con sus manos, en las afueras de Madrid, más casas de cinco pisos de las que había en toda la comarca. Se casó con una muchacha de Jaén que había conocido en una verbena de Carabanchel, y tuvo dos hijos, que nacieron en Madrid, hablaban como en Madrid y no habían visto una mula de cerca en su vida. Volvía al pueblo por las fiestas de agosto, con el coche primero y con los hijos después, y la primera tarde, siempre, antes de ir a la taberna, entraba en el taller de su padre y se sentaba en el poyo del corral a verlo trabajar, como había hecho Aurelio la tarde de la albarda nueva, cuando todavía había albardas que hacer.

El dedal de manopla lo tuvo siempre en el cajón de la mesilla de noche. Sus hijos lo encontraron allí, muchos años después, y no supieron qué era.

Petra murió en 1974. Eusebio la sobrevivió cinco años, solo, en la casa del corral, cuidado por una sobrina que vivía en la calle de al lado. Los últimos años ya no entraba en el taller. Se sentaba a la puerta, al sol, donde se había sentado el tío Matías, y cuando pasaba por la calle algún tractor, levantaba la cabeza y se quedaba mirándolo hasta que doblaba la esquina, sin decir nada.

Cuando murió, Julián vino a cerrar la casa. Abrió el taller por última vez una mañana de marzo. Estaba todo como su padre lo había dejado: las herramientas en sus clavos, la cuchilla de media luna, las leznas, el mazo, la tenaza de madera; el caballete en su sitio, delante de la ventana; el pesebre lleno todavía de haces de paja de centeno, derechos y secos, que nadie iba a meter ya en ninguna albarda. En el suelo empedrado seguía el reguero por donde había corrido el orín de las mulas de su abuelo.

En un rincón, colgado de un clavo, encontró el listón de las medidas. Era una vara de pino, larga y lisa por el uso, cubierta de arriba abajo, por las cuatro caras, de muescas hechas con la uña o con la punta de la cuchilla: cientos de muescas, miles, cada grupo de ellas el lomo de una mula o de un borrico que había pasado por aquel corral en cuarenta años. Julián pasó los dedos por ellas, despacio, como su padre pasaba la mano por el lomo de los animales. Allí estaban la Generala del tío Ceferino, y los dos mulos castaños de los Largos, que parecían iguales y no lo eran, y la mula de Aurelio, la de la boda, y el Morito de la tía Sebastiana, y todas las demás, las que él conocía y las que no. Los animales se habían muerto hacía años. Los amos, casi todos, también. Pero en el listón seguían teniendo el lomo de la medida exacta que habían tenido en vida.

Las últimas muescas, en el extremo de abajo, eran las suyas. Las había hecho él, con la uña, una tarde de mayo de 1951, mientras su padre medía y contaba en voz alta.

Julián se llevó el listón a Madrid. Lo demás lo dejó donde estaba.

En el pueblo, cuando alguien lo cuenta, todavía hay algún viejo que dice aquello de que el albardero mete paja y saca dinero. Pero ya nadie sabe muy bien lo que es un albardero. Y la paja, la de centeno, la larga, la que se desgranaba a mano para que no se partiera, hace muchos años que no la siembra nadie.

fin




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