EL HERRADOR
El pueblo
de este relato no tiene nombre. Podría ser cualquiera de los de la Alcarria
que, a mediados del siglo pasado, oían cada mañana el golpe del martillo en el
corral del herrador. Los personajes son inventados. El oficio, no.
I. El corral
A Primitivo Montero le decían en el pueblo, cada vez
que lo veían pasar con la caja de los clavos debajo del brazo, que era de los
de una en el clavo y ciento en la herradura. Se lo decían los mozos en la
taberna, con el vaso en la mano, y las mujeres en la fuente, mientras llenaban
los cántaros, que es donde en los pueblos se dicen las cosas que luego se
repiten. Primitivo no se enfadaba nunca. Se paraba, se cambiaba la caja de
brazo y contestaba siempre lo mismo:
—Yo las cien en el clavo. Pa la herraúra ya está el
herrero.
Y seguía andando. Los que se lo decían sabían que era
verdad, y por eso se lo decían.
El refrán se aplica a quien acierta poco y yerra mucho,
al que da cien golpes fuera de sitio por uno que da donde debe. A un herrador
no se le podía decir nada peor, y por eso mismo se le decía de broma. Porque en
el oficio de herrar, el golpe que no va al clavo va a la pata del animal, y un
clavo mal puesto deja una mula coja para un mes, o para siempre. Primitivo
llevaba treinta años herrando y no había dejado coja a ninguna.
Tenía cuarenta y cinco años, los brazos gruesos y
cortos, las manos anchas, con las uñas partidas y negras, y una boina que había
sido negra y que ahora era del color del humo. El oficio le venía de su padre,
que había herrado durante cuarenta años las caballerías de medio pueblo y de
otro medio de los de alrededor. De él había aprendido a coger una pata sin que
el animal se diera cuenta, a mirar cómo pisaba una mula antes de tocarla y a no
fiarse nunca de una bestia por muy mansa que pareciera. «La más santa es la que
te coge descuidao», le decía su padre. Y Primitivo lo había comprobado más de
una vez en las espinillas.
El herraje se hacía en el corral de su casa, que estaba
al final de la calle del Horno, donde el pueblo empezaba a hacerse campo. No
había en la Alcarria ni potros de herrar, ni herraderos, ni otros artilugios de
los que se veían, según contaban, en tierras de más posibles. El animal lo
sujetaban entre dos hombres: el dueño por la cabeza y el herrador por la pata.
Y si el animal no se dejaba, estaba el acial.
El acial era un palo corto, de un palmo y medio, con un
agujero en la punta por el que pasaba un lazo de cuerda. El lazo se metía en el
belfo del animal, en el labio de arriba, y se retorcía dando vueltas al palo
hasta que apretaba. Con aquel dolor en el hocico, la bestia se olvidaba de todo
lo demás y se quedaba quieta como un santo en su peana. No era cosa de gusto,
pero era lo que había, y el que sujetaba el acial tenía que saber cuánto
apretar y cuándo aflojar, porque si se pasaba, la bestia se revolvía, y si se
quedaba corto, no servía para nada.
El corral era grande, empedrado de canto rodado, con
una pila de piedra junto al pozo y dos argollas de hierro clavadas en la pared
de la cuadra para atar a los animales que esperaban turno. Al fondo, bajo un
cobertizo de tejas apoyado en dos pies derechos de olmo, estaba la fragua. Era
una fragua pequeña, de las que solo sirven para calentar, con el hogar de
ladrillo a la altura de la cintura, un fuelle de piel de cabra que se movía con
una palanca y un yunque chico montado sobre un tajo de encina. Al lado, un cubo
de agua para templar el hierro y un saco de carbón de brezo que Primitivo
compraba a los carboneros del monte.
Aquella fragua no era para hacer herraduras. Las
herraduras las hacía el herrero.
En el pueblo, como en casi todos, la gente confundía
los dos oficios, y a Primitivo lo llamaban herrero la mitad de las veces. Él
siempre corregía con paciencia. El herrero era el tío Evaristo, que tenía la
fragua grande en la plaza, al lado de la bodega, y hacía rejas de arado,
azadas, bisagras, clavos de carro, llaves y todo lo que se pudiera hacer con
hierro y fuego. Y herraduras. Las hacía en invierno, cuando había menos faena,
de barras de hierro que le traía el ordinario de la capital, y se las vendía a
Primitivo por docenas y por tamaños: las pequeñas, estrechas y ligeras, para
los burros; las largas, más cerradas por los talones, para las mulas; y las
anchas y redondas, casi un círculo, para los pocos caballos que había en la
comarca. Primitivo las colgaba en el cobertizo, ensartadas por tamaños en unas
varas de hierro, y parecían racimos oscuros.
—El herrero hace el hierro, y el herrador lo pone
—explicaba Primitivo cuando alguien lo confundía—. Al igual que el sastre no
hace la tela.
Pero ninguna herradura venía hecha a la medida de
ningún casco. Los cascos de las caballerías son como los pies de las personas:
no hay dos iguales, y un mismo animal puede tener el de delante más ancho que
el de atrás, y el derecho distinto del izquierdo. Para eso estaba la fragua
pequeña. Primitivo calentaba la herradura hasta ponerla roja, la abría o la
cerraba a martillazos sobre el yunque, le enderezaba un callo o le rebajaba una
lumbre, y la probaba contra el casco hasta que casaba como una tapadera en su
puchero.
Las herramientas estaban colgadas en la pared del
cobertizo, cada una en su clavo, y Primitivo las sabía encontrar a oscuras.
Estaban las tenazas de desherrar, largas y de boca ancha, para arrancar las
herraduras viejas; el rematador, un hierro corto y chato con el que se cortaban
las puntas remachadas de los clavos antes de desherrar; la legra, una cuchilla
curva, como un gancho con filo, para limpiar la palma y la ranilla, que es esa
cuña blanda que tienen los cascos por debajo, en forma de punta de lanza; la
escofina, una lima gruesa y áspera como la lengua de un gato; el martillo de
herrar, pequeño, con una boca para golpear y la otra partida en dos, para
doblar los clavos; y la caja de los clavos, de madera, con cuatro
compartimentos, uno para cada tamaño. Colgado de un clavo, aparte, estaba el
acial. Y en un sitio de honor, apoyado en la pared, el pujavante.
El pujavante era una herramienta que solo tenían los
herradores. Era una pala de hierro con el filo cortante, ancha como la palma de
una mano, montada en un mango largo de madera que el herrador se apoyaba contra
el muslo, o contra el pecho, para empujar con todo el peso del cuerpo. Con él
se rebajaba el casco que había crecido desde el último herraje, como quien
cepilla una tabla. El de Primitivo había sido de su padre, y el mango tenía una
hendidura suave en el sitio donde durante sesenta años se había apoyado el
muslo de uno y de otro. Primitivo no se lo dejaba tocar a nadie.
En el corral tenía también, en la pared de la cocina,
colgada de un clavo, una libreta de hule negro. Era la libreta de la parroquia.
Así llamaban los herradores, igual que los médicos, los barberos y los curas, a
la gente que tenían igualada: los vecinos que pagaban una cantidad fija al año,
en grano, después de la trilla, a cambio de tener sus caballerías herradas
cuando hiciera falta. En la libreta estaba el nombre de cada vecino, y debajo,
el de cada animal: la Pinta del tío Hilario, el Canelo de la tía Olaya, las dos
mulas de los Mayorales, el caballo del señor secretario. Cada vez que Primitivo
herraba a uno, su mujer, Catalina, que sabía escribir mejor que él, le hacía
una cruz al lado. Así, al final del año, se sabía quién había herrado mucho y
quién poco, aunque la iguala era la misma.
Aquel año de 1952 el otoño había entrado seco, sin una
gota de agua desde San Juan, y la tierra estaba tan dura que las rejas de los
arados rebotaban en ella como en una piedra. Todo el pueblo esperaba las
primeras lluvias para sembrar. Y como pasaba todos los años, en cuanto se vio
venir la sementera, todos los labradores miraron de repente las patas de sus
mulas y descubrieron que las herraduras estaban gastadas, que a una le faltaba
un clavo y a otra le bailaba la herradura entera, y que así no se podía salir a
arar.
Por eso aquella mañana de finales de septiembre, cuando
Primitivo abrió la puerta del corral, había ya tres mulas atadas en la calle
esperando.
—Ya están aquí —dijo Catalina desde la cocina, sin
asomarse—. Tres. Y el tío Hilario ha dicho que vié dimpués con la Pinta.
—¿Con la Pinta? —dijo Primitivo, y se le arrugó la
frente.
—Con la Pinta.
Ramón, su hijo, bajó la escalera con la boina en la
mano y las botas sin atar. Tenía trece años, los brazos flacos todavía y los
ojos de su madre. Desde el verano ayudaba a su padre en el corral: tiraba del
fuelle, le alcanzaba los clavos y, cuando el animal era manso, le sujetaba la
cabeza. Todavía no se atrevía con el acial.
—Anda, átate las botas, que como t'apée una mula con
los cordones sueltos, t'esnucas —le dijo su padre—. Y enciende la fragua, que
hoy va a haber faena.
II. La mula del tío
Hilario
El tío Hilario llegó a media mañana, cuando Primitivo
ya había herrado las tres mulas de la calle y tenía la camisa pegada a la
espalda. Traía a la Pinta del ramal, pero no era él quien la llevaba a ella,
sino ella a él: la mula tiraba hacia un lado, se paraba, daba un respingo y
volvía a tirar, y el tío Hilario iba detrás dando traspiés y soltando por lo
bajo todo lo que sabía. La Pinta era una mula torda, joven, de cuatro años, con
unas manchas blancas en las ancas que le habían dado el nombre, y tenía fama en
todo el pueblo de ser la mula más resabiada de la comarca. La había comprado el
tío Hilario en la feria de Priego el año anterior, barata, y en el pueblo se
decía que por algo sería.
—Güenos días, Primitivo. ¿Y qué, hay salú?
—Pa trabajar, tío Hilario. ¿Y la Pinta, qué tal se
porta?
—¡Pus mírala! Hecha una santa.
La mula, como si lo hubiera oído, soltó un par de coces
al aire que hicieron saltar las gallinas hasta el tejado del gallinero.
Primitivo no se acercó enseguida. Nunca se acercaba
enseguida a un animal que no conocía bien, y a la Pinta la había herrado solo
una vez, en primavera, y aquella vez no había sido para contarlo. Primero la
miró de lejos. Le dijo al tío Hilario que la paseara por el corral, de un lado
a otro, al paso, y se quedó mirándole las patas mientras andaba. Miraba cómo
apoyaba cada casco, si lo ponía plano o de lado, si pisaba primero con la punta
o con los talones, si alguna pata la dejaba caer más deprisa que las otras, que
es señal de que duele. Luego se agachó a mirar las herraduras viejas. Estaban
gastadas por la lumbre, que es la parte de delante, la que va en la punta del
casco, y gastadas más por la parte de fuera que por la de dentro.
—Ésta pisa pa juera —dijo—. Y de la mano izquierda
cojea un poquico. Poco.
—Yo no la veo cojear.
—Usté no la mira, tío Hilario. Usté la padece.
Aquella mirada era la primera parte del oficio, y la
que menos se veía. Un herrador que no sabía mirar andar a un animal no sabía
herrar, por mucho que supiera clavar. Porque la herradura no se pone solo para
que el casco no se gaste en las piedras de los caminos, sino para que el animal
pise derecho; y si pisa torcido, la herradura puede enderezarlo o puede
torcerlo más.
Luego llegó lo difícil. Primitivo se ató el mandil, un
delantal de cuero gordo, abierto por abajo en dos piezas, una para cada pierna,
que le llegaba hasta las rodillas y que servía para apoyar las patas del animal
sin que las herraduras y los cascos le destrozaran los muslos. Se acercó a la
mula por el costado izquierdo, despacio, hablándole bajo, y le pasó la mano por
el cuello, por la paletilla, por el brazo, bajando poco a poco hacia la mano,
como quien no quiere la cosa.
La Pinta aguantó hasta la rodilla. En cuanto Primitivo
le tocó la caña, levantó la mano de golpe y la dejó caer como un mazo, a un
palmo de su pie.
—¡Arrea, qué genio! —dijo el tío Hilario—. Si en el
campo es mu mansa, te lo juro por éstas.
—En el campo no le levanta naide la pata, tío Hilario.
—Primitivo se enderezó y señaló la pared con la cabeza—. Ramón, tráite el
acial.
El chico lo descolgó y se lo dio al tío Hilario, que lo
cogió como quien coge una culebra. Primitivo le metió a la mula el lazo en el
belfo, le dio dos vueltas al palo y se lo pasó al dueño.
—Usté aguante. Ni más ni menos. Si se revuelve, una vuelta
más. Si se queda quieta, afloja usté un poquico, que no es una cuerda de pozo.
Con el acial puesto, la Pinta se quedó quieta, con los
ojos muy abiertos y las orejas echadas hacia atrás, respirando fuerte por la
nariz. Primitivo volvió a pasarle la mano por la pata, se la levantó doblándola
por la rodilla y se la sujetó entre los muslos, sobre el mandil, con el casco
hacia arriba. Así se herraban las manos, que es como se llaman en las
caballerías las patas de delante. Las de atrás, que se llaman pies, se herraban
de otra manera: el herrador se ponía de espaldas a la cabeza del animal, le
echaba la pata hacia atrás y se la apoyaba en el muslo doblado, como un
zapatero que se apoya la bota en la rodilla. Y en ésas era donde había que
tener más ojo, porque las coces de verdad salen de atrás.
Primero desherró. Con el rematador y el martillo fue
cortando, una por una, las puntas de los clavos viejos, que asomaban dobladas
por la pared del casco. Luego metió las tenazas entre la herradura y el casco,
por los talones, y tiró hacia la punta, poco a poco, con un movimiento de
palanca, hasta que la herradura salió entera, con los clavos todavía metidos en
ella, torcidos como dientes viejos. La tiró al montón de hierro de desecho que
había junto a la pila. Luego le hizo lo mismo a las otras tres patas.
Después vino la preparación del casco, que es la parte
que la gente no ve y que es la mitad del trabajo. En los meses que había pasado
desde el último herraje, el casco había crecido, igual que crecen las uñas de
las personas, y había que rebajarlo para devolverle su forma y su medida.
Primitivo limpió primero la palma, que es la parte de abajo del casco, la que
va por dentro de la herradura, con la legra, sacando la tierra, el estiércol y
las piedrecillas que se habían metido. Luego cogió el pujavante de su padre,
apoyó el mango contra el muslo y fue rebajando la pared del casco, que se llama
tapa, de un lado a otro, con golpes cortos y seguros de todo el cuerpo. Salían
virutas de casco, grises y curvas, como las del carpintero, y caían al suelo, y
los perros del vecino, que conocían el oficio, entraron corriendo por la puerta
del corral a llevárselas.
—Mira tú, Ramón —dijo Primitivo sin levantar la
cabeza—. Esta raya blanca que se ve aquí, por dentro de la tapa, alrededor, ¿la
ves?
—La veo.
—Esa es la línea blanca. Lo que está pa juera, la tapa,
es como la uña: no siente. Lo que está pa drento, ya es carne. Los clavos van
por la línea blanca y salen pa juera. Enjamás pa drento. Si te vas pa drento,
has clavao en vivo.
El chico miraba con la boca cerrada, que era como su
padre quería que mirara.
Luego Primitivo igualó el casco con la escofina,
dejándolo plano y parejo, y le rebajó un poco más por la parte de fuera, que
era la que la Pinta tenía más alta, para que pisara derecha. Después fue a la
fragua, escogió de la vara una herradura de mula de las medianas y la metió en
el carbón. Ramón tiró de la palanca del fuelle. El fuego se puso blanco y
empezó a zumbar como un enjambre.
Cuando la herradura estuvo roja, Primitivo la sacó con
las tenazas, la puso sobre el yunque y le dio cuatro o cinco golpes para
cerrarle un poco los callos, que es como se llaman las dos puntas de atrás de
la herradura. Luego volvió con ella a la mula, todavía humeante, y se la apoyó
contra el casco.
Salió un humo blanco y espeso, con un chisporroteo como
el del tocino en la sartén, y el corral entero se llenó de un olor que no se
parecía a ningún otro: olor a cuerno quemado, a pelo chamuscado, a uña. La mula
no se movió. El casco no siente, y la herradura caliente solo quemaba la tapa,
que es como quemar la punta de una uña. Pero en la marca que dejaba el hierro
sobre el casco se veía dónde casaba la herradura y dónde no, y eso era lo que
Primitivo buscaba. Por donde el casco quedaba negro, apoyaba; por donde no se
había quemado, había hueco.
—Aquí no apoya —dijo, y volvió a la fragua.
Tres veces la calentó, la retocó en el yunque y la
volvió a probar, hasta que la marca quedó negra y pareja por todo el contorno.
Entonces la metió en el cubo de agua, que bufó como un gato, y la herradura
salió fría y gris.
Luego clavó. Cogió los clavos de la caja, de los de
mula, que eran de cabeza cuadrada y caña fina y larga, y se los fue metiendo en
la boca, entre los labios, para tenerlos a mano, como hacen los zapateros con
las tachuelas. Puso la herradura sobre el casco, metió el primer clavo por el
agujero de la lumbre, que se llama clavera, y le dio tres golpes secos con el
martillo. El clavo entró por la línea blanca, siguió por dentro de la tapa y
asomó la punta por fuera, un dedo más arriba, por la pared del casco. Primitivo
la dobló enseguida con la boca partida del martillo, para que no se enganchara
en nada. Así fue metiendo los demás, tres por cada lado, alternando de un lado
al otro, para que la herradura no se torciera.
Cada golpe sonaba seco y limpio. El tío Hilario, que
tenía el acial en la mano y el alma en un hilo, los iba contando por lo bajo.
—¿Y cómo sabes tú que no te vas pa drento, Primitivo,
si no lo ves?
—Por el son. El clavo que va bien suena a madera. El
que se va pa lo vivo suena a sordo, y la bestia s'estremece. Y entonces, fuera,
y otra vez.
Al acabar, cortó las puntas de los clavos con el
rematador, a ras del casco, las remachó doblándolas contra la tapa a golpe de
martillo, y pasó la escofina por encima para que no quedara ninguna arista.
Luego soltó la pata de la mula, se enderezó con una mano en los riñones y le
dijo al tío Hilario que aflojara el acial.
Hizo lo mismo con las otras tres patas. En las de
atrás, la Pinta intentó dos veces soltarle una coz, y las dos veces Primitivo
se apartó a tiempo, sin prisa, como quien se aparta de una gotera. Cuando
acabó, eran casi las dos.
—Pasee usté la mula —dijo.
El tío Hilario la paseó por el corral. La Pinta andaba
derecha, apoyando los cuatro cascos por igual, y ya no cojeaba de la mano
izquierda. Tampoco tiraba del ramal. Parecía otra mula.
—¡Juasús! —dijo el tío Hilario—. Paice que l'han
cambiao el genio.
—No l'han cambiao el genio. L'han quitao el dolor. El
genio lo tié igual, eso no hay herrador que lo arregle.
El tío Hilario se rascó la cabeza por debajo de la
boina.
—¿Y qué te debo?
—Ná. Está usté igualao. Las herraúras nuevas, sí, que
ésas son del tío Evaristo. Eso me lo paga usté en dinero, cuando pueda.
—Cuando pueda —repitió el tío Hilario, que era lo que
decía siempre.
Aquella tarde, cuando Ramón fue a la cocina, Catalina
le hizo una cruz en la libreta al lado del nombre de la Pinta. Era la segunda
de aquel año.
III. El clavo en vivo
Una semana después, a primeros de octubre, llegó al
corral la tía Olaya con su burro. La tía Olaya era viuda desde la guerra, vivía
sola en una casa de la calle de la Iglesia y tenía un burro pardo, el Canelo,
con el que iba al monte a por leña, al molino con el costal y al huerto con los
cántaros. Era lo único que tenía en el mundo, además de la casa y de un gato.
Aquella mañana el Canelo venía cojeando de la mano derecha de tal manera que
casi no la apoyaba, y la tía Olaya venía detrás llorando.
—¡Primitivo, hijo, míramelo tú, que se me muere!
—De eso no se muere naide, tía Olaya. A ver.
—Lo herraron la semana pasá en la feria de Priego. Fui
a vender unos pollos, y como tú tenías tanta faena, dije: pus aprovecho y se lo
hierro allí mesmo, que había uno herrando en la plaza, uno de la villa. Y dende
que volvimos, no hay quien lo haga andar.
Primitivo no dijo nada del de la villa. No decía nunca
nada de los demás herradores. Pero se le endureció un poco la cara.
Le pidió a la tía Olaya que sujetara al Canelo por el ramal,
y como el burro era manso, no hizo falta acial, aunque Ramón lo tuvo preparado
en la mano por si acaso. Primitivo le levantó la mano derecha y se la puso
sobre el mandil. La herradura estaba bien puesta, en apariencia: nueva, bien
apretada, con sus seis clavos remachados. Pero el casco estaba caliente, más
caliente que los otros, y eso ya decía algo.
Entonces Primitivo cogió el martillo y, con la boca de
golpear, fue dándole un golpecito a la cabeza de cada clavo, uno detrás de
otro, suave, como quien llama a una puerta. Al primero, nada. Al segundo, nada.
Al tercero, el burro retiró la mano de golpe y soltó un rebuzno que se oyó en
la plaza.
—Aquí lo tiés —dijo Primitivo—. Clavo en vivo.
Se lo explicó a la tía Olaya, y de paso a Ramón, que no
perdía palabra. El de la villa, con las prisas de la feria, había metido aquel
clavo demasiado hacia dentro, y en vez de ir por la línea blanca y salir por la
tapa, había ido rozando la carne, o se había metido en ella. A veces el clavo
solo se arrimaba a lo vivo, sin llegar a pincharlo, y entonces el animal
cojeaba poco y se le pasaba en unos días; eso se llamaba un clavo halado. Pero
otras veces se metía en la carne, y entonces dolía como una espina clavada en
la uña de un dedo, y con los días se infectaba, y si no se sacaba a tiempo, el
pus subía por dentro del casco hasta la corona, que es donde el casco se junta
con el pelo, y reventaba por arriba. Y entonces ya era para meses.
—Ése le dio ciento en la herraúra y una en el burro
—dijo Primitivo, sin levantar la voz. Fue lo único que dijo del de la villa.
Desherró la mano del Canelo con mucho cuidado. Cuando
sacó el tercer clavo, la punta salió manchada de un líquido oscuro y
maloliente. Con la legra fue abriendo un poco el agujero por la palma, hasta
que salió todo el pus, negro y espeso, y el burro, en cuanto se vio aliviado,
dejó de temblar y se quedó quieto, con la cabeza baja, como si se hubiera
quedado dormido.
—Tráime el agua con sal —le dijo a Ramón—. Y la lata de
la pez.
Lavó el agujero con agua caliente y sal, y luego lo
rellenó con una bolita de estopa empapada en un ungüento que tenía en una lata
vieja de pimentón: pez negra derretida con sebo de carnero, a partes iguales,
que era lo que usaba su padre y lo que usaba él. La pez cerraba la herida para
que no entrara la suciedad, y el sebo la ablandaba. Encima le ató un trapo
limpio, envolviendo todo el casco, y le dijo a la tía Olaya que no le pusiera
herradura en esa mano hasta que él lo dijera, que no lo sacara al campo en una
semana, que lo tuviera en la cuadra con la cama de paja seca y que no le dejara
pisar ni agua sucia ni estiércol.
—¿Y si tengo que ir a por leña?
—Pus va usté con la espalda, como mi agüela. U le pide
usté el burro a la vecina.
Estaban en eso cuando asomó por la puerta del corral
don Gregorio, el meteminario. Así le llamaban en el pueblo al que curaba a los
animales con título, y él mismo había acabado por firmar así en las recetas, de
broma. Era un hombre alto y flaco, con gafas de alambre y una boina fina que
llevaba siempre un poco ladeada, como la llevaban los de la capital, y venía de
ver una gorrina de los Mayorales que no quería comer. Se paró en la puerta, se
quitó las gafas, las limpió con el pañuelo y se las volvió a poner.
—¿Qué tenemos aquí, Primitivo?
—Un clavo en vivo, don Gregorio. De la feria de Priego.
El meteminario se acercó, se agachó con las rodillas
crujiendo y miró el casco vendado del Canelo.
—¿Y qué le has puesto?
—Pez con sebo. Lo de siempre.
—Lo de siempre —repitió don Gregorio, con media
sonrisa—. En la Escuela de Madrid nos enseñaron a poner tintura de yodo.
—En la Escuela de Madrid no hierran burros, don
Gregorio.
—Eso es verdad. —El meteminario se enderezó—. Pero la
pez y el sebo, bien puestos, no hacen mal a nadie. Si en tres días no está
mejor, me llamas, que le pongo una inyección.
—Si en tres días no está mejor, le llamo. Y si está
mejor, no le llamo.
—Y no me pagas la visita.
—Y no le pago la visita.
Se rieron los dos. Era una pelea vieja, que venía de
años atrás y que ninguno de los dos quería ganar del todo. Don Gregorio tenía
los estudios y Primitivo tenía las manos, y en el pueblo cada uno sabía para
qué llamar a cada cual. Cuando un animal se ponía malo de la tripa, de los
pulmones o de fiebres, se llamaba al meteminario. Cuando cojeaba, se llamaba al
herrador. Y si el herrador decía que aquello no era de los cascos, se llamaba
al meteminario, y el meteminario, que no era tonto, no llevaba la contraria.
Antes de irse, la tía Olaya quiso pagar. Primitivo le
dijo que estaba igualada, que aquello entraba en la iguala. La mujer se fue
calle arriba con el Canelo del ramal, andando despacio, con el burro cojeando
detrás pero ya apoyando la mano, y Primitivo se quedó mirándolos desde la
puerta del corral.
—¿Y el de la villa? —le preguntó Ramón—. ¿No le va usté
a icir ná?
—¿Pa qué? Ya se lo irá icir el burro a tuico el que lo
vea cojear. Un herrador no tié más papeles que las patas de las bestias que
hierra, hijo. Y las patas hablan.
A los tres días el Canelo apoyaba la mano. A los diez,
Primitivo le puso una herradura nueva, con un clavo menos en ese lado, para no
volver a pasar por el sitio de la herida. La tía Olaya le llevó una docena de
huevos, envuelta en un paño. Primitivo le dijo que no hacía falta, y Catalina
los cogió.
IV. Tardes de corral
Por las tardes, el corral de Primitivo se llenaba de
gente que no iba a herrar.
Iban los que esperaban turno, claro, con sus mulas
atadas a las argollas de la pared o sujetas del ramal. Pero iban también los
que ya habían herrado y no tenían prisa por volver a casa, los que pasaban por
la calle y se asomaban a ver quién había, los mozos que salían del campo y se
paraban un rato antes de ir a la taberna, y algún chiquillo que se quedaba
mirando la fragua como si fuera la boca del infierno. Había un poyo de piedra a
lo largo de la pared de la cuadra, y en el poyo se sentaban los hombres, con la
boina calada y el cigarro en la boca, a hablar de todo lo que se habla en un
pueblo cuando no hay mujeres delante.
Se hablaba de la cosecha, que aquel año había sido
corta, y de la sementera, que iba a ser tarde si no llovía. Se hablaba del
precio de la cebada y del de las mulas en la feria, que subía cada año. Se
hablaba de los que se habían ido a Madrid, de lo que ganaban allí y de lo que
gastaban. Se hablaba de la mili, de la guerra y de las mozas, en ese orden o en
el contrario, según quién estuviera sentado en el poyo. Y mientras se hablaba,
Primitivo herraba sin decir nada, o diciendo solo lo justo, porque herrar y
hablar a la vez era, decía él, como rezar y silbar.
El más fijo de todos era el tío Saturio. Llegaba
después de la siesta, cuando el sol empezaba a entrar de lado por la puerta del
corral, y se sentaba siempre en el mismo sitio, en la punta del poyo más
cercana a la fragua, porque decía que a sus años el calor de la lumbre era lo
único que le calentaba los huesos. Tenía setenta y ocho años, un bastón de
olivo y una boina tan vieja que se le transparentaba. Había sido mulero de los
Mayorales durante cuarenta años, había arado con mulas todas las tierras del término
y había llevado a herrar al corral, primero al padre de Primitivo y luego a
Primitivo, más mulas que nadie en el pueblo. Ahora ya no tenía mulas ni tierras
que arar, y los hijos se le habían ido, uno a Madrid y otro a Valencia, y el
corral del herrador era lo más parecido que le quedaba a una cuadra.
—Aquí güele a oficio —decía—. En mi casa no güele a ná.
A veces, cuando el que había traído la mula era un mozo
sin mano, o un viejo con poca fuerza, el tío Saturio se levantaba, cogía el
acial y sujetaba él. Lo hacía mejor que nadie. Sabía apretar sin hacer daño y
aflojar sin que el animal se diera cuenta, y las mulas, con él al acial, se
quedaban quietas como si las hubiera hipnotizado.
—Esto es de saber —decía—. Qu'el acial no es pa hacele
daño a la bestia. Es pa que se le olvide que le están cogiendo la pata. El que
aprieta de más no sabe, y el que aprieta de menos, tampoco.
Una tarde de octubre, con el corral lleno, la
conversación fue a parar a las herraduras, como todo acababa parando allí tarde
o temprano. Se habló de las mulas, de los burros y de los caballos, y de la
herradura que llevaba cada uno. Porque cada animal tenía la suya, y Primitivo,
cuando le preguntaban, que era pocas veces, lo explicaba sin dejar de trabajar.
—El burro tié el casco chico, estrecho y alto, casi de
cabra. Tié mucho aguante y poco peso, y la herraúra es ligera y cerrada, con
cuatro u seis clavos. La mula tié el casco más largo que ancho, estrecho por
los talones, y lleva herraúra larga y fuerte, qu'es la que más trabaja y la que
más gasta. Y el caballo tié el casco redondo, grande como un plato, y lleva la
herraúra ancha, casi una rueda, con ocho clavos. Pero caballos, aquí, pocos. El
del señor secretario, el del médico, y alguna yegua de los que tien posibles.
—¿Y cuánto le dura a una mula la herraúra? —preguntó un
mozo.
—Según. Según trabaje y según ande. Una mula que ara en
la vega, en tierra blanda, con mes y medio u dos meses tié bastante. Una que va
por los caminos de piedra, al molino u al monte, en un mes s'ha comío la
lumbre. Y los burros de los leñeros, que suben al monte tuicos los días, los
tengo aquí cada tres semanas. El casco, además, crece. Aunque la herraúra no se
gaste, el casco crece por debajo, y si no se rebaja, el animal va cada vez más
alto, como una mujer con tacones.
—¡Como la hija del secretario! —dijo el mozo, y se
rieron todos.
En invierno, cuando llegaban las heladas, había que
cambiar las herraduras de las mulas que salían a los caminos y ponerles
ramplones: unos tacos de hierro que el tío Evaristo soldaba en los callos, por
detrás, para que el animal clavara en el hielo y no resbalara. Sin ramplones,
una mula cargada en una cuesta helada era una desgracia segura, y más de un
labrador había perdido la mula, y alguno la pierna, por no hacerle caso al
herrador.
A primeros de noviembre, una tarde que el corral estaba
más tranquilo, apareció el tío Evaristo en persona. Venía de la fragua de la
plaza con un saco al hombro, negro de hollín hasta las cejas, y lo dejó caer
sobre el poyo con un ruido de hierro que hizo saltar a las gallinas.
—Aquí tiés, Primitivo. Seis docenas: dos de mula, dos
de burro, una de las chicas pa los pollinos, y media de caballo y media con los
ramplones ya puestos, pa cuando hiele.
—Dios se lo pague, tío Evaristo.
—Dios no. Me lo pagas tú, que Dios no tié igualas.
Primitivo sacó las herraduras del saco y las fue
mirando una por una, a la luz de la puerta, dándoles la vuelta, pasándoles el
dedo por las claveras para ver si estaban bien abiertas, sopesándolas en la
mano. El tío Evaristo lo miraba con los brazos cruzados.
—Cualquiera diría que no te fías.
—Me fío. Pero miro.
—Pus mira, mira, que no vas a encontrar una mal hecha.
Y si la encuentras, te regalo la docena.
No encontró ninguna, y el tío Evaristo se fue tan
contento. Pero antes de irse se sentó un rato en el poyo, al lado del tío
Saturio, y los tres se pusieron a discutir, como todos los años, cuál de los
dos oficios era el más importante, si el del herrero o el del herrador. Era una
discusión vieja, que nadie había ganado nunca.
—Sin herraúra no hay herrador —decía el tío Evaristo.
—Y sin herrador, la herraúra es un pisapapeles —decía
Primitivo.
—¡Callaros los dos! —decía el tío Saturio—, que sin
mula no hay ni herraúra, ni herrador, ni herrero, ni pan pa ninguno. La que
importa es la mula. Y la mula no s'entera.
Aquella misma semana se asomó también Eusebio, el
albardero, que tenía el taller al fondo del corral de su casa, en la otra punta
del pueblo. No traía nada que herrar. Venía de paso, a por un rematador viejo
que Primitivo le había prometido para cortar clavos de las albardas, y se quedó
un rato en la puerta del cobertizo, mirando la fragua.
—¿Y qué tal el ataharre del año pasao? ¿Aguanta?
—Aguanta. Mejor que el burro.
—Pus entonces ya estamos en paz de la cuenta vieja.
—Eusebio sonrió—. La de las herraúras de las mulas de mi padre, que tu padre
decía que nunca le pagó.
—Esa mesma. Aunque, si hacemos cuentas, cuatro mulas
herraas treinta años son muchos ataharres.
—Pus no hagamos cuentas, que las cuentas viejas, como
icía el otro, huelen a muerto.
Primitivo se rio, que era cosa rara, y se dieron la
mano. Luego Eusebio se sentó un rato en el poyo con los demás. Ramón y el hijo
del albardero, que se llamaba Julián y tenía unos años más, se quedaron en la
puerta del corral hablando en voz baja. Julián le contaba cosas de Madrid que
había oído a los que volvían por las fiestas: que allí había tranvías, y cines,
y que se ganaba en una semana lo que en el pueblo en un mes. Ramón escuchaba
con la boca abierta.
Primitivo los miró desde la fragua y no dijo nada.
V. Los martes del
cerro
Los martes, Primitivo salía del pueblo.
A dos leguas, subiendo por el camino del monte, había
un pueblo pequeño, colgado en la ladera de un cerro, con cuarenta vecinos, una
iglesia sin torre y una fuente de un caño. No tenía herrador desde antes de la
guerra, cuando el último se había muerto sin dejar hijos, y desde entonces los
del cerro tenían que bajar con sus caballerías a herrar a la villa, que estaba
a tres leguas, o al pueblo de Primitivo. Hasta que un año, hablando en la
feria, el alcalde del cerro le propuso a Primitivo que subiera él un día fijo a
la semana, y que se igualaran con él los que quisieran. Se igualaron casi
todos.
Salía con el burro de casa, antes de que amaneciera,
con las alforjas cargadas: en una, las herramientas envueltas en un saco, el
mandil, la caja de los clavos y el acial; en la otra, dos docenas de herraduras
de varios tamaños, un yunque de mano, que era un trozo de hierro con forma de
yunque, del tamaño de un ladrillo, que se clavaba en un tocón o en el suelo, y
la comida que le preparaba Catalina: pan, un trozo de tocino, unas nueces y la
bota de vino. Tardaba casi dos horas en subir, y el burro, que conocía el
camino mejor que él, se paraba siempre en el mismo sitio, a mitad de la cuesta,
a beber en un charco que había junto a una encina, aunque no tuviera sed.
Arriba no había fragua. Por eso en el cerro se herraba
en frío.
El herraje en frío era más difícil, y Primitivo lo
sabía. En su corral, con la fragua, podía calentar la herradura, abrirla o
cerrarla a su gusto, probarla contra el casco y ver en la quemadura dónde
apoyaba y dónde no. En el cerro no. Allí había que escoger bien la herradura
entre las que llevaba, la que mejor casara con cada casco, y ajustarla a
martillazos, en frío, sobre el yunque de mano, poco a poco, porque el hierro
frío no se deja doblar como el caliente y, si se fuerza, se parte. Y luego, en
vez de ver la marca de la quemadura, había que mirar la herradura contra el
casco, a trasluz, y ver si pasaba luz por algún sitio, y rebajar el casco con
la escofina hasta que no pasara. Era un trabajo de ojo y de paciencia. Pero
Primitivo tenía las dos cosas.
Herraba en el corral de la tía Petronila, una viuda que
vivía a la entrada del pueblo, junto a la fuente, y que tenía un corral grande
con un tejadillo para el carro y un tocón de encina donde Primitivo clavaba el
yunque de mano. La tía Petronila no cobraba nada por el corral. Le bastaba con
que cada martes su casa se llenara de gente, de mulas y de conversación, y con
enterarse de lo que pasaba en el pueblo sin moverse de la silla. A mediodía le
ponía a Primitivo en la cocina un plato de gachas o de migas, y Primitivo le
dejaba, cuando se iba, un par de herraduras viejas para que las vendiera al
chatarrero.
Los del cerro iban llegando a lo largo de la mañana,
con sus mulas y sus burros, sin orden ni concierto, y cada uno le contaba a
Primitivo lo que le pasaba a su bestia mientras él herraba a la del anterior.
Uno tenía una mula que se tropezaba; otro, un burro que se le escurría en las
cuestas; otro, una yegua vieja que ya no quería andar. Primitivo lo escuchaba
todo, lo miraba todo, y no prometía nada.
En el cerro, un martes normal, herraba entre ocho y
diez caballerías, y alguna vez hasta doce, que era lo más que podía herrar un
hombre en un día, y más en frío. Una mula entera, con sus cuatro herraduras, le
llevaba casi una hora. Un burro, algo menos. Si solo había que echar una
herradura suelta o apretar unos clavos, un cuarto de hora. A las cinco, cuando
el sol empezaba a esconderse detrás del cerro, recogía las herramientas, las
envolvía en el saco, cargaba las alforjas y bajaba al pueblo con el burro,
andando delante de él, porque decía que el burro ya había trabajado bastante
con subirlo.
Aquel invierno le llevaron una mula que nadie había
podido arreglar.
Era del tío Bonifacio, el más rico del cerro, que tenía
seis mulas y se las cuidaba mejor que a sus hijos. Era una mula negra, grande,
de las que se compraban en la Mancha, y tenía los cascos de las manos
encastillados. Así llamaban los herradores a los cascos que se estrechaban por
los talones, como si se cerraran sobre sí mismos, igual que una mano que se va
cerrando en puño. Un casco encastillado apretaba la ranilla por los dos lados y
el animal andaba con dolor, cortito, como si pisara sobre brasas. El tío
Bonifacio la había llevado a herrar a la villa, al meteminario de la capital y
hasta a un herrador de Guadalajara que le habían recomendado, y ninguno le
había dado remedio. Uno le había dicho que la vendiera.
—¿Tú qué ices, Primitivo? —le preguntó, con la mula del
ramal al y los ojos tristes—. ¿La vendo?
Primitivo le cogió las dos manos a la mula, una detrás
de otra, y se las estuvo mirando un buen rato, sin decir nada, dándoles
vueltas, apretándolas por los talones con los dedos, mirándoles la ranilla.
Luego se enderezó.
—No la venda usté. Pero no me pida usté milagros,
qu'esto va pa largo.
Le explicó lo que había que hacer. Había que herrarla
con unas herraduras especiales, abiertas por los talones, que el tío Evaristo
le haría en la fragua grande de la plaza, con los callos separados y un poco
inclinados hacia fuera, para que cada vez que la mula apoyara el peso, la
herradura le fuera abriendo el casco poco a poco. Había que cambiárselas cada
tres semanas, un poco más abiertas cada vez. Y entre herraje y herraje, había
que tenerle los cascos húmedos, en un barrizal de la fuente, una hora por la
mañana y otra por la tarde, para que se ablandaran.
—¿Y cuánto tiempo?
—Un año. U más.
El tío Bonifacio se quedó un momento callado, mirando a
su mula.
—Pus hágase.
Tardó catorce meses. Al cabo de ellos, la mula negra
del tío Bonifacio andaba derecha, apoyaba los talones sin dolor y araba en la
vega como la que más. En el cerro se habló de aquello durante años, y desde
entonces, cuando alguien de la comarca tenía una bestia con los cascos malos,
decía: «Llévasela al de la calle del Horno, qu'ande ése no hierra naide». Y le
llegaban mulas y burros de tres y cuatro leguas a la redonda, algunos de
pueblos cuyo nombre Primitivo no había oído nunca.
No se hizo rico por eso. Un herrador no se hacía rico
nunca, porque cobraba lo mismo por una mula encastillada que por una sana. Pero
en la comarca empezaron a llamarle maestro, que es lo que se llamaba a los que
sabían de verdad, y Primitivo, cuando lo oía, se quitaba la boina y no decía
nada. Aquel nombre valía más que el dinero, y los dos lo sabían: el que lo
decía y el que lo oía.
VI. Las igualas
En agosto se cobraba.
Todo el año herraba Primitivo a cuenta, sin ver una
peseta más que la de las herraduras nuevas, y a veces ni ésa. Pero en agosto,
cuando el trigo estaba ya en las eras, trillado y aventado, en montones dorados
que brillaban al sol como si fueran de oro de verdad, salía con la libreta de
hule negro debajo del brazo y un celemín de madera, y recorría las eras una por
una, cobrando la iguala. Así se había hecho siempre, desde el tiempo de su
padre y desde el tiempo del padre de su padre, y así se hacía con el médico,
con el barbero y con el meteminario, que también iban por las eras en agosto,
cada uno con su libreta y su celemín, y que se cruzaban a veces en la misma era
y se saludaban con la boina como si fueran de la misma cofradía.
La iguala no se había escrito nunca en ninguna parte,
pero todo el mundo la sabía. Por cada mula, media fanega de trigo al año. Por
cada burro, tres celemines. Por cada caballo, una fanega, aunque caballos había
tan pocos que casi no contaban. Con eso el herrador tenía obligación de herrar
los animales de la casa todas las veces que hiciera falta, y de mirarlos cuando
cojearan, y de curarlos si era cosa de los cascos. Las herraduras nuevas se
pagaban aparte, en dinero, porque eran del tío Evaristo y no de Primitivo. Y lo
que no era de la iguala, como una mula encastillada o un caballo de un
forastero, se cobraba también aparte, según el trabajo.
Aquel agosto de 1953, Ramón, que tenía ya catorce años
y había crecido un palmo en uno, fue con su padre por primera vez a cobrar.
Llevaba él el celemín, que era una caja cuadrada de madera, con los cantos
reforzados con chapa y un asa de cuerda, y que había que llenar de trigo hasta
arriba y rasar con un palo. Primitivo llevaba la libreta y dos costales vacíos
colgados del hombro.
La primera era fue la de los Mayorales, que tenían
cuatro mulas y dos burros, y que pagaban siempre los primeros y siempre bien.
El mayor de los Mayorales, que era un hombre grande y callado, les vio llegar
desde lejos y dejó la horca clavada en la parva.
—Ya está aquí el herrador. ¿Cuánto es este año,
Primitivo?
—Lo mesmo que el año pasao. Dos fanegas y media por las
mulas y seis celemines por los burros.
—Pus llena, muchecho.
Ramón llenó el celemín en el montón, lo rasó con el
palo y lo vació en el costal que le sostenía su padre abierto por la boca. Y
otra vez. Y otra. Contaba en voz alta, y a cada celemín el mayor de los
Mayorales asentía con la cabeza. Cuando terminaron, había dos costales y medio
llenos, y el mayorazgo metió todavía la mano en el montón y echó un puñado más,
por encima.
—Pa'l chico, que ha trabajao.
Luego vinieron las demás. Había quien pagaba contento y
quien pagaba con la cara larga, quien quería pagar en cebada en vez de en
trigo, porque la cebada valía menos, y quien no estaba en la era cuando
llegaban y había que volver al día siguiente. En casi todas las eras les
ofrecían un trago de la bota y un trozo de pan con tocino, y Primitivo bebía un
trago y comía un bocado, porque no aceptar era de mala educación, y al final de
la mañana llevaba en el cuerpo más vino del que hubiera querido.
El tío Hilario, el de la Pinta, no estaba en su era.
Estaba su mujer, que les dijo que el tío Hilario se había ido al molino y que
volvieran otro día.
—¿Y cuándo vuelve?
—Cuando pueda —dijo la mujer, que era lo que decía
siempre su marido.
Primitivo no dijo nada. Hizo una raya en la libreta al
lado del nombre del tío Hilario y siguió andando. Aquel año el tío Hilario
tardó tres semanas en pagar, y pagó en cebada, y le faltó un celemín. Primitivo
tampoco dijo nada. En un pueblo, un celemín de cebada no es nada, pero es mucho
para el que se lo queda. Y el que se lo quedaba lo sabía.
La tía Olaya, la del Canelo, no tenía era porque no
tenía tierras. Pagaba su iguala de otra manera: en huevos, en una gallina por
Navidad y en remendarle a Catalina la ropa del invierno. Aquel año, además, se
presentó una tarde en el corral con una petición.
—Primitivo, hijo, ¿no tendrías por ahí una herraúra
vieja, de las que ya no sirven?
—Tengo un montón. ¿Pa qué la quiere usté?
—Pa la puerta. Pa clavala en la puerta de mi casa.
Qu'en esta vida una no sabe ya a qué santo encomendase, y la herraúra, icen,
trai suerte.
Era costumbre, y Primitivo lo sabía. En muchas casas
del pueblo había una herradura clavada en la puerta, o encima del dintel, o en
la pared de la cuadra. Se decía que traía suerte, que espantaba las desgracias
y los malos espíritus, y que había que ponerla con las puntas hacia arriba,
como una taza, para que la suerte se quedara dentro y no se saliera. Otros
decían que había que ponerla al revés, con las puntas hacia abajo, para que la
suerte cayera sobre la casa. Y otros, que daba igual cómo se pusiera, con tal
de que fuera una herradura que se hubiera encontrado en el camino, y no una
comprada. Primitivo no creía en nada de aquello, pero tampoco lo decía, por si
acaso.
Escogió del montón de hierro viejo una herradura de
mula, gastada por la lumbre pero entera, con los agujeros limpios, y se la dio
a la tía Olaya.
—Esta es de la Pinta del tío Hilario. Si le trai la
mesma suerte que al tío Hilario, que no paga, usté no pagará tampoco.
La tía Olaya se rio y se fue con la herradura envuelta
en el delantal. Al día siguiente estaba clavada en su puerta, con las puntas
hacia arriba y tres clavos oxidados, y allí siguió durante muchos años, hasta
mucho después de que la tía Olaya se muriera y la casa se quedara vacía.
Aquel mismo verano, Ramón se encontró una herradura en
el camino del molino. Era una herradura de burro, pequeña, oxidada, con dos
clavos todavía torcidos en los agujeros. La cogió, la limpió con arena en la
pila del corral y la guardó debajo de su cama, en una caja de lata. No se la
enseñó a nadie. Pero su madre la encontró un día, barriendo, y la volvió a
dejar en su sitio sin decir nada, que es como hacen las madres con las cosas de
los hijos que no entienden del todo.
Por la noche, cuando ya estaba todo el trigo en la
cámara, Primitivo y Catalina se sentaron en la cocina, a la luz del candil, a
echar las cuentas del año. Catalina las echaba y Primitivo las escuchaba.
Tantas fanegas de trigo, tantas de cebada, tantos huevos, tantas herraduras que
pagar al tío Evaristo, tanto de carbón, tanto de clavos. Al final, Catalina
dejó el lápiz sobre la libreta.
—Pa vivir, da. Pa más, no.
—Pus con que dé pa vivir, ya es bastante.
—Ya. —Catalina miró hacia la escalera, por donde se
había subido Ramón a acostarse—. Pa vivir tres, da. ¿Y pa cuando el chico se
case?
Primitivo no contestó. Apagó el candil.
VII. La cena
Pasaron los años, y el corral del herrador fue
cambiando sin que nadie se diera cuenta, como cambian las cosas que se miran
todos los días.
Primero fueron los de Madrid. Todos los veranos, por
las fiestas de agosto, volvían al pueblo los que se habían ido, y cada año eran
más los que volvían y menos los que se quedaban. Venían en el coche de línea,
con maletas de cartón, trajes de ciudad y zapatos que brillaban, y en cuanto
dejaban la maleta en casa de sus padres se iban al corral del herrador, porque
allí estaban siempre los hombres del pueblo, y allí se podía contar. Contaban
que en Madrid ya no se veían carros de mulas, que todo eran camiones y
camionetas, que el Ayuntamiento no quería caballerías en las calles del centro
porque estorbaban, y que los traperos y los lecheros, que eran los últimos que
tenían mulas, estaban vendiéndolas para comprarse motocarros.
—Allí la mula no le sirve a naide, Primitivo —le decía
uno de ellos, el hijo del tío Tránsito, que era portero en una casa de la calle
de Toledo—. Dentro de diez años no vas a tener aquí ni una pata que herrar.
—Diez años es mucho tiempo —contestaba Primitivo.
—Pa ti, que eres de aquí. Pa mí, que soy de Madrid, es
un suspiro.
Luego fue el tractor. El primero llegó a la comarca en
el otoño del cincuenta y tres, a un pueblo de la vega: un tractor alemán,
verde, de un solo cilindro, que se arrancaba con un soplete y hacía un ruido
que se oía desde lejos. Lo compraron los Largos, dos hermanos del pueblo de la
vega que vendieron uno de sus dos mulos castaños para pagarlo. Los chicos
corrían detrás de él. Las mulas que se lo encontraban por el camino se
espantaban. Primitivo lo vio pasar una tarde por la carretera, desde la puerta
de su corral, y se quedó mirándolo hasta que se perdió en la curva de la
chopera, con el pujavante en la mano.
—Ése no necesita herraúras —dijo el tío Saturio, que
estaba en el poyo.
—Ése necesita otras cosas —dijo Primitivo—. Ya lo verá
usté.
Después del primero vino otro, y después otros tres, y
después, a finales de los cincuenta, los hubo en casi todos los pueblos. Y en
la libreta de hule negro de la parroquia, cada año, había menos nombres. No se
tachaba ninguno. Sencillamente, al año siguiente, al copiar la lista en una
hoja nueva, Catalina no escribía el nombre de la mula que se había vendido en
la feria, o que se había muerto de vieja y no había tenido sustituta. Y la
lista se iba acortando, año tras año, como se acorta una vela.
En el otoño de 1960, Ramón volvió de la mili. La había
hecho en Zaragoza, en un regimiento de artillería, y había vuelto más alto, más
ancho de hombros, con el pelo cortado a cepillo y una manera de hablar que ya
no era del todo la del pueblo. En el cuartel había aprendido a conducir
camiones. Los primeros días estuvo en el corral ayudando a su padre, como
antes, tirando del fuelle, sujetando las mulas, y lo hacía bien, mejor que
antes, porque ahora tenía fuerza en los brazos. Pero Primitivo veía que miraba
hacia la puerta del corral cada vez que pasaba un camión por la carretera.
Fue una noche de noviembre, después de cenar. Hacía
frío, y en la cocina la lumbre estaba alta, y la bombilla que colgaba del techo
daba una luz amarillenta sobre la mesa. Catalina había hecho gachas, y habían
cenado los tres de la misma sartén, con una cuchara cada uno, como se cenaba
entonces en todas las casas. Cuando Catalina se levantó a fregar, Ramón dejó la
cuchara sobre la mesa.
—Padre, tengo que icile una cosa.
Primitivo no dijo nada. Se quedó mirando la lumbre.
—El Julián, el hijo del albardero, que está en Madrid
de encargao en una obra, m'ha escrito. Dice qu'en la fábrica de camiones de
Barajas cogen gente, que pagan bien, y que como yo sé conducir camiones de la
mili, me pué meter de conductor de pruebas, que es lo mejor pagao. Que si voy
en enero, hay sitio.
Catalina había dejado de fregar. Estaba de espaldas,
con las manos metidas en la palangana, sin moverlas.
—¿Y tú quiés dir? —preguntó Primitivo.
—Quiero dir.
El viento sacudía la puerta del corral, y se oía
golpear la tranca contra el marco, como si alguien llamara.
—Yo no quiero ser herrador, padre. —Ramón habló
despacio, como si lo tuviera aprendido—. Sé herrar. Usté lo sabe. Pero no
quiero. No quiero pasame la vida en este corral esperando a que venga una mula,
cuando cada año vienen menos. Tuicos lo icen. Lo ice el hijo del tío Tránsito,
lo ice el Julián, lo ice el tío Saturio. Usté mesmo lo sabe mejor que naide. La
libreta tenía tres hojas cuando yo era chico. Agora tié una.
Primitivo estuvo mucho rato callado. Luego se miró las
manos, que tenía abiertas sobre la mesa, con las palmas hacia arriba. Estaban
llenas de cortes viejos, de quemaduras de herradura caliente, de durezas en los
sitios exactos donde se apoyaban el martillo y las tenazas. En la palma de la
derecha tenía un callo redondo y duro en el mismo sitio donde el mango del
pujavante tenía la hendidura.
—Mi padre tamién quería que yo juera herrador —dijo por
fin—. Y yo lo jui. No porque quisiera, sino porque era lo que había. Y no me ha
ido mal. Pero lo que había pa mí no es lo que hay pa ti. Eso lo veo yo tamién.
No soy tan tonto.
Se levantó, cogió la linterna que tenía colgada detrás
de la puerta y salió al corral. Ramón y Catalina oyeron sus pasos por el
empedrado, la puerta del cobertizo, un ruido de hierros, y otra vez los pasos.
Cuando volvió a la cocina, traía en la mano el pujavante de su padre.
Lo dejó encima de la mesa, junto a la sartén.
—Esto no te va a hacer falta pa conducir camiones
—dijo—. Pero te lo llevas. Pa que cuando allí te digan que los del pueblo no
sabemos hacer ná, que te lo van a icir, sepas lo que es trabajar con las manos.
Y pa que sepas que tu agüelo y tu padre, con esto, dieron de comer a una casa
durante sesenta años.
Ramón pasó los dedos por el mango, por la hendidura que
había hecho el muslo de su abuelo y había seguido haciendo el de su padre.
—Y si te vas, vete bien —dijo Primitivo—. Y no me
vuelvas iciendo que allí no se come.
Catalina no dijo nada en toda la noche. Pero a la
mañana siguiente, antes de que se levantaran los hombres, sacó del arca la
maleta de cartón que se había traído Ramón de la mili, la limpió con un trapo
mojado y la dejó encima de su cama, abierta.
Ramón se fue a primeros de enero, en el coche de línea
de las seis. Llevaba la maleta, el pujavante envuelto en una manta y, en el
bolsillo de la chaqueta, sin que nadie lo supiera, la herradura de burro que
había encontrado en el camino del molino cuando tenía catorce años. Primitivo
no bajó a la plaza a despedirlo. Se quedó en el corral, junto a la fragua fría,
y cuando oyó el motor del coche subir la cuesta de la carretera, cogió la
escofina y se puso a limar una herradura que no hacía falta limar.
En la pared del cobertizo, entre el martillo y las
tenazas, había un clavo vacío.
VIII. El pito del
motocarro
Un viernes de mediados de noviembre de 1968, a media
mañana, Primitivo estaba sentado en el poyo del corral sin nada que hacer. En
toda la mañana no le había llegado ninguna bestia. La fragua estaba apagada
desde el martes, y el martillo, colgado en su clavo. Tenía sesenta y un años, y
desde hacía algún tiempo le pasaban muchas mañanas así.
Entonces oyó el pito. Venía de la calle de abajo,
ronco, de pera de goma, como el graznido de un ganso resfriado.
¡Mo-mo! ¡Mo-mo!
Y detrás, el traqueteo de un motor, y una voz de hombre
que se oía hasta en las eras:
—¡Garbancerooo! ¡El garbanceroooo!
Primitivo se levantó y se asomó a la puerta del corral.
Por la calle del Horno subía despacio, casi al paso de una persona, un
motocarro de tres ruedas, pintado de azul y desconchado por los bordes de la
caja, con unos sacos blancos bien arrimados a la cabina. Al manillar iba el
garbancero, un hombre de unos cuarenta y tantos años, con una boina negra,
echado hacia delante como si así ayudara al motor en la cuesta. Detrás del
motocarro corrían los chiquillos de la calle, gritando también e imitando el
pito con la boca, y los más atrevidos se agarraban a la trasera de la caja y se
dejaban llevar unos metros, con los pies arrastrando, hasta que el garbancero
les echaba una voz.
En las puertas se iban asomando las mujeres. Todas
sabían adónde iba a parar: a casa de la tía Eufrasia, en la misma calle del
Horno, un poco más arriba que la de Primitivo, que tenía un portal grande,
empedrado, con un portón de dos hojas por el que cabía un carro. Allí ponía el
garbancero la venta cada quince días, desde noviembre hasta la Nochebuena, y
allí iban las vecinas con sus tazones, sus jarrillas y sus cazuelas llenos de
garbanzos crudos, a cambiarlos por tostados, colmo por rasero.
Primitivo se quedó mirando el motocarro hasta que llegó
a la casa de la tía Eufrasia, que ya lo esperaba en el umbral con las dos hojas
del portón abiertas de par en par, y el garbancero lo metió de culo en el
portal, hasta la mitad. No miraba al hombre. Miraba el motocarro. Las ruedas de
goma, gastadas por un lado. El humo azul que echaba el motor, que olía a aceite
quemado. La caja, que en otro tiempo habría sido un par de serones sobre el
lomo de un animal. Pensó que aquel cacharro no comía paja ni pedía herrero. Ni
herrador.
Catalina salió de la cocina con un tazón de loza lleno
de garbanzos hasta formar un colmo, y el delantal puesto.
—¿No vas tú? —le preguntó a su marido.
—¿Yo? ¿Pa qué? Eso es cosa de mujeres. Y de chicos.
—Y de viejos que no tien ná que hacer —dijo Catalina—.
Pero tú quédate aquí, por si viene alguna mula.
Lo dijo sin mala intención, y Primitivo lo entendió
así. Pero ninguno de los dos se rio.
Catalina tardó más de dos horas en volver. Cuando
volvió, traía el tazón de tostados rasado, blanco de yeso, y ganas de contar.
Se sentó en el poyo, al lado de su marido, y le fue contando todo lo que se
había dicho en el portal de la tía Eufrasia: que la tía Sebastiana había
llegado la primera, como siempre, y había protestado porque ella llevaba el
tazón colmado y el garbancero se lo devolvía rasico; que el chiquillo de la
Luisa, la de la tienda, había llevado un tazón tan grande como un pilón con los
garbanzos por la mitad, y que el garbancero se había dado cuenta, pero le había
echado un puñado en el bolsillo de la chaqueta; que la tía Tomasa había llevado
un puchero de boca estrecha y que al volcarlo habían salido unas chinas del
fondo; que la mujer del maestro, la que había venido de Cuenca aquel otoño,
había pagado un cuartillo con un duro, y que las mujeres no habían abierto la
boca hasta que dobló la esquina.
—¿Y el tío Celedonio? —preguntó Primitivo—. Ése no se
pierde una.
—Allí estaba, junto a la lumbre, con la garrota. Y ha
dicho una cosa que nos ha dejao a tuicas calladas.
—¿Qué ha dicho?
—Que tuicos se van. Que dentro de veinte años aquí no
queda naide pa comprale garbanzos a ese hombre.
Primitivo estuvo un rato callado, mirando la fragua
apagada.
—Veinte años —dijo por fin—. Pa que yo no tenga una
mula que herrar no hace falta esperar tanto.
Catalina le puso el tazón de tostados en las rodillas.
Primitivo cogió uno, lo sopló para quitarle el yeso y se lo metió en la boca.
Crujía, se deshacía sin romper las muelas y sabía a pan. Se comió otro, y otro,
despacio, mirando la puerta del corral, por donde ya no entraba nadie.
Aquel invierno el motocarro azul volvió cada quince
días, siempre en viernes, hasta la Nochebuena. Y cada quince días, al oír el
pito en la calle de abajo, Primitivo se levantaba del poyo y se asomaba a la
puerta del corral a verlo pasar. No sabía muy bien por qué lo hacía. Catalina
sí lo sabía, pero no se lo dijo.
IX. Lo que vino
después
Los tractores llegaron como habían dicho los de Madrid:
primero uno, luego tres, luego todos. A mediados de los sesenta ya no quedaba
en la vega una pareja de mulas arando, y en las eras las trilladoras habían
sustituido a los trillos, y las cosechadoras, al poco tiempo, a las trilladoras
y a las eras. Las mulas se fueron vendiendo en las ferias, a tratantes que se
las llevaban a Andalucía o al matadero, y las cuadras se fueron quedando
vacías. Los burros aguantaron algo más, porque eran de los pobres, y los pobres
tardaron más en comprarse un motocarro. Pero también se fueron. Y con las mulas
y los burros se fueron también los mozos, a Madrid, a Valencia, a Barcelona, a
las fábricas, y se llevaron consigo las igualas, y las tardes en el corral, y
las conversaciones del poyo. Nadie tuvo que decidir nada. Las cosas pasaron
solas, como pasa el agua por debajo de un puente.
El tío Evaristo, el herrero, cerró la fragua grande de
la plaza en el sesenta y tres. Se había quedado sin rejas de arado que hacer,
porque los tractores traían sus propios arados de fábrica, y sin herraduras que
forjar, porque Primitivo ya no le pedía más que una docena de cuando en cuando.
Vendió el yunque grande a un chatarrero de Cuenca, que se lo llevó en una
camioneta, y se sentó a la puerta de la bodega, al sol, a ver pasar los
tractores. Desde entonces, las pocas herraduras que Primitivo necesitaba tenía
que encargarlas a la capital, por medio del ordinario. Venían de fábrica, en
cajas de cartón, todas iguales, lisas y relucientes, con las claveras abiertas
a máquina, y Primitivo las miraba con desconfianza.
—Paicen de juguete —decía—. Tuicas iguales, como los
botones de una chaqueta. Y los cascos no son tuicos iguales.
El tío Saturio había muerto en el invierno del sesenta
y dos, en su cama, con la boina puesta, antes de ver cómo se vaciaba del todo
el corral. Al entierro fue todo el pueblo. Primitivo fue con la ropa de los
domingos y, en el bolsillo de la chaqueta, un acial viejo, uno de los primeros
que había tenido su padre, con el lazo de cuerda ya podrido. Lo metió en la
caja, junto a las manos del muerto, sin que nadie lo viera. Pensó que en el
otro mundo también habría mulas, y que alguien tendría que sujetarlas.
Primitivo siguió herrando hasta 1970. Los últimos años
ya casi no tenía parroquia. Herraba a los cuatro burros que quedaban en el
pueblo, que eran de viejos que no tenían con quién ir al huerto; a alguna yegua
de un señorito de la capital, que la tenía en el pueblo para montarla los
domingos de verano; y a algún mulo viejo que su dueño se negaba a vender por
cariño, aunque ya no le sirviera para nada. En la libreta de hule negro, la
última hoja tenía siete nombres.
Los martes ya no subía al cerro. El cerro se había
quedado con doce vecinos, todos viejos, y ninguno tenía caballerías. La tía
Petronila se había ido a Valencia con una hija. La casa de la fuente estaba
cerrada, y en el corral, bajo el tejadillo del carro, el tocón de encina donde
Primitivo clavaba el yunque de mano seguía allí, con el agujero en el centro,
lleno de agua de lluvia.
Un viernes de diciembre de 1971, con un frío de los que
hielan el agua de los botijos, Primitivo oyó otra vez el pito en la calle de
abajo. Estaba sentado a la puerta de la calle, al sol, porque ya no herraba. Se
asomaron tres mujeres. Ningún chiquillo corrió detrás del motocarro. La venta
ya no se ponía en casa de la tía Eufrasia, que se había roto la cadera en una
helada y se la había llevado la hija a Madrid, sino en la puerta de la tía
Sebastiana, que era estrecha y daba a la cocina, y donde las mujeres cambiaban
deprisa y se iban.
Catalina fue con su tazón y volvió enseguida. Se sentó
al lado de su marido, en el poyo de la puerta, con los tostados en el regazo.
—Ha dicho el garbancero que ya no vié más —dijo—. Se lo
ha dicho a la Sabastiana, delante de mí. Ni la otra quincena ni denguna. Que ya
no hay pa quién.
Primitivo se quedó un momento callado.
—Pus ya semos dos.
Aquella tarde no se oyó el pito del motocarro al
marcharse.
Catalina murió en 1976. Primitivo la sobrevivió ocho
años, solo, en la casa de la calle del Horno, cuidado por una sobrina que vivía
en la calle de al lado. Ramón iba a verlo por las fiestas de agosto y por
Navidad, primero solo, luego con su mujer, que era de Toledo, y luego con sus
dos hijos, que habían nacido en Madrid, hablaban como en Madrid y no habían
visto una mula de cerca más que en los libros de la escuela. Ramón no había
sido conductor de pruebas mucho tiempo. Había subido a jefe de taller, y luego
a encargado de nave, y había montado con sus manos más camiones de los que
había visto su padre en toda su vida. Pero la primera tarde de cada visita,
antes de ir a la taberna, entraba en el corral de su padre, se sentaba en el
poyo, donde se había sentado el tío Saturio, y se quedaba un rato mirando la
fragua apagada.
Los últimos años, Primitivo ya no entraba en el corral.
Se sentaba a la puerta de la calle, al sol, con la boina calada, y cuando
pasaba un tractor levantaba la cabeza y se quedaba mirándolo hasta que doblaba
la esquina, sin decir nada. Alguna vez, cuando pasaba un mozo del pueblo y le
decía, por decir algo, lo de una en el clavo y ciento en la herradura,
Primitivo contestaba igual que siempre:
—Yo las cien en el clavo.
Pero ya no añadía lo del herrero, porque ya no había
herrero.
Murió en el invierno de 1984, en su cama. Cuando Ramón
vino a cerrar la casa, abrió el corral por última vez una mañana de febrero,
con escarcha en el empedrado. Estaba todo como su padre lo había dejado: la
fragua pequeña bajo el cobertizo, con las cenizas frías; el fuelle de piel de
cabra, reseco y agrietado; el yunque chico sobre el tajo de encina; las
herramientas colgadas cada una en su clavo, el martillo, las tenazas, el
rematador, la legra, la escofina, y el acial, con el lazo de cuerda todavía retorcido.
En las varas de hierro del cobertizo quedaban tres herraduras de mula y cinco
de burro, oxidadas, que no iban a clavarse ya en ningún casco. Y entre el
martillo y las tenazas, el clavo vacío del pujavante, que ahora estaba colgado
en la pared de un piso de Madrid, en el pasillo, y que sus hijos, cuando eran
pequeños, habían confundido muchas veces con una pala de jardín.
En la cocina, colgada del mismo clavo de siempre,
estaba la libreta de hule negro.
Ramón la abrió sentado en el poyo del corral. La
primera hoja tenía la letra de su abuelo, grande y torcida, y las demás la de
su madre, pequeña y derecha. Eran cientos de nombres, miles. Nombres de vecinos
y nombres de mulas: la Pinta del tío Hilario, el Canelo de la tía Olaya, las
cuatro mulas de los Mayorales, la mula negra del tío Bonifacio, la del cerro,
que parecía que no tenía remedio y lo tuvo. Y al lado de cada nombre, las
cruces, año tras año, una por cada herraje, en filas que se iban acortando conforme
pasaban las hojas. Los animales se habían muerto hacía años. Los amos, casi
todos, también. Pero en la libreta seguían teniendo sus cruces.
La última hoja escrita tenía siete nombres. La
siguiente estaba en blanco.
Ramón se llevó la libreta a Madrid. Lo demás lo dejó
donde estaba. Pero antes de cerrar la puerta de la calle, buscó en el montón de
hierro viejo del corral una herradura de mula, gastada por la lumbre pero
entera, y la clavó en la puerta con tres clavos, con las puntas hacia arriba,
como la de la tía Olaya. No sabía si traía suerte o no. Pero sabía que su padre
no creía en esas cosas, y que tampoco lo decía, por si acaso.
En el pueblo, cuando alguien lo cuenta, todavía hay
algún viejo que dice aquello de una en el clavo y ciento en la herradura. Pero
ya casi nadie sabe de dónde viene el refrán. Ni qué era un herrador. Ni que
hubo un tiempo en que, cada mañana, antes de que se oyeran las campanas, en el
corral del final de la calle del Horno se oía el golpe del martillo, seco y
limpio, como de madera, que era como sonaba el clavo cuando iba bien.
fin

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