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EL HOJALATERO

 


EL HOJALATERO

Los pueblos de este relato no tienen nombre. Podrían ser cualquiera de los que se asoman a los valles de la Alcarria, con su torre, su fuente y sus eras. Los personajes son inventados. El oficio, no.

I. La víspera

La víspera de San Clemente de 1950, Felipe Recuenco sacó el carrillo del portal al corral y lo fue cargando a la luz de un farol que él mismo había hecho veinte años atrás, cuando todavía tenía que pensar las cosas antes de hacerlas. Era un carro pequeño, de dos ruedas y varas cortas, pintado de verde en otro tiempo, con unas tablas por costado y un toldo de arpillera que se armaba sobre tres arcos de mimbre. Lo había comprado de segunda mano a un quincallero de la sierra que se retiraba, y en los diez años que llevaba con él le había cambiado las ruedas, el eje y la mitad de las tablas, de modo que ya no se sabía cuánto quedaba del carro del quincallero y cuánto era suyo.

Primero colocó la caja de las herramientas, en el fondo y bien calzada, porque era lo que más pesaba y lo que no podía faltar: dos soldadores de punta de cobre con el mango de madera ennegrecido; el anafre de barro, envuelto en un saco para que no se cascara; un talego de carbón de encina; cuatro barras de estaño; una lata con resina; la botella del espíritu de sal, tapada con un corcho y metida en un calcetín de lana; las tijeras de chapa, la grande y la de recortar; dos martillos, uno de peña y otro de bola; la bigornia, que era como un yunque de juguete con dos cuernos; un compás de hierro, un punzón, una lima y un metro plegable de madera de los que usaban los albañiles. En un estuche de cuero, aparte, iba el diamante de cortar cristal, que le había costado lo que no está escrito en una vidriería de la capital, y que no dejaba tocar a nadie.

Luego vino lo que se vendía. Eso no se colocaba: se colgaba. De los arcos del toldo y de unas escarpias clavadas en las tablas fue colgando, con alambre, embudos de todos los tamaños, cazos, coladores, alcuzas, candiles de garabato, un par de faroles de cuadra, regaderas, ralladores, medidas de aceite de libra y de media libra, moldes de magdalenas, una chocolatera, cubos y hasta un barreño de cinc que llevaba dos otoños sin encontrar dueño. Cuando terminó, el carro parecía un árbol de Navidad de los que salían en las revistas, y al menor movimiento sonaba entero, cada pieza con su nota.

Engracia lo miraba desde la puerta de la cocina, con el mandil puesto y los brazos cruzados por el frío.

—Vas más cargao qu'el año pasao —dijo.

—El año pasao me quedé corto de embudos.

—Y este te sobrarán. Siempre es asín.

—Pus si sobran, se güelven.

Llevaban dieciséis años casados. No habían tenido hijos. Al principio los habían esperado, luego los habían pedido, primero al médico y después a la Virgen de la ermita, y al final, sin que ninguno de los dos lo dijera nunca en voz alta, habían dejado de esperarlos. En el pueblo había quien lo comentaba y quien no. A Felipe le quedaban cuarenta y cuatro años bien cumplidos, las manos llenas de quemaduras pequeñas y una costumbre de hablar poco que Engracia había aprendido a leer como otros leen el tiempo en las nubes.

Lo último que metió en el carro fue la libreta. Era de tapas de hule negro, con las hojas cuadriculadas, y la llevaba siempre en el bolsillo de dentro de la chaqueta, con un lápiz de carpintero atado con un cordel. En ella apuntaba los encargos: lo que no se podía hacer en la plaza de un pueblo y había que hacer en el taller, y lo que había que medir para volver con ello. Felipe escribía despacio, con letras grandes y torcidas, y con una ortografía que era solo suya; pero nunca en su vida se le había olvidado un encargo, y eso era lo que importaba.

—¿Cuántos días? —preguntó Engracia.

—Cinco pueblos. Seis, si el tiempo deja. Ocho u diez días.

—Y luego, al cuartucho.

—Y luego, al cuartucho.

Ella asintió. Sabía lo que venía después: semanas enteras oyendo el martillo desde la cocina, el olor del estaño y del carbón metido en la ropa, y a Felipe saliendo del cuartucho a la hora de cenar con los ojos colorados y sin ganas de hablar. Era la parte del oficio que no veía nadie más que ella.

—Cudiao con el Perdigón en las cuestas de yeso —dijo—. Qu'está viejo.

—Está como yo.

—Por eso lo igo.

II. El pueblo del lavadero

Salió antes del alba, con el burro enganchado al carro y él andando al lado, cogido del ramal, porque el Perdigón no admitía otro gobierno. Hacía un frío limpio, de cielo raso, y la escarcha blanqueaba los barbechos. El carro iba sonando a cada bache como una procesión de cencerros, y en el silencio de la madrugada se le oía desde muy lejos. Felipe lo sabía y no le importaba: aquel ruido era medio pregón, y lo ahorraba de voz.

El primer pueblo estaba en una hondonada, al pie de un cerro de olivos, y tenía a la entrada un lavadero cubierto donde las mujeres lavaban la ropa en el agua helada del arroyo, de rodillas sobre unas tablas. Por eso lo llamaban el pueblo del lavadero los de fuera. Cuando Felipe llegó, a media mañana, ya había seis o siete lavando, y todas levantaron la cabeza al oír el carro. Él paró el burro en la plaza, junto a la iglesia, se puso las manos alrededor de la boca y echó el pregón, que era el de su padre y el de su abuelo, con alguna palabra cambiada por el camino:

—¡El hojalateroooo! ¡Se echan culos a los cazos y a los peroles! ¡Se sueldan cántaras y zafras! ¡Se componen candiles y faroles! ¡Se ponen cristales! ¡Hojalateroooo!

Y luego, como hacía siempre, cogió un cazo del carro y le dio tres golpes con el mango del martillo, porque su padre decía que la voz se la lleva el viento pero el golpe de la lata se mete en las cocinas.

No tardaron en salir. Las primeras fueron las del lavadero, con las manos coloradas y el pañuelo en la cabeza, y detrás de ellas, de las casas, las demás, cada una con lo suyo debajo del brazo o colgado de la mano. Felipe desenganchó el burro, le puso el morral con un puñado de cebada y armó el taller en la plaza en menos de lo que se reza un credo: el anafre en el suelo, al abrigo de una rueda; el carbón encendido con un puñado de paja; los soldadores metidos en las brasas, y la bigornia clavada en el hueco de un madero que llevaba para eso.

La primera en llegar fue una mujer gruesa que traía una zafra de las de guardar aceite, de las grandes, envuelta en un saco.

—Se sale por abajo —dijo—. Dende San Miguel. Y l'aceite está mu caro pa dáselo a la tierra.

Felipe la volcó, la miró a contraluz, pasó el dedo por la costura del fondo y se lo llevó a la nariz.

—Está vacía.

—Na más faltaba. La vacié en una tinaja pa traela.

—Pus entonces tiene arreglo. Si estuviá llena, no.

Limpió la costura con la lima hasta sacarle brillo, la mojó con el espíritu de sal, que chisporroteó y echó un humillo agrio que hizo toser a las más cercanas, sacó el soldador de las brasas, lo frotó contra la resina y luego contra la barra de estaño, y fue pasando la punta por la costura, despacio, dejando detrás una línea de plata que se ponía mate al enfriarse. Luego le echó agua dentro, la volcó, la sacudió y la dejó un rato de pie sobre una losa seca. No salió ni gota.

—¿Y cuánto le debo?

—Una peseta.

—¿Una peseta por un rato?

—Por un rato, y por l'aceite que no se le va a perder dende agora hastia que se muera usté.

La mujer pagó con dos monedas de cincuenta céntimos, sin rechistar, y se llevó la zafra abrazada como si fuera un niño.

Después vinieron los cazos. En aquellas casas no había cacerolas, y lo que se llamaba cazo era lo mismo para calentar la leche que para freír dos huevos o para sacar agua del cántaro. De tanto ir y venir de la lumbre, a los cazos se les quemaba el culo antes que nada, y ahí estaba el oficio: cortar el fondo viejo con la tijera, trazar con el compás en una chapa nueva un círculo algo mayor, cortarlo, doblarle una pestaña con el martillo sobre la bigornia, golpe a golpe, girando el círculo con la otra mano, encajarlo en la boca del cazo, remachar el reborde y soldarlo todo alrededor. Echó ocho culos aquella mañana. Las mujeres miraban el trabajo como quien mira al panadero amasar: sin preguntar nada, porque lo habían visto hacer toda la vida, pero sin perderse un golpe.

Una muchacha le trajo un puchero de barro con una raja de arriba abajo.

—Esto no es mío, hija. Esto es del lañador.

—¿Y usté no sabe?

—Saber sé. Pero cada uno a lo suyo. El lañador pasa en primavera. Si se lo arreglo yo, le quito el pan.

—Pus pa la primavera m'he quedao sin puchero.

Felipe se quedó mirando el puchero y luego a la muchacha, que no tendría ni veinte años.

—Llévate un cazo del carro, de los chicos. Me lo pagas cuando pase el lañador y te componga el puchero. Asín ni él pierde ni tú tampoco.

La muchacha se rio, eligió el cazo que más relucía y se fue sin saber muy bien qué había pasado.

A mediodía se le acercó la maestra. Era joven, forastera, con un abrigo gris que en aquel pueblo parecía de otro mundo y unos zapatos que no estaban hechos para el barro.

—¿Usted pone cristales?

—Pa servile a usté.

—En la escuela hay uno roto desde octubre. De una pedrada. Los niños dicen que fue sin querer, y a lo mejor es verdad. He tapado el hueco con un cartón, pero el cartón se moja y el aire entra igual. Y los niños tienen sabañones hasta en las orejas.

Fueron a la escuela. Era una sala grande, con el suelo de baldosa, una estufa de hierro apagada en un rincón, un mapa de España con las esquinas comidas por las moscas y veinte pupitres para treinta y tantos chicos. La ventana rota daba al norte, al cierzo, y por el cartón entraba un silbido fino que se oía desde la puerta. Felipe quitó el cartón, sacó con la punta de la navaja los restos de masilla vieja y los trozos de cristal que quedaban en el marco, y midió el hueco con el metro plegable, dos veces a lo ancho y dos a lo alto, porque los marcos de madera nunca son del todo derechos. Luego sacó la libreta, mojó la punta del lápiz en la lengua y escribió, despacio: «Escuela del lababero. 1 cristal 38 por 26 y medio. Bentana del norte. Masilla».

—¿No lo trae usted?

—Los cristales no se pueden llevar en el carro, señorita. Con los baches, no llegaría ni uno entero al segundo pueblo. Tomo la medida, lo corto en casa y se lo traigo cuando güelva.

—¿Y cuándo vuelve?

—Antes de Navidad, si Dios quiere.

La maestra miró los pupitres, y luego el cartón mojado en el suelo.

—Hasta Navidad queda casi un mes.

Felipe no dijo nada. Salió al carro, cortó con la tijera un trozo de chapa de la medida del hueco, algo mayor, y lo clavó en el marco por fuera con cuatro puntas pequeñas.

—No pasa la luz —dijo—, pero tampoco pasa el aire. Cuando traiga el cristal, se lo quito.

—¿Y esto cuánto es?

—Esto no es ná. Esto es pa que los chicos no se m'hielen antes de que güelva.

Antes de marcharse le apuntaron dos encargos más en la libreta: un farol de cuadra con la puerta de cristal para un labrador que se levantaba a echar de comer a las mulas a las cuatro de la mañana, y un embudo grande, de boca ancha y caña corta, para embutir las morcillas de la matanza, que la mujer del alguacil quería de una medida que Felipe no llevaba en el carro.

—¿Pa cuándo lo quié?

—Pa San Andrés matamos.

—Pa San Andrés no llego. Llévese este d'ahora, qu'es algo chico, y cuando le traiga el güeno me devuelve este.

—¿Y si no se lo devuelvo?

—Pus me lo paga. Pero me lo va a devolver. Tóo el mundo me los devuelve.

III. El pueblo del Viático

Por la tarde subió al pueblo de arriba, que se veía desde el del lavadero colgado en el borde del páramo, con la iglesia más grande que el pueblo entero, como les pasaba a muchos de aquella comarca, que habían sido más de lo que eran. Echó el pregón en la plaza, dio sus tres golpes al cazo y, antes de que salieran las mujeres, salió el sacristán.

—El señor cura quiere verle —dijo.

El señor cura era don Anacleto, un hombre de setenta años, casi ciego, que llevaba cuarenta en aquella parroquia y conocía a los feligreses por la voz. Recibió a Felipe en la sacristía, sentado junto a un brasero de cisco, con el breviario cerrado sobre las rodillas.

—Felipe, hijo. ¿Eres tú o es tu padre?

—Mi padre murió en el treinta y nueve, don Anacleto.

—Es verdad. Qué cabeza. Se os oye igual.

El sacristán le trajo el farol del Viático. Era un farol de mano, de hojalata con adornos calados y una cruz en lo alto, con cuatro cristales, que se llevaba delante del sacerdote cuando salía a dar la comunión a los enfermos. Tenía la portezuela suelta, la bisagra partida y uno de los cristales rajado de esquina a esquina.

—Se me cayó el mes pasado en la cuesta de la tía Bernarda —dijo el sacristán—. Había hielo. Me caí yo y se cayó el farol. Y la vela, apagada. Y don Anacleto con el Señor en las manos, sin ver ande pisaba.

—No pasó nada —dijo el cura—. El Señor sabe andar a oscuras.

Felipe desmontó la portezuela, enderezó con los dedos una esquina que se había torcido en la caída y le hizo una bisagra nueva allí mismo, en la mesa de la sacristía, con un recorte de chapa enrollado sobre un alambre y dos gotas de estaño. El cristal era otra cosa. Lo sacó con mucho cuidado, porque en aquel farol los cristales iban sujetos con unas patillas de la propia chapa, dobladas hacia dentro, y la hojalata vieja, si se dobla dos veces, se parte. Lo midió, lo envolvió en un papel de periódico y se lo guardó en el bolsillo.

—Me lo llevo de muestra —dijo—. Es un cristal de los finos, y tiene que ir justo. Si me lo llevo, no hay error.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto, que no se muera naide.

El sacristán lo miró escandalizado, pero don Anacleto se rio con una risa pequeña, de viejo, que le hizo toser.

—Lo apuntas en tu libreta, ¿verdad? —dijo el cura cuando se le pasó la tos—. Tu padre también tenía una. Él no sabía escribir, y dibujaba las cosas. Una vez me enseñó la hoja de este pueblo. Había pintado un farol, una alcuza y un pájaro.

—¿Un pájaro?

—Una jaula. Para el señor Marcelino, que en paz descanse. Una jaula de alambre para una perdiz. Pero tu padre no sabía dibujar jaulas, y le salió un pájaro.

En la libreta, aquella tarde, Felipe escribió: «Yglesia. Cristal farol Biatico. Tengo la muestra». Y debajo, porque el sacristán se lo pidió en la puerta, bajando la voz para que no lo oyera el cura: «Lanpara del Santisimo. Pierde aceite. Mirar cuando buelva». No quiso mirarla en ese momento. Estaba encendida, y una lámpara del Santísimo no se apaga porque lo diga un hojalatero.

Aquella noche cenó en la taberna, que era también estanco y tienda de ultramarinos, y que tenía colgada del techo una bombilla sin tulipa que se encendía y se apagaba a su aire. Cuando Felipe entró estaba apagada, y en el mostrador ardía un candil de los suyos, o de los de su padre, que ya no se sabía.

—¿No hay luz? —preguntó.

—Restricciones —dijo el tabernero—. Dende la guerra. Tres días a la semana nos la quitan, y los otros cuatro nos la dan cuando les parece. La compañía ice que es por la sequía, que los pantanos están bajos. Dende que la pusieron, en el treinta y dos, hemos estao más días a candil que a bombilla.

—Pus mejor pa ti, Felipe —dijo un labrador desde la mesa del rincón—. Mientras no haiga luz, habrá candiles.

—Mientras haiga aceite —dijo otro—. Qu'el aceite tamién va por cartilla.

—El aceite del candil es el que sobra, hombre. El de los posos. El que no se come.

—Aquí no sobra ná.

La bombilla se encendió de golpe, parpadeó dos veces y se quedó encendida, amarilla y débil, con un zumbido de moscardón. Todos la miraron como se mira a un pariente que se presenta sin avisar.

—Anda, mira —dijo el tabernero—. Ha venío la señora.

Hablaron del aceite, que aquel año venía corto por las heladas de la primavera; del trigo, que había que entregarlo al Servicio a un precio que no pagaba ni la simiente; de un camión que había empezado a subir los sábados desde la capital y que vendía de todo, y de un hijo del herrador que se había ido a Madrid, a una fábrica, y que escribía que allí la luz no se iba nunca.

—Oye, Felipe —dijo el labrador del rincón—. Y cuando pongan la luz güena, la que no se va, ¿qué vas a hacer tú?

Felipe se lo pensó antes de contestar, porque era una pregunta que se había hecho él muchas veces por los caminos, y todavía no le había encontrado el fondo.

—El día que la luz no se vaya —dijo—, me iré yo.

Se rieron, pero no mucho.

IV. La casa de la boda

El tercer pueblo era de los ricos: casas de piedra, portadas con escudo, cámaras llenas de grano y mulas gordas en las cuadras. Felipe no echó el pregón en la plaza porque no le dio tiempo. Una criada lo estaba esperando a la entrada, junto al crucero, con un recado de la casa de Doña Resurrección.

—Dice la señora que vaya usté derecho. Que tiene mucha faena.

Doña Resurrección lo recibió en la cocina, que era más grande que toda la casa de Felipe, con una chimenea donde se podía asar un cordero entero y una espetera que brillaba como un altar. La acompañaba su hija, Amparo, una muchacha de veinte años, alta y callada, que se casaba en enero con el hijo de un molinero del valle.

—La boda es aquí —dijo doña Resurrección, sin sentarse y sin invitar a sentarse—. En esta casa. Y en esta casa, cuando se casó mi madre, había cristales en todas las ventanas de la sala. Ahora faltan cuatro, y otros dos están rajados. No quiero que la familia del molinero vea papeles en las ventanas. Ni cartones. Ni nada.

Subieron a la sala. Tenía tres balcones a la calle y dos ventanas al corral, con las contraventanas de madera cerradas porque así se guardaba el calor, y en la penumbra se adivinaban los muebles tapados con sábanas, como en todas las salas de las casas buenas, que solo se abrían para las bodas, los bautizos y los muertos. Felipe abrió las contraventanas una a una y fue midiendo. Eran marcos viejos, de madera de pino, y cada hueco tenía su medida y su capricho. Tardó más de una hora. Amparo le sostenía la libreta abierta mientras él medía, y al final le leía en voz alta lo que él había apuntado para que lo repitiera, porque en aquello de los números Felipe no se fiaba ni de sí mismo.

—Balcón de en medio, arriba a la izquierda: treinta y dos por veintidós.

—Treinta y dos por veintidós.

—Balcón de la derecha, abajo: treinta y dos y medio por veintidós.

—¿Y medio? ¿No es el mismo?

—No es el mesmo. Na es el mesmo en esta casa.

La muchacha se rio por primera vez, y Felipe pensó que se iba a casar con alguien que no la haría reír mucho, porque los molineros tenían fama de serios, pero no dijo nada, porque no era cosa suya.

Luego, en la cocina, vino lo demás. Doña Resurrección quería una batería de medidas de aceite nuevas, de la arroba a la media libra, bien contrastadas; tres docenas de moldes de magdalenas para el convite, y una chocolatera grande, de las de doce jícaras, porque en la boda de su madre se había servido chocolate y en la de su hija se iba a servir también. Felipe lo apuntó todo. Después hizo la cuenta con el lápiz, en el margen, sumando dos veces, y le dijo el precio.

Doña Resurrección no regateó. En aquella casa no se regateaba: se pagaba, o no se llamaba.

—El cristal hay que comprarlo en la capital —dijo Felipe—. Seis cristales de ese tamaño son muchas pesetas. Necesito la mitad por adelantao.

—Su padre nunca pedía adelantos.

—Mi padre no ponía cristales, señora. Mi padre ponía papeles aceitaos. El cristal es cosa mía.

Doña Resurrección se lo pensó un momento, mirándolo como se mira a una mula en la feria. Luego sacó un monedero de malla del bolsillo del delantal, contó los billetes encima de la mesa, uno a uno, y los empujó hacia él con la punta de los dedos.

—Para el día de Reyes.

—Pa antes de Navidad.

—Mejor.

Al salir, en el portal, lo alcanzó Amparo.

—Felipe. Una cosa. Que no lo sepa mi madre.

—Usté dirá.

—¿Me podría hacer un candil pequeño? De los de colgar en la pared, pero chico. Pa la alcoba. En casa del molinero hay luz eléctrica, pero la quitan a las once, y a mí la oscuridad… —Se calló y se puso colorada—. Es una tontería.

—No es ninguna tontería. Mi mujer tamién duerme con el candil encendío.

Lo apuntó en la libreta, en una hoja aparte, sin nombre. Solo puso: «Candil chico. Pa la nobia». Y lo subrayó.

V. El pueblo sin luz

El cuarto día subió a una aldea que no tenía luz eléctrica, ni la había tenido nunca, ni la iba a tener en muchos años. Eran quince o veinte casas agarradas a la ladera de un barranco, con un pozo en medio, una ermita sin cura, y un camino que en invierno se convertía en arroyo. El carro no pudo subir la última cuesta. Felipe dejó al Perdigón atado a una encina, descolgó lo que pudo llevar a mano, se echó al hombro la caja de las herramientas y subió andando, sonando como una tienda de ultramarinos puesta de pie.

Allí no hizo falta el pregón. En un pueblo sin luz el hojalatero es de la familia.

Le sacaron candiles de todas las casas. Candiles de garabato, de los de colgar del clavo de la chimenea; candiles de pie, con su platillo para recoger el aceite que se caía; candiles de dos mecheros, para las cocinas de las casas con más posibles; un velón de latón que no era cosa suya pero que tampoco era de nadie más, y hasta una lámpara de carburo, de las de los mineros, que un hijo del pueblo había traído de Asturias y que no funcionaba porque nadie sabía cómo se cargaba. Felipe se sentó en el poyo de la ermita, encendió el anafre y estuvo trabajando hasta que se fue la luz del sol, que allí era la única que había. Enderezó ganchos, soldó mecheros, cambió pies que se habían comido los posos del aceite, hizo mechas nuevas con un cordón de algodón que llevaba para eso y enseñó a un viejo a cargar la lámpara de carburo, con la piedra abajo y el agua arriba, gota a gota.

—¿Y esto alumbra más qu'un candil? —preguntó el viejo.

—Como diez candiles.

—¿Y cuánto gasta?

—Más que diez candiles.

El viejo se quedó mirando la lámpara, que olía a ajo podrido, y la dejó en el poyo con mucho respeto.

—Pus pa lo que hay que ver aquí —dijo—, con un candil me sobra.

Una niña de siete u ocho años se había sentado a su lado desde el principio, con las rodillas juntas y las manos entre las rodillas, y no se había movido en toda la tarde. Era nieta de la tía Brígida, la que vivía en la última casa, y se llamaba Luisa. No preguntaba nada. Miraba las manos de Felipe como si en ellas hubiera algo que los demás no veían.

—¿No tiés frío? —le preguntó él al cabo de mucho rato.

—No.

—Tiés los labios moraos.

—Es que es invierno.

Felipe se rio. Sacó de la caja un recorte de hojalata y, sin pensarlo mucho, con las tijeras pequeñas, le fue dando forma de pájaro: el pico, la cola, un ala doblada hacia arriba. Le hizo un agujerito en el lomo para pasarle un hilo y se lo dio.

—Pa que lo cuelgues.

La niña lo cogió con las dos manos, como se coge un pollito, y no dijo nada. Pero no se movió de su lado hasta que la llamó su abuela.

La tía Brígida lo invitó a cenar. Era viuda, vivía sola con la nieta, porque la madre de la niña servía en Madrid y el padre no había vuelto de ninguna parte, y cenaron gachas de harina de almortas a la luz del candil de la casa, que Felipe había arreglado aquella tarde y que ahora ardía derecho, sin humo, con una llama quieta y amarilla que hacía parecer la cocina más grande.

—Arde bien —dijo la vieja.

—Le he cambiao la mecha.

—No es la mecha. Es que es el tuyo. Los tuyos arden mejor.

—Ese no es mío. Ese es de mi padre.

—Pus eso.

Mientras fregaban, la niña se acercó a Felipe y le habló al oído, muy bajo, para que no la oyera la abuela.

—¿Usté hace candiles pa niños?

—¿Pa niños?

—Chicos. Pa mí. Pa cuando mi abuela se duerma y yo no.

Felipe sacó la libreta. En la hoja de la aldea, debajo de los arreglos, que ya estaban todos hechos y tachados, escribió: «Candil chico pa la Luisa, nieta de la tia Brijida». Lo miró un momento. Luego pasó las hojas hasta la del pueblo de la boda y vio que allí había escrito lo mismo, con las mismas palabras, para una novia de veinte años.

Aquella noche durmió en el pajar de la tía Brígida. Llovió toda la noche, una lluvia fina y constante que sonaba en las tejas como un rezo. Pensó en Engracia, que dormía con el candil encendido desde que se casaron, y a la que nunca le había preguntado por qué.

VI. El pueblo de la almazara

El quinto pueblo estaba en el valle, entre olivares, y olía a aceite nuevo desde el camino. Habían empezado a coger la aceituna la semana anterior, y en la almazara, junto al río, ya molían día y noche: una mula con los ojos tapados daba vueltas y más vueltas arrastrando una gran piedra redonda que aplastaba la aceituna hasta dejarla hecha pasta, y el alpechín corría negro por una acequia hasta el río. Felipe paró el carro delante de la almazara, echó el pregón y, antes de que terminara, salió el maestro almazarero secándose las manos en un saco.

—Me hace falta un juego de medidas —dijo—. Las d'aquí están más abolladas que la cara de un boxeador, y el fiel contraste vino la semana pasada y ice que no pasan. Que o las cambio, u me multa.

El fiel contraste era el empleado que recorría los pueblos para comprobar que las pesas y las medidas de tiendas, tabernas y almazaras daban lo justo. Si lo daban, les ponía su sello; si no, las multaba.

—¿El juego entero?

—Tóo. De la arroba al cuarterón. Y tres alcuzas pa los aceituneros, que se las llevan al olivar y me las traen hechas una lástima.

—El juego entero lo tengo que hacer en casa. Y luego se lo tié que mirar el fiel.

—Pus hágalo en casa. Pero que pase, que ese hombre no se casa con naide.

Lo apuntó. Luego vendió en la puerta de la almazara, en menos de una hora, todas las alcuzas que llevaba en el carro, cuatro candiles, dos faroles y una regadera que se llevó una mujer que no tenía huerto, porque le pareció bonita. Los aceituneros, hombres y mujeres, con las manos negras y los pañuelos atados a la cabeza, bajaban del olivar a la hora de comer y se arremolinaban alrededor del carro, tocándolo todo, preguntando precios que no iban a pagar y comprando, al final, lo único que les hacía falta de verdad.

A media tarde apareció por el camino de abajo otro carro. Era más grande que el de Felipe, con toldo de lona, tirado por una mula torda, y venía sonando igual que el suyo, o más. Lo conducía un hombre mayor, con sombrero negro de ala ancha, y detrás, sentados en las varas, dos muchachos y una mujer con un niño en brazos. Eran hojalateros también, gitanos, de los que andaban por aquellas tierras desde siempre, y Felipe los conocía de otros años: el viejo se llamaba Joaquín, y trabajaba bien, y cobraba menos.

Joaquín paró la mula a veinte pasos del carro de Felipe, se bajó y se acercó despacio, con el sombrero en la mano.

—Güenas tardes, Felipe.

—Güenas tardes, Joaquín.

—No sabía que andabas por aquí.

—Ni yo que venías tú.

Se quedaron un rato mirándose, sin decir nada, con los aceituneros alrededor, que esperaban algo que no llegó. Luego Joaquín señaló con la barbilla hacia el pueblo.

—¿Te queda mucho aquí?

—Mañana me voy. Arriba, al del cerro. Y luego a casa.

—Pus yo me quedo aquí mañana. Y pasao, al de la otra banda del río.

—Ahí no voy yo.

—Ya lo sé.

Y eso fue todo. Esa noche, la familia de Joaquín encendió una lumbre en la era, y Felipe, que dormía en el pajar de la almazara, bajó a calentarse un rato. Le dieron café de achicoria en una lata, y la mujer le ofreció pan con aceite nuevo y sal, y estuvieron hablando del oficio, de los caminos, de las ferias y de los precios del estaño, que no había quien lo comprara, y de la hojalata, que venía de Bilbao y cada año llegaba menos y más cara.

—Yo ya no compro chapa nueva —dijo Joaquín—. Trabajo con latas de pimentón, de las de Murcia. Y con los bidones de la gasolina, cuando los encuentro. Una lata de pimentón da pa dos culos de cazo, si se corta bien.

—Y pa un candil chico —dijo Felipe.

—Pa un candil chico da. ¿Pa qué quiés tú un candil chico?

Felipe no contestó, y Joaquín no volvió a preguntar.

Al rato el viejo sacó del carro un cazo nuevo, de aluminio, reluciente, que no pesaba nada, y se lo puso en las manos.

—Mira esto. Lo compré en la capital, en una tienda. Pa ver cómo era.

Felipe lo sopesó, le dio la vuelta y le golpeó el fondo con el nudillo. Sonaba a hueco, a poco.

—Esto no se suelda —dijo.

—No se suelda, no. Cuando se rompe, se tira. —Joaquín recuperó el cazo y lo miró a la luz de la lumbre—. Y no se rompe nunca, Felipe. Eso es lo malo.

VII. La vuelta

Al día siguiente subió al pueblo del cerro, el sexto y último, donde apenas le salieron cuatro culos de cazo, un cubo que perdía agua por la costura y el farol de la puerta del Ayuntamiento, que el alguacil había dejado caer desde la escalera al encenderlo. Le apuntaron dos cristales para la ventana de la secretaría y una lata de cierre de las de guardar papeles, con candado, que el secretario quería para los expedientes de quintas porque decía que los ratones se los comían. A mediodía había terminado. Recogió el anafre, enganchó al Perdigón y cogió el camino de su pueblo.

Tardó dos días en volver, porque volvió por donde había ido, parando en cada pueblo el tiempo justo de dar las buenas tardes y de que le preguntaran para cuándo. En el del lavadero, la maestra salió a la puerta de la escuela al oír el carro y le hizo un gesto con la mano, y él le contestó con otro. La chapa seguía clavada en la ventana del norte. En el del Viático, el sacristán le dijo que don Anacleto había estado malo, de un catarro, y que había preguntado si el farol estaría para Navidad. «Estará», dijo Felipe. En el de la boda no paró; pasó por la calle de abajo, sin pregón y sin golpes, para que no lo vieran.

Llegó a su casa el octavo día, con la noche ya cerrada. Engracia le tenía la cena en la lumbre y el candil encendido en la cocina. Lo primero que hizo Felipe, antes de sentarse, fue sacar la libreta del bolsillo de dentro de la chaqueta y dejarla sobre la mesa, al lado del plato, como quien deja la cartera.

—¿Mucho? —preguntó ella.

—Mucho.

Cenaron en silencio. Luego Engracia abrió la libreta y la fue leyendo en voz alta, hoja por hoja, pueblo por pueblo, despacio, porque la letra de Felipe había que descifrarla, y él la escuchaba desde la lumbre con los ojos cerrados, asintiendo a cada cosa, corrigiendo alguna medida que ella había leído mal. Eran once cristales, un juego entero de medidas de aceite, tres docenas de moldes de magdalenas, una chocolatera, dos faroles de cuadra, un farol del Ayuntamiento, un embudo de embutir, una lata de expedientes, tres alcuzas y un repaso a la lámpara del Santísimo. Y dos candiles chicos.

—¿Dos? —dijo Engracia.

—Dos.

—¿Pa quién?

—Pa una novia. Y pa una niña.

Engracia cerró la libreta y se quedó un rato mirándola, con las manos encima de las tapas de hule. No preguntó más. Se levantó a fregar, y él se quedó en la lumbre, mirando el candil de la cocina, que ardía quieto y amarillo, y que era el primero que había hecho en su vida, a los catorce años, delante de su padre.

VIII. El cuartucho

El cuartucho era una habitación baja, al fondo del corral, que en otro tiempo había sido gallinero y luego leñera. Tenía una ventana pequeña que daba al sol de la mañana, un banco de trabajo hecho con un tablón de nogal sobre dos burros, una fragüecilla de ladrillo que Felipe había levantado con sus manos y, colgadas de la pared, todas las plantillas de su vida: recortes de cartón y de chapa con la forma exacta de cada pieza que había hecho alguna vez, cada uno con su agujero y su clavo. Allí estaba el fondo de la chocolatera de doce jícaras, la boca del embudo de embutir, el costado del farol de cuadra, la tapa de la alcuza. Algunas eran de su padre, y se notaban porque estaban más negras.

Antes de empezar fue a la capital a por el cristal. Salió en el coche de línea de las seis de la mañana, con los billetes de doña Resurrección cosidos por Engracia en el forro del chaleco y el cristal del farol del Viático envuelto en periódico dentro de una caja de zapatos, y volvió a la noche con una caja de madera atada con cuerdas que no dejó que nadie tocara en todo el viaje. El cobrador quiso subirla a la baca con las maletas y Felipe se negó. La llevó sobre las rodillas tres horas, por aquellas carreteras, abrazada como si fuera un niño.

—¿Qué lleva usté ahí? —le preguntó una mujer que iba a su lado.

—Luz —dijo Felipe.

La mujer no volvió a hablarle en todo el camino.

Y luego vinieron las semanas. Felipe trabajaba desde que había claridad en la ventana hasta que no se veía, y a veces más, con el candil colgado de una escarpia sobre el banco. Empezó por lo que corría más prisa: el embudo de embutir, que la mujer del alguacil necesitaba para San Andrés y que ya no iba a llegar, pero que había que llevar igual. Luego las medidas de aceite, que eran lo más difícil, porque tenían que caber exactamente lo que decían, ni una gota más ni una menos, y el fiel contraste de la almazara no se casaba con nadie. Las hizo, las llenó de agua, las pesó en la romana de la carnicería, las vació, les corrigió el fondo, las volvió a llenar. Tardó cuatro días solo en eso.

Los cristales los cortó una mañana de niebla, con el cuartucho barrido y el banco cubierto con una manta vieja para que no se rayaran. Engracia le leía las medidas de la libreta, él las marcaba con el lápiz sobre el cristal, ponía la regla y pasaba el diamante una sola vez, sin levantarlo y sin volver atrás, con un chirrido fino que a ella le daba dentera. Luego ponía la raya sobre el canto del banco y apretaba con las dos manos. El cristal se partía limpio, con un chasquido seco. Once cristales, y no se le rompió ninguno. Solo cuando terminó el último se dio cuenta de que había estado todo el rato conteniendo la respiración.

—Tu padre no hacía esto —dijo Engracia.

—Mi padre ponía papel aceitao.

—Y la gente tan contenta.

—La gente no conocía otra cosa.

Cada pieza que terminaba la envolvía en papel de periódico y le ataba con un alambre una etiqueta de cartón, que Engracia escribía con su letra redonda de escuela, porque la de Felipe no la entendía nadie más que ella: «Escuela del pueblo del lavadero. Un cristal para la ventana del norte». «Iglesia del pueblo de arriba. Cristal del farol del Viático». «Casa de Doña Resurrección». Seis cristales de la sala, con su sitio apuntado en cada uno». «Almazara. Juego de medidas, de la arroba al cuarterón». Las piezas se fueron amontonando en el suelo del cuartucho por pueblos, cada montón contra una pared, y a los pocos días aquello parecía una estación de ferrocarril en la que cada bulto esperaba su tren.

Los dos candiles chicos los dejó para el final.

Los hizo el mismo día, la víspera de salir. Los hizo con una lata de pimentón de las de Murcia, como le había dicho Joaquín, cortada y aplanada a golpes de martillo, porque aquella chapa era más fina que la de Bilbao y se dejaba trabajar como el papel. Eran iguales, o casi: un depósito del tamaño de una nuez, un mechero con su pico, una tapa con bisagra y un garabato para colgarlos del clavo. Al de la novia le hizo en la tapa un dibujo con el punzón, a golpecitos, una flor de cinco pétalos. Al de la niña, un pájaro.

Engracia entró a llevarle un tazón de leche caliente y se quedó mirándolos, uno junto al otro, sobre el banco.

—Son preciosos —dijo.

—Son dos candiles.

—Son preciosos, Felipe.

Él no contestó. Cogió el de la flor, lo miró a contraluz y lo dejó otra vez en el banco. Luego cogió el del pájaro y estuvo mucho rato con él en la mano, sin mirarlo.

—Podía haber hecho tres —dijo por fin.

Engracia lo entendió. Se sentó en el taburete, al lado del banco, con el tazón entre las manos, y estuvieron un rato sin hablar, oyendo el viento en las tejas.

—Yo tengo el mío —dijo ella—. El de la alcoba. El que me hiciste cuando nos casamos. No me hace falta otro.

—¿Por qué duermes con él encendío?

Ella tardó en contestar. Luego se rio, bajito, como se ríe la gente cuando va a decir una verdad que lleva mucho tiempo guardada.

—Pa verte. Pa despertame por la noche y verte ahí. Una no sabe cuándo se va a despertar.

Felipe dejó el candil del pájaro junto al de la flor. Luego se levantó, apagó el anafre y salieron juntos al corral, donde ya era de noche y hacía un frío de helada.

Al día siguiente, antes del alba, cargó el carro. Esta vez no colgó nada de los arcos del toldo ni de las escarpias: lo metió todo dentro, envuelto y atado, montón por montón, en el orden de los pueblos, con los cristales en medio, entre dos colchones de paja, y los dos candiles chicos en el bolsillo de dentro de la chaqueta, junto a la libreta. El Perdigón, enganchado, esperaba con la cabeza gacha, echando vaho por los ollares.

Engracia salió a la puerta con el mandil puesto y los brazos cruzados.

—¿Hoy no echas pregón?

—Hoy no hace falta —dijo Felipe—. Hoy me esperan.

Y cogió al burro del ramal y echó a andar. El carro, por primera vez en muchos años, iba callado.

IX. Lo que vino después

La luz buena, la que no se iba, llegó a la comarca a mediados de los cincuenta. Primero dejaron de oírse las restricciones, luego los tendidos llegaron a los pueblos que no los tenían, y al final hasta la aldea del barranco tuvo una bombilla en cada cocina. Los candiles fueron bajando de las chimeneas a los armarios, de los armarios a las cámaras y de las cámaras a los traperos. Después llegó el butano, en unas bombonas naranjas que subía el camión de los sábados, y con el butano se acabaron las lumbres de cocinar, y con las lumbres los cazos con el culo quemado. Luego llegó el plástico, y con el plástico los barreños de colores, los cubos que no se oxidaban y los embudos que costaban dos reales. Nadie tuvo que decidir nada. Las cosas fueron llegando, y lo de antes se fue yendo, sin ruido.

Felipe siguió saliendo con el carro hasta 1964. Los últimos años ya no vendía casi nada, y arreglaba menos, pero seguía poniendo cristales, porque los cristales, decía, se rompían igual con luz que sin ella. El Perdigón murió en el invierno del cincuenta y ocho, y lo sustituyó otro burro que no se llamó de ninguna manera, porque Felipe dijo que ya no estaba para aprender nombres. Joaquín dejó de pasar por el valle a comienzos de los sesenta; alguien dijo que se había ido con los hijos a Barcelona, y alguien dijo que había muerto, y Felipe nunca supo cuál de las dos cosas era verdad.

Amparo, la de la boda, se fue a vivir al molino del valle. Tuvo cinco hijos, y ninguno de ellos supo nunca por qué su madre guardaba en el cajón de la mesilla un candil de juguete, con una flor en la tapa, que no había encendido jamás. La casa de Doña Resurrección se cerró en 1971. Los cristales de la sala todavía estaban allí cuando la vendieron; los compradores, que eran de Madrid, cambiaron las ventanas enteras.

Luisa, la nieta de la tía Brígida, se fue a servir a Madrid a los catorce años, como su madre. Volvió al pueblo muchos veranos, cuando la aldea ya no tenía más que tres vecinos y luego ninguno. En su casa de Madrid, en un piso de Vallecas con luz eléctrica en todas las habitaciones, tuvo siempre colgado de un clavo, en la cocina, un candil del tamaño de una nuez con un pájaro en la tapa. A sus hijos les decía que se lo había hecho un hombre que andaba por los pueblos con un burro y un carro lleno de cacharros que sonaban. Sus hijos no la creían del todo. Pensaban que era un cuento de la abuela.

Engracia murió en 1979, una madrugada de enero, con el candil encendido. Felipe la sobrevivió seis años. Después del entierro no volvió a entrar en el cuartucho más que una vez, para sacar las libretas. Eran veintitrés, todas de hule negro, con las esquinas gastadas, y estaban en una caja de galletas debajo del banco, atadas con un cordel. En ellas estaban, hoja por hoja, pueblo por pueblo, todos los encargos de su vida: los cristales, los faroles, las medidas de aceite, los culos de cazo, los nombres de gente que ya no existía y de pueblos que ya casi tampoco. Cada encargo estaba tachado con una raya, porque Felipe tachaba lo que entregaba.

En la última libreta, la última hoja estaba en blanco.

Y en la penúltima, sin tachar, había una sola línea, escrita con su letra grande y torcida, sin pueblo ni medida: «Candil chico pa la Engracia».

fin


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