EL AFILADOR
Los
pueblos de este relato no llevan nombre. Podrían ser cualquiera de los que se
asoman a los valles de la Alcarria, cada uno con su torre, su fuente y su
plaza. Los personajes me los he inventado. El oficio, no.
I. La víspera
La víspera de San Juan de 1948 Tomás Pardo sacó la
rueda al corral y la dejó puesta sobre sus cuatro patas, igual que se saca de
la cuadra a un caballo viejo para ver si todavía aguanta un camino. Era un
armazón de madera de olmo con dos varas largas para empujarlo, una rueda grande
con su llanta de hierro y, en lo alto, la piedra de afilar, el afiladero,
sujeta a su eje y movida por una correa de cuero que bajaba hasta el pedal. La
rueda tenía veinte años más que él y llevaba andadas más leguas que ningún hombre
del pueblo, porque antes de ser suya fue de Manuel, y antes de Manuel, de otro
gallego del que ya nadie se acordaba ni del nombre.
La repasó pieza por pieza, sin prisa. Le untó sebo en
el eje, apretó las cuñas de las patas, que con el calor siempre acababan
flojas, y le cambió a la correa un clavo que llevaba todo el invierno con ganas
de salirse. Después hizo girar la piedra con el pie, primero despacio y luego
más deprisa, y se quedó escuchando. Una piedra sana suena de una forma y una
piedra rajada suena de otra, aunque la raja no se vea por ningún lado, y eso,
como casi todo lo del oficio, tampoco se lo había enseñado nadie con palabras.
La suya sonaba bien.
Desde la puerta de la cocina lo miraba su madre, con
las manos metidas en el delantal.
—¿Ya mañana?
—Mañana, en cuanto salga de misa.
—Con la calor que viene.
—Con la calor se afila igual, madre. Y en julio las
mujeres ya no tienen tiempo de asomarse a la puerta.
No le dijo nada más. Eran ya catorce años viéndolo
marchar por San Juan y volver por Santiago, y sabía de sobra que aquella
conversación la tenían todos los veranos, aunque cada verano con otras
palabras.
Luego fue colocando la carga, cada cosa en su sitio,
porque una rueda mal cargada se vuelca en la primera cuesta que encuentra. En
el cajón de los trastos metió el esmeril de pulir, dos piedras de asentar
envueltas en un trapo, una lima, un frasco de aceite, el bote del sebo y un
saquete de arena fina de río para limpiar las hojas que le llegaban sucias.
Encima fueron la saca de dormir, la manta, una muda y el capote de soldado que
le quedó de la mili, que en junio parecía que estorbaba y que en los páramos,
de madrugada, no estorbaba nunca. Todo junto pasaba de los cincuenta kilos.
Lo último que cogió fue el chiflo. Lo tenía guardado en
el cajón de la cómoda, envuelto en un pañuelo; era de boj y tenía los agujeros
negros de tantos años de soplarlo. Antes de cada salida Tomás mojaba una pluma
de gallina en aceite de oliva y la pasaba por dentro de los agujeros, uno por
uno, para que la madera no se secara ni se abriera con el sol. Así lo hacía
Manuel y así lo seguía haciendo él. Cuando acabó sopló la escala entera, muy
flojito, de abajo arriba, y la cerró con el arpegio del final, unas notas que
subían de golpe de las graves a las agudas, como la chispa que salta de la
piedra. Manuel lo llamaba el relámpago, y decía que un afilador sin relámpago
era como una campana sin badajo.
A Manuel Seoane lo conoció en la primavera del treinta
y cuatro. Era de una aldea de Castro Caldelas, en la provincia de Orense, y
bajaba todos los años a la Alcarria empujando aquella misma rueda. Se quedaba
dos o tres noches en la posada del pueblo y la cama la pagaba siempre de la
misma manera, afilándole de balde los cuchillos a la posadera. Tomás tenía por
entonces catorce años y un padre al que acababa de llevarse una pulmonía.
Manuel habló con la madre en la cocina, con un plato de gachas delante, y a la
mañana siguiente el muchacho salió del pueblo detrás de la rueda, con una manta
al hombro y sin tener muy claro adónde iba.
Durante tres años Manuel lo llamó mutilo. Así llamaban a los aprendices los afiladores de su tierra,
y Tomás tardó bastante en enterarse de que aquella palabra no era ni gallega ni
castellana, sino de otra lengua que no era de nadie y que solo hablaban ellos.
Los afiladores de Orense la llamaban barallete
y la usaban para decirse cosas delante de la gente sin que la gente se
enterase. Un hombre era un beleno;
una mujer, una belena, y una mujer
guapa, belena rula. A Castilla le
decían la Ancha, y a un afilador muy
bueno, de los que ya no quedaban, queicoa,
que era palabra casi de santo. Cuando Manuel quería avisarle de que una
posadera cobraba de más o de que algún cliente no pensaba pagar, le bastaba con
media frase, y la posadera o el cliente seguían con su sonrisa sin enterarse de
nada.
Lo primero que aprendió de Manuel fue a sujetar la
rueda en las cuestas abajo, porque una rueda mal llevada se embala y acaba
arrastrando al hombre. Luego aprendió a asentar la hoja contra la piedra sin
comerse el filo, a mojar la piedra para que no se quemara el acero y a acanalar
las tijeras por dentro, que era lo más difícil del oficio y, como suele pasar,
lo que peor se pagaba. Y aprendió el pregón.
Manuel lo cantaba en su lengua al entrar en los
pueblos, antes de tocar el chiflo:
—¡Afílanse coitelos, navallas e tixeiras! ¡Machados
non, que se fode a roda!
Al chico le costó un verano entero entenderlo, y otro
más entender el porqué. Los cuchillos, las navajas y las tijeras eran de acero
fino y de hoja delgada, y la piedra lo agradecía. Las hachas, no. Un hacha de
monte tenía el filo gordo y lleno de mellas de pegar contra nudos y piedras, y
el afilador que la metía en la rueda sin cuidado acababa con la piedra ovalada,
con un surco en medio o, lo que era mucho peor, rajada, y una piedra rajada
podía reventar en pedazos con la rueda en marcha. Manuel lo vio pasar una vez
en Lugo, y aquel afilador se quedó sin un ojo.
—Una rueda nueva vale lo que tú sacas en dos veranos, mutilo —le decía—. Un hacha te la afila
cualquiera con una lima y una piedra de mano, sentado a la puerta de su casa.
El afilador no está para eso.
Por eso, las pocas veces que aceptaba un hacha, que
alguna aceptaba si quien la traía era pobre o era viejo, Manuel la trataba con
un mimo que no le ponía a ninguna otra cosa. Primero le quitaba las mellas con
la lima, a mano y sin prisas; luego mojaba la piedra hasta que chorreaba,
bajaba el pedal a medio golpe y arrimaba el hacha de plano, sin apretar, como
quien acaricia a un perro que no conoce. Y todo el rato, entre dientes, repetía
lo mismo:
—Que no se joda la rueda. Que no se joda la rueda.
En el cuarenta y seis Manuel se volvió a Galicia, con
el pecho roto de tanto toser y sin fuerzas ya para empujar nada. A Tomás le
dejó la rueda por cuarenta duros, que el muchacho le fue mandando por giro de
cinco en cinco, y el chiflo de boj, que ese no se lo cobró. Murió al invierno
siguiente, en su aldea. Tomás se enteró por una carta de un sobrino, escrita
con muy mala letra, que guardó en el mismo pañuelo que el chiflo.
Aquel primer verano que salió solo, Tomás tradujo el
pregón a su manera, al castellano de la tierra, porque un alcarreño pregonando
en gallego le pareció cosa de risa. No le tocó más que las palabras:
—¡Se afilan cuchillos, navajas y tijeras! ¡Hachas no,
que se jode la rueda!
La primera vez que su madre se lo oyó cantar en el
corral le dijo que aquello no podía pregonarse delante de las mujeres. Tomás lo
pregonó igual. Las mujeres se reían, y a una mujer que se ríe se le cobra con
más facilidad.
Aquella noche, antes de irse a la cama, volvió a sacar
el chiflo del pañuelo y estuvo un buen rato con él en la mano, sin soplarlo.
—¿Te acuerdas de él? —le preguntó su madre desde la
alcoba.
—Todos los días.
—Era buen hombre, para ser de tan lejos.
—Era buen hombre para ser de donde fuera, madre.
II. El pueblo del
herrero
Se puso en camino el día de San Juan, al salir de misa,
con el sol ya alto y la rueda chirriando en la primera cuesta. El camino bajaba
hasta el río entre olivos y huertas, y después tocaba subir al pueblo de
enfrente por una carretera que en invierno era todo barro y en verano todo
polvo, y que te obligaba a pararte cada poco para coger aire. A media mañana ya
iba sudando debajo de la camisa, y cuando llegó a las primeras casas llevaba
las manos hinchadas de tanto apretar las varas.
Entró en la plaza tocando el chiflo, la escala de las
graves a las agudas tres o cuatro veces y, al final, el relámpago. Luego se
paró en el centro, arrimado a una esquina donde daba la sombra, dejó la rueda
sobre sus patas y soltó el pregón a pleno pulmón:
—¡Se afilan cuchillos, navajas y tijeras! ¡Hachas no,
que se jode la rueda!
Detrás de una ventana se oyó una risa. Al poco salieron
dos mujeres con los cuchillos envueltos en un paño de cocina, y tras ellas un
chiquillo con unas tijeras de costura que su madre le había mandado bajar,
agarradas por las hojas y con la punta hacia el suelo, como seguramente le
habrían repetido mil veces.
—¿Cuánto? —preguntó la primera mujer.
—Una peseta el cuchillo. Las tijeras, un real más.
—Una peseta es mucho.
—Manuel cobraba dos reales. Pero Manuel se murió,
señora, y yo todavía no.
La mujer se rio, y con eso el trato ya estaba medio
hecho.
Estaba asentando el primer cuchillo, con la piedra
mojada y el pie en el pedal, cuando le llegó otro chiflo desde la calle de
abajo. Era más agudo que el suyo, de un sonido más fino, y no acababa en
relámpago, sino en tres notas cortas que se quedaban colgando en el aire.
El otro afilador venía en bicicleta. Llevaba la piedra
montada en el transportín, encima de la rueda de atrás, y en cuanto puso la
bicicleta en el caballete y se sentó en el sillín, se puso a pedalear en el
sitio y la piedra echó a girar como un molinillo. Sería un hombre de unos
cuarenta años, bajo y moreno, con la boina calada hasta las cejas, y de la
barra de la bicicleta le colgaba una caja de latón. Tomás supo que no era
gallego antes incluso de que abriera la boca.
Estuvieron un rato mirándose sin decir palabra, cada
uno en su esquina, como se miran dos perros en una era.
—¿De dónde es usted? —preguntó por fin Tomás.
—De Albacete. ¿Y usted?
—De aquí arriba. De un pueblo que no se ve desde ningún
sitio.
—¿Afilador de por aquí? —El otro levantó las cejas—.
Pues no sabía yo que hubiera.
—Solo hay uno.
—Ya se nota.
El albaceteño abrió la caja de latón. Dentro, encima de
un paño verde, llevaba una docena de navajas de su tierra, de muelles, con
cachas de asta y de hueso, tan relucientes que parecía que nadie las había
tocado nunca. Las vendía, explicó, a los hombres que salían a la puerta al oír
el chiflo, porque el que tiene una navaja vieja siempre se deja tentar por una
nueva.
—Yo afilo y vendo —dijo—. En esta tierra, si no vendes,
no comes.
—Yo solo afilo.
—Por eso lleva usted los zapatos como los lleva.
Tomás se miró los zapatos y no supo qué contestar,
porque el hombre tenía razón.
—Aquí hay faena para los dos —dijo al cabo—, si no nos
pisamos. Usted se queda con las tijeras y yo con los cuchillos.
El albaceteño se echó a reír, porque sabía de sobra que
las tijeras eran lo que más trabajo da y lo que menos se paga, y que el otro le
estaba dejando el hueso. Aun así, aceptó. Estuvieron toda la mañana trabajando
cada uno en su esquina, sin estorbarse, y cuando alguna mujer se equivocaba de
afilador, el otro la mandaba a la esquina de enfrente con un golpe de barbilla.
A mediodía comieron juntos en la posada: escabeche de
barril, pan y vino. El albaceteño comía deprisa, con los codos encima de la
mesa, y al acabar apuntó con la navaja a la rueda de Tomás, que aguardaba en el
patio a la sombra de una parra.
—Eso ya no se lleva, paisano.
—Eso es lo que hay.
—Eso pesa como un burro muerto. Yo con la bicicleta
hago tres pueblos al día. Usted, con suerte, uno. Dentro de diez años no queda
una rueda de esas por los caminos, acuérdese de lo que le digo.
—Esa rueda era de un gallego que se recorrió media
España con ella.
—Pues por eso mismo. Ya ha andado bastante.
Tomás no le respondió. Estaba pensando en Manuel, que
decía que la bicicleta era para los que tenían prisa, y que un afilador con
prisa termina afilando mal.
Por la tarde se presentó el herrero del pueblo. Era un
hombretón con los brazos negros hasta el codo y un mandil de cuero que le
llegaba a las rodillas, y traía debajo del brazo seis cuchillos de matanza
atados con una cuerda. Los había forjado él mismo ese invierno, para las casas
que se los habían encargado, y eran buenas piezas, de hoja ancha y mango de
encina remachado con tres clavos.
—El fuego lo pongo yo —le dijo, dejándolos encima del
cajón de la rueda—. Pero la piedra la pone usted. Yo no tengo paciencia para
darles el último filo, y el que les doy yo no les dura ni una matanza.
—¿Y por qué no se los lleva al de la bicicleta?
—Porque ese vende navajas. Y el que vende no afila bien
lo que no vende.
Tomás se los afiló de uno en uno, sin prisa, con la
piedra chorreando y el pie bien firme en el pedal, y luego los repasó en la
piedra de asentar hasta que cortaban un papel de fumar puesto de canto. Le
cobró una peseta por cuchillo, el doble de lo que pedía Manuel antes de la
guerra. El herrero pagó sin rechistar y se marchó con los cuchillos debajo del
brazo, igual que había venido.
Por la noche, en la posada, el albaceteño le pasó un
paquetito del tamaño de una caja de cerillas, envuelto en papel de estraza.
—Piedras de mechero —le dijo muy bajo—. Veinte. En la
capital te las quitan de las manos.
—Eso es contrabando.
—Todo lo que da dinero es contrabando, paisano. Lo que
no da dinero es caridad.
Tomás lo metió en el fondo del cajón, debajo de las
piedras de asentar. Nunca llegó a saber muy bien por qué lo hizo.
III. El pueblo de los
mimbres
Al día siguiente subió por la vega del río, entre los
mimbres que crecían a su aire por las orillas, revueltos con chopos y zarzas, y
que olían a agua parada y a hoja verde. Nadie los plantaba ni se ocupaba de
ellos; en invierno bajaba algún viejo del pueblo a cortar unas cuantas varas
para los cestos de su casa, y poco más. Al pasar por delante de una puerta,
Tomás vio a uno de esos viejos sentado en el suelo, trenzando una cesta a tal
velocidad que le pareció cosa de brujas. Aquel valle le gustaba; era el más
fresco de toda la ruta y el único donde la rueda no iba tragando polvo.
En el pueblo de los mimbres tocó el chiflo en la plaza,
junto a la iglesia, y lo primero que apareció no fue una mujer con cuchillos,
sino una muchacha con una caja de madera debajo del brazo. Era la modista del
pueblo, o la que hacía de modista, que en un pueblo pequeño viene a ser lo
mismo. Se llamaba Rosario, tendría unos veinte años y en la caja llevaba cuatro
pares de tijeras: dos de cortar tela, largas y pesadas; unas pequeñitas de
bordar, con las hojas curvas, y otras de picos que habían sido de su abuela.
—No corta ninguna —dijo—. Ni las de mi abuela, que eran
las mejores.
—Las tijeras son lo más difícil.
—Eso dicen todos. Por eso ninguno las afila bien.
Tomás las fue sacando de la caja y probándolas una a
una, abriéndolas y cerrándolas pegadas a la oreja. Una tijera buena suena de
una manera, y una tijera cansada suena de otra.
—Estas no cierran —dijo—. No es que les falte filo, es
que no puntean. Se abren por la punta.
—¿Y eso tiene arreglo?
—Tiene. Pero va despacio.
Le fue explicando lo que hacía mientras lo hacía,
porque la muchacha no se despegaba de su lado y lo preguntaba todo. A las
tijeras no había que afilarlas por dentro, que era en lo que se equivocaba todo
el mundo, porque si les comías la cara de dentro ya no volvían a cortar nunca.
Había que desbastarlas un poquito por dentro, lo justo, acanalarlas, como
decían los afiladores, y después afilar el bisel por fuera, las dos hojas por
igual, metidas a tope en la piedra para que las puntas quedaran parejas. Y si
no cerraban, había que ir trabajando el eje hasta que las dos hojas volvieran a
juntarse de punta a punta.
—¿Y cómo sabe cuándo están?
—Cuando cortan un hilo mojado sin morderlo.
Con las cuatro se le fue más de una hora. Rosario fue
por un carrete de hilo, lo mojó en la fuente y se lo puso delante. Las tijeras
de la abuela cortaron el hilo al primer golpe, sin hacer ruido, y la muchacha
se quedó mirándolas como si le hubieran devuelto algo que ya daba por perdido.
—¿Cuánto es?
Tomás echó la cuenta de cabeza y le salían más de cinco
pesetas. Después miró el vestido de la muchacha, que era de percal y estaba
lavado muchas veces, y la caja de madera, que tenía una esquina rota.
—Tres pesetas.
—Son más.
—Son tres. Las de su abuela, esas no se cobran.
La muchacha le pagó y se marchó deprisa, sin darle las
gracias, pero a los diez minutos estaba de vuelta con un trozo de bizcocho
envuelto en una servilleta y una botella de gaseosa, y se lo dejó todo encima
del cajón de la rueda sin decir nada.
A la salida del pueblo, a la sombra de un nogal que
había al lado de la fuente de abajo, estaba sentada la pareja de la Guardia
Civil. Tenían los tricornios encima de las rodillas y los fusiles apoyados en
el tronco, y vieron acercarse la rueda por el camino con la paciencia del que
se ha pasado la mañana entera sin ver pasar a nadie.
Tomás notó el paquetito del albaceteño en el fondo del
cajón como si le quemara a través de la madera. Veinte piedras de mechero no
eran nada, pero eran contrabando, y con la Guardia Civil no había nada que
fuera poco. Siguió empujando la rueda al mismo paso, sin apurarse y sin
pararse, porque eso también se lo había enseñado Manuel: el hombre que cambia
el paso al ver un tricornio es un hombre que tiene algo que esconder.
—Buenas tardes —dijo el cabo.
—Buenas tardes nos dé Dios.
—¿Afilador?
—Para servirles.
—¿Y adónde va?
—Al de los nogales, si me deja la calor.
El cabo lo miró de arriba abajo y después se quedó
mirando el cajón. Tomás no esperó a que le preguntara nada más.
—¿Tienen ustedes navaja?
Tenían. El cabo sacó una de cachas negras, vieja y
roma, y el guardia joven, otra más nueva que le había regalado su padre cuando
entró en el Cuerpo. Tomás se las afiló allí mismo, a la sombra del nogal, con
agua de la fuente y sin prisa, y luego les sacó brillo en el esmeril hasta que
los dos guardias se podían ver la cara en las hojas. No les cobró ni una perra,
y ellos tampoco hicieron intención de pagar.
—¿De dónde dice que es?
—De arriba, del de la cuesta de los olivos.
—¿Del de la cuesta? —El cabo se quedó pensativo—. Allí
tengo yo un primo casado. El de la Engracia, la de los Olivares.
—Lo conozco. Buena gente.
—Buena gente —repitió el cabo, y se metió la navaja en
el bolsillo.
No le abrieron el cajón. Tomás siguió su camino, al
mismo paso, y no volvió la cabeza hasta que el nogal se quedó atrás, pasada la
primera curva. Entonces se paró, sacó el pañuelo y se secó el sudor, que no
todo era del calor.
Esa noche, en el pajar donde se quedó a dormir, abrió
el paquetito y contó las piedras de mechero a la luz de una cerilla. Eran
veinte, tal como había dicho el albaceteño. Las volvió a envolver en su papel y
las guardó otra vez en el fondo del cajón. Decidió que no las iba a vender,
aunque tampoco fue capaz de decidir qué iba a hacer con ellas.
## IV. El pueblo de los nogales
Al pueblo de los nogales llegó cayendo la tarde, cuando
la sombra de los árboles ya atravesaba el camino de una cuneta a la otra. Era
víspera de feria en algún pueblo de la comarca, y en la posada se habían
juntado arrieros, un tratante de mulas y dos vendedores de telas con sus
fardos, así que no quedaba una sola cama libre. La posadera, que conocía a
Tomás de otros veranos, se secó las manos en el delantal y le dijo lo único que
le podía decir.
—Queda medio colchón, en el cuarto del lañador. Si no
te importa.
—No me importa.
El lañador era un hombre ya mayor, de tierra de Molina,
que iba por los pueblos cosiendo con grapas de alambre los lebrillos, las
tinajas y los platos rotos, que en aquellos años no se tiraban. Tenía las manos
llenas de cortes pequeños, ya cerrados, y llevaba en una caja de madera el
taladro de arco, las lañas de hierro y un tarro de masilla hecha con cal y
clara de huevo. Cuando Tomás entró en el cuarto lo encontró sentado en la cama
cenando pan con una sardina, y el hombre se arrimó a la pared sin dejar de
masticar.
—Afilador —dijo, mirando el chiflo que le asomaba a
Tomás por el bolsillo—. Otro que vive de lo que se rompe.
—Yo vivo de lo que se gasta.
—Viene a ser lo mismo. El día que la gente tire lo roto
y lo gastado, nos vamos los dos a pedir.
Durmieron espalda con espalda, cada uno en su mitad de
colchón. El lañador roncaba como el fuelle de una fragua, y a Tomás le costó
dormirse, dándole vueltas a aquello de tirar lo roto, que por entonces le
pareció una cosa de locos.
A la mañana siguiente salió a la plaza, que era grande,
con la iglesia a un lado y la fuente en medio, y a esa hora ya andaban las
mujeres con los cántaros. Tomás dejó la rueda sobre sus patas y tocó el chiflo,
la escala de las graves a las agudas tres o cuatro veces y el relámpago para
rematar.
Todavía no había terminado cuando un corro de
chiquillos que jugaba junto a la iglesia salió corriendo hacia los corrales,
gritando todos a una:
—¡El que más chifle, capador! ¡El que más chifle,
capador!
Una mujer que estaba llenando el cántaro en la fuente
se echó a reír y les gritó que se volvieran, que aquel no era el capador, que
era el afilador, y que el capador no aparecía hasta pasados los Santos. Luego
se giró hacia Tomás, con el cántaro apoyado en la cadera.
—No se lo tome a mal. Los críos oyen un chiflo y ya se
creen que vienen por ellos. Como sus madres les meten miedo todo el invierno...
—¿Y usted cómo sabe que no soy el capador?
—Porque estamos en julio. Y porque usted acaba hacia
arriba. El capador acaba hacia abajo.
Tomás nunca había caído en eso. Él terminaba con el relámpago,
que subía; el capador, por lo que se ve, terminaba con un quiebro que bajaba.
En la vida lo había oído tocar, porque el capador andaba los caminos cuando él
estaba en casa, y él los andaba cuando el capador estaba en la suya. Llevaba
catorce años tocando el chiflo y había tenido que venir una mujer de un pueblo
que no era el suyo a explicarle cómo tocaba.
—Mi padre decía que el capador no pregona —siguió la
mujer—. Que toca y ya está. Usted toca y además grita.
—Yo tengo que gritar. A mí me tienen que sacar algo de
casa. Al capador ya se lo tienen esperando en la corte.
La mujer se rio y se fue a por sus cuchillos.
Tomás se pasó la mañana afilando. Sobre todo cuchillos
de cocina, y alguna que otra navaja; unas tijeras de sastre que tuvo que dejar
a medio hacer, porque tenían el filo tan comido que no hubo forma de que
cerraran; y un cuchillo de monte con mango de asta que le trajo un viejo casi
como quien trae una reliquia y que resultó ser de muy buen acero, de los de
antes de la guerra. Cuando lo terminó, el viejo lo probó en una tira de papel
de periódico y se marchó a su casa sin decir nada, pero le dio antes dos palmadas
en la espalda.
A media mañana apareció el lañador y se sentó en el
poyo de al lado, con un lebrillo roto entre las rodillas. Estuvieron un rato
trabajando los dos juntos, cada uno a lo suyo y sin hablarse, el afilador con
su piedra y el lañador con el taladro de arco, que hacía un ruido como de
grillo al morder el barro. Las mujeres que venían con cuchillos se llevaban de
paso un plato lañado, y las que venían con platos se acordaban de los
cuchillos. A mediodía el lañador sacó una navaja pequeña, con la hoja muy gastada,
la que usaba para cortar el alambre de las lañas.
—Esta no me la toca nadie —dijo—. Hoy me la toca usted.
Tomás entendió que aquello era un honor. La trató igual
que a unas tijeras finas, con la piedra chorreando agua, el pedal a medio golpe
y el pulso quieto, sin apretar, dejando que fuera la piedra la que hiciera el
trabajo. Cuando acabó, el lañador probó el filo en un trozo de alambre, movió
la cabeza en señal de que sí y no preguntó cuánto era. Tomás tampoco se lo
dijo.
Aquella noche volvieron a compartir el medio colchón. A
oscuras, cuando Tomás ya creía que el otro estaba dormido, el lañador se puso a
hablar sin que nadie le hubiera preguntado nada. Le contó que tenía un hijo en
Barcelona, trabajando en una fábrica, que le escribía por Navidad para decirle
que dejara ya los caminos, que allí había trabajo para todo el mundo y que en
las tiendas los platos costaban cuatro perras.
—Y un día iré —dijo—. Cuando ya no me quede un plato
que coser en estos pueblos.
Después se quedó dormido, y volvió a roncar como un
fuelle.
V. El pueblo del
barbero
Al pueblo del barbero llegó al otro día, con el sol ya
apretando, por un camino de tierra blanca entre trigales recién segados. Tocó
el chiflo en la plaza, pregonó, y el primero en salir no fue una mujer, sino un
hombre en mangas de camisa, con un paño blanco al hombro y todavía con una
brocha de afeitar en la mano.
—¿Usted afila navajas de barbero?
—Afilo todo lo que corta, menos las hachas.
—Eso ya lo he oído. Lo ha oído el pueblo entero.
Era el barbero del pueblo, y los sábados afeitaba a
medio pueblo en un cuarto de su casa donde tenía un sillón de mimbre, un espejo
picado y una palangana. Tenía tres navajas de afeitar, de esas de cachas de
hueso que se cierran como un libro, y las tres, según decía, tiraban del pelo
en lugar de cortarlo.
—Con el asentador de cuero ya no hay manera. Les paso
el cuero cien veces y nada.
—Es que el cuero no da filo. Lo único que hace es
enderezarlo.
Tomás le contó lo mismo que Manuel le había contado a
él: que una navaja de afeitar no se afila como un cuchillo, que tiene la hoja
tan fina que en la rueda se quema en un suspiro, y que había que trabajarla
casi sin rozar la piedra, mojándola a cada momento, con el pedal tan despacio
que parecía que la piedra no giraba. Luego venía la piedra de asentar, a mano,
en redondo, y al final el cuero, que eso sí, eso el barbero lo sabía hacer
mejor que nadie.
Con las tres se le fue una hora. El barbero no se
apartó de su lado ni un momento, siguiendo cada pasada como quien mira trabajar
a un cirujano. Cuando terminó, cogió la primera navaja, se subió la manga y se
afeitó un palmo de antebrazo de una sola pasada, sin agua y sin jabón.
—Como la seda —dijo—. ¿Qué le debo?
—Tres pesetas.
—Le pago dos. Y le afeito gratis.
Tomás llevaba una semana sin pasarse la navaja, y dijo
que sí. Se sentó en el sillón de mimbre con el paño blanco al cuello, y el barbero
le enjabonó la cara con una brocha que olía a lavanda. La navaja que le pasó
por el cuello era la misma que él acababa de afilar, y Tomás pensó que era la
primera vez en su vida que probaba su propio trabajo en su propia piel. No se
le quedó ni un pelo, y no le salió ni una gota de sangre.
—Esto habría que contarlo —dijo el barbero, mientras
limpiaba la navaja—. El afilador afeitado con su propio filo.
—No se lo cuente a nadie, que luego me piden todos lo
mismo.
Por la tarde estuvo afilando cuchillos para medio
pueblo, y en todas las casas le hablaron del barbero, que había salido a la
puerta a enseñarle la navaja a todo el que pasaba por delante.
VI. El pueblo del
maestro
En el pueblo siguiente, sin saberlo ninguno de los dos,
lo estaba esperando el maestro.
Era un hombre joven, de la capital, con gafas redondas
y una chaqueta demasiado gorda para julio, que llevaba dos años destinado en el
pueblo y que en verano, cuando no había escuela, se dedicaba a apuntar en un
cuaderno de hule todo aquello que le parecía que se iba a perder: las palabras
de los viejos, las canciones que cantaban las mozas en el lavadero, los nombres
de los parajes. En cuanto oyó el chiflo desde su casa salió con el cuaderno
debajo del brazo y una caja con los cortaplumas de la escuela, los que usaban
los chicos para sacarles punta a los lápices.
—Están todos romos —dijo—. Los chicos los usan para
todo menos para lo que son.
—Eso pasa con todo lo que cae en manos de los chicos.
Mientras Tomás iba afilando los cortaplumas, uno detrás
de otro, el maestro se sentó en un poyo y abrió el cuaderno.
—Me han contado que los afiladores tienen un idioma
propio. Que hablan entre ellos y nadie los entiende.
—Los gallegos.
—¿Usted no es gallego?
—Yo soy de aquí, de la Alcarria. Pero me enseñó un
gallego.
—¿Y le enseñó el idioma?
Tomás se quedó un rato callado, con un cortaplumas en
la mano. Jamás le había dicho a nadie de fuera del oficio ni una palabra de barallete, porque Manuel le había
enseñado que aquello no era de nadie más, que era suyo y que justo por eso
servía. Pero Manuel estaba muerto, y el maestro tenía cara de buena persona y
un cuaderno de hule que parecía hecho a propósito para guardar cosas.
—Algunas palabras —dijo al final.
Le dijo beleno,
que era hombre, y belena, que era
mujer. Le dijo belena rula, y al
maestro se le subieron los colores al apuntarlo. Le dijo mutilo, que era el aprendiz, y queicoa,
que era el afilador más grande, casi un santo, y le contó que a Castilla la
llamaban la Ancha. Más no le dijo. El
maestro lo fue apuntando todo con letra muy cuidada, preguntando cómo se
escribía cada palabra, y Tomás le tuvo que confesar que no lo sabía, que
aquello no se había escrito nunca.
—Pues ya está escrito —dijo el maestro, y cerró el
cuaderno.
A Tomás le vino una sensación rara, como si hubiera
vendido algo que no era suyo. Luego pensó que a lo mejor a Manuel le habría
gustado, y se le pasó.
Los chicos de la escuela, que en vacaciones andaban
todo el día por la plaza, estuvieron la tarde entera alrededor de la rueda.
Querían ver saltar las chispas cuando Tomás afilaba en seco, y querían soplar
el chiflo, y eso Tomás no se lo consintió. Cuando ya se marchaba, el más
pequeño le preguntó si era verdad que los afiladores traían la lluvia.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Mi abuela. Dice que cuando se oye al afilador, al otro
día llueve.
Tomás levantó la vista al cielo, que estaba limpio de
un lado a otro, y se echó a reír.
—Pues dile a tu abuela que este año se ha equivocado.
VII. La tormenta
Salió del pueblo del maestro de amanecida, con el cielo
todavía limpio. A media tarde, a mitad de camino, el aire se paró de golpe y
por el poniente el cielo se puso de un color de pizarra que Tomás conocía de
sobra. Se acordó de la abuela del niño.
La tormenta lo pilló en campo abierto, lejos de
cualquier caseta de pastor. Primero cayeron unas gotas gordas que levantaban
polvo al dar contra el camino, luego un granizo menudo y después agua, tanta
que no se veía el camino a veinte pasos. Tomás tapó la piedra con el capote,
porque una piedra de afilar que se empapa y luego se queda al sol puede
rajarse, y siguió empujando la rueda con la manta por encima de la cabeza, que
a los cinco minutos pesaba como un saco de trigo. El camino se volvió un barrizal,
la rueda se hundía hasta el cubo y había que sacarla a pulso. Dos veces estuvo
a punto de volcarla en una cuneta.
Llegó al pueblo siguiente ya de noche, chorreando por
los cuatro costados. En la posada no le quisieron cobrar: la posadera le dio
una manta seca, le puso la ropa a secar al lado de la lumbre y le sirvió un
tazón de leche caliente con pan migado, que Tomás se tomó tiritando, sentado en
un taburete junto al fuego, sin ser capaz de decir palabra. Después durmió doce
horas del tirón.
Lo primero que hizo por la mañana fue quitarle el
capote a la piedra y hacerla girar con el pie, despacio, escuchándola. Sonaba
bien. No se había rajado.
—Que no se joda la rueda —dijo en voz alta, sin darse
cuenta.
La posadera, que estaba barriendo el patio, se echó a
reír.
—Primero que no se joda el afilador, hombre.
Allí trabajó poco, porque después de una tormenta la
gente tiene otras cosas en que pensar. Pero el zapatero, que tenía el taller
justo enfrente de la posada, le trajo sus cuchillas de cortar suela, que eran
de hoja corta y ancha, sin punta, y la trincheta de rebajar el cuero. Tomás no
había afilado nunca herramientas como aquellas, y el zapatero se quedó a su
lado para explicarle cómo las quería: con el filo por un lado solo, como un
formón, y el otro lado plano, sin tocarlo.
—Si me lo afila por los dos lados, la cuchilla se me va
por donde le da la gana.
Las afiló tal y como le dijeron. El zapatero las probó
en una suela vieja, que se cortó como si fuera mantequilla, le pagó bien y,
encima, le puso una tapa nueva en la bota izquierda, que se le había despegado
con el barro del día anterior.
Salió del pueblo a mediodía, con el camino todavía
lleno de charcos y la rueda silbando en las cuestas. Nunca más volvió a reírse
de las abuelas que decían que el afilador traía la lluvia.
## VIII. El pueblo de la boda
En el pueblo siguiente había boda. Se casaba la hija
del secretario con un mozo de un pueblo vecino, y desde hacía una semana allí
no se hablaba de otra cosa. Iban a matar dos corderos y un cabrito, y en casa
de la novia llevaban tres días amasando dulces, así que cuando Tomás entró en
la plaza tocando el chiflo le salieron al paso más mujeres que en ningún otro
pueblo de toda la ruta.
Traían cuchillos de todas las clases: de cocina, de
pelar, de trinchar, de despiezar el cordero, y un par de cuchillos de matanza
tan grandes que parecían machetes. Traían tijeras para cortar el papel de los
dulces y las cintas del ramo. Y traían prisa, porque la boda era el sábado y ya
estaban a jueves.
Tomás estuvo dos días seguidos trabajando, desde que
despuntaba el alba hasta que ya no se distinguía la hoja. Muchos cuchillos
llegaban tan sucios, con la grasa de la matanza del invierno todavía pegada en
el mango y la hoja negra de óxido, que antes de ponerlos en la piedra tenía que
limpiarlos con la arena del saquete, frotando con un trapo mojado hasta que
asomaba el acero. La piedra giraba tan deprisa y tantas horas seguidas que al
anochecer le temblaban los brazos, y el último filo del día le costaba lo que
diez de los de por la mañana. El segundo día, a mediodía, se le hinchó el pie
derecho de tanto darle al pedal y tuvo que seguir con el izquierdo, que no
sabía llevar el compás.
Esa misma tarde, cuando ya iban quedando pocas mujeres,
llegó una vestida de negro, de luto viejo, con un pañuelo en la cabeza que le
tapaba media cara. Traía un cuchillo de matanza con el mango atado con alambre
y unas tijeras de costura con una punta rota.
—Estas eran de mi madre —dijo, poniéndole las tijeras
en la mano—. La punta la rompió ella. Ya sé que no tienen arreglo. Pero si al
menos cortaran un poco...
—¿Cuánto me va a cobrar? —preguntó luego, antes de que
Tomás empezara.
—Menos de lo que vale una casa, señora.
A la mujer se le escapó una risa corta, de esas que
salen sin querer, y se tapó la boca con la mano.
Tomás le afiló el cuchillo y después se entretuvo un
buen rato con las tijeras. La punta rota no tenía remedio, pero le rebajó la
otra para igualarlas y le ajustó el eje hasta que las dos hojas volvieron a
juntarse. Cortaban. No como nuevas, pero cortaban. Cuando la mujer le puso dos
reales en la mano, Tomás se los devolvió.
—Esto no se cobra.
—¿Por qué?
—Porque no.
La mujer no insistió. Se fue calle arriba con las
tijeras apretadas contra el pecho, y al poco rato volvió con un pan, un trozo
de queso y una jarra de vino. Se sentó en un poyo, enfrente de la rueda, y se
quedó mirándolo comer sin decir nada, igual que se mira a un hijo que vuelve de
la mili.
—Yo tenía uno como usted —dijo cuando él acabó—. De su
misma edad.
Tomás no le preguntó qué había sido de él. En aquellos
años esas cosas no se preguntaban.
Antes de que se pusiera el sol, un mozo grandullón, de
los que iban a matar los corderos de la boda, se le plantó delante de la rueda
con un hacha de monte al hombro. Era un hacha de las de cortar leña gorda, con
el mango de fresno pulido por las manos y la hoja mellada como una sierra de
tanto pegar contra nudos y piedras.
—A ver si me deja esto como una navaja, afilador.
Tomás ni la tocó. Se puso derecho junto a la rueda, se
llevó las manos a la boca y cantó el pregón entero, a pleno pulmón, como si
acabara de entrar en el pueblo:
—¡Se afilan cuchillos, navajas y tijeras! ¡Hachas no,
que se jode la rueda!
La gente que todavía quedaba en la plaza se echó a
reír, y el mozo, colorado hasta las orejas, acabó riéndose también, porque no
le quedaba otro remedio.
—¿Y por qué no?
—Porque esto se afila con una lima y una piedra de
mano, sentado a la puerta de tu casa. Si te lo afilo yo en la rueda, me dejas
la piedra con un surco y luego no hay tijera que salga derecha. Y si me la
rajas, me la pagas tú, que vale lo que tu padre saca en dos cosechas.
—Pues deme la lima, que me la afilo yo.
—Eso sí.
Le prestó la lima y le enseñó a quitarle las mellas a
golpes largos, de fuera hacia dentro y siempre hacia el filo, y el mozo se
sentó en el poyo y estuvo un buen rato raspando con la lengua fuera, como un
crío haciendo los deberes. Cuando acabó, el hacha no había quedado como una
navaja, pero estaba mejor que antes, y el mozo se marchó tan contento.
Ya estaba recogiendo cuando llegó el último: un viejo
que pasaría de los ochenta, con una garrota en una mano y en la otra una
hachuela pequeña, de las de partir astillas para la lumbre, con la hoja no más
ancha que una mano y el mango renegrido de humo.
—Esta sí me la vas a afilar —dijo—. Que yo ya no tengo
fuerza en las manos para la lima, y el invierno viene igual.
Tomás miró la hachuela y miró al viejo, y le vino a la
memoria Manuel, que aceptaba las hachas cuando quien las traía era pobre o era
viejo. Aquel hombre era las dos cosas.
—Esta sí.
Primero le quitó las mellas con la lima, a mano,
despacio, hasta dejar el filo parejo. Después mojó la piedra hasta que
chorreaba, bajó el pedal a medio golpe y arrimó la hachuela de plano, sin
apretar nada, dejando que fuera la piedra la que buscara el acero y no el acero
la piedra. De vez en cuando se paraba, pasaba el dedo por la piedra para ver si
se le estaba haciendo surco, volvía a mojar y seguía. Y todo el rato, entre
dientes, sin darse cuenta de que lo estaba diciendo en voz alta, iba repitiendo
lo mismo:
—Que no se joda la rueda. Que no se joda la rueda.
El viejo lo oyó y soltó una risa cascada, de pecho.
—¡Hachas no, que se jode la rueda! —recitó, imitándole
el pregón—. ¡Y luego bien que me la afilas, sinvergüenza!
—Las hachas no. Las hachuelas, a veces.
—¿Y qué diferencia hay?
—Usted.
El viejo le pagó con una perra gorda, que era todo lo
que llevaba encima, y Tomás se la cogió, porque hay cosas que no se pueden
devolver sin ofender.
Esa noche lo invitaron a la boda. No a la comida, que
era para la familia, sino al baile de después, en la era, con un acordeón y una
guitarra. Tomás no bailó, porque no sabía, pero se bebió dos vasos de vino a la
salud de los novios y le puso a la novia en la mano las veinte piedras de
mechero del albaceteño, envueltas todavía en su papel de estraza.
—Para cuando fume su marido —le dijo—. Y que no se
entere nadie de dónde han salido.
La novia no entendió nada, pero se las guardó.
IX. El pueblo de las
cuevas
Del pueblo de la boda subió al de las cuevas, que se
veía desde muy lejos, con las casas escalonadas por la ladera. Más abajo de las
casas, en la misma ladera, se abrían las bocas de las cuevas donde cada familia
guardaba su vino, y en julio, a la hora de la siesta, era el único sitio fresco
de toda la comarca.
Cuando llegó a la plaza se encontró con que ya había un
afilador. Tocaba un chiflo de boj muy parecido al suyo, también con el
relámpago al final, y trabajaba sentado en el sillín de una bicicleta, con la
piedra montada encima de la rueda trasera. Era un hombre de unos cincuenta
años, de pelo gris y con bigote, y en cuanto vio aparecer a Tomás empujando la
rueda de Manuel dejó de pedalear y se quedó mirándola como quien ve pasar a un
difunto.
—Esa rueda es de Caldelas —dijo. Tenía el mismo acento
que Manuel—. Ese armazón no lo hacen en ninguna otra parte.
—Era de Manuel Seoane.
—¿Seoane, el de Piñeiroá? —El hombre se levantó del
sillín—. ¡Pero si ese se murió!
—El invierno del cuarenta y siete.
El gallego se quitó la boina y estuvo un momento sin
decir nada. Luego se la volvió a poner y le tendió la mano.
—Ramiro. De Nogueira de Ramuín. Anduve con él por
Toledo, antes de la guerra. Tú debes de ser el mutilo alcarreño, del que hablaba.
Tomás no supo qué contestar. No tenía ni idea de que
Manuel le hablara de él a nadie.
Ese día no se repartieron el trabajo, sino que lo
hicieron juntos, en la misma esquina, uno con la rueda y el otro con la
bicicleta, pasándose las piezas según a cuál le venían mejor. Las tijeras para
Tomás, que tenía la piedra más grande y el pulso más firme; los cuchillos para
Ramiro, que iba más ligero. A la hora de comer, un vecino al que Ramiro le
había afilado gratis los cuchillos de toda la familia los bajó a su cueva, les
sacó pan, un chorizo de la matanza y una jarra de vino que sabía a tierra y a cueva,
y los dejó solos, porque se veía que tenían cosas de las que hablar.
Ramiro le habló en barallete.
Al principio despacio, como se le habla a un niño, y luego cada vez más
deprisa, riéndose, contándole cosas de Manuel que Tomás no sabía: que había
tenido una novia en Talavera, que una vez se jugó la rueda a las cartas en una
posada de Ávila y la recuperó al día siguiente, y que en su aldea lo llamaban queicoa, aunque se enfadaba si se lo
decían a la cara.
Tomás entendía la mitad. Se dio cuenta, con una
vergüenza que no se esperaba, de que se le habían olvidado muchas palabras, y
de que las que recordaba ya no le salían de la boca con la soltura de antes.
Contestaba en castellano, y Ramiro se reía de él, aunque sin mala intención.
—Estás perdido, mutilo.
Ya hablas como un castellano. Ya eres de la
Ancha.
—Soy de aquí. Siempre he sido de aquí.
—Pues por eso.
Al salir de la cueva, Ramiro le contó que aquel iba a
ser su último verano con la bicicleta. Tenía un hermano en Buenos Aires que le
había mandado los papeles, y en otoño se embarcaba en Vigo.
—Allí también hay cuchillos —dijo—. Y dicen que se paga
mejor.
—¿Y la bicicleta?
—La vendo. La rueda ya la vendí hace años. —Miró la de
Manuel, que aguardaba en la plaza apoyada en sus cuatro patas—. Tú guárdala. Es
de las últimas.
X. La vuelta
La última etapa fue un pueblo metido en una hoya, entre
olivares viejos que daban una sombra gris y escasa. Llegó cansado, con los pies
llenos de llagas y la rueda chirriando en el eje, porque el sebo se le había
terminado en el pueblo de las cuevas. Trabajó poco, lo justo para pagarse la
cena: cuchillos de cocina, unas tijeras y dos navajas. Una mujer le pagó con un
pollo vivo, porque no tenía otra cosa, y Tomás lo llevó atado a las varas de la
rueda hasta la posada, donde se lo cambió a la posadera por la cena y la cama.
Antes de marcharse, una viuda le trajo una hachuela
para partir astillas en invierno. Tomás se la quedó mirando un buen rato, se
acordó del viejo del pueblo de la boda y se la afiló, primero con la lima y
luego en la piedra, con el pedal a medio golpe y repitiendo entre dientes lo de
siempre. La viuda no le entendió, pero tampoco le preguntó.
Salió de la hoya de madrugada y volvió a su pueblo una
noche de julio, la víspera de Santiago, con la rueda chirriando en las cuestas
y más de doscientas piezas afiladas en un mes. Había recorrido diez pueblos. En
todos hubo alguien que se rio con el pregón, y en todos hubo alguien que le
trajo un hacha, y solo dos veces la puso en la rueda.
Había gastado poco: escabeche, pan, alguna cama y un
par de alpargatas nuevas en el pueblo del zapatero, para andar más ligero con
el calor y no acabar de destrozar las botas, que después del barro de la
tormenta, aun con la tapa nueva, ya no estaban para muchos trotes. En cambio,
había ahorrado un buen puñado de duros, envueltos en un pañuelo en el fondo del
cajón, en el mismo sitio donde antes iban las piedras de mechero. No era mucho,
pero en aquellos años tampoco era poco.
Traía también otra cosa que no cabía en ningún pañuelo:
la sospecha de que el albaceteño tenía razón. En aquel mes se había cruzado con
otros dos afiladores, y los dos iban en bicicleta. Ninguno empujaba ya una
rueda. Y uno de ellos se marchaba a Buenos Aires.
A la entrada del pueblo se paró, dejó la rueda sobre
sus patas y sacó el chiflo del bolsillo, aunque era noche cerrada y no quedaba
nadie despierto a quien avisar. Tocó la escala de las graves a las agudas, muy
despacio, y al final el relámpago de Manuel, que subía.
En una casa de la calle de abajo se encendió un candil.
Al poco se abrió la puerta, y su madre, que habría reconocido aquella tonada
entre todas las del mundo, salió al umbral con el mantón echado sobre los
hombros.
—¿Eres tú?
—¿Quién va a ser, madre, a estas horas?
—Cualquiera. Últimamente pasan muchos.
—Pero ninguno toca así.
Ella no contestó. Tenía la cena puesta en la lumbre,
como todos los años, aunque nunca sabía qué noche iba a volver.
XI. Lo que vino
después
Tomás todavía empujó la rueda de Manuel cinco veranos
más. En el de 1953, a la vuelta, la dejó en la cámara de su casa, tapada con
una manta, y con lo ahorrado en dos veranos se compró en la capital una
bicicleta de segunda mano con la piedra montada sobre el transportín, igual que
la del albaceteño. Con ella hacía tres pueblos al día, y algunos días cuatro.
Afilaba más, ganaba más y cantaba el pregón como siempre.
Pero algo había cambiado, y lo notaba en las manos. Con
la rueda, el afilador trabajaba de pie, con el cuerpo encima de la piedra y el
pulso firme; con la bicicleta trabajaba sentado en el sillín, pedaleando en el
sitio, con una piedra más pequeña y puesta más alta, y el filo salía más
deprisa, pero también más basto. Ya se lo había advertido Manuel, que la
bicicleta era para los que tenían prisa. Y Tomás tenía prisa, porque todo el
mundo empezaba a tenerla.
En 1956 se casó con Rosario, la modista del pueblo de
los mimbres, la de las tijeras de la abuela. Ella contaba que se había casado
con él porque fue el único hombre capaz de explicarle por qué las tijeras no
cortaban, y él contaba que se había casado con ella porque le pagó tres pesetas
por un trabajo de cinco y luego encima le trajo bizcocho. Los dos tenían razón.
Tuvieron dos hijos, un chico y una chica, y ninguno de los dos aprendió el
oficio.
En los años sesenta las mujeres empezaron a comprar los
cuchillos en las ferreterías de la capital, o en las tiendas de Madrid cuando
iban a ver a los hijos, y aquellos cuchillos nuevos traían unos filos que no
duraban nada, pero que tampoco costaban nada. Cuando se estropeaban, se tiraban
y se compraban otros. Tomás no lo entendía. Decía que un cuchillo que no se
puede afilar no es un cuchillo, que es un cubierto. Pero cada verano salían
menos mujeres a la puerta cuando tocaba el chiflo, y cada verano había más
casas cerradas y más chimeneas sin humo.
En 1964 cambió la bicicleta por una motocicleta con la
rueda de afilar montada detrás. Ya no pregonaba, porque la moto metía tanto
ruido que nadie le habría oído. Solo tocaba el chiflo, que para entonces ya no
era el de boj, sino uno de pasta, de color rojo, que se compró en una feria
porque el de Manuel se le había acabado agrietando, a pesar del aceite y de la
pluma.
El chiflo de boj lo guardó en el cajón de la cómoda, en
el mismo pañuelo que la carta del sobrino de Manuel.
Dejó el oficio en 1978, con cincuenta y ocho años,
cuando se le cansó la vista y la motocicleta ya no subía la cuesta del pueblo
del herrero sin tener que empujarla. Por aquel entonces pasaban ya por los
pueblos, de tarde en tarde, afiladores en furgoneta, con la piedra movida por
un motor y el chiflo grabado en una cinta que sonaba por un altavoz. Tomás los
oía desde la cocina, sentado con Rosario, y decía que aquella música no tenía
relámpago.
La rueda de Manuel se quedó muchos años en la cámara,
tapada con su manta. Una vez vinieron unos señores de la capital que andaban
juntando cosas antiguas para un museo y le ofrecieron dinero por ella. Tomás no
la vendió. Les dijo que aquella rueda había dado la vuelta a media España y que
ahora se iba a quedar quieta donde estaba, que ya había andado bastante.
Algunas veces, en invierno, sacaba el chiflo de boj del
cajón, aunque estuviera agrietado, y soplaba la escala en la cocina, muy flojo,
de las graves a las agudas, con el relámpago del final. Los nietos, que venían
de Madrid por Navidad, se reían y le pedían que lo tocara otra vez. Luego le
pedían el pregón, porque se lo habían oído contar a su madre, y Tomás se lo
cantaba con la voz ya rota, pero entero, desde el principio:
—¡Se afilan cuchillos, navajas y tijeras! ¡Hachas no,
que se jode la rueda!
Con aquello los nietos se reían más que con el chiflo,
porque el abuelo había soltado una palabrota delante de la abuela, y la abuela
hacía como que se enfadaba.
Ellos no sabían por qué las hachas no. Ni por qué se
jodía la rueda.
Y cuando murió Tomás, en toda la casa no quedaba ya
nadie que supiera que aquel pregón lo había cantado primero, en otra lengua, un
gallego de Castro Caldelas que empujaba una rueda por los caminos de la
Alcarria y que llamaba mutilo a un
chico de catorce años.
FIN

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