sábado

EL AFILADOR

 

EL AFILADOR

Los pueblos de este relato no llevan nombre. Podrían ser cualquiera de los que se asoman a los valles de la Alcarria, cada uno con su torre, su fuente y su plaza. Los personajes me los he inventado. El oficio, no.

I. La víspera

La víspera de San Juan de 1948 Tomás Pardo sacó la rueda al corral y la dejó puesta sobre sus cuatro patas, igual que se saca de la cuadra a un caballo viejo para ver si todavía aguanta un camino. Era un armazón de madera de olmo con dos varas largas para empujarlo, una rueda grande con su llanta de hierro y, en lo alto, la piedra de afilar, el afiladero, sujeta a su eje y movida por una correa de cuero que bajaba hasta el pedal. La rueda tenía veinte años más que él y llevaba andadas más leguas que ningún hombre del pueblo, porque antes de ser suya fue de Manuel, y antes de Manuel, de otro gallego del que ya nadie se acordaba ni del nombre.

La repasó pieza por pieza, sin prisa. Le untó sebo en el eje, apretó las cuñas de las patas, que con el calor siempre acababan flojas, y le cambió a la correa un clavo que llevaba todo el invierno con ganas de salirse. Después hizo girar la piedra con el pie, primero despacio y luego más deprisa, y se quedó escuchando. Una piedra sana suena de una forma y una piedra rajada suena de otra, aunque la raja no se vea por ningún lado, y eso, como casi todo lo del oficio, tampoco se lo había enseñado nadie con palabras. La suya sonaba bien.

Desde la puerta de la cocina lo miraba su madre, con las manos metidas en el delantal.

—¿Ya mañana?

—Mañana, en cuanto salga de misa.

—Con la calor que viene.

—Con la calor se afila igual, madre. Y en julio las mujeres ya no tienen tiempo de asomarse a la puerta.

No le dijo nada más. Eran ya catorce años viéndolo marchar por San Juan y volver por Santiago, y sabía de sobra que aquella conversación la tenían todos los veranos, aunque cada verano con otras palabras.

Luego fue colocando la carga, cada cosa en su sitio, porque una rueda mal cargada se vuelca en la primera cuesta que encuentra. En el cajón de los trastos metió el esmeril de pulir, dos piedras de asentar envueltas en un trapo, una lima, un frasco de aceite, el bote del sebo y un saquete de arena fina de río para limpiar las hojas que le llegaban sucias. Encima fueron la saca de dormir, la manta, una muda y el capote de soldado que le quedó de la mili, que en junio parecía que estorbaba y que en los páramos, de madrugada, no estorbaba nunca. Todo junto pasaba de los cincuenta kilos.

Lo último que cogió fue el chiflo. Lo tenía guardado en el cajón de la cómoda, envuelto en un pañuelo; era de boj y tenía los agujeros negros de tantos años de soplarlo. Antes de cada salida Tomás mojaba una pluma de gallina en aceite de oliva y la pasaba por dentro de los agujeros, uno por uno, para que la madera no se secara ni se abriera con el sol. Así lo hacía Manuel y así lo seguía haciendo él. Cuando acabó sopló la escala entera, muy flojito, de abajo arriba, y la cerró con el arpegio del final, unas notas que subían de golpe de las graves a las agudas, como la chispa que salta de la piedra. Manuel lo llamaba el relámpago, y decía que un afilador sin relámpago era como una campana sin badajo.

A Manuel Seoane lo conoció en la primavera del treinta y cuatro. Era de una aldea de Castro Caldelas, en la provincia de Orense, y bajaba todos los años a la Alcarria empujando aquella misma rueda. Se quedaba dos o tres noches en la posada del pueblo y la cama la pagaba siempre de la misma manera, afilándole de balde los cuchillos a la posadera. Tomás tenía por entonces catorce años y un padre al que acababa de llevarse una pulmonía. Manuel habló con la madre en la cocina, con un plato de gachas delante, y a la mañana siguiente el muchacho salió del pueblo detrás de la rueda, con una manta al hombro y sin tener muy claro adónde iba.

Durante tres años Manuel lo llamó mutilo. Así llamaban a los aprendices los afiladores de su tierra, y Tomás tardó bastante en enterarse de que aquella palabra no era ni gallega ni castellana, sino de otra lengua que no era de nadie y que solo hablaban ellos. Los afiladores de Orense la llamaban barallete y la usaban para decirse cosas delante de la gente sin que la gente se enterase. Un hombre era un beleno; una mujer, una belena, y una mujer guapa, belena rula. A Castilla le decían la Ancha, y a un afilador muy bueno, de los que ya no quedaban, queicoa, que era palabra casi de santo. Cuando Manuel quería avisarle de que una posadera cobraba de más o de que algún cliente no pensaba pagar, le bastaba con media frase, y la posadera o el cliente seguían con su sonrisa sin enterarse de nada.

Lo primero que aprendió de Manuel fue a sujetar la rueda en las cuestas abajo, porque una rueda mal llevada se embala y acaba arrastrando al hombre. Luego aprendió a asentar la hoja contra la piedra sin comerse el filo, a mojar la piedra para que no se quemara el acero y a acanalar las tijeras por dentro, que era lo más difícil del oficio y, como suele pasar, lo que peor se pagaba. Y aprendió el pregón.

Manuel lo cantaba en su lengua al entrar en los pueblos, antes de tocar el chiflo:

—¡Afílanse coitelos, navallas e tixeiras! ¡Machados non, que se fode a roda!

Al chico le costó un verano entero entenderlo, y otro más entender el porqué. Los cuchillos, las navajas y las tijeras eran de acero fino y de hoja delgada, y la piedra lo agradecía. Las hachas, no. Un hacha de monte tenía el filo gordo y lleno de mellas de pegar contra nudos y piedras, y el afilador que la metía en la rueda sin cuidado acababa con la piedra ovalada, con un surco en medio o, lo que era mucho peor, rajada, y una piedra rajada podía reventar en pedazos con la rueda en marcha. Manuel lo vio pasar una vez en Lugo, y aquel afilador se quedó sin un ojo.

—Una rueda nueva vale lo que tú sacas en dos veranos, mutilo —le decía—. Un hacha te la afila cualquiera con una lima y una piedra de mano, sentado a la puerta de su casa. El afilador no está para eso.

Por eso, las pocas veces que aceptaba un hacha, que alguna aceptaba si quien la traía era pobre o era viejo, Manuel la trataba con un mimo que no le ponía a ninguna otra cosa. Primero le quitaba las mellas con la lima, a mano y sin prisas; luego mojaba la piedra hasta que chorreaba, bajaba el pedal a medio golpe y arrimaba el hacha de plano, sin apretar, como quien acaricia a un perro que no conoce. Y todo el rato, entre dientes, repetía lo mismo:

—Que no se joda la rueda. Que no se joda la rueda.

En el cuarenta y seis Manuel se volvió a Galicia, con el pecho roto de tanto toser y sin fuerzas ya para empujar nada. A Tomás le dejó la rueda por cuarenta duros, que el muchacho le fue mandando por giro de cinco en cinco, y el chiflo de boj, que ese no se lo cobró. Murió al invierno siguiente, en su aldea. Tomás se enteró por una carta de un sobrino, escrita con muy mala letra, que guardó en el mismo pañuelo que el chiflo.

Aquel primer verano que salió solo, Tomás tradujo el pregón a su manera, al castellano de la tierra, porque un alcarreño pregonando en gallego le pareció cosa de risa. No le tocó más que las palabras:

—¡Se afilan cuchillos, navajas y tijeras! ¡Hachas no, que se jode la rueda!

La primera vez que su madre se lo oyó cantar en el corral le dijo que aquello no podía pregonarse delante de las mujeres. Tomás lo pregonó igual. Las mujeres se reían, y a una mujer que se ríe se le cobra con más facilidad.

Aquella noche, antes de irse a la cama, volvió a sacar el chiflo del pañuelo y estuvo un buen rato con él en la mano, sin soplarlo.

—¿Te acuerdas de él? —le preguntó su madre desde la alcoba.

—Todos los días.

—Era buen hombre, para ser de tan lejos.

—Era buen hombre para ser de donde fuera, madre.

II. El pueblo del herrero

Se puso en camino el día de San Juan, al salir de misa, con el sol ya alto y la rueda chirriando en la primera cuesta. El camino bajaba hasta el río entre olivos y huertas, y después tocaba subir al pueblo de enfrente por una carretera que en invierno era todo barro y en verano todo polvo, y que te obligaba a pararte cada poco para coger aire. A media mañana ya iba sudando debajo de la camisa, y cuando llegó a las primeras casas llevaba las manos hinchadas de tanto apretar las varas.

Entró en la plaza tocando el chiflo, la escala de las graves a las agudas tres o cuatro veces y, al final, el relámpago. Luego se paró en el centro, arrimado a una esquina donde daba la sombra, dejó la rueda sobre sus patas y soltó el pregón a pleno pulmón:

—¡Se afilan cuchillos, navajas y tijeras! ¡Hachas no, que se jode la rueda!

Detrás de una ventana se oyó una risa. Al poco salieron dos mujeres con los cuchillos envueltos en un paño de cocina, y tras ellas un chiquillo con unas tijeras de costura que su madre le había mandado bajar, agarradas por las hojas y con la punta hacia el suelo, como seguramente le habrían repetido mil veces.

—¿Cuánto? —preguntó la primera mujer.

—Una peseta el cuchillo. Las tijeras, un real más.

—Una peseta es mucho.

—Manuel cobraba dos reales. Pero Manuel se murió, señora, y yo todavía no.

La mujer se rio, y con eso el trato ya estaba medio hecho.

Estaba asentando el primer cuchillo, con la piedra mojada y el pie en el pedal, cuando le llegó otro chiflo desde la calle de abajo. Era más agudo que el suyo, de un sonido más fino, y no acababa en relámpago, sino en tres notas cortas que se quedaban colgando en el aire.

El otro afilador venía en bicicleta. Llevaba la piedra montada en el transportín, encima de la rueda de atrás, y en cuanto puso la bicicleta en el caballete y se sentó en el sillín, se puso a pedalear en el sitio y la piedra echó a girar como un molinillo. Sería un hombre de unos cuarenta años, bajo y moreno, con la boina calada hasta las cejas, y de la barra de la bicicleta le colgaba una caja de latón. Tomás supo que no era gallego antes incluso de que abriera la boca.

Estuvieron un rato mirándose sin decir palabra, cada uno en su esquina, como se miran dos perros en una era.

—¿De dónde es usted? —preguntó por fin Tomás.

—De Albacete. ¿Y usted?

—De aquí arriba. De un pueblo que no se ve desde ningún sitio.

—¿Afilador de por aquí? —El otro levantó las cejas—. Pues no sabía yo que hubiera.

—Solo hay uno.

—Ya se nota.

El albaceteño abrió la caja de latón. Dentro, encima de un paño verde, llevaba una docena de navajas de su tierra, de muelles, con cachas de asta y de hueso, tan relucientes que parecía que nadie las había tocado nunca. Las vendía, explicó, a los hombres que salían a la puerta al oír el chiflo, porque el que tiene una navaja vieja siempre se deja tentar por una nueva.

—Yo afilo y vendo —dijo—. En esta tierra, si no vendes, no comes.

—Yo solo afilo.

—Por eso lleva usted los zapatos como los lleva.

Tomás se miró los zapatos y no supo qué contestar, porque el hombre tenía razón.

—Aquí hay faena para los dos —dijo al cabo—, si no nos pisamos. Usted se queda con las tijeras y yo con los cuchillos.

El albaceteño se echó a reír, porque sabía de sobra que las tijeras eran lo que más trabajo da y lo que menos se paga, y que el otro le estaba dejando el hueso. Aun así, aceptó. Estuvieron toda la mañana trabajando cada uno en su esquina, sin estorbarse, y cuando alguna mujer se equivocaba de afilador, el otro la mandaba a la esquina de enfrente con un golpe de barbilla.

A mediodía comieron juntos en la posada: escabeche de barril, pan y vino. El albaceteño comía deprisa, con los codos encima de la mesa, y al acabar apuntó con la navaja a la rueda de Tomás, que aguardaba en el patio a la sombra de una parra.

—Eso ya no se lleva, paisano.

—Eso es lo que hay.

—Eso pesa como un burro muerto. Yo con la bicicleta hago tres pueblos al día. Usted, con suerte, uno. Dentro de diez años no queda una rueda de esas por los caminos, acuérdese de lo que le digo.

—Esa rueda era de un gallego que se recorrió media España con ella.

—Pues por eso mismo. Ya ha andado bastante.

Tomás no le respondió. Estaba pensando en Manuel, que decía que la bicicleta era para los que tenían prisa, y que un afilador con prisa termina afilando mal.

Por la tarde se presentó el herrero del pueblo. Era un hombretón con los brazos negros hasta el codo y un mandil de cuero que le llegaba a las rodillas, y traía debajo del brazo seis cuchillos de matanza atados con una cuerda. Los había forjado él mismo ese invierno, para las casas que se los habían encargado, y eran buenas piezas, de hoja ancha y mango de encina remachado con tres clavos.

—El fuego lo pongo yo —le dijo, dejándolos encima del cajón de la rueda—. Pero la piedra la pone usted. Yo no tengo paciencia para darles el último filo, y el que les doy yo no les dura ni una matanza.

—¿Y por qué no se los lleva al de la bicicleta?

—Porque ese vende navajas. Y el que vende no afila bien lo que no vende.

Tomás se los afiló de uno en uno, sin prisa, con la piedra chorreando y el pie bien firme en el pedal, y luego los repasó en la piedra de asentar hasta que cortaban un papel de fumar puesto de canto. Le cobró una peseta por cuchillo, el doble de lo que pedía Manuel antes de la guerra. El herrero pagó sin rechistar y se marchó con los cuchillos debajo del brazo, igual que había venido.

Por la noche, en la posada, el albaceteño le pasó un paquetito del tamaño de una caja de cerillas, envuelto en papel de estraza.

—Piedras de mechero —le dijo muy bajo—. Veinte. En la capital te las quitan de las manos.

—Eso es contrabando.

—Todo lo que da dinero es contrabando, paisano. Lo que no da dinero es caridad.

Tomás lo metió en el fondo del cajón, debajo de las piedras de asentar. Nunca llegó a saber muy bien por qué lo hizo.

III. El pueblo de los mimbres

Al día siguiente subió por la vega del río, entre los mimbres que crecían a su aire por las orillas, revueltos con chopos y zarzas, y que olían a agua parada y a hoja verde. Nadie los plantaba ni se ocupaba de ellos; en invierno bajaba algún viejo del pueblo a cortar unas cuantas varas para los cestos de su casa, y poco más. Al pasar por delante de una puerta, Tomás vio a uno de esos viejos sentado en el suelo, trenzando una cesta a tal velocidad que le pareció cosa de brujas. Aquel valle le gustaba; era el más fresco de toda la ruta y el único donde la rueda no iba tragando polvo.

En el pueblo de los mimbres tocó el chiflo en la plaza, junto a la iglesia, y lo primero que apareció no fue una mujer con cuchillos, sino una muchacha con una caja de madera debajo del brazo. Era la modista del pueblo, o la que hacía de modista, que en un pueblo pequeño viene a ser lo mismo. Se llamaba Rosario, tendría unos veinte años y en la caja llevaba cuatro pares de tijeras: dos de cortar tela, largas y pesadas; unas pequeñitas de bordar, con las hojas curvas, y otras de picos que habían sido de su abuela.

—No corta ninguna —dijo—. Ni las de mi abuela, que eran las mejores.

—Las tijeras son lo más difícil.

—Eso dicen todos. Por eso ninguno las afila bien.

Tomás las fue sacando de la caja y probándolas una a una, abriéndolas y cerrándolas pegadas a la oreja. Una tijera buena suena de una manera, y una tijera cansada suena de otra.

—Estas no cierran —dijo—. No es que les falte filo, es que no puntean. Se abren por la punta.

—¿Y eso tiene arreglo?

—Tiene. Pero va despacio.

Le fue explicando lo que hacía mientras lo hacía, porque la muchacha no se despegaba de su lado y lo preguntaba todo. A las tijeras no había que afilarlas por dentro, que era en lo que se equivocaba todo el mundo, porque si les comías la cara de dentro ya no volvían a cortar nunca. Había que desbastarlas un poquito por dentro, lo justo, acanalarlas, como decían los afiladores, y después afilar el bisel por fuera, las dos hojas por igual, metidas a tope en la piedra para que las puntas quedaran parejas. Y si no cerraban, había que ir trabajando el eje hasta que las dos hojas volvieran a juntarse de punta a punta.

—¿Y cómo sabe cuándo están?

—Cuando cortan un hilo mojado sin morderlo.

Con las cuatro se le fue más de una hora. Rosario fue por un carrete de hilo, lo mojó en la fuente y se lo puso delante. Las tijeras de la abuela cortaron el hilo al primer golpe, sin hacer ruido, y la muchacha se quedó mirándolas como si le hubieran devuelto algo que ya daba por perdido.

—¿Cuánto es?

Tomás echó la cuenta de cabeza y le salían más de cinco pesetas. Después miró el vestido de la muchacha, que era de percal y estaba lavado muchas veces, y la caja de madera, que tenía una esquina rota.

—Tres pesetas.

—Son más.

—Son tres. Las de su abuela, esas no se cobran.

La muchacha le pagó y se marchó deprisa, sin darle las gracias, pero a los diez minutos estaba de vuelta con un trozo de bizcocho envuelto en una servilleta y una botella de gaseosa, y se lo dejó todo encima del cajón de la rueda sin decir nada.

A la salida del pueblo, a la sombra de un nogal que había al lado de la fuente de abajo, estaba sentada la pareja de la Guardia Civil. Tenían los tricornios encima de las rodillas y los fusiles apoyados en el tronco, y vieron acercarse la rueda por el camino con la paciencia del que se ha pasado la mañana entera sin ver pasar a nadie.

Tomás notó el paquetito del albaceteño en el fondo del cajón como si le quemara a través de la madera. Veinte piedras de mechero no eran nada, pero eran contrabando, y con la Guardia Civil no había nada que fuera poco. Siguió empujando la rueda al mismo paso, sin apurarse y sin pararse, porque eso también se lo había enseñado Manuel: el hombre que cambia el paso al ver un tricornio es un hombre que tiene algo que esconder.

—Buenas tardes —dijo el cabo.

—Buenas tardes nos dé Dios.

—¿Afilador?

—Para servirles.

—¿Y adónde va?

—Al de los nogales, si me deja la calor.

El cabo lo miró de arriba abajo y después se quedó mirando el cajón. Tomás no esperó a que le preguntara nada más.

—¿Tienen ustedes navaja?

Tenían. El cabo sacó una de cachas negras, vieja y roma, y el guardia joven, otra más nueva que le había regalado su padre cuando entró en el Cuerpo. Tomás se las afiló allí mismo, a la sombra del nogal, con agua de la fuente y sin prisa, y luego les sacó brillo en el esmeril hasta que los dos guardias se podían ver la cara en las hojas. No les cobró ni una perra, y ellos tampoco hicieron intención de pagar.

—¿De dónde dice que es?

—De arriba, del de la cuesta de los olivos.

—¿Del de la cuesta? —El cabo se quedó pensativo—. Allí tengo yo un primo casado. El de la Engracia, la de los Olivares.

—Lo conozco. Buena gente.

—Buena gente —repitió el cabo, y se metió la navaja en el bolsillo.

No le abrieron el cajón. Tomás siguió su camino, al mismo paso, y no volvió la cabeza hasta que el nogal se quedó atrás, pasada la primera curva. Entonces se paró, sacó el pañuelo y se secó el sudor, que no todo era del calor.

Esa noche, en el pajar donde se quedó a dormir, abrió el paquetito y contó las piedras de mechero a la luz de una cerilla. Eran veinte, tal como había dicho el albaceteño. Las volvió a envolver en su papel y las guardó otra vez en el fondo del cajón. Decidió que no las iba a vender, aunque tampoco fue capaz de decidir qué iba a hacer con ellas.
## IV. El pueblo de los nogales

Al pueblo de los nogales llegó cayendo la tarde, cuando la sombra de los árboles ya atravesaba el camino de una cuneta a la otra. Era víspera de feria en algún pueblo de la comarca, y en la posada se habían juntado arrieros, un tratante de mulas y dos vendedores de telas con sus fardos, así que no quedaba una sola cama libre. La posadera, que conocía a Tomás de otros veranos, se secó las manos en el delantal y le dijo lo único que le podía decir.

—Queda medio colchón, en el cuarto del lañador. Si no te importa.

—No me importa.

El lañador era un hombre ya mayor, de tierra de Molina, que iba por los pueblos cosiendo con grapas de alambre los lebrillos, las tinajas y los platos rotos, que en aquellos años no se tiraban. Tenía las manos llenas de cortes pequeños, ya cerrados, y llevaba en una caja de madera el taladro de arco, las lañas de hierro y un tarro de masilla hecha con cal y clara de huevo. Cuando Tomás entró en el cuarto lo encontró sentado en la cama cenando pan con una sardina, y el hombre se arrimó a la pared sin dejar de masticar.

—Afilador —dijo, mirando el chiflo que le asomaba a Tomás por el bolsillo—. Otro que vive de lo que se rompe.

—Yo vivo de lo que se gasta.

—Viene a ser lo mismo. El día que la gente tire lo roto y lo gastado, nos vamos los dos a pedir.

Durmieron espalda con espalda, cada uno en su mitad de colchón. El lañador roncaba como el fuelle de una fragua, y a Tomás le costó dormirse, dándole vueltas a aquello de tirar lo roto, que por entonces le pareció una cosa de locos.

A la mañana siguiente salió a la plaza, que era grande, con la iglesia a un lado y la fuente en medio, y a esa hora ya andaban las mujeres con los cántaros. Tomás dejó la rueda sobre sus patas y tocó el chiflo, la escala de las graves a las agudas tres o cuatro veces y el relámpago para rematar.

Todavía no había terminado cuando un corro de chiquillos que jugaba junto a la iglesia salió corriendo hacia los corrales, gritando todos a una:

—¡El que más chifle, capador! ¡El que más chifle, capador!

Una mujer que estaba llenando el cántaro en la fuente se echó a reír y les gritó que se volvieran, que aquel no era el capador, que era el afilador, y que el capador no aparecía hasta pasados los Santos. Luego se giró hacia Tomás, con el cántaro apoyado en la cadera.

—No se lo tome a mal. Los críos oyen un chiflo y ya se creen que vienen por ellos. Como sus madres les meten miedo todo el invierno...

—¿Y usted cómo sabe que no soy el capador?

—Porque estamos en julio. Y porque usted acaba hacia arriba. El capador acaba hacia abajo.

Tomás nunca había caído en eso. Él terminaba con el relámpago, que subía; el capador, por lo que se ve, terminaba con un quiebro que bajaba. En la vida lo había oído tocar, porque el capador andaba los caminos cuando él estaba en casa, y él los andaba cuando el capador estaba en la suya. Llevaba catorce años tocando el chiflo y había tenido que venir una mujer de un pueblo que no era el suyo a explicarle cómo tocaba.

—Mi padre decía que el capador no pregona —siguió la mujer—. Que toca y ya está. Usted toca y además grita.

—Yo tengo que gritar. A mí me tienen que sacar algo de casa. Al capador ya se lo tienen esperando en la corte.

La mujer se rio y se fue a por sus cuchillos.

Tomás se pasó la mañana afilando. Sobre todo cuchillos de cocina, y alguna que otra navaja; unas tijeras de sastre que tuvo que dejar a medio hacer, porque tenían el filo tan comido que no hubo forma de que cerraran; y un cuchillo de monte con mango de asta que le trajo un viejo casi como quien trae una reliquia y que resultó ser de muy buen acero, de los de antes de la guerra. Cuando lo terminó, el viejo lo probó en una tira de papel de periódico y se marchó a su casa sin decir nada, pero le dio antes dos palmadas en la espalda.

A media mañana apareció el lañador y se sentó en el poyo de al lado, con un lebrillo roto entre las rodillas. Estuvieron un rato trabajando los dos juntos, cada uno a lo suyo y sin hablarse, el afilador con su piedra y el lañador con el taladro de arco, que hacía un ruido como de grillo al morder el barro. Las mujeres que venían con cuchillos se llevaban de paso un plato lañado, y las que venían con platos se acordaban de los cuchillos. A mediodía el lañador sacó una navaja pequeña, con la hoja muy gastada, la que usaba para cortar el alambre de las lañas.

—Esta no me la toca nadie —dijo—. Hoy me la toca usted.

Tomás entendió que aquello era un honor. La trató igual que a unas tijeras finas, con la piedra chorreando agua, el pedal a medio golpe y el pulso quieto, sin apretar, dejando que fuera la piedra la que hiciera el trabajo. Cuando acabó, el lañador probó el filo en un trozo de alambre, movió la cabeza en señal de que sí y no preguntó cuánto era. Tomás tampoco se lo dijo.

Aquella noche volvieron a compartir el medio colchón. A oscuras, cuando Tomás ya creía que el otro estaba dormido, el lañador se puso a hablar sin que nadie le hubiera preguntado nada. Le contó que tenía un hijo en Barcelona, trabajando en una fábrica, que le escribía por Navidad para decirle que dejara ya los caminos, que allí había trabajo para todo el mundo y que en las tiendas los platos costaban cuatro perras.

—Y un día iré —dijo—. Cuando ya no me quede un plato que coser en estos pueblos.

Después se quedó dormido, y volvió a roncar como un fuelle.

V. El pueblo del barbero

Al pueblo del barbero llegó al otro día, con el sol ya apretando, por un camino de tierra blanca entre trigales recién segados. Tocó el chiflo en la plaza, pregonó, y el primero en salir no fue una mujer, sino un hombre en mangas de camisa, con un paño blanco al hombro y todavía con una brocha de afeitar en la mano.

—¿Usted afila navajas de barbero?

—Afilo todo lo que corta, menos las hachas.

—Eso ya lo he oído. Lo ha oído el pueblo entero.

Era el barbero del pueblo, y los sábados afeitaba a medio pueblo en un cuarto de su casa donde tenía un sillón de mimbre, un espejo picado y una palangana. Tenía tres navajas de afeitar, de esas de cachas de hueso que se cierran como un libro, y las tres, según decía, tiraban del pelo en lugar de cortarlo.

—Con el asentador de cuero ya no hay manera. Les paso el cuero cien veces y nada.

—Es que el cuero no da filo. Lo único que hace es enderezarlo.

Tomás le contó lo mismo que Manuel le había contado a él: que una navaja de afeitar no se afila como un cuchillo, que tiene la hoja tan fina que en la rueda se quema en un suspiro, y que había que trabajarla casi sin rozar la piedra, mojándola a cada momento, con el pedal tan despacio que parecía que la piedra no giraba. Luego venía la piedra de asentar, a mano, en redondo, y al final el cuero, que eso sí, eso el barbero lo sabía hacer mejor que nadie.

Con las tres se le fue una hora. El barbero no se apartó de su lado ni un momento, siguiendo cada pasada como quien mira trabajar a un cirujano. Cuando terminó, cogió la primera navaja, se subió la manga y se afeitó un palmo de antebrazo de una sola pasada, sin agua y sin jabón.

—Como la seda —dijo—. ¿Qué le debo?

—Tres pesetas.

—Le pago dos. Y le afeito gratis.

Tomás llevaba una semana sin pasarse la navaja, y dijo que sí. Se sentó en el sillón de mimbre con el paño blanco al cuello, y el barbero le enjabonó la cara con una brocha que olía a lavanda. La navaja que le pasó por el cuello era la misma que él acababa de afilar, y Tomás pensó que era la primera vez en su vida que probaba su propio trabajo en su propia piel. No se le quedó ni un pelo, y no le salió ni una gota de sangre.

—Esto habría que contarlo —dijo el barbero, mientras limpiaba la navaja—. El afilador afeitado con su propio filo.

—No se lo cuente a nadie, que luego me piden todos lo mismo.

Por la tarde estuvo afilando cuchillos para medio pueblo, y en todas las casas le hablaron del barbero, que había salido a la puerta a enseñarle la navaja a todo el que pasaba por delante.

VI. El pueblo del maestro

En el pueblo siguiente, sin saberlo ninguno de los dos, lo estaba esperando el maestro.

Era un hombre joven, de la capital, con gafas redondas y una chaqueta demasiado gorda para julio, que llevaba dos años destinado en el pueblo y que en verano, cuando no había escuela, se dedicaba a apuntar en un cuaderno de hule todo aquello que le parecía que se iba a perder: las palabras de los viejos, las canciones que cantaban las mozas en el lavadero, los nombres de los parajes. En cuanto oyó el chiflo desde su casa salió con el cuaderno debajo del brazo y una caja con los cortaplumas de la escuela, los que usaban los chicos para sacarles punta a los lápices.

—Están todos romos —dijo—. Los chicos los usan para todo menos para lo que son.

—Eso pasa con todo lo que cae en manos de los chicos.

Mientras Tomás iba afilando los cortaplumas, uno detrás de otro, el maestro se sentó en un poyo y abrió el cuaderno.

—Me han contado que los afiladores tienen un idioma propio. Que hablan entre ellos y nadie los entiende.

—Los gallegos.

—¿Usted no es gallego?

—Yo soy de aquí, de la Alcarria. Pero me enseñó un gallego.

—¿Y le enseñó el idioma?

Tomás se quedó un rato callado, con un cortaplumas en la mano. Jamás le había dicho a nadie de fuera del oficio ni una palabra de barallete, porque Manuel le había enseñado que aquello no era de nadie más, que era suyo y que justo por eso servía. Pero Manuel estaba muerto, y el maestro tenía cara de buena persona y un cuaderno de hule que parecía hecho a propósito para guardar cosas.

—Algunas palabras —dijo al final.

Le dijo beleno, que era hombre, y belena, que era mujer. Le dijo belena rula, y al maestro se le subieron los colores al apuntarlo. Le dijo mutilo, que era el aprendiz, y queicoa, que era el afilador más grande, casi un santo, y le contó que a Castilla la llamaban la Ancha. Más no le dijo. El maestro lo fue apuntando todo con letra muy cuidada, preguntando cómo se escribía cada palabra, y Tomás le tuvo que confesar que no lo sabía, que aquello no se había escrito nunca.

—Pues ya está escrito —dijo el maestro, y cerró el cuaderno.

A Tomás le vino una sensación rara, como si hubiera vendido algo que no era suyo. Luego pensó que a lo mejor a Manuel le habría gustado, y se le pasó.

Los chicos de la escuela, que en vacaciones andaban todo el día por la plaza, estuvieron la tarde entera alrededor de la rueda. Querían ver saltar las chispas cuando Tomás afilaba en seco, y querían soplar el chiflo, y eso Tomás no se lo consintió. Cuando ya se marchaba, el más pequeño le preguntó si era verdad que los afiladores traían la lluvia.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Mi abuela. Dice que cuando se oye al afilador, al otro día llueve.

Tomás levantó la vista al cielo, que estaba limpio de un lado a otro, y se echó a reír.

—Pues dile a tu abuela que este año se ha equivocado.

VII. La tormenta

Salió del pueblo del maestro de amanecida, con el cielo todavía limpio. A media tarde, a mitad de camino, el aire se paró de golpe y por el poniente el cielo se puso de un color de pizarra que Tomás conocía de sobra. Se acordó de la abuela del niño.

La tormenta lo pilló en campo abierto, lejos de cualquier caseta de pastor. Primero cayeron unas gotas gordas que levantaban polvo al dar contra el camino, luego un granizo menudo y después agua, tanta que no se veía el camino a veinte pasos. Tomás tapó la piedra con el capote, porque una piedra de afilar que se empapa y luego se queda al sol puede rajarse, y siguió empujando la rueda con la manta por encima de la cabeza, que a los cinco minutos pesaba como un saco de trigo. El camino se volvió un barrizal, la rueda se hundía hasta el cubo y había que sacarla a pulso. Dos veces estuvo a punto de volcarla en una cuneta.

Llegó al pueblo siguiente ya de noche, chorreando por los cuatro costados. En la posada no le quisieron cobrar: la posadera le dio una manta seca, le puso la ropa a secar al lado de la lumbre y le sirvió un tazón de leche caliente con pan migado, que Tomás se tomó tiritando, sentado en un taburete junto al fuego, sin ser capaz de decir palabra. Después durmió doce horas del tirón.

Lo primero que hizo por la mañana fue quitarle el capote a la piedra y hacerla girar con el pie, despacio, escuchándola. Sonaba bien. No se había rajado.

—Que no se joda la rueda —dijo en voz alta, sin darse cuenta.

La posadera, que estaba barriendo el patio, se echó a reír.

—Primero que no se joda el afilador, hombre.

Allí trabajó poco, porque después de una tormenta la gente tiene otras cosas en que pensar. Pero el zapatero, que tenía el taller justo enfrente de la posada, le trajo sus cuchillas de cortar suela, que eran de hoja corta y ancha, sin punta, y la trincheta de rebajar el cuero. Tomás no había afilado nunca herramientas como aquellas, y el zapatero se quedó a su lado para explicarle cómo las quería: con el filo por un lado solo, como un formón, y el otro lado plano, sin tocarlo.

—Si me lo afila por los dos lados, la cuchilla se me va por donde le da la gana.

Las afiló tal y como le dijeron. El zapatero las probó en una suela vieja, que se cortó como si fuera mantequilla, le pagó bien y, encima, le puso una tapa nueva en la bota izquierda, que se le había despegado con el barro del día anterior.

Salió del pueblo a mediodía, con el camino todavía lleno de charcos y la rueda silbando en las cuestas. Nunca más volvió a reírse de las abuelas que decían que el afilador traía la lluvia.
## VIII. El pueblo de la boda

En el pueblo siguiente había boda. Se casaba la hija del secretario con un mozo de un pueblo vecino, y desde hacía una semana allí no se hablaba de otra cosa. Iban a matar dos corderos y un cabrito, y en casa de la novia llevaban tres días amasando dulces, así que cuando Tomás entró en la plaza tocando el chiflo le salieron al paso más mujeres que en ningún otro pueblo de toda la ruta.

Traían cuchillos de todas las clases: de cocina, de pelar, de trinchar, de despiezar el cordero, y un par de cuchillos de matanza tan grandes que parecían machetes. Traían tijeras para cortar el papel de los dulces y las cintas del ramo. Y traían prisa, porque la boda era el sábado y ya estaban a jueves.

Tomás estuvo dos días seguidos trabajando, desde que despuntaba el alba hasta que ya no se distinguía la hoja. Muchos cuchillos llegaban tan sucios, con la grasa de la matanza del invierno todavía pegada en el mango y la hoja negra de óxido, que antes de ponerlos en la piedra tenía que limpiarlos con la arena del saquete, frotando con un trapo mojado hasta que asomaba el acero. La piedra giraba tan deprisa y tantas horas seguidas que al anochecer le temblaban los brazos, y el último filo del día le costaba lo que diez de los de por la mañana. El segundo día, a mediodía, se le hinchó el pie derecho de tanto darle al pedal y tuvo que seguir con el izquierdo, que no sabía llevar el compás.

Esa misma tarde, cuando ya iban quedando pocas mujeres, llegó una vestida de negro, de luto viejo, con un pañuelo en la cabeza que le tapaba media cara. Traía un cuchillo de matanza con el mango atado con alambre y unas tijeras de costura con una punta rota.

—Estas eran de mi madre —dijo, poniéndole las tijeras en la mano—. La punta la rompió ella. Ya sé que no tienen arreglo. Pero si al menos cortaran un poco...

—¿Cuánto me va a cobrar? —preguntó luego, antes de que Tomás empezara.

—Menos de lo que vale una casa, señora.

A la mujer se le escapó una risa corta, de esas que salen sin querer, y se tapó la boca con la mano.

Tomás le afiló el cuchillo y después se entretuvo un buen rato con las tijeras. La punta rota no tenía remedio, pero le rebajó la otra para igualarlas y le ajustó el eje hasta que las dos hojas volvieron a juntarse. Cortaban. No como nuevas, pero cortaban. Cuando la mujer le puso dos reales en la mano, Tomás se los devolvió.

—Esto no se cobra.

—¿Por qué?

—Porque no.

La mujer no insistió. Se fue calle arriba con las tijeras apretadas contra el pecho, y al poco rato volvió con un pan, un trozo de queso y una jarra de vino. Se sentó en un poyo, enfrente de la rueda, y se quedó mirándolo comer sin decir nada, igual que se mira a un hijo que vuelve de la mili.

—Yo tenía uno como usted —dijo cuando él acabó—. De su misma edad.

Tomás no le preguntó qué había sido de él. En aquellos años esas cosas no se preguntaban.

Antes de que se pusiera el sol, un mozo grandullón, de los que iban a matar los corderos de la boda, se le plantó delante de la rueda con un hacha de monte al hombro. Era un hacha de las de cortar leña gorda, con el mango de fresno pulido por las manos y la hoja mellada como una sierra de tanto pegar contra nudos y piedras.

—A ver si me deja esto como una navaja, afilador.

Tomás ni la tocó. Se puso derecho junto a la rueda, se llevó las manos a la boca y cantó el pregón entero, a pleno pulmón, como si acabara de entrar en el pueblo:

—¡Se afilan cuchillos, navajas y tijeras! ¡Hachas no, que se jode la rueda!

La gente que todavía quedaba en la plaza se echó a reír, y el mozo, colorado hasta las orejas, acabó riéndose también, porque no le quedaba otro remedio.

—¿Y por qué no?

—Porque esto se afila con una lima y una piedra de mano, sentado a la puerta de tu casa. Si te lo afilo yo en la rueda, me dejas la piedra con un surco y luego no hay tijera que salga derecha. Y si me la rajas, me la pagas tú, que vale lo que tu padre saca en dos cosechas.

—Pues deme la lima, que me la afilo yo.

—Eso sí.

Le prestó la lima y le enseñó a quitarle las mellas a golpes largos, de fuera hacia dentro y siempre hacia el filo, y el mozo se sentó en el poyo y estuvo un buen rato raspando con la lengua fuera, como un crío haciendo los deberes. Cuando acabó, el hacha no había quedado como una navaja, pero estaba mejor que antes, y el mozo se marchó tan contento.

Ya estaba recogiendo cuando llegó el último: un viejo que pasaría de los ochenta, con una garrota en una mano y en la otra una hachuela pequeña, de las de partir astillas para la lumbre, con la hoja no más ancha que una mano y el mango renegrido de humo.

—Esta sí me la vas a afilar —dijo—. Que yo ya no tengo fuerza en las manos para la lima, y el invierno viene igual.

Tomás miró la hachuela y miró al viejo, y le vino a la memoria Manuel, que aceptaba las hachas cuando quien las traía era pobre o era viejo. Aquel hombre era las dos cosas.

—Esta sí.

Primero le quitó las mellas con la lima, a mano, despacio, hasta dejar el filo parejo. Después mojó la piedra hasta que chorreaba, bajó el pedal a medio golpe y arrimó la hachuela de plano, sin apretar nada, dejando que fuera la piedra la que buscara el acero y no el acero la piedra. De vez en cuando se paraba, pasaba el dedo por la piedra para ver si se le estaba haciendo surco, volvía a mojar y seguía. Y todo el rato, entre dientes, sin darse cuenta de que lo estaba diciendo en voz alta, iba repitiendo lo mismo:

—Que no se joda la rueda. Que no se joda la rueda.

El viejo lo oyó y soltó una risa cascada, de pecho.

—¡Hachas no, que se jode la rueda! —recitó, imitándole el pregón—. ¡Y luego bien que me la afilas, sinvergüenza!

—Las hachas no. Las hachuelas, a veces.

—¿Y qué diferencia hay?

—Usted.

El viejo le pagó con una perra gorda, que era todo lo que llevaba encima, y Tomás se la cogió, porque hay cosas que no se pueden devolver sin ofender.

Esa noche lo invitaron a la boda. No a la comida, que era para la familia, sino al baile de después, en la era, con un acordeón y una guitarra. Tomás no bailó, porque no sabía, pero se bebió dos vasos de vino a la salud de los novios y le puso a la novia en la mano las veinte piedras de mechero del albaceteño, envueltas todavía en su papel de estraza.

—Para cuando fume su marido —le dijo—. Y que no se entere nadie de dónde han salido.

La novia no entendió nada, pero se las guardó.

IX. El pueblo de las cuevas

Del pueblo de la boda subió al de las cuevas, que se veía desde muy lejos, con las casas escalonadas por la ladera. Más abajo de las casas, en la misma ladera, se abrían las bocas de las cuevas donde cada familia guardaba su vino, y en julio, a la hora de la siesta, era el único sitio fresco de toda la comarca.

Cuando llegó a la plaza se encontró con que ya había un afilador. Tocaba un chiflo de boj muy parecido al suyo, también con el relámpago al final, y trabajaba sentado en el sillín de una bicicleta, con la piedra montada encima de la rueda trasera. Era un hombre de unos cincuenta años, de pelo gris y con bigote, y en cuanto vio aparecer a Tomás empujando la rueda de Manuel dejó de pedalear y se quedó mirándola como quien ve pasar a un difunto.

—Esa rueda es de Caldelas —dijo. Tenía el mismo acento que Manuel—. Ese armazón no lo hacen en ninguna otra parte.

—Era de Manuel Seoane.

—¿Seoane, el de Piñeiroá? —El hombre se levantó del sillín—. ¡Pero si ese se murió!

—El invierno del cuarenta y siete.

El gallego se quitó la boina y estuvo un momento sin decir nada. Luego se la volvió a poner y le tendió la mano.

—Ramiro. De Nogueira de Ramuín. Anduve con él por Toledo, antes de la guerra. Tú debes de ser el mutilo alcarreño, del que hablaba.

Tomás no supo qué contestar. No tenía ni idea de que Manuel le hablara de él a nadie.

Ese día no se repartieron el trabajo, sino que lo hicieron juntos, en la misma esquina, uno con la rueda y el otro con la bicicleta, pasándose las piezas según a cuál le venían mejor. Las tijeras para Tomás, que tenía la piedra más grande y el pulso más firme; los cuchillos para Ramiro, que iba más ligero. A la hora de comer, un vecino al que Ramiro le había afilado gratis los cuchillos de toda la familia los bajó a su cueva, les sacó pan, un chorizo de la matanza y una jarra de vino que sabía a tierra y a cueva, y los dejó solos, porque se veía que tenían cosas de las que hablar.

Ramiro le habló en barallete. Al principio despacio, como se le habla a un niño, y luego cada vez más deprisa, riéndose, contándole cosas de Manuel que Tomás no sabía: que había tenido una novia en Talavera, que una vez se jugó la rueda a las cartas en una posada de Ávila y la recuperó al día siguiente, y que en su aldea lo llamaban queicoa, aunque se enfadaba si se lo decían a la cara.

Tomás entendía la mitad. Se dio cuenta, con una vergüenza que no se esperaba, de que se le habían olvidado muchas palabras, y de que las que recordaba ya no le salían de la boca con la soltura de antes. Contestaba en castellano, y Ramiro se reía de él, aunque sin mala intención.

—Estás perdido, mutilo. Ya hablas como un castellano. Ya eres de la Ancha.

—Soy de aquí. Siempre he sido de aquí.

—Pues por eso.

Al salir de la cueva, Ramiro le contó que aquel iba a ser su último verano con la bicicleta. Tenía un hermano en Buenos Aires que le había mandado los papeles, y en otoño se embarcaba en Vigo.

—Allí también hay cuchillos —dijo—. Y dicen que se paga mejor.

—¿Y la bicicleta?

—La vendo. La rueda ya la vendí hace años. —Miró la de Manuel, que aguardaba en la plaza apoyada en sus cuatro patas—. Tú guárdala. Es de las últimas.

X. La vuelta

La última etapa fue un pueblo metido en una hoya, entre olivares viejos que daban una sombra gris y escasa. Llegó cansado, con los pies llenos de llagas y la rueda chirriando en el eje, porque el sebo se le había terminado en el pueblo de las cuevas. Trabajó poco, lo justo para pagarse la cena: cuchillos de cocina, unas tijeras y dos navajas. Una mujer le pagó con un pollo vivo, porque no tenía otra cosa, y Tomás lo llevó atado a las varas de la rueda hasta la posada, donde se lo cambió a la posadera por la cena y la cama.

Antes de marcharse, una viuda le trajo una hachuela para partir astillas en invierno. Tomás se la quedó mirando un buen rato, se acordó del viejo del pueblo de la boda y se la afiló, primero con la lima y luego en la piedra, con el pedal a medio golpe y repitiendo entre dientes lo de siempre. La viuda no le entendió, pero tampoco le preguntó.

Salió de la hoya de madrugada y volvió a su pueblo una noche de julio, la víspera de Santiago, con la rueda chirriando en las cuestas y más de doscientas piezas afiladas en un mes. Había recorrido diez pueblos. En todos hubo alguien que se rio con el pregón, y en todos hubo alguien que le trajo un hacha, y solo dos veces la puso en la rueda.

Había gastado poco: escabeche, pan, alguna cama y un par de alpargatas nuevas en el pueblo del zapatero, para andar más ligero con el calor y no acabar de destrozar las botas, que después del barro de la tormenta, aun con la tapa nueva, ya no estaban para muchos trotes. En cambio, había ahorrado un buen puñado de duros, envueltos en un pañuelo en el fondo del cajón, en el mismo sitio donde antes iban las piedras de mechero. No era mucho, pero en aquellos años tampoco era poco.

Traía también otra cosa que no cabía en ningún pañuelo: la sospecha de que el albaceteño tenía razón. En aquel mes se había cruzado con otros dos afiladores, y los dos iban en bicicleta. Ninguno empujaba ya una rueda. Y uno de ellos se marchaba a Buenos Aires.

A la entrada del pueblo se paró, dejó la rueda sobre sus patas y sacó el chiflo del bolsillo, aunque era noche cerrada y no quedaba nadie despierto a quien avisar. Tocó la escala de las graves a las agudas, muy despacio, y al final el relámpago de Manuel, que subía.

En una casa de la calle de abajo se encendió un candil. Al poco se abrió la puerta, y su madre, que habría reconocido aquella tonada entre todas las del mundo, salió al umbral con el mantón echado sobre los hombros.

—¿Eres tú?

—¿Quién va a ser, madre, a estas horas?

—Cualquiera. Últimamente pasan muchos.

—Pero ninguno toca así.

Ella no contestó. Tenía la cena puesta en la lumbre, como todos los años, aunque nunca sabía qué noche iba a volver.

XI. Lo que vino después

Tomás todavía empujó la rueda de Manuel cinco veranos más. En el de 1953, a la vuelta, la dejó en la cámara de su casa, tapada con una manta, y con lo ahorrado en dos veranos se compró en la capital una bicicleta de segunda mano con la piedra montada sobre el transportín, igual que la del albaceteño. Con ella hacía tres pueblos al día, y algunos días cuatro. Afilaba más, ganaba más y cantaba el pregón como siempre.

Pero algo había cambiado, y lo notaba en las manos. Con la rueda, el afilador trabajaba de pie, con el cuerpo encima de la piedra y el pulso firme; con la bicicleta trabajaba sentado en el sillín, pedaleando en el sitio, con una piedra más pequeña y puesta más alta, y el filo salía más deprisa, pero también más basto. Ya se lo había advertido Manuel, que la bicicleta era para los que tenían prisa. Y Tomás tenía prisa, porque todo el mundo empezaba a tenerla.

En 1956 se casó con Rosario, la modista del pueblo de los mimbres, la de las tijeras de la abuela. Ella contaba que se había casado con él porque fue el único hombre capaz de explicarle por qué las tijeras no cortaban, y él contaba que se había casado con ella porque le pagó tres pesetas por un trabajo de cinco y luego encima le trajo bizcocho. Los dos tenían razón. Tuvieron dos hijos, un chico y una chica, y ninguno de los dos aprendió el oficio.

En los años sesenta las mujeres empezaron a comprar los cuchillos en las ferreterías de la capital, o en las tiendas de Madrid cuando iban a ver a los hijos, y aquellos cuchillos nuevos traían unos filos que no duraban nada, pero que tampoco costaban nada. Cuando se estropeaban, se tiraban y se compraban otros. Tomás no lo entendía. Decía que un cuchillo que no se puede afilar no es un cuchillo, que es un cubierto. Pero cada verano salían menos mujeres a la puerta cuando tocaba el chiflo, y cada verano había más casas cerradas y más chimeneas sin humo.

En 1964 cambió la bicicleta por una motocicleta con la rueda de afilar montada detrás. Ya no pregonaba, porque la moto metía tanto ruido que nadie le habría oído. Solo tocaba el chiflo, que para entonces ya no era el de boj, sino uno de pasta, de color rojo, que se compró en una feria porque el de Manuel se le había acabado agrietando, a pesar del aceite y de la pluma.

El chiflo de boj lo guardó en el cajón de la cómoda, en el mismo pañuelo que la carta del sobrino de Manuel.

Dejó el oficio en 1978, con cincuenta y ocho años, cuando se le cansó la vista y la motocicleta ya no subía la cuesta del pueblo del herrero sin tener que empujarla. Por aquel entonces pasaban ya por los pueblos, de tarde en tarde, afiladores en furgoneta, con la piedra movida por un motor y el chiflo grabado en una cinta que sonaba por un altavoz. Tomás los oía desde la cocina, sentado con Rosario, y decía que aquella música no tenía relámpago.

La rueda de Manuel se quedó muchos años en la cámara, tapada con su manta. Una vez vinieron unos señores de la capital que andaban juntando cosas antiguas para un museo y le ofrecieron dinero por ella. Tomás no la vendió. Les dijo que aquella rueda había dado la vuelta a media España y que ahora se iba a quedar quieta donde estaba, que ya había andado bastante.

Algunas veces, en invierno, sacaba el chiflo de boj del cajón, aunque estuviera agrietado, y soplaba la escala en la cocina, muy flojo, de las graves a las agudas, con el relámpago del final. Los nietos, que venían de Madrid por Navidad, se reían y le pedían que lo tocara otra vez. Luego le pedían el pregón, porque se lo habían oído contar a su madre, y Tomás se lo cantaba con la voz ya rota, pero entero, desde el principio:

—¡Se afilan cuchillos, navajas y tijeras! ¡Hachas no, que se jode la rueda!

Con aquello los nietos se reían más que con el chiflo, porque el abuelo había soltado una palabrota delante de la abuela, y la abuela hacía como que se enfadaba.

Ellos no sabían por qué las hachas no. Ni por qué se jodía la rueda.

Y cuando murió Tomás, en toda la casa no quedaba ya nadie que supiera que aquel pregón lo había cantado primero, en otra lengua, un gallego de Castro Caldelas que empujaba una rueda por los caminos de la Alcarria y que llamaba mutilo a un chico de catorce años.

FIN

 


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