Hay pueblos a los que la historia visita una sola vez,
y no para bien. Albalate de las Nogueras es uno de ellos. Asentado en la cumbre
de un cerro de la provincia de Cuenca, entre calles estrechas y una plaza
hermosa, este pueblo cargó durante más de un siglo con un sambenito que nunca
le perteneció del todo, confundido en la memoria popular con un crimen que
jamás existió: el de la película que lleva el mismo nombre que esta provincia
arrastra desde hace generaciones. Cuenca fue, durante décadas, “la provincia
del crimen”, y se rió de ella quien no sabía, y se avergonzó de serlo quien
tampoco sabía, que el verdadero crimen de Cuenca no fue una invención ni un
error judicial, sino una matanza real, ocurrida en este pueblo, con nombres, apellidos,
fechas exactas, y un expediente que todavía puede leerse en los archivos.
Esta es esa historia.
La noche del ocho de marzo de mil ochocientos noventa
y tres, en una casa de Albalate de las Nogueras, fueron asesinadas cinco
personas de la misma familia: una madre y cuatro de sus hijos. Los mataron a
hachazos y a cuchillo cinco hombres que conocían bien la casa, que sabían quién
la habitaba y que sabían también que su dueño guardaba un dinero que ellos
necesitaban con urgencia. Antes de marcharse, se lavaron en la propia casa la
sangre de las manos y comieron de la despensa de los muertos. Las coplas que el
pueblo compuso para no olvidar lo ocurrido añadieron todavía un detalle más,
que ni el sumario ni las confesiones de los criminales llegaron a confirmar:
que también degollaron al gato de la casa. Verdadero o no, de esa estrofa
parece haber nacido una expresión que el español conserva todavía hoy,
"matar hasta el gato", sin que casi nadie recuerde de dónde viene ni
qué pueblo la engendró.
El autor nació y creció en Albalate de las Nogueras
oyendo nombrar este crimen a media voz, como se nombran las cosas de las que un
pueblo no termina de liberarse del todo. Lo oyó, además, mezclado con el otro
crimen, el de la película, hasta que entendió, ya de adulto, que se trataba de
dos sucesos completamente distintos, separados por casi veinte años y por una
diferencia esencial: en Osa de la Vega no hubo crimen, solo un hombre
desaparecido, un error judicial y dos inocentes torturados hasta confesar. En
Albalate de las Nogueras sí hubo crimen, y de los más atroces que recoge la
crónica negra española del siglo XIX.
Durante meses, el autor recopiló lo que pudo encontrar
sobre aquella noche: la sentencia íntegra de la Audiencia Provincial de Cuenca,
las actas de defunción de las cinco víctimas, la Memoria de la Guardia Civil
que detalla la investigación, las crónicas que publicaron los periódicos de
Madrid en los días siguientes, y unas coplas anónimas que algún vecino, tal vez
testigo del juicio oral, compuso para que el suceso no se olvidara y que
durante más de un siglo se transmitieron de mano en mano, copiadas en papeles
que hoy apenas se sostienen. Todo ese material, ordenado y comentado, formó un
primer libro, una recopilación documental que quiso ser fiel, sobre todo, a las
fuentes.
Este libro es otra cosa. Es la misma historia, los
mismos hechos, las mismas fechas y los mismos nombres, pero contados de otra
manera: no como un expediente que se consulta, sino como lo que en realidad
fueron, una tragedia humana que les ocurrió a personas concretas, en una noche
concreta, en un pueblo que después tuvo que seguir viviendo con lo sucedido. El
autor ha intentado devolverles a estas dos familias, la de las víctimas y la de
los criminales, algo de la vida que tuvieron antes de que el hacha y el
cuchillo las convirtieran para siempre en los nombres de un sumario.
No se ha inventado lo que no se podía inventar: ni los
hechos, ni las fechas, ni las palabras que constan en la sentencia. Donde la
documentación calla, y calla en muchos tramos de esta historia, se ha
reconstruido con la prudencia de quien conoce el terreno, las costumbres y el
carácter de las gentes de esta tierra, procurando en todo momento no traicionar
lo que sí se sabe con certeza.
Que esta lectura sirva, como ya pretendía aquel primer
libro, para devolverle a Cuenca lo que es de Cuenca, y a Albalate de las
Nogueras lo que durante tanto tiempo quiso olvidar y, sin embargo, nunca debió
dejar de recordarse: no como vergüenza, sino como memoria.
EPÍLOGO
El autor vuelve a Albalate de las Nogueras con frecuencia, y siempre, sin proponérselo, mira hacia la izquierda al llegar a la calle de las Chimeneas. La casa de Hipólito Mayordomo sigue en pie, aunque ya no es una sola casa: con los años, la construcción original se dividió entre varios propietarios, y quien no conozca la historia puede pasar de largo sin que nada se la cuente. Él no puede. Lleva muchos años años con este crimen, primero como quien tira de un hilo casi por casualidad, después como quien ya no puede dejarlo, y todavía hoy, cada vez que pasa por delante, siente un nudo distinto al de la primera vez, aunque sea el mismo nudo de siempre.
Convertir aquel expediente en esta novela ha sido un trabajo distinto al de reunir los documentos, y en cierto modo más arriesgado. Donde la sentencia decía «atacaron», hubo que imaginar el portazo, el grito, el primer instante de pánico de Manuela Bollo ante la puerta; donde el sumario recogía una frase suelta de algún testigo, hubo que devolverle el tono, la rabia o el miedo con que debió de pronunciarse. Lo que en el primer libro era cita y nota a pie de página, aquí tenía que respirar como escena. Y, sin embargo, cada vez que la tentación de inventar se hacía más fuerte, bastaba con volver a las actas, a las crónicas de Mestre Martínez, a las veinticinco preguntas del jurado, para que el propio expediente recordara dónde estaban los límites de lo que podía contarse.
A lo largo años, el autor fue hablando con vecinos mayores que todavía recuerdan haber oído contar la historia a sus abuelos, con descendientes lejanos de unos y de otros que prefieren, casi siempre, que no se mencionen sus apellidos, y con quien le confirmó, ya muy anciano, el comportamiento que Agripino Racionero tuvo en Alcazarquivir durante el medio siglo que vivió allí, lejos de Albalate y de lo que en Albalate había hecho. Ese contraste, el de un asesino capaz de envejecer siendo un hombre querido por sus vecinos de Marruecos, mientras el pueblo donde nació seguía sin pronunciar su nombre en voz alta, es quizá la pregunta que más le ha perseguido de toda esta historia, y que este libro no pretende responder, solo dejar planteada.
No sabe si una novela como esta cierra algo. Sospecha que no del todo: estas historias no se cierran, se heredan, y cada generación de Albalate decide a su manera qué hacer con la herencia. Lo que sí sabe es que, mientras la escribía, dejó de oír el crimen a media voz. La escribió con los nombres completos, con las fechas exactas, con las palabras que constan en la sentencia y también con las que no constan en ningún papel pero que la prudencia de quien conoce esta tierra le permitió reconstruir sin traicionarlas. Si alguna vez, al pasar por Albalate de las Nogueras, alguien recuerda este libro y mira la calle de las Chimeneas con otros ojos, sabiendo qué pueblo pisa y qué noche cargó sobre sus piedras, el autor habrá cumplido lo que se propuso al escribirlo: no avergonzar a su pueblo de su pasado, sino devolverle, por fin, el derecho a recordarlo en voz alta.
Lectura recomendada: "El crimen de Cuenca" (El crimen de Albalate de las Nogueras)
También pueden ver: "Crímenes imperfectos"



No hay comentarios:
Publicar un comentario