El Cristo de la Caridad de Priego
(Cuenca)
Una obra de José Salvador Carmona
Una familia de artistas
En el
convento de San Miguel de la Victoria, en la localidad conquense de Priego, se
conserva una de las imágenes más notables de la escultura española del siglo
XVIII: el llamado Cristo de la Caridad. Durante mucho tiempo su autoría generó
dudas y confusiones, llegando a atribuirse a distintos miembros de una misma
saga familiar de artistas. Hoy sabemos, gracias a los trabajos de investigación
del historiador Juan Nicolau Castro, que su autor fue José Salvador Carmona,
sobrino del célebre escultor Luis Salvador Carmona.
José
Salvador Carmona nació en Nava del Rey, Valladolid, en el seno de una familia
profundamente vinculada al mundo del arte. Su tío Luis, uno de los escultores
más prolíficos y admirados de la España del Setecientos, ejerció sobre él una
influencia decisiva: José se formó en la Academia de San Fernando bajo su
tutela, al igual que sus hermanos Manuel y José Antonio, ambos grabadores de
reconocido talento. Representante de un rococó tardío especializado en
imaginería religiosa en madera policromada, José nunca se alejó del estilo de
su tío, lo que durante décadas dificultó la correcta atribución de sus obras.
El origen de la confusión
La historia
de este Cristo estuvo envuelta en dudas durante generaciones. El canónigo
conquense Pedro Cruz Ocaña apuntaba en un primer momento a Manuel Salvador
Carmona como autor principal de las tallas del convento, atribución que el
diario ABC recogió en 1928 elogiando a Manuel como un «imaginero vigoroso,
capaz de infundir fibras de humanidad viva en las de la madera muerta». Sin
embargo, el cotejo minucioso de los estudios de Nicolau Castro disipó
definitivamente las dudas: el autor era José.
Los tres Cristos del Perdón de Luis Salvador Carmona
Para
entender el Cristo de Priego es necesario conocer previamente los tres Cristos
del Perdón que realizó su tío Luis a lo largo de su carrera. El primero llegó a
La Granja de San Ildefonso en 1751, encargado por servidores de la reina viuda
Isabel de Farnesio, convirtiéndose después en imagen titular de la Hermandad de
la Esclavitud del Cristo del Perdón bajo la protección del Infante Don Luis de
Borbón. El segundo fue destinado al Hospital de Santa Ana de Atienza, por
mediación de Don Baltasar de Elgueta, intendente del Palacio Real. El tercero
llegó al convento de Capuchinas del propio pueblo natal del escultor, Nava del
Rey, donde permanece hoy.
Los tres
responden a una misma iconografía de intensa carga dramática: Cristo
arrodillado o erguido sobre el globo terráqueo, los brazos abiertos en gesto de
súplica, la mirada dirigida angustiosamente hacia el cielo. Pero lo que
verdaderamente los define y unifica es su policromía descarnada y su voluntad
de mostrar el sufrimiento físico sin atenuantes. Las llagas en ambas manos
manan sangre visiblemente. La herida del costado, recuerdo del último ultraje
tras la crucifixión, aparece abierta y sangrante. El torso y la espalda
registran con minuciosidad casi cruel los efectos de la flagelación: piel
levantada, heridas múltiples, regueros de sangre coagulada. Son imágenes que no
ahorran al espectador ningún detalle del martirio consumado, concebidas para
provocar compasión y devoción mediante el impacto directo del dolor.
Una diferencia fundamental
El Cristo de
la Caridad de Priego parte del mismo esquema compositivo —la figura sobre el
globo terráqueo, los brazos abiertos, la mirada hacia lo alto— pero introduce
una diferencia iconográfica de enorme significado que lo separa radicalmente de
sus tres parientes: su cuerpo no presenta llagas en las manos, ni la herida del
costado, ni marca alguna de la crucifixión. La piel es limpia, la policromía
cálida y dorada, casi luminosa. Cuatros ángeles lo flanquean, subrayando un ambiente
de gloria más que de martirio.
Basta
comparar las imágenes para comprender el alcance de esa diferencia. Donde los
Cristos del tío muestran un cuerpo devastado que implora perdón desde el
sufrimiento, el Cristo de Priego ofrece una figura que parece haber trascendido
ya ese dolor. No es el Cristo de las llagas: es el Cristo de la entrega. Su
gesto no habla de agonía sino de ofrenda, y el título de la obra —Cristo de la
Caridad— cobra así todo su sentido teológico. La caridad no es aquí sufrimiento
exhibido, sino amor ofrecido libremente, sin las marcas visibles del tormento.
José
Salvador Carmona, lejos de limitarse a repetir el modelo de su tío,
reinterpretó conscientemente la iconografía para proponer una lectura distinta
y más serena del mismo misterio. Es una decisión que eleva esta obra por encima
de la condición de copia y la convierte en una creación autónoma con
personalidad propia.
Un conjunto donado por Carlos III
Las
esculturas del convento proceden de Aranjuez y fueron donadas por la Casa Real.
Carlos III, que había sufragado la construcción del edificio conventual,
impulsó este singular conjunto que José realizó en la década de 1770. Tras la
desamortización, la mayor parte de las imágenes pasó a la iglesia parroquial de
Priego; el Cristo de la Caridad, sin embargo, permaneció en el convento
presidiendo su propia capilla, donde puede contemplarse hoy.
Junto al
Cristo destacan otras piezas notables: San Francisco de Asís, San Pedro de
Alcántara, la Magdalena y la Virgen Dolorosa, entre otras. El conjunto es
considerado el más importante de cuantos se conservan de la mano de José
Salvador Carmona, y esencial para el estudio de su estilo.
La voz de los especialistas
Sobre la
autoría de las esculturas del convento de San Miguel de la Victoria, recogemos
a continuación dos testimonios de reconocidos especialistas en arte español del
siglo XVIII:
«Es
importante el conjunto de esculturas que hizo José para el convento franciscano
de San Miguel de las Victorias de Cuenca, que habían sido atribuidas a Luis
Salvador Carmona y han sido fechadas en 1777 y adjudicadas a José. El número de
imágenes es elevado y algunas muestran una calidad que hace valorarlos entre lo
mejor del escultor. Según unas notas antiguas las esculturas proceden de
Aranjuez y fueron donadas por la Casa Real y en concreto por Carlos III, que
había sufragado la construcción del nuevo convento franciscano. Tras la
desamortización, el conjunto de esculturas fue trasladado a la iglesia
parroquial de Priego, a excepción del Cristo de la Caridad que preside su
capilla en el Monasterio. La imagen es una copia fiel del Cristo del Perdón de
La Granja, Nava del Rey y Atienza, obra de su tío, pero aunque es obra de
importancia no tiene la blandura del desnudo de aquellos, si bien es obra de
gran expresividad de sentimientos. Cuatro ángeles plorantes flanquean la imagen
de Cristo.»
«El
conjunto más importante actualmente conservado de nuestro escultor, y
fundamental para el estudio estilístico de su obra, es el que realizó en la
década de 1770 para el monasterio franciscano de San Miguel de las Victorias en
Priego (Cuenca), quizá donado por Carlos III. Las esculturas se guardan al
presente en el citado monasterio y en la iglesia parroquial de la referida
población conquense: en el convento permanece la excelente imagen del Cristo de
la Caridad, mientras que la parroquia alberga las de Santa Margarita de
Cortona, Santa María Magdalena, la Virgen Dolorosa, el magnífico Crucificado
alado (de gran movimiento barroco), San Benito de Palermo, San José, Santo Domingo
de Guzmán, San Antonio de Padua, San Francisco de Asís y San Pedro de
Alcántara. De todo el conjunto destacan la pareja de San Francisco y de San
Pedro de Alcántara. Por su talla, prestancia y cuidada anatomía resultan de lo
más hermoso de la obra de José conocida hasta la fecha. El San Francisco, en
lugar de presentar, como en los conocidos del tío, un anhelo místico, presenta
más bien un gesto de concentrada meditación.»
Estos
testimonios confirman tanto la relevancia del conjunto como la singularidad del
Cristo de la Caridad dentro de él: una obra que, pese a partir del modelo de su
tío, se distingue por su expresividad contenida y su diferente lectura
iconográfica.
Una obra que merece reconocimiento
El Cristo de
la Caridad de Priego no es una copia. Es una reinterpretación meditada en la
que José Salvador Carmona tomó el modelo familiar y lo transformó en algo
teológicamente distinto. Frente a la crudeza pasionaria de los tres Cristos del
Perdón de su tío, propuso una imagen de serenidad y luz, donde la redención no
se expresa a través del dolor sino a través del amor. Para quien visite Priego,
detenerse ante esta imagen es la oportunidad de contemplar, en un rincón poco
conocido de Castilla-La Mancha, una obra que guarda en su aparente sencillez una
diferencia sutil y profunda respecto a sus ilustres parientes.
Arturo Culebras



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