PRÓLOGO
El parque no figura en ninguna guía de la ciudad. No
tiene nombre oficial, o si lo tiene, nadie lo usa. Los vecinos lo llaman
simplemente el parque, con ese artículo determinado que reservamos para las
cosas que no necesitan más explicación. Está donde siempre ha estado: entre la
calle que sube y la que baja, separado del ruido por una hilera de plátanos
viejos que en verano forman una bóveda de sombra y en invierno dejan ver el
cielo en fragmentos.
No es grande. Caben en él cuatro bancos de madera con
respaldo de hierro pintado de verde, una fuente de piedra que a veces funciona
y a veces no, un camino de gravilla que describe un óvalo imperfecto alrededor
de un parterre descuidado, y varios árboles cuya especie nadie ha sabido nunca
identificar con certeza. También hay una papelera de rejilla metálica que lleva
años torcida hacia la derecha, como si estuviera escuchando algo que solo ella
puede oír.
En el banco más cercano a la entrada, el que da la
espalda a la calle y la cara a los árboles, hay una placa de bronce atornillada
al travesaño inferior. Es pequeña. Del tamaño de una mano abierta, quizás
menos. El metal tiene esa pátina oscura que da el tiempo cuando nadie se
molesta en pulir, y la inscripción, grabada con letras finas y uniformes, dice
lo siguiente:
Cada mundo es la creación de un individuo.
No hay firma. No hay fecha. No hay indicación de
quién la puso allí ni cuándo ni con qué propósito. El ayuntamiento, consultado
en alguna ocasión por algún vecino más curioso que los demás, no tiene
constancia de haberla encargado. La placa está ahí como están ciertas cosas:
sin origen conocido, sin dueño reclamable, sosteniéndose en el mundo por la
sola fuerza de su presencia.
Los que pasan por delante, en general, no la ven. Eso
no es extraño. La mayoría de la gente no mira los bancos donde no se sienta,
del mismo modo que no mira los marcos de las puertas por las que entra o los
números de los pisos que no son el suyo. El parque es un lugar de tránsito para
muchos: el camino más corto entre dos calles, el sitio donde sacar al perro, el
espacio donde los niños esperan que alguien los llame para subir a comer. No un
lugar donde detenerse a leer.
Pero algunos sí la han leído.
* * *
No todos en el mismo año, ni en el mismo momento de sus
vidas. Algunos la leyeron de niños y no entendieron nada, y años después, en
otro lugar del mundo, algo les devolvió aquellas palabras con un significado
que de pequeños no podían tener. Otros la leyeron de viejos, cuando ya habían
construido su mundo entero sin saber que lo estaban construyendo, y la frase
les cayó encima como una piedra que confirma algo que siempre supieron pero
nunca habían dicho en voz alta. Unos pocos la leyeron en el momento exacto en
que más falta les hacía, que es la forma en que ciertas frases encuentran a
ciertas personas: sin anunciarse, sin pedir permiso.
El parque no distingue. No escoge a quién deja pasar
ni a quién retiene. No sabe nada de los que se han sentado en ese banco. No
guarda memoria de las tardes de lluvia ni de los mediodías de agosto ni de las
noches en que alguien, que no dormía, vino aquí porque no sabía adónde más ir.
Si el parque guardara memoria, si los árboles y la gravilla y la fuente rota
fueran capaces de retener lo que han presenciado, habría aquí un archivo enorme
y desordenado: conversaciones a medias, silencios completos, lágrimas que nadie
vio, decisiones que se tomaron sin que nadie supiera que se estaban tomando.
Pero los parques no recuerdan. Esa es la tarea de los
que estuvieron en ellos.
* * *
Este relato recoge algunas de esas historias.
No todas las que podría recoger. Las que están aquí
son las que quedaron, las que alguien supo contar o pudo contar o quiso contar
antes de que el tiempo las borrara. Son historias de personas distintas, de épocas
distintas, de lugares que no siempre son este parque pero que de algún modo lo
rodean, lo alimentan, le pertenecen. Hay entre ellas una distancia de años que
a veces parece un abismo y a veces parece nada. Hay entre ellas también una
proximidad que no es geográfica sino de otra naturaleza: la proximidad de
quienes han mirado al mismo punto, aunque no al mismo tiempo, aunque sin saber
que otros lo habían mirado antes.
No son historias de grandes gestas. No hay aquí
batallas ni fortunas ni caídas espectaculares. Lo que hay es más parecido a lo
que ocurre de verdad en la mayoría de las vidas: decisiones pequeñas que
resultan ser enormes, pérdidas que se llevan puesta la mitad de uno, encuentros
que parecen casuales y que luego se revelan como lo más necesario que le pudo
pasar a alguien. Hay niños que juegan sin saber que están aprendiendo algo que
los va a durar toda la vida. Hay viejos que llegan al mar por primera vez a los
ochenta y tres años y entienden en diez minutos lo que no entendieron en
ochenta. Hay personas que viven solas y construyen, sin querer, un mundo
suficiente. Hay personas que viven entre muchos y tienen que pelear para que
ese mundo las incluya.
Hay también, en algún lugar entre estas páginas, un
reino que no existe en ningún mapa y un príncipe que no quiso ser rey porque
sabía que pertenecía a otro orden de cosas. Esa historia es la más extraña de
todas. Pero quizás también la más honesta, porque dice en voz alta lo que las
otras insinúan en voz baja: que hay personas cuyo mundo interior es tan vasto,
tan propio, tan irreductible, que ningún mundo exterior puede contenerlas del
todo. Y que eso no es siempre una tragedia. A veces es simplemente lo que son.
* * *
La placa sigue en el banco.
Alguien la limpió hace unos años, o eso parece: el
bronce tiene un brillo leve que no tenía antes, aunque puede ser solo el efecto
de la luz en determinadas horas de la tarde. Nadie ha reclamado su autoría.
Nadie ha pedido que la retiren. Está ahí con la misma indiferencia tranquila
con que están los árboles y la fuente y la papelera torcida, como si siempre
hubiera estado y como si no hubiera razón para que dejara de estar.
Los que pasan no la ven, en general. Pero de vez en
cuando alguien se detiene. Dobla un poco la rodilla para ponerse a la altura
del banco, entrecierra los ojos para leer las letras pequeñas, y se queda un
momento parado, con la frase dentro.
Cada mundo es la creación de un individuo.
Lo que pasa después de eso depende de quién lea. De
qué lleve encima ese día. De si tiene prisa o no la tiene. De si hay algo en su
vida que esas palabras puedan tocar, o si las palabras rebotan y se pierden sin
dejar huella.
A veces no pasa nada. La persona sigue caminando y ya
está.
Otras veces, algo cambia.
Este relato es sobre las veces que algo cambia.

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