sábado

EL QUE MÁS CHIFLE, CAPADOR

 

El que más chifle

Los pueblos de este relato no tienen nombre. Podrían ser cualquiera de los que se asoman a los valles de la Alcarria, con su torre, su fuente y sus eras. Los personajes son inventados. El oficio, no.

I. La víspera

La víspera de Todos los Santos de 1948, Julián Almazán abrió el estuche de cuero encima de la mesa de la cocina, igual que había visto hacer a su padre durante treinta otoños. Dentro estaba todo lo que hacía falta, y nada más: tres cuchillas de hoja curva, una algo más ancha que las otras; dos agujas de coser, curvas también, clavadas en un taco de corcho; una madeja de hilo encerado; unas tenazas pequeñas de boca plana, y una piedra de asentar del tamaño de la palma de la mano. Lo fue limpiando todo, pieza a pieza, con un trapo de hilo mojado en aguardiente, y lo volvió a colocar en su sitio, porque el cuero había tomado con los años la forma de cada herramienta y no admitía otro orden. Aquello no se aprendía, se veía hacer.

Petra lo miraba desde la lumbre, mientras removía las gachas.

—Mañana es Todos los Santos —dijo—. Y pasado, difuntos.

—Mañana voy contigo al cementerio. Y pasado también.

—¿Y luego?

—Luego salgo. Los gorrinos no entienden de santos, mujer. Llevan ya un mes en las cortes, y cada día que pasan enteros es tocino que se pierde.

Ella no contestó. Llevaban diez años casados y sabía de sobra que aquella conversación la tenían todos los otoños, con otras palabras, y que él saldría el día que tuviera que salir. Ni antes ni después.

Julián tenía treinta y cuatro años. Había aprendido el oficio de su padre, que a su vez lo había aprendido del suyo, y esa cadena, que nadie había puesto nunca por escrito, era lo más parecido a un título que había tenido la familia. El padre había muerto el invierno anterior, de una pulmonía, con el estuche en la mesilla de noche, como quien tiene cerca un rosario. La última tarde que tuvo la cabeza clara le pidió que se lo acercara. No dijo nada. Lo abrió, pasó el dedo por las cuchillas despacio, como quien cuenta a los hijos antes de dormir, y se lo devolvió.

—Que no te coja el frío en el páramo —dijo Petra al cabo de un rato.

—No me coge.

—A tu padre lo cogió.

A eso no había respuesta, y él no la buscó.

Antes de acostarse sacó el chiflo del cajón de la cómoda. Era de boj, en forma de trapecio, con once agujeros en el canto de arriba y el extremo de abajo tallado en cabeza de caballo, tan gastada ya por los dedos de tres generaciones que no le quedaban orejas. Lo había comprado el abuelo a un afilador gallego en una feria de la que nadie en casa recordaba el nombre. Julián sopló muy flojo la escala entera, de abajo arriba y de arriba abajo, y terminó con el quiebro: dos notas altas y una baja, que era la firma de la casa. Su padre decía que a un capador se le reconoce antes por el quiebro que por la cara, y tenía razón, porque la cara no se la veía casi nadie hasta que ya estaba en el corral.

Desde la alcoba preguntó el chico, que tenía siete años y todavía no se había dormido:

—Padre, ¿ya se va?

—El miércoles.

—¿Me traerá algo?

—Te traeré lo que me den.

II. El pueblo de la fuente

Salió el miércoles antes del alba, con la yegua cargada y la manta atada detrás de la silla. Hacía un frío seco, de escarcha, de ese que se mete por las uñas, y la tierra crujía bajo los cascos. El camino subía desde el valle entre olivos viejos, pasaba junto a unas colmenas de corcho arrimadas a la solana y ganaba el páramo, donde ya no había más que tomillo, aliagas y alguna carrasca torcida por el viento. Desde allí arriba se veían tres o cuatro torres de iglesia, cada una metida en su hondonada, y el humo de las primeras lumbres subiendo derecho hacia el cielo, porque no corría ni gota de aire.

Llegó al primer pueblo a media mañana. Los de fuera lo llamaban el de la fuente, porque en la plaza había una de tres caños que no se había secado ni en los veranos más duros, y a Julián le gustaba empezar por allí, así bebía la yegua y bebía él. Se echó agua a la cara, se secó con el pañuelo, sacó el chiflo del bolsillo del chaleco y tocó.

No pregonó. Nunca lo había hecho. El afilador que pasaba por aquellos pueblos en primavera se desgañitaba gritando y además tocaba; el capador, no. El capador tocaba, y con eso bastaba. Tocaba la escala cuatro o cinco veces, con su quiebro, y luego esperaba, sin prisa, apoyado en el pilón. De ahí venía lo que se decía en todas partes, y lo que dijo aquella mañana una mujer desde una ventana, mientras se secaba las manos en el delantal:

—El que más chifle, capador.

Y se empezaron a oír las puertas.

Las de las mujeres, abriéndose; las de los chicos, cerrándose. Julián conocía aquella danza de memoria. Los críos que un momento antes jugaban junto a la iglesia desaparecieron como si se los hubiera tragado la tierra, y al rato empezaron a asomar cabezas por las esquinas, por los ventanucos de los pajares y por encima de las tapias de los corrales. Los mayores les tenían dicho, desde siempre, que el capador también capaba a los chicos que no obedecían, y Julián nunca se había molestado en desmentirlo. Le ahorraba mirones, y en aquel trabajo los mirones sobraban.

Todos se escondieron menos uno. Un chaval de unos doce años, delgado, con unas alpargatas que habían sido de otro antes que suyas, se quedó sentado en el pilón de la fuente, mirándolo sin disimulo ninguno.

—¿Tú no tienes miedo? —le preguntó Julián.

—No.

—¿Y eso?

—Porque ya soy mayor para creerme esas cosas.

—Pues los hay más mayores que tú que se las creen.

El chico se encogió de hombros. Julián se rio por dentro, sin que se le notara.

—¿De quién eres?

—De la Remedios. Dice mi madre que vaya usted a casa, que tiene la cerda y el gorrino.

La casa de la Remedios estaba en la parte baja del pueblo, junto a las eras. Era viuda desde la guerra —no dijo de qué lado, y Julián no preguntó, porque en aquellos años no se preguntaban esas cosas— y sacaba adelante al chico y a una hija pequeña con un par de fanegas de tierra, un huerto y lo que diera la corte, que no era mucho. Recibió a Julián en el corral, con un pañuelo negro en la cabeza y los brazos cruzados, como quien espera a alguien que viene a cobrar.

—La cerda ha parido tres veces —dijo sin más saludo—. No quiero que vuelva a parir. La engordo este año y a la matanza.

—Bien pensado. Ya está vieja para criar.

—Y el gorrino, lo de siempre.

—Lo de siempre.

Ella dudó un momento.

—Julián, dinero tengo poco.

—Ya.

—Tengo huevos. Y nueces, que este año han cargado los nogales.

—Pues huevos y nueces. Mi chico es muy de nueces.

La Remedios no dio las gracias, pero descruzó los brazos, y eso en ella valía lo mismo.

Empezó por el gorrino, que era lo fácil. El chaval, que se llamaba Anselmo, lo sujetó por las patas de atrás, boca arriba contra la paja de la corte, y Julián le puso al animal la rodilla en el pecho. Un corte, otro corte; asomar, tirar, retorcer el cordón tres o cuatro vueltas para que no sangrara, y cortar. Luego el agua con sal, un pellizco de los polvos blancos de sulfamida que le preparaba el boticario de su pueblo, y soltarlo. El gorrino se levantó chillando como si lo estuvieran matando, se sacudió y se fue a su rincón con la dignidad ofendida. Todo había durado menos que un padrenuestro rezado deprisa.

—Tú has visto hacer esto otras veces —le dijo Julián al chico.

—El año pasado. Desde la tapia.

—¿Y no te mareaste?

—No.

—Pues ahora viene lo que marea.

La cerda era otra cosa. Hubo que atarla de las cuatro patas y tumbarla del lado derecho sobre un saco extendido en el suelo del corral, porque la corte era muy estrecha para trabajar con soltura. La Remedios le sujetaba la cabeza con un cordel por el hocico, y Anselmo, las patas de atrás. Julián rapó con la cuchilla un palmo de pelo en el ijar izquierdo, lavó con aguardiente, hizo un corte de un dedo de largo y metió dos dedos dentro. Buscó sin mirar, con los ojos puestos en ninguna parte, como quien busca algo en un cajón a oscuras y sabe que está ahí.

—¿Qué busca? —preguntó el chico, en voz muy baja.

—Lo que no se ve.

Lo encontró, lo sacó, lo cortó y volvió a buscar al otro lado. Luego cosió con la aguja curva, cinco puntos, apretando lo justo, ni más ni menos, y echó más polvos.

—Esto es lo que se paga —dijo mientras se limpiaba las manos—. A un gorrino lo capa cualquiera. A una cerda, no. Mi padre decía que al buen capador se le conoce por las hembras.

Anselmo tenía la cara blanca como la pared, pero no se había movido de su sitio.

La Remedios le frio las criadillas del gorrino con un huevo y se las puso en la mesa de la cocina con un trozo de pan. Era costumbre en unas casas sí y en otras no; en las pobres, casi siempre, porque allí no se tiraba nada. Julián comió despacio, mirando la lumbre.

—El chico no te ha quitado ojo —dijo ella.

—Ya lo he visto.

—Desde que le falta su padre no le quita ojo a nada. Lo quiere saber todo. Y de qué le sirve saber, digo yo, si lo que hay aquí es tierra, y poca.

Julián no contestó. Le pagaron con una docena de huevos envueltos en paja dentro de un cesto y con un pañuelo de nueces atado por las cuatro puntas. Al salir, Anselmo lo acompañó hasta la fuente, llevando la yegua del ramal como si fuera suya.

—¿Vuelve usted en primavera?

—Si Dios quiere, en marzo. Con los gorrinos de la primavera.

—Aquí estaré.

—Aquí estarás, claro. ¿Dónde vas a estar?

III. El pueblo del mulo

Por la tarde cruzó el valle y subió al pueblo de enfrente, que se veía desde el de la fuente, encaramado en un cerro de yeso, con las casas tan pegadas unas a otras que parecían sostenerse entre sí para no caerse. Capó en cuatro casas, antes de que se le echara la noche encima, seis gorrinos y dos cerdas, y en todas, sin faltar una, se repitió la misma danza de las puertas.

En la última lo esperaba el tío Cándido.

—Tengo un mulo de año y medio —le dijo a modo de saludo—. Romo, hijo de mi burra y del caballo del molinero. Es más malo que un dolor de muelas. Si no lo capas este otoño, en primavera me mata.

—¿Romo, dices?

—Romo. Si fuera yeguato, ya lo habría vendido, que esos salen más grandes y los pagan mejor. Pero este es fuerte como un toro, y malo como dos.

El herrador del pueblo, Eusebio, se había acercado al oír el chiflo, como hacía siempre. Tenía la fragua a la entrada del pueblo y herraba las caballerías de media comarca, y más de una vez, cuando no había capador a mano, había castrado algún burro. Entre él y Julián había esa cortesía seca de dos oficios vecinos que se respetan, porque cada uno sabe lo que cuesta el del otro y no hace falta decirlo.

—Con este vas a necesitar gente —dijo Eusebio, mirando al mulo, que los miraba a ellos con las orejas echadas hacia atrás.

—Con este necesito al pueblo entero.

Hicieron falta cinco hombres: Cándido, su yerno, el herrador, un vecino que volvía del campo y el propio Julián. Lo sacaron a la era, que tenía el suelo mullido de paja, y le echaron las maneas, una cuerda larga que abrazaba las cuatro patas y que, tirando todos a una, lo hizo caer de costado como un saco de trigo. Aun así pataleó hasta que el yerno se le sentó en el cuello y Eusebio le tapó los ojos con la chaqueta.

—Quieto, quieto, bonico —le decía el herrador—. Que no es para tanto, hombre.

—Para él sí es para tanto —dijo Cándido.

Julián trabajó deprisa y en silencio. Con los machos grandes no bastaba la cuchilla: había que sujetar el cordón con las tenazas para que no sangrara y retorcerlo con fuerza, a pulgar y a puño, a la antigua, como lo hacía su padre. Cuando terminó y soltaron las cuerdas, el mulo se levantó de un salto, se quedó un momento quieto y temblando, como si no supiera dónde estaba, y luego se fue hacia la cuadra al paso, con la cabeza gacha.

—Tu padre lo hacía con menos gente —dijo Cándido, dándole una palmada en la espalda.

—Mi padre tenía menos años que tú, Cándido. Y el mulo también.

Se rieron todos, y el yerno fue a por la bota.

Aquella noche cenó en casa de Cándido y luego bajó a la taberna, que no era más que la cocina de una casa con cuatro mesas y un mostrador de tablas. Estaban los de siempre: el herrador, el alguacil, dos o tres labradores y un pastor que olía a oveja desde la puerta. Hablaron del precio del trigo, que no había forma de venderlo más que al Servicio; de si era verdad que en la capital daban ya el pan blanco sin cartilla, y de un lobo que decían haber visto por los barrancos del norte, aunque nadie sabía quién lo había visto.

Luego salió a relucir el mulo, porque en un pueblo pequeño lo que pasa en la era a media tarde es la noticia de la noche. Uno de los labradores, un hombre joven que había vuelto de la mili hacía poco, se quedó mirando a Julián con el vaso a medio camino de la boca.

—Una cosa no entiendo yo —dijo—. ¿Para qué se capa un mulo, si no puede criar? Los mulos no crían. Eso lo sabe cualquiera.

—No crían, no —contestó Julián.

—¿Entonces?

—Que no críe no quiere decir que no lo sepa. El mulo tiene lo mismo que el caballo, aunque no le sirva para nada. Y con eso tiene el genio, y las ganas, y la mala leche. Se pone a relinchar en cuanto huele una yegua a media legua, se revuelve en el tiro, muerde, cocea…

—Y te tira del carro en mitad de la cuesta —dijo el herrador—. Yo he visto mulos enteros que no había quien les pusiera la mano encima para herrarlos. Había que echarles la cuerda y tumbarlos, como hoy.

—Capado se amansa —siguió Julián—. Echa más carne, tira más derecho y dura más años. Lo que no va a hacer es criar, eso ya lo sabemos. Pero no es eso lo que se busca. Lo que se busca es que se deje trabajar.

—Por eso a las mulas no se les hace nada —apuntó Cándido—. Las mulas ya vienen mansas de fábrica.

—Eso díselo a la mula del tío Pascasio —dijo el alguacil.

Y se rio todo el mundo, porque la mula del tío Pascasio había mandado a su amo dos veces al médico, y la segunda con una costilla rota.

—Oye, Julián —dijo el alguacil, que ya iba por el cuarto vaso—. Una cosa que siempre he querido preguntarte. ¿Por qué no pregonáis, como el afilador? El afilador toca y grita. Tú tocas y te callas.

—Porque no hace falta.

—Pero ¿por qué?

Julián se lo pensó un poco antes de contestar.

—Mi abuelo decía que el que grita es porque no sabe tocar. Y que el capador que toca bien no tiene que decir quién es, porque ya lo sabe todo el pueblo. Por eso se dice lo que se dice.

—«El que más chifle, capador» —recitó el herrador.

—Eso. El que más chifle. No el que más grite.

—Pues yo lo tenía entendido de otra manera —dijo uno de los labradores—. Que el que más presume es el que acaba capado.

Se rieron otra vez. Julián no le quitó la razón, porque un refrán es de quien lo dice y cada uno lo entiende a su manera.

Durmió en el pajar de Cándido, sobre la paja y bajo la manta, con el calor de las bestias subiendo por las tablas. Antes de coger el sueño oyó al mulo patear en la cuadra, una sola vez, y luego ya nada.

IV. El pueblo del veterinario

Al día siguiente bajó al pueblo grande de la comarca, el que tenía médico, botica, cuartel de la Guardia Civil y, desde la primavera, veterinario titular nuevo. El anterior, don Faustino, era un hombre mayor que no salía de casa ni para ir a misa y que nunca le había puesto pegas: él inspeccionaba las carnes en las matanzas, Julián capaba, y cada uno a lo suyo. Pero don Faustino se había jubilado, y del nuevo se contaban cosas.

Y las contaban con razón. No había terminado Julián de tocar la segunda escala cuando un hombre joven, con gabardina y sombrero, cruzó la plaza derecho hacia él.

—¿Es usted el capador?

—Para servirle.

—Soy Ernesto Salcedo, el veterinario titular. ¿Tiene usted título?

—Tengo el de mi padre.

—Eso no es un título.

—Pues es el único que hay en mi casa.

El veterinario tendría veintiocho o treinta años. Hablaba con la corrección de los de la capital y con una seguridad que a Julián no le pareció soberbia, sino otra cosa: la de quien lleva poco tiempo en un sitio y cree que tiene que ganárselo todo el primer día.

—Mire usted —dijo don Ernesto, bajando la voz, porque ya se asomaban mujeres a las puertas—, la castración es una operación quirúrgica. Quirúrgica. Hay riesgo de infección, de hemorragia, de mal rojo. Yo no sé en qué condiciones trabaja usted.

—En las mismas que mi padre.

—Eso es lo que me preocupa.

—¿Cuántos cerdos le han dicho a usted que se me han muerto?

El veterinario tardó un segundo en responder.

—No me han dicho ninguno.

—Pues ya sabe usted en qué condiciones trabajo.

En ese momento salió del Ayuntamiento el alcalde, don Saturnino, que tenía tres gorrinos y una cerda esperando en el corral de su casa y que, además, era hombre de pocos pleitos.

—Buenos días, don Ernesto. Julián. ¿Hay algún problema?

—El problema, señor alcalde, es que este hombre ejerce sin título. Eso es intrusismo. Yo tengo la obligación de…

—Usted tiene la obligación de muchas cosas, y todas se las agradecemos —dijo el alcalde, con buenas maneras—. Pero dígame una cosa: ¿usted capa cerdas?

El veterinario dudó.

—En la Facultad se estudia, naturalmente. Pero en la práctica…

—En la práctica, no. Y los machos me los cobra usted al triple que él. Y aquí, don Ernesto, las pesetas no sobran. Hagamos una cosa: véngase usted a mi casa y mire cómo trabaja. Si ve algo que no le guste, lo dice. Y si no ve nada, aquí paz y después gloria.

Don Ernesto no tenía salida, y lo supo. Fueron los tres a casa del alcalde, con media plaza detrás a una distancia prudente. Julián capó los tres gorrinos sin levantar la vista, y luego ató a la cerda, le rapó el ijar, lavó con aguardiente y abrió. El veterinario se había agachado a su lado sin importarle mancharse la gabardina, y miraba con una atención que Julián notaba en la nuca como si fuera el sol de agosto.

—¿Cómo sabe dónde está? —preguntó al fin, casi sin querer.

—Porque está donde está siempre.

—Pero no lo ve.

—Para verlo tendría que abrir el doble. Y cuanto más abre uno, más tiene que coser.

Cosió los cinco puntos, echó los polvos y se levantó. La cerda, desatada, se fue gruñendo a la corte.

El veterinario se quedó un rato en cuclillas, pensativo. Luego se puso de pie y se sacudió la gabardina.

—El aguardiente no es un antiséptico serio —dijo—. Debería usar alcohol de noventa grados. Y hervir las agujas.

—Hervirlas, ¿dónde? ¿En medio de la era?

—Tráigalas hervidas de casa, envueltas en un paño limpio. Y cámbielas cada día.

Julián lo pensó. No era mal consejo, aunque viniera de quien venía.

—Eso puedo hacerlo.

—Hágalo. —El veterinario se caló el sombrero y dio dos pasos hacia la puerta. Luego se volvió—. Sepa usted una cosa, Almazán. Esto no va a durar. Algún día saldrá una ley, y entonces yo no podré mirar para otro lado aunque quiera.

—Las leyes vienen a caballo, y más despacio que yo, don Ernesto.

—Esta vendrá en coche.

Se fue. El alcalde sacó un duro del chaleco y se lo puso en la mano, que era bastante más de lo que valía el trabajo.

—Por el mal rato —dijo.

—No ha sido mal rato. El muchacho sabe.

—¿Qué va a saber, con esa cara de niño?

—Sabe lo que no sabe. Que ya es mucho.

V. La casa grande

El cuarto día llegó a un pueblo de labradores ricos, de casas de piedra con escudo sobre la puerta y cámaras llenas de grano hasta las vigas. En la casa grande, la de los Heredia, no lo esperaban por los cerdos, que los capaba el mozo de la casa desde hacía años, sino por los gallos.

La señora, doña Pilar, lo recibió en el patio, de pie, con un chal de lana sobre los hombros. No lo hizo pasar, ni pensaba hacerlo.

—Quiero doce capones para Navidad —dijo—. Los del año pasado quedaron bien, pero dos se murieron. Este año no quiero que se muera ninguno.

—Eso no lo puede prometer nadie, señora.

—Su padre me lo prometía.

—Mi padre prometía muchas cosas.

La criada, una muchacha colorada que se llamaba Justa, le fue trayendo los gallos de uno en uno desde el gallinero, sujetos por las patas y cabeza abajo. Capar un gallo era trabajo de joyero: había que tumbarlo de costado, apartar las plumas entre las dos últimas costillas, abrir un corte pequeño y buscar dentro, con una cucharilla de mango largo que Julián usaba solo para eso, lo que en el gallo está pegado al espinazo y no se ve nunca. Luego un punto, o dos, y soltarlo. El gallo se sacudía, cacareaba indignado y volvía con las gallinas como si no hubiera pasado nada. A las pocas semanas se le arrugaría la cresta, dejaría de cantar y empezaría a engordar con una calma de canónigo después de comer.

—¿Es verdad que los chicos le tienen miedo? —preguntó Justa mientras le traía el octavo.

—Algunos.

—Mi hermano pequeño se ha metido debajo de la cama en cuanto lo ha oído. Mi madre le ha dicho que viene usted a por él.

—Pues dígale a su madre que este año no me llevo chicos. Que vengo muy cargado.

La muchacha se rio y se tapó la boca, mirando hacia la galería, donde doña Pilar cosía junto a la ventana sin perder detalle de nada.

Los doce gallos salieron vivos. Doña Pilar los contó desde la galería, bajó, los volvió a contar en el gallinero y le pagó en pesetas, sin una más ni una menos, en la mano y sin llegar a tocársela. Luego le dijo que comiera en la cocina, con los criados, y se retiró a sus cosas.

En la cocina había cocido, y el mayoral de la casa, un hombre de sesenta años que servía allí desde niño, le echó vino de la cosecha sin preguntarle si quería.

—No te lo tomes a mal —le dijo—. Es así con todos. Con el médico también.

—¿El médico también come en la cocina?

—El médico come en el comedor. Pero no le hablan.

Julián partió el pan y mojó en el caldo. Estuvo un rato callado, dándole vueltas a algo, hasta que al final lo dijo.

—La señora dice que el año pasado se le murieron dos capones.

—Dos, sí.

—Y que mi padre le había prometido que no se moriría ninguno.

El mayoral se sirvió vino, despacio, y dejó la jarra en la mesa antes de contestar.

—Tu padre no prometió nada. Tu padre dijo lo que dices tú: que eso no lo puede prometer nadie. La señora se acuerda de lo que quiere.

—¿Y de qué se murieron?

—Uno, de la operación. —El mayoral lo miró por encima del vaso—. Tu padre ya no estaba bien, Julián. Vino con fiebre, aunque no lo dijo, y le temblaban las manos. Yo se lo vi. Capó los doce sin quejarse, pero al quinto o al sexto se le fue la cuchilla un poco más de la cuenta. Al gallo ese lo encontramos muerto a la mañana siguiente, debajo del pajar.

Julián dejó la cuchara en el plato. No sabía que su padre hubiera salido aquel otoño con fiebre. En casa no había dicho nada, y Petra tampoco, o no lo supo o no quiso decírselo.

—¿Y el otro?

—El otro no fue cosa de tu padre. —El mayoral bajó la voz, aunque la señora estaba arriba y no podía oírlo—. Tu padre dejó dicho que los tuviéramos apartados unos días, en un sitio abrigado, y que el primer día no les diéramos de comer, solo agua. El mozo de entonces, que era más bruto que un arado, los soltó esa misma tarde en el corral, con el gallo entero y con las gallinas. El gallo ya no los conocía por gallos, o los conocía de sobra, que no sé qué es peor, y a uno le abrió la cabeza a picotazos.

—¿Y eso lo sabe la señora?

—La señora sabe que se le murieron dos. Lo demás no se lo ha preguntado a nadie.

Justa, que fregaba en la pila con la oreja puesta, se volvió.

—Este año los he apartado yo en la gallinera vieja, con paja nueva. Ahí no entra nadie más que yo.

—Pues que no coman hasta mañana —dijo Julián—. Agua sí. Y que no salgan en cuatro o cinco días. Si alguno se pone triste o no se levanta, que me avisen al pueblo de al lado, que allí estaré hasta el sábado.

—No se pondrá ninguno triste —dijo la muchacha—. Yo los cuido.

Julián volvió a la cuchara, pero ya no tenía hambre. Pensaba en su padre, capando los doce gallos de doña Pilar con fiebre y con las manos temblando, sin decir nada a nadie, porque el trabajo estaba apalabrado y un capador no falta nunca a lo apalabrado. Pensaba que aquel había sido su último otoño, y que él, su hijo, no se había dado cuenta de nada.

—Era muy suyo, tu padre —dijo el mayoral, como si le hubiera leído el pensamiento.

—Era.

Al marcharse, ya en el patio, levantó la vista hacia la galería. Doña Pilar ya no estaba en la ventana.

VI. La paridera

El quinto día cambió el tiempo. Amaneció el cielo de color ceniza, y a media mañana, en lo alto del páramo, empezó a caer una nieve menuda y seca que el viento le metía por el cuello del chaleco. Julián conocía de sobra aquellos cielos y no quiso arriesgarse a cruzar hasta el pueblo siguiente. Se desvió hacia una paridera que había al abrigo de un cerro, con los muros de piedra seca y el tejado de sabina, y allí se encontró con Blas.

Blas era el pastor más viejo de la comarca. Nadie sabía su edad, él tampoco, y andaba por aquellos montes desde antes de la guerra de África. Tenía una lumbre encendida en un rincón, un perro tumbado a los pies y un puchero de patatas con bacalao que olía a gloria bendita.

—Pasa, capador, que está nevando.

—Ya lo veo.

—Siéntate. Hay para dos, si no eres de mucho comer.

Comieron en silencio, con la cuchara y del mismo puchero, como se comía entonces en el campo. Fuera, la nieve seguía cayendo sin prisa, y las ovejas, apretadas en la majada, respiraban como un solo animal.

—Los corderos los capo yo —dijo Blas al cabo de mucho rato, como si continuara una conversación empezada años atrás—. A mi manera. La de los pastores.

—Ya lo sé.

—Tu padre no quería verlo.

—Yo tampoco.

El viejo se rio sin hacer ruido.

—Cada oficio tiene cosas que los demás no quieren ver. —Echó una rama de sabina a la lumbre—. ¿Cuántos años llevas en esto?

—Solo, desde que murió mi padre. Con él, desde los catorce.

—¿Y quién te enseñó?

—Nadie. Mirando. Mi padre no explicaba nada. Me ponía a sujetar las patas y él trabajaba. Al cabo de dos años me dio la cuchilla y me dijo: «Hala». Y yo lo hice.

—¿Y te salió bien?

—La primera cerda se me murió.

Blas asintió, como si fuera justo eso lo que esperaba oír.

—¿Y a tu padre quién le enseñó?

—Su padre. Igual. Mirando.

—Así se aprenden las cosas que valen. Lo que se aprende en los libros se olvida. Lo que se aprende con los ojos, no.

Julián pensó en el veterinario, agachado a su lado con su gabardina, preguntándole cómo sabía dónde estaba lo que no se ve.

—Hay uno nuevo en el pueblo grande —dijo—. Veterinario. Dice que un día saldrá una ley.

—Siempre están saliendo leyes. —Blas escupió al fuego—. Cuando yo era chico salió una para que no pastáramos en no sé qué montes. Y aquí estoy.

—Esta es distinta, dice.

—Todas son distintas hasta que llegan.

Durmieron en la paridera, envueltos en las mantas, con el perro entre los dos. A medianoche Julián se despertó y vio que había dejado de nevar. Por el hueco de la puerta entraba una claridad azul, de nieve y de luna, y todo el páramo estaba blanco y quieto hasta donde alcanzaba la vista. Pensó en su padre, que había recorrido aquellos mismos caminos durante treinta años, y en su abuelo, y en el hijo que dormía en su casa esperando las nueces. Pensó que no sabía si aquel chico querría aprender algún día. Y pensó, sin saber muy bien por qué, en el otro, en el de la fuente, que no había apartado los ojos de la cerda ni un momento.

VII. La vuelta

Estuvo fuera once días. Después de la nevada los caminos se pusieron de barro, y la yegua resbalaba en las cuestas de yeso, de modo que tuvo que ir más despacio de lo que hubiera querido. Pasó por siete pueblos más, algunos tan pequeños que no tenían ni taberna, y en ellos durmió en casa del alcalde, del cura o de quien tuviera sitio. En uno le pagaron con un saco de patatas; en otro, con una gallina viva que llevó dos días atada a la silla y que acabó regalando a una viuda que le dio de cenar. En todos se abrieron las mismas puertas y se cerraron las mismas; en todos asomaron las mismas cabezas por las tapias; en todos hubo alguna mujer que, al oír el chiflo desde la cocina, dijo lo que se dice.

Llevaba contados ciento doce gorrinos, veintinueve cerdas, tres mulos, el caballo de silla del secretario de un ayuntamiento y los doce capones de doña Pilar. Llevaba en la alforja algo más de trescientas pesetas, dos docenas de huevos, las nueces de la Remedios, un queso y el saco de patatas, que iba y venía a lomos de la yegua como un pasajero más. No era mucho, pero en aquellos años tampoco era poco.

El último día volvió a pasar por el pueblo de la fuente, porque le cogía de camino. Dejó beber a la yegua y no tocó el chiflo, porque allí ya no tenía nada que hacer. No hizo falta. Anselmo apareció en la plaza antes de que la yegua levantara el hocico del pilón, como si hubiera estado esperándolo desde el primer día.

—La cerda está bien —dijo a modo de saludo—. Ya come.

—Me alegro.

—Y el gorrino también.

—Ese estaba bien desde el primer momento.

El chico se quedó callado, mirando a la yegua. Luego lo soltó de un tirón, como quien se tira a una alberca de agua fría:

—Quiero aprender.

Julián tardó en contestar. Se secó la cara con el pañuelo y lo dobló despacio.

—¿Para qué?

—Para ganarme la vida.

—Esto no da para ganarse la vida. Da para ayudar.

—Pues para ayudar.

—¿Lo sabe tu madre?

—Se lo he dicho.

—¿Y qué ha dicho ella?

—Que es un oficio de mala fama. Que de los capadores se ríe la gente.

—Tiene razón tu madre. Se ríe.

—Pero luego los llama.

Julián lo miró. El chico tenía los ojos oscuros, tozudos, y no los bajaba.

—Este oficio no se enseña, Anselmo. Se mira. Mi padre no me explicó nunca nada. Me tuvo dos años sujetando patas antes de darme la cuchilla.

—Yo sujeto patas.

—Ya vi que las sujetas.

—Pues entonces.

Julián se echó a reír, por primera vez en muchos días, con una risa de verdad que le salió de dentro.

—En marzo paso otra vez, con los gorrinos de la primavera. Si tu madre te deja, te vienes conmigo tres días por los pueblos de aquí cerca. Sujetas patas y miras. Y no preguntas.

—¿No puedo preguntar?

—Puedes preguntar por la noche. Mientras se trabaja, no. El animal no entiende de preguntas.

Anselmo asintió muy serio, como quien firma un contrato delante del notario. Julián montó y, ya desde la silla, sin saber muy bien por qué lo hacía, sacó el chiflo del bolsillo del chaleco y tocó la escala una sola vez, de abajo arriba y de arriba abajo, con el quiebro del final: dos notas altas y una baja.

—Esto es lo primero que tienes que aprender —dijo—. Cada capador tiene el suyo. Este es el de mi casa. Tú tendrás que buscarte otro.

Llegó a su pueblo de noche. Petra le tenía la cena en la lumbre y el chico ya dormido. Por la mañana, lo primero que hizo el crío fue rebuscar en las alforjas.

—¿Qué me ha traído?

—Nueces. De un nogal que ha cargado mucho este año.

—¿Y ya está?

—Y un saco de patatas, pero ese es para tu madre.

VIII. Lo que vino después

Anselmo salió con él tres primaveras y dos otoños. Aprendió a sujetar, luego a mirar, luego a callar mientras se trabajaba y a preguntar por la noche. A los dieciséis años capó su primera cerda, en el mismo corral de su madre, y no se le murió. Buscó su propio quiebro en un chiflo de plástico que Julián le compró a un afilador, y lo encontró: tres notas bajas y una alta, al revés que el de la casa de los Almazán. Durante unos años hubo en la comarca dos capadores que no se pisaban el terreno y que, cuando coincidían en alguna feria, se tomaban un vino juntos sin hablar mucho. Ni falta que hacía.

En 1959 llegó la orden. Se enteró por el secretario del Ayuntamiento, que se la leyó en voz alta, despacio, con las gafas en la punta de la nariz, como quien lee una sentencia. La castración de los animales domésticos era cosa de veterinarios. Quien no lo fuera solo podría practicarla con una licencia de castrador expedida por las Escuelas o Facultades de Veterinaria, y sin ella sería un intruso.

—Esta ha venido en coche —dijo Julián.

—¿Cómo dices?

—Nada. Cosas mías.

Fue a Madrid en el coche de línea, con el traje de los domingos y el estuche de cuero envuelto en un pañuelo. Las agujas iban hervidas, en un paño limpio, como le había dicho el veterinario once años antes. En la Facultad lo pasaron a una nave que olía a zotal, donde había una cerda atada y tres señores con bata blanca detrás de una mesa. No le preguntaron nada. Le señalaron la cerda. Julián rapó, lavó, abrió, buscó lo que no se ve, cortó y cosió. Cuando terminó, el más viejo de los tres se levantó, se ajustó las gafas y miró la costura muy de cerca.

—Esto no lo enseñamos aquí —dijo.

Julián contó aquella frase muchas veces a lo largo de su vida, y nunca llegó a saber si había sido un elogio o una derrota.

Le dieron el papel. Volvió con la licencia doblada en cuatro en el bolsillo del chaleco, junto al chiflo.

Pero la ley había llegado, en coche o a caballo, a un mundo que ya se estaba yendo. Los pueblos se vaciaban a ojos vistas: cada otoño había menos humo en las chimeneas y más puertas cerradas que ya no se volvían a abrir. Los gorrinos empezaron a llegar de las granjas en camiones, ya capados, y los camiones no paraban en las plazas ni tocaban el chiflo. Anselmo se fue a Alemania en 1962, con una maleta de cartón y un contrato en una fábrica de tornillos, y desde allí mandó tres o cuatro postales que Julián guardó en el mismo cajón que el chiflo. El hijo de Julián, el de las nueces, se fue a la capital, a otra fábrica, y no quiso aprender. Julián no insistió. Había aprendido de su padre que los oficios no se imponen: se miran, o no se miran.

Cuando en 1975 salió otra orden, que exigía además un carné del Sindicato, Julián tenía sesenta y un años y no lo solicitó. Dijo que ya no le quedaban pueblos donde enseñarlo.

El chiflo acabó en el cajón de la cómoda, entre las postales de Alemania y la licencia de 1959, que nunca volvió a desdoblar. A veces, en invierno, lo sacaba y soplaba la escala en la cocina, muy flojo, de abajo arriba y de arriba abajo, con el quiebro del final: dos notas altas y una baja. Los nietos, que venían de la capital por Navidad, se reían y le pedían que lo tocara otra vez.

Ellos ya no tenían miedo.

Y en toda la casa ya no quedaba nadie que supiera lo que quería decir aquello de «el que más chifle, capador».


CHIFLO
 

Base documental

Julián, Petra, Anselmo, los demás personajes, los pueblos, los diálogos y el examen son invención. Los rasgos del oficio proceden de fuentes independientes entre sí:

–     El chiflo y la costumbre de tocar sin pregonar: Diccionario histórico de la lengua española (RAE), entrada castrapuerca.

–     El refrán «El que más chifle, capador»: Diccionario histórico de la lengua española; Joaquín Díaz, «¡El afilador!», El Norte de Castilla, 13 de junio de 2009.

–     El miedo de los niños y la broma de los mayores: testimonios de León, Galicia y Asturias.

–     La mayor dificultad y el mayor precio de castrar a las hembras: testimonios leoneses, gallegos y andaluces.

–     La desinfección con agua y sal, y el aprendizaje «mirando», de padres a hijos: testimonios asturianos y leoneses.

–     Los mulos romos y yeguatos, y la castración de caballerías «a pulgar»: prensa y testimonios leoneses y asturianos.

–     El conflicto con los veterinarios por intrusismo y la licencia de castrador: Orden de 26 de mayo de 1959 (BOE núm. 136, de 8 de junio de 1959) y Orden de 11 de diciembre de 1975 (BOE núm. 307, de 23 de diciembre de 1975), que exigía además carné de la Organización Sindical.


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