PRÓLOGO
En mi pueblo, cuando yo era chico, había un dicho que
se oía a todas horas y que nadie se paraba a explicar: «El que más chifle,
capador». Lo decían las mujeres desde las ventanas, lo decían los hombres en la
taberna y lo repetíamos los chicos sin saber muy bien lo que decíamos. Tardé
muchos años en entender que aquel dicho no hablaba de nosotros, sino de un
hombre que llegaba a los pueblos al final del otoño tocando una flauta de boj,
el chiflo, y que no pregonaba, porque no le hacía falta.
De aquel dicho salió este libro.
Nací en 1959, en un pueblo pequeño de la Alcarria de
Cuenca, justo cuando todo lo que se cuenta en estas páginas empezaba a
acabarse. Llegué a tiempo de ver el final, pero no el principio. Tendría ocho o
diez años cuando veía llegar cada quince días al garbancero, en invierno, con
un motocarro, desde un pueblo que estaba a diecinueve kilómetros del nuestro.
Entraba por varias calles tocando la bocina y gritando «¡Garbancero!», y se
ponía siempre en el mismo sitio, en casa de una señora, adonde íbamos cada uno
con nuestra vasija. Casi nadie le pagaba con dinero. Se hacía el cambio:
garbanzos crudos por garbanzos tostados. Mis abuelos decían que los tostaba con
yeso. En mi casa nunca se les llamó de otra manera que garbanzos tostados.
En mi pueblo también había albardero. Trabajaba en el
propio pueblo, y le llegaban los encargos allí mismo, porque en un pueblo con
muchas caballerías había mucha faena de hacer albardas y de componerlas.
Así desaparecieron casi todos. No de golpe, ni por
decreto, aunque alguno hubo, sino poco a poco, como se va secando una fuente:
primero un hilo más fino, luego unas gotas, luego nada. Llegó la luz eléctrica
a todas las casas, llegaron el agua corriente, el aluminio, el plástico, el
butano, el tractor y el camión. Y con todo aquello, que era bueno y que nadie
en su sano juicio querría devolver, se fueron marchando los hombres que vivían
de lo que se gastaba, de lo que se rompía y de lo que había que poner a punto
cada año. Se marcharon sin hacer ruido, y casi sin que nadie se diera cuenta.
Un invierno no vino el garbancero, y al invierno siguiente ya no nos
acordábamos de esperarlo.
Este libro reúne siete de aquellos oficios: el capador,
el afilador, el lañador, el hojalatero, el albardero, el garbancero y el
herrador. Cada uno tiene su relato, y cada relato tiene su hombre. Los pueblos
no tienen nombre, porque podrían ser cualquiera de los que se asoman a los
valles de la Alcarria, con su torre, su fuente y sus eras. Los personajes son
inventados. El oficio, no. Todo lo que hacen con las manos, las herramientas
que usan, lo que cobran, cómo lo cobran, cuándo salen a los caminos y cuándo
vuelven, está sacado de testimonios, de papeles y de la memoria de quienes
todavía los conocieron. He procurado no inventar nada que no pudiera haber
sido.
Los que hablan en estos relatos hablan como se hablaba
en la Alcarria. No como se escribía, que eso era otra cosa, sino como se
hablaba en las cocinas, en los corrales y en las plazas. Para ello me he
servido de un folleto viejo, «Costumbres y rebuznos alcarreños», escrito a
principios del siglo pasado por dos hombres que firmaban como El Celipe y El
Pólito, y que recogieron con mucha burla, y con más cariño del que ellos mismos
querían reconocer, la manera de hablar de aquellas gentes. De ahí salen los «pus»,
los «icir», los «ande», los «tuico» y los «que haiga salú». He querido que ese
habla se quedara solo en la boca de los personajes. La voz del que cuenta es la
mía, y la he dejado como es.
Algunos de estos hombres se conocen entre ellos. Es
natural. Andaban por los mismos caminos, dormían en las mismas posadas y se
encontraban en las mismas ferias. El afilador y el capador se oyen de lejos sin
llegar a verse, porque uno sale en verano y el otro después de los Santos. El
hojalatero no le compone al lañador los pucheros de barro, para no quitarle el
pan. El garbancero pasa con su motocarro por delante del corral del herrador. Y
al final del libro, en el epílogo, los siete se juntan una tarde de feria en
ese corral, ya viejos y ya sin oficio, a contarse cómo los trató la vida. Nunca
se juntaron de verdad, claro. Pero me gusta pensar que, si se hubieran juntado,
habrían hablado así.
Cada oficio dejó un refrán, o algo parecido a un
refrán, y he querido que cada relato gire alrededor del suyo. «El que más
chifle, capador». «Hachas no, que se jode la rueda». «Laña echá, cuartillo
caido». «El albardero mete paja y saca dinero». «Colmo por rasero». «Una en el
clavo y ciento en la herradura». El hojalatero no tiene refrán, pero tiene una
frase que dijo en una taberna y que vale lo mismo. Los refranes son lo último
que queda de un oficio cuando ya no queda nadie que lo ejerza. Se siguen diciendo,
pero ya nadie sabe de dónde vienen.
Para eso está este libro. Para que alguien, alguna vez,
lo sepa.
No lo he escrito con nostalgia, o no solo con
nostalgia. La vida de aquellos hombres era dura, y la de sus mujeres, que
esperaban en casa con la cena en la lumbre sin saber qué noche iban a volver,
más todavía. Sus hijos se fueron a Madrid, a Valencia, a Barcelona o a
Alemania, y la mayoría hicieron bien en irse. Yo mismo me fui. Pero cuando uno
se va de un sitio, aprende tarde que se lleva más de lo que cree, y que hay
cosas que, si no se cuentan, se pierden para siempre.
Estas son algunas de ellas.
EPÍLOGO
En el corral del
herrador
El día de la feria de septiembre de 1978 no bajaron al
pueblo más que cuatro burros viejos, una yegua de un señorito de la capital y
un tratante que se volvió por donde había venido antes del mediodía. A media
tarde, en el corral de Primitivo Montero, que había sido herrador hasta que se
quedó sin mulas que herrar, se fueron juntando unos cuantos hombres que ya no
tenían oficio. Nadie los había citado. Pero el día de feria, en los pueblos,
los hombres acaban siempre donde hay sombra, un poyo y una bota.
—¿Se pué pasar?
—Pasa, Eusebio, que la puerta no s'ha cerrao dende que
me quedé sin parroquia.
—Güenas tardes nos dé Dios. ¿Y qué, hay salú?
—Pa lo que hay que hacer, sobra. Asiéntate, que el poyo
no cobra.
El Albardero se sentó en la punta del poyo, la más
cercana a la fragua, que llevaba ocho años fría.
—¿Y la feria, Primitivo?
—¿Qué feria? Cuatro burros y una yegua de paseo. Mi
padre contaba las mulas por cientos, y yo las he contao hoy con los deos d'una
mano.
—Y a la yegua ni le hacía falta albarda. Traía una
silla de cuero que paicía un canapé.
Al rato asomó por la puerta un hombre más joven que
ellos, con la boina negra calada hasta las cejas.
—¿Es aquí ande se junta la gente que no tié ná que
hacer?
—Aquí mesmo. ¡Arrea, el Garbancero! ¿Y el motocarro?
—Vendío a un chatarrero de Cuenca, por menos de lo que
me dieron por la burra. He venío en el coche de línea, como los señoritos.
—Pus aquí no te va a sonar el pito.
—Ni a usté el martillo. Usté es el que s'asomaba a la
puerta del corral cuando yo pasaba pa ca la tía Eufrasia, ¿verdá?
—El mesmo. Y mi Catalina, que en paz descanse, la que
iba con el tazón.
—Colmao me lo traía, eso sí. Y yo se lo devolvía
rasico.
—Colmo por rasero —dijo el Albardero—. Y el herrador
mete clavos y el albardero mete paja. Aquí el que más y el que menos ha metío
algo en su vida.
Se rieron los tres. Luego entró el Hojalatero,
despacio, con la chaqueta de los domingos y las manos llenas de quemaduras
viejas que ya no se le iban a quitar.
—¡Felipe! ¿Tú tamién por aquí?
—¿Y ande voy a estar? Yo jui el primero en quedame sin
oficio. En el sesenta y cuatro. Ya lo icía yo en la taberna: el día que la luz
no se vaya, me iré yo. Y la luz no se jué.
—¿Y los candiles?
—En las cámaras. Y los que no, en los traperos. Y los
cazos, de aluminio, que no se sueldan. Cuando se rompen, se tiran. Y no se
rompen enjamás, qu'eso es lo malo, como icía el otro.
Todavía no se había sentado cuando en la calle se oyó
una voz ronca, de hombre que ha gritado mucho:
—¡Se afilan cuchillos, navajas y tijeras! ¡Hachas no,
que se jode la rueda!
Entró el Afilador riéndose, y detrás de él, arrastrando
un poco los pies, el Lañador.
—¡Pus aquí no hay hachas, Afilaor! —dijo el Herrador—.
Aquí lo único que queda es un acial colgao d'un clavo.
—Mejor, que yo ya no veo pa afilar ni un cortaplumas.
Lo he dejao este mesmo año. Ni con la rueda de Manuel, ni con la bicicleta, ni
con la moto. Agora pasan unos en furgoneta, con el chiflo metío en una cinta
que suena por un altavoz. Y eso no tié relámpago.
—¿Y usté? —le preguntó el Garbancero al otro, que se
había quedado en la puerta mirando el barreño de la pila.
—Yo lañaba. Laña echá, cuartillo caido. Hasta el
setenta y uno, que se me murió la burra y no quise comprar otra. Pa lo que
quedaba, no merecía la pena.
—¿Y qué queda?
—Barreños de plástico, de colores. Se rajan y al
muladar. Naide llama a naide.
El Lañador se asomó a la pila, miró el barreño de la
matanza que Primitivo tenía allí boca abajo y pasó el dedo por encima.
—Este no tié ni una laña.
—Porque no se ha roto —dijo el Herrador.
—Entoavía.
Entonces, desde la calle, sonó un chiflo. No era el del
Afilador. Era una escala que subía y bajaba despacio y acababa con un quiebro:
dos notas altas y una baja. El Herrador no se volvió.
—El que más chifle, capador —dijo.
Julián Almazán entró guardándose el chiflo en el
bolsillo del chaleco. Detrás de él, como quien no quiere la cosa, se coló el
tío Hilario, que ya no tenía mula pero seguía teniendo sed.
—Güenas tardes a tuicos. ¿Qu'es esto, un entierro u una
feria?
—Las dos cosas, Julián. Asiéntate, qu'entoavía hay
poyo.
—¿Y usté, tío Hilario? —dijo el Albardero—. ¿Viene usté
a pagale al herrador lo que le debe de la Pinta?
—Cuando pueda —dijo el tío Hilario, y se sentó el
primero.
Primitivo fue a la cocina y volvió con la bota y un
plato de nueces. La bota dio una vuelta entera al poyo sin que nadie dijera
nada. Cuando le volvió a las manos, el Herrador se limpió la boca con el dorso
de la mano y miró a los siete.
—Güeno, pus ya que estamos tuicos, y que no tenemos ná
mejor que hacer… ¿A vusotros cómo os ha tratao la vida? Que yo, la verdá, no
m'acabo d'enterar de cuándo se me jué el oficio.
—Yo sí m'enteré —dijo el Capador—. Me lo leyó el
secretario en voz alta, con las gafas en la punta de la nariz, como quien lee
una sentencia. Qu'el capar era cosa de meteminarios, y que el que no tuviá
papel, era un intruso. Y me jui a Madrid, a que me dieran el papel.
—¿Y te lo dieron?
—Me pusieron una cerda delante y tres señores con bata
blanca detrás d'una mesa. Capé, cosí, y el más viejo de los tres se levantó,
miró la costura mu de cerca y me dijo: «Esto no lo enseñamos aquí».
—¿Y eso qué era, Julián? ¿Pa bien u pa mal?
—Enjamás lo he sabío. —El Capador cogió una nuez y la
partió contra el poyo con la palma de la mano—. Pero el papel me valió de poco.
La ley llegó en coche, como m'avisó un meteminario joven, y los gorrinos
llegaron en camión. De las granjas, ya capaos. Y los camiones no paran en las
plazas ni tocan el chiflo.
—¿Y aquel chico que llevabas contigo? El de la
Remedios, el del pueblo de la fuente.
—Anselmo. Se jué a Alemania en el sesenta y dos, a una
fábrica de tornillos. M'ha mandao tres u cuatro postales. Las tengo en el
cajón, con el chiflo. Y mi chico, el de las nueces, a la capital, a otra
fábrica. No quiso aprender, y yo no le dije ná. Los oficios no s'imponen. Se
miran, u no se miran.
—¿Y agora?
—Agora, en el setenta y cinco, sacaron otra orden, que
tenía uno que tener tamién un carné del Sindicato. Yo tenía sesenta y un años.
No lo pedí. ¿Pa qué? No me quedaban pueblos ande enseñalo.
El tío Hilario, que tenía la bota en las manos más
tiempo del que le tocaba, levantó la cabeza.
—Pus los gorrinos d'agora, capaos u sin capar, saben a
papel.
Se rieron, y el Albardero le quitó la bota al tío
Hilario de las manos sin que éste se diera cuenta.
—Lo mío jué el tractor —dijo Eusebio—. Ya me lo avisó
el hijo del tío Tránsito, el que es portero en Madrid: que en Madrid había
empezao por las calles y aquí iba a empezar por las eras. Y asín jué. Los
primeros, los Largos, los del pueblo de la vega, que vendieron el mulo de la
cruz alta pa comprase uno alemán, verde, que s'arrancaba con un soplete. Y
dimpués ya tuicos. El tractor no tié lomo, y lo que no tié lomo no lleva
albarda.
—Ni herraúras —dijo el Herrador.
—Ni matadura —dijo el Albardero—. Qu'eso me lo dijo el
tío Matías, que en gloria esté. Que el tractor no se cansa y no tié matadura. Y
yo pensé: pus entonces no me necesita.
—¿Y tu chico?
—Julián está en Madrid. Empezó de peón y agora es
encargao d'obra. Hace casas de cinco pisos en las afueras, pa los que se van de
los pueblos. Aquí me dejó el taller entero. Se llevó el dedal de manopla, qu'es
lo único que le di. Yo seguí hastia el sesenta y ocho. Al final no hacía más
que ataharres pa los cuatro borricos que quedaban y unas albardicas de juguete,
pa colgar en los comedores, que se las llevaban los de Madrid en verano como si
juán botijos.
—¿Y las cobrabas bien?
—Caras. Y me las quitaban de las manos. Paice mentira:
una albarda de verdá no me la pagaban, y una de mentira sí.
El Garbancero, que había estado callado, se echó a reír
sin ganas.
—Pus a mí me pasó lo mesmo con los garbanzos. Al final,
en las tiendas vendían unos tostaos de fábrica, en unas bolsicas de celofán con
un dibujo, colgaos d'una tira de cartón al lao de las pipas. Más chicos, más
salaos y más caros. Y los chiquillos los querían más que los míos, porque se
compraban con una peseta en cualisquier momento, sin esperar a que pasara naide
tocando el pito.
—¿Y eso cuándo jué?
—Poco a poco. Yo compré el motocarro en el sesenta y
cinco, vendiendo la burra. En mi pueblo se rieron de mí. «Eso es tirar los
cuartos», m'icían. Pero el motocarro no comía paja ni pedía herrero.
—Ni herrador —dijo Primitivo.
El Garbancero lo miró un momento y asintió despacio.
—Ni herrador. Tié usté razón. Endimpués se jueron
vendiendo las caballerías, uno detrás d'otro, los mesmos que se habían reído. Y
yo creía que había acertao. Y acerté pa seis inviernos. Al remate la gasolina
costaba más que los garbanzos, la tía Eufrasia se rompió la cadera en una helá
y se la llevó la hija a Madrid, mi chico el mayor se me jué a Valencia, a una
fábrica de muebles, y la chica a servir. Y yo solo con el pequeño no podía con
el tueste. El úntimo viernes se asomaron tres mujeres. Ningún chiquillo corrió
detrás del motocarro.
—Ya me lo dijo mi Catalina —dijo el Herrador—. Que le
habías dicho a la Sabastiana que ya no venías más.
—Que ya no había pa quién. Asín mesmo se lo dije.
—Y el tío Celedonio ya lo había aborruntao —dijo el
Albardero—. Que dentro de veinte años aquí no quedaba naide pa comprate
garbanzos.
—Se quedó corto —dijo el Garbancero—. No hizo falta que
pasaran veinte.
—A mi chico le di el rasero de mi padre, el d'ir
rasando las vasijas. Se lo llevó a Valencia envuelto en una camisa. Pa que no
se l'olvide lo que vale el trabajo.
El Herrador se levantó, fue hasta el cobertizo y se
quedó un momento delante de la pared de las herramientas, donde entre el
martillo y las tenazas había un clavo vacío.
—Yo a mi Ramón le di el pujavante —dijo sin volverse—.
Aquí tenís el clavo. Se jué a Madrid en el sesenta y uno, a una fábrica de
camiones, y allí sigue. Encargao de nave. Ha montao más camiones de los que yo
he visto en mi vida. —Se volvió—. ¿Y sabís quién se quedó primero sin oficio en
esta casa? No jui yo. Jué el herrero. El tío Evaristo cerró la fragua grande en
el sesenta y tres, porque los tractores traían sus arados de fábrica y yo ya no
le pedía más que una docena de herraúras de cuando en cuando. Endimpués me las
mandaban de la capital, en cajas de cartón, tuicas iguales, como los botones
d'una chaqueta. Y los cascos no son tuicos iguales.
—Pus asín tuico —dijo el Afilador—. Los cuchillos de
agora tamién son tuicos iguales. Los compran en las ferreterías, les dura el
filo lo que un suspiro, y cuando se les acaba, los tiran y compran otros. Un
cuchillo que no se pué afilar no es un cuchillo. Es un cubierto.
—¿Y la rueda aquella, la del gallego? —preguntó el
Lañador.
—En la cámara, tapá con una manta. Vinieron unos
señores de la capital pa un museo, y me ofrecieron perras por ella. No se la
di. Esa rueda dio la vuelta a media España con Manuel, y conmigo hastia el
cincuenta y tres. Ya ha andao bastante. Que se quede quieta.
—Hiciste bien —dijo el Hojalatero.
—Ya me lo avisó un albaceteño, el primer verano que
salí solo. Que dentro de diez años no quedaba una rueda d'aquellas por los
caminos. Tenía razón. Me compré la bicicleta en el cincuenta y tres, y la moto
en el sesenta y cuatro. Y cada verano salían menos mujeres a la puerta cuando
tocaba el chiflo. Menos mal que me casé con la Rosario, la modista del pueblo
de los mimbres, la de las tijeras de su agüela.
—¿Y los chicos?
—Dos. Denguno aprendió. Ni falta que les hace.
El Lañador cogió una nuez del plato y estuvo un rato
dándole vueltas entre los dedos, sin partirla.
—Lo mío no jué una cosa sola —dijo—. Jueron muchas.
Primero el aluminio. Ya me lo dijo un quincallero, que me llamó agüelo delante
de las mujeres: «Esto es el progreso». Endimpués el plástico. Endimpués el agua
corriente, y las mujeres dejaron de dir a la fuente, y los cántaros se quedaron
en las cámaras. Endimpués las matanzas en el matadero, y los barreños boca
abajo en los corrales pa que no se llenaran d'agua de lluvia. Y los pueblos
vaciándose, año tras año, al igual que un cántaro con una raja que naide
compone.
—¿Y tu chica?
—En Valencia. Tié dos chicos que no han visto enjamás
un barreño de barro. En mi casa tengo el de la matanza, con catorce lañas.
Tuicas mías. Y de denguna he cobrao ná.
—¿Y eso?
—Porque hay lañas que se cobran y lañas que no. Eso me
lo enseñó mi padre. Y otra cosa me dijo, que tenía la vista perdía pero veía
más que nusotros: qu'el día que la gente tire las cosas en vez de componelas,
tamién emprencipiará a tirar a los viejos.
Nadie contestó. El tío Hilario, que no había entendido
del todo, miró a los demás uno por uno, y luego se miró las manos.
—Pus a mí no me tira naide —dijo al fin—. Que no tengo
ande caeme muerto, pero los hijos vienen tuicos los veranos.
—Por eso, tío Hilario —dijo el Capador—. Porque vienen
en verano.
El Hojalatero había estado callado mucho rato, mirando
la fragua apagada. Tenía entre los dedos una hoja seca de parra que había caído
en el poyo y le iba dando vueltas.
—A mí me paice que lo mío lo sabía dende el principio
—dijo—. Dende que pusieron la luz en los pueblos, en el treinta y dos. Nos la
quitaban tres días a la semana, y yo pensaba: mientras la quiten, haré
candiles. Y cuando dejaron de quitala, me quedé sin candiles. Endimpués vino el
butano, en unas bombonas naranjas que subía el camión de los sábados, y con el
butano se acabaron las lumbres de guisar, y con las lumbres, los culos quemaos
de los cazos. Y dimpués el plástico, como ice éste. Naide tuvo que decidir ná.
Las cosas jueron llegando, y lo d'antes se jué yendo, sin ruido.
—Y tú sin chicos a quien dejale el oficio —dijo el
Herrador, con cuidado.
—Sin chicos. —El Hojalatero asintió—. Pero tengo
veintitrés libretas con tuicos los encargos de mi vida, tachaos uno por uno
cuando los entregaba. Tuicos menos uno.
—¿Y cuál es ese?
El Hojalatero sonrió, pero no contestó. Dobló la hoja
de parra por la mitad y la dejó en el poyo, a su lado.
—Ese es cosa mía.
El sol se había ido de la puerta del corral y empezaba
a subir por la pared de la cuadra. Por la calle pasó un tractor, despacio, con
un remolque vacío, y todos lo miraron hasta que dobló la esquina, sin decir
nada, como se mira un entierro que no es de la familia.
—¿Sabís lo que pienso? —dijo el Albardero cuando se
dejó de oír el motor—. Que dentro de cuatro días naide sabrá lo que jue un
albardero. Ni un herrador. Ni un lañaor.
—Ni un capador —dijo Julián—. Mis nietos, cuando toco
el chiflo en la cocina, se ríen y me piden que lo toque otra vez. Ya no tien
miedo.
—¿Y qué queda, astonces?
El Capador se lo pensó un rato. Luego se sacó el chiflo
del bolsillo, lo miró y lo volvió a guardar sin tocarlo.
—Los refranes —dijo—. Los refranes se quedan. Anque
naide sepa ya d'ande vienen.
—El que más chifle, capador —dijo el Herrador.
—Hachas no, que se jode la rueda —dijo el Afilador.
—Laña echá, cuartillo caido —dijo el Lañador.
—El albardero mete paja y saca dinero —dijo el
Albardero—. Anque yo metí mucha paja y dinero, lo que se ice dinero, saqué
poco.
—Colmo por rasero —dijo el Garbancero.
—Una en el clavo y ciento en la herradura —dijo el
Herrador—. Anque yo tuicas las di en el clavo.
Se quedaron mirando al Hojalatero, que era el único que
no había dicho nada.
—Yo no tengo refrán —dijo Felipe—. Tengo lo que icía en
la taberna. Que el día que la luz no se juera, me iría yo. Y aquí estoy,
entoavía.
—Pus eso vale —dijo el tío Hilario—. Eso ya es un
refrán. Que lo vaya diciendo la gente, y dentro de cuatro días lo dice tuico el
mundo.
Se rieron por última vez aquella tarde. Luego la bota
dio otra vuelta al poyo, ya casi vacía, y cuando empezó a oscurecer se fueron
levantando uno detrás de otro, despacio, apoyándose en las rodillas, como se
levantan los hombres que han trabajado toda la vida de pie. Se despidieron en
la puerta del corral.
—Que haiga salú.
—Lo mesmo te igo. Diquia otra.
—Diquia otra feria.
No hubo otra feria. Aquella fue la última de ganado que
se hizo en el pueblo. Primitivo cerró la puerta del corral, por primera vez en
muchos años, y se quedó un rato en el poyo, solo, con la bota vacía y el plato
de las cáscaras de nuez, mirando el clavo del pujavante.
Ya no queda ninguno de ellos. Quedan los refranes, que
todavía dice alguno de vez en cuando, sin saber de dónde vienen. Y quedan estas
páginas, para que alguien, alguna vez, lo sepa.
fin


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