martes

LA HIJA DE CERVANTES (Part. I)

En recuerdo de mis buenos amigos
Alfonso Calle e Ivan Vélez, de Carrascosa de la Sierra,



LA ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA
Y AMERICANA
JULIO DE SIGUENZA
30 de marzo de 1.883


CUANDO en 8 de Mayo del año próximo pasado La ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA Y AMERICANA, este digno monumento elevado en loor á nuestra literatura y á nuestras artes, publicaba mi primer articulo acerca de la hija de Cervantes, apoderóse de mi la idea, extraña tal vez, que los documentos hallados en el Consejo de Castilla, y que venían á resolver una duda, si duda podia resultar después de su publicación , en la vida del Grande Hombre, como gallardamente llama el Marqués de Molins al Principe de los Ingenios, Miguel de Cervantes Saavedra, constituirían un preciadísimo tesoro.

Con este motivo, y después de invitar, como no podia menos, á los ilustres literatos que antes que yo habian tratado este punto concreto de la existencia de la hija de Cervantes, su condición, vida y último fin, fórjeme también la ilusión de que, no sólo aquéllos, si que la prensa española prestaría su poderosa ayuda hasta conseguir el esclarecimiento de cuestión tan interesante en la historia del autor del Quijote, que tenia su principio en un parece del académico de la Española Sr. Navarrete, y final lógico en la lápida que ostenta el santuario de las monjas Trinitarias de esta corte, obra de la misma Academia, y á que habia servido de coronamiento un me basta saber de otro ilustre académico contemporáneo nuestro.

¡Vano esperar! ¡Ilusión última, apagada en el mar de mis desengaños! Ni la prensa se ocupó de los documentos encontrados para gloria mia, lo cual desde luego me satisfizo por completo; ni, lo que es más incomprensible, aquellos que por sagrado deber eran llamados á dilucidar, investigando, circunstancia tan notable en la historia del gran genio, ninguno de ellos, al parecer, quisieron ayudarme.

Sentilo por Cervantes, no por mi, que ya tenía opinión fija sobre el asunto; y sentilo mucho más cuando obstáculos insuperables, que haré públicos algún día, cerraban mis pasos, ávidos de llegar al completo descubrimiento de la verdad.

La hija del autor de La Galatea, Dª Isabel de Cervantes Saavedra, ó Dª Isabel de Saavedra, ¿fué natural ó legitima? ¿Profesó como monja en las Trinitarias de Madrid , ó fué casada y viuda dos veces? ¿Está enterrada como tal monja ó como seglar, ó no están sus restos depositados en el antedicho monasterio? Tales eran los tres objetivos á que debian encaminarse mis observaciones. Pero aquellos obstáculos me prohibían resolver de plano, y casi tentado estuve de hacer punto final en tan curiosa como importante empresa.

Mas si la fortuna no ayuda a los viejos, como decia el gran emperador Carlos V, protege á los buenos; y aunque uno tan sólo entre tantos malévolos en contrario, alguna vez podia llegar á desmentirse aquello de que

«Dios protege a los buenos
Cuando son más que los malos


Y asi fué, para bien de la lógica y ensalzamiento de la justicia del Supremo Ser, y para honor mió, alcalaino de origen, aunque madrileño por nacimiento.

Bien haya mí bueno y querido amigo el ilustre escritor D. José María Octavio de Toledo, distinguidísimo bibliotecario en la Nacional de esta corte, y á cuya resolución, estudio y generosidad tanto debo en este caso.

El Sr. Octavio de Toledo era, al fin, una excepción de la regla; y amparado en su amor á la memoria del autor de Persiles, y atrincherado tras su natural talento, unido á buena dosis de voluntad, cerró los ojos ante la atrevida empresa que hablase propuesto, y guiado tan sólo por los documentos publicados por mi, marchó impávido y resuelto tras la imagen de la hija de Cervantes, con todo su natural acompañamiento de familia y hogar.

Atrevida empresa he dicho, y más que atrevida, cuando hay que luchar con la tradición, siquier sea basarla en débiles cimientos; atrevida, en verdad, cuando la resolución que iba á buscarse tronchaba las opiniones que, formadas en la tradicional historia, habian sustentado biógrafos eruditísimos, literatos de tal renombre, que han llegado á dar brillo á las letras patrias desde el elevado sitial de la Academia Española. Un académico no debe equivocarse. Navarrete, cuando escribía la Vida de Cervantes, en 1815, dispuso de toda la ayuda y protección que en este país obtienen los académicos. Los que á éste siguieron hasta nuestros días vieron abrirse, complacientes y espontáneas, las puertas de los archivos, las de las bibliotecas, las de las iglesias, y lo que es más, hasta las rejas de los conventos de monjas.

Pero al Sr. Octavio le sucede lo que á mi: es modesto, y con la modestia, desgraciadamente, no se va á ninguna parte, aunque venga á pararse en la oscuridad y en el olvido; y asi, he sentado que la empresa que hablase propuesto mi amigo, la misma que sin aquellos obstáculos de que he hablado hubiera yo tratado de emprender, era atrevida por demás.

La Biblioteca Nacional es buena fuente de investigaciones, y la parroquia de San Luis había de mostrar algo útil, al propio tiempo que presentase la verdad en que se apoyaban los escritos hallados y publicados por mi en el primer articulo, á que servia de epígrafe La Hija de Cervantes.

Existe en aquel soberbio panteón de la inteligencia (hablo de la Biblioteca Nacional) un preciosísimo manuscrito, tuvo titulo es: Libro de los nombres y calles de Madrid sobre que se paga incómodas y tercias partes, con abecedario. Comenzóse á escribir en 11 de Diciembre de 1625, y vino á concluirse en 1º de Enero de 1658.

Cuenta ademas dicho centro de ilustración con un notable trabajo, mandado hacer de orden del rey Fernando VI, y terminado, en 1767, durante el reinado de su hermano D. Carlos III, y que se intitula ; Planimetría general de la Villa de Madrid, y visita de sus casas, asientos y razón de sus dueños, sus sitios y rentas, formada, de orden de S. M., por la Regalía del Real aposento de corte, i virtud de Real cédula, fecha en San Lorenzo, á 22 de Octubre de 1749, refrendada por D. Cenon Somodevilla, marqués de la Ensenada.

Con estas dos valiosísimas obras, y con los registros ó libros que conserva la parroquia de San Luis, á cuya feligresía pertenece la Red del mismo nombre, donde moraba un tiempo la hija de Cervantes, Dª Isabel de Cervantes Saavedra, ó Dª Isabel de Saavedra, pues de ambas maneras se nombra en los documentos del Consejo de Castilla, empezó su ardua empresa el Sr. Octavio de Toledo.

Gran ayuda encontró en el sabio cuanto digno sacerdote, teniente cura de aquella parroquia, Sr. D. Máximo Segovia, y tengo ciertamente placer inmenso en consignarlo aquí; pero, si mi buen amigo halló hasta entonces franco camino á sus propósitos, no sucedió lo mismo á partir de este momento en los pasos sucesivos que había de recorrer. Obstáculos, si no insuperables, como los mios, enfadosos, se opusieron á su resuelta marcha, teniendo que hacer parada allí, en la misma Red de San Luis, en la parroquia de este nombre.

Desmayó el Sr. Octavio de Toledo, como yo habia cedido antes en mi deseo, y asi quedaron las cosas, hasta que otro buen amigo, que no nombro por no haberme autorizado para ello, dióme á conocer una obra escrita por el ilustre académico de la Española, el Sr. Marqués de Molins.

Fué escrita esta Memoria, que asi se dice en su portada, por encargo de la Academia, y lleva por titulo: La Sepultura de Miguel de Cervantes.

Decir la fruición, el entusiasmo con que yo leería esta obra, tanto más que en ella tratábase también de la hija del Manco de Lepanto, del cautivo en Argel, del Príncipe, en fin, de los ingenios, fuera excusado en quien, como yo, no olvidaba mi proyecto, aunque velado por tan repetidas contrariedades.

Inmensa fué mi dicha cuando, después de leído y releído este libro, y dueño de los ricos datos que debía á la generosidad del Sr. Octavio de Toledo, basados en los papeles descubiertos por mi en el archivo del Consejo de Castilla, sentí volver el entusiasmo á mi ánimo un tanto abatido.

Tres sendas se presentaban abiertas á mis escudriñadores ojos, y todas habían de conducirme al rico verjel á donde mí mente quería llevarme.

Ahora, lector amado, ya puestos en camino, recorramos los dos los fértiles campos que sembraron el Consejo de Castilla, el Sr. Marqués de Molins y el Sr. Octavio de Toledo.

¿La hija del autor de El Quijote fué natural, en el sentido jurídico de la palabra, ó legitimar?

Varios y de ilustración suma han sido los biógrafos de Cervantes; pero si hemos de fijarnos en el que con más detalles ha enriquecido la historia de la vida del sin par escritor, ninguno como D. Martin Fernandez de Navarrete, distinguidísimo académico de la Española, que escribía su obra á principios del siglo actual. A éste, pues, debemos primeramente atenernos, por muchas circunstancias, que están en el ánimo de todos los amantes de nuestras letras, y por ser el primero que asegura en su Vida de Miguel de Cervantes Saavedra ser natural la hija de éste.

¿En qué datos se apoya aquel escritor para dar por sentada semejante afirmación?

Trataremos de averiguarlo. En el año 1605, y con ocasión de hallarse en Valladolid viviendo Miguel de Cervantes con su familia, y á consecuencia de cierta muerte ocurrida casi á las puertas de la casa habitada por tan singular ingenio, vióse éste comprometido en la causa formada á resultas de aquélla, y llamado á declarar, como asimismo su mujer, su hija y su hermana Dª Andrea de Cervantes.

Como consecuencia de la declaración de la última, en que, al parecer, manifestó que Cervantes posaba con su hija natural Dª Isabel, dedujo Navarrete ser exactamente, y en el estricto sentido jurídico de nuestras leyes, ilegitima la hija del insigne alcalaino.

Esta aseveración de Navarrete, á quien han seguido todos los autores dedicados á anotar y añadir algo en la vida de Cervantes, fué acogida también por el Sr. Marqués de Molins; pero este ilustre académico, con más tacto seguramente que ninguno de los biógrafos de aquél, deja entre ver, en medio de sus estudiadas y galantes complacencias, la duda que absorbe su buen entendimiento, y en la página 117 de su Memoria, que asi llamaré en lo sucesivo al precioso libro La Sepultura de Cervantes, escribe lo siguiente: «Dicen que era portuguesa la dama de Cervantes, madre de Dª Isabel sospechas y nada mas.» Y yo me atrevo á preguntar: ¿de dónde sacaron los biógrafos del insigne escritor esta dama portuguesa?

Pero, siguiendo á Navarrete, y con él la declaración de Dª Andrea, ¿puede suponerse, lógicamente pensando, que ésta tuvo necesidad de declarar la naturaleza de Dª Isabel, cuando seguramente no se le preguntaría, dado el sistema de enjuiciar de aquella época? ¿Ño pudo Navarrete equivocarse al leer aquella deposición de Dª Andrea, como se equivocó, según el Marqués de Molins, al afirmar éste, en la pág. 85 de su Memoria, que las misteriosas supresiones que apuntó aquél al referirse al asiento de profesión do una monja Isabel en el año 1614 no eran ciertas, careciendo, por tanto, de verdad lo asegurado en la Vida de Miguel de Cervantes.

Plenamente me atrevo á confirmarlo. Dicho académico debió ser victima de una ilusión de óptica, leyendo lo que, en su deseo de conciliar las descendencias de dos eminentes genios, Cervantes y Lope de Vega, rivales siempre en vida, en lo que la desigualdad de su suerte tendria de otra manera desunido para siempre.

No; no era necesario al testimonio de Dª Andrea presentar ante un tribunal la cualidad de Dª Isabel, que no podia exigirsele, ni necesario era seguramente, ni aun para contestar á las generales de la ley, conforme al vicioso enjuiciamiento de aquellos tiempos.

No una, cíen declaraciones testificales en causas criminales, pudiera presentar referentes á la misma época, y aun posterior, en donde nunca aparecen los nombres de padres, hermanos ni pariente alguno, ni menos la cualidad y estado civil del declarante.

Pudiera copiar algunas; no lo haré, sin embargo, porque creo que la afirmación de Navarrete y los que le siguen con respecto á la hermana de Cervantes es pueril en extremo á mi propósito.

Aparte de que la causa formada en Valladolid debe haberse oscurecido, juzgo que sólo Navarrete pudo verla; en otro caso, debiera presentarse.

Ridiculo seria por demás el testimonio de Dª Andrea Cervantes, denunciando á un alcalde si la hija de su hermano era natural ó legitima, cosa que al tribunal debiera importarle poco para depurar el crimen que se perseguía, si no fuera también altamente repulsivo, por lo que de denigrante tenia hacia un hermano, que era entonces el jefe y sosten de toda una familia.

No es esto solo. El tratamiento de Sra. Doña, o Doña sencillamente, era bastante á demostrar que la hija de Cervantes, simple hidalgo, y que como á tal se le nombraba el señor Miguel Cervantes, y no Don, á pesar de ser hijo legitimo, de legitimo matrimonio nacido y procreado, carecía de la cualidad de ilegitima, sino legitima y noble, de solar conocido por su madre, ya que por su padre no podia esperar más que la hidalguía. Ya veremos quién fué esta madre.

Y no se diga que, aun cuando natural, siendo su madre noble, podia usar el Don la hija de Cervantes; pues, aparte de otros documentos, tenemos á la vista una probanza de 1610, en que á un hijo natural y reconocido de D. Diego Hurtado de Mendoza, tercer duque del Infantado, tenido en Dª Maria Ruiz de Leguizamo, señora vizcaína, se le nombra únicamente Martin de Mendoza, y que, por cierto, casó con Dª María de Cervantes, hija del licenciado Pedro de Cervantes, presidente del consejo de dicho Duque.

Y á propósito, ¿serían estos Dª María y Pedro de Cervantes, parientes muy cercanos del autor de El Quijote?

Pero sigamos. Los biógrafos de Cervantes; los manuscritos de su época existentes; la misma Academia Española, que han nombrado y nombran á la hija de Cervantes, natural, Doña Isabel de Saavedra, ¿cómo no dieron ni dan el mismo tratamiento á su padre el Sr. Miguel de Cervantes, hijo legitimo?

Hay otra razón en abono de la opinión que sustento, aparte de la que, en definitiva, arrojan los papeles del Consejo de Castilla, y es la siguiente: En el largo trascurso de tiempo que he pasado registrando antecedentes en los archivos de los extinguidos Consejos, y con ocasión de buscar datos genealógicos, recuerdo haber leido documentos ó partidas en que se decía : Fulano, hijo natural y legítimo de no usando, por consiguiente, el primer calificativo, en el sentido estrictamente jurídico que se le da entre los leguleyos, sino en otro más lato.

Este sentido pudiera traducirse de esta manera: hijo natural y legítimo por subsiguiente matrimonio ó por rescripto del Principe; lo cual le daba, como hoy mismo sucede, la cualidad de legítimo, aunque para distinguirlo del legítimo, de legítimo matrimonio nacido y procreado, antecediese la palabra natural.

Pero esto, que no pasa de ser una hipótesis, tratándose de la hija de Cervantes puede dar alguna idea sobre el concepto, equívoco siempre, que se da á la declaración de Dª Andrea en la causa de Valladolid.

Luego si la hija de Cervantes no fue natural, como definen nuestras leyes, debió ser legitima; y aquí entra el Consejo de Castilla con su autorizada voz, con su inapelable fallo, corroborado bajo la fe pública del escribano Real Luis de Velasco, en 28 Agosto de 1608.

Copiemos algún párrafo de la escritura de promesa de dote á Luis de Molina, presunto esposo de la viuda doña Isabel de Cervantes Saavedra, ó D.a Isabel de Saavedra como se dice en los documentos núms. 4°, 5.0 y 6.", publicados con aquélla en mi primer artículo. Dice así :

«En la Villa de madrid A veinte y ocho dias del mes de agosto de mili y seiscis.º y ocho años ante mi el escrivano ppu.oo y ts.º de yuso escritos parecieron presentes Los Señores juan de urbina secretario de los serenísimos príncipes de saboya y miguel de Cerbantes sahabedra rresidente en esta corte de la una parte y de la otra el señor Luis de molina Vz.º de la ciudad de cuenca rresidente anssimismo en esta corte y ambas las dichas partes dixeron que por quanto mediante La gracia y vendicion de dios nros.r está tratado y consertado que el dicho Luis de molina seaya de cassar y velar yn facie eclesie como lo manda el santo con Cilio de trento con la señora doña ysabel de serbantes y sahabedra biuda muger que fue de don diego sanz HIJA LEGÍTIMA del dicho señor miguel de Cerbantes, etc

Y si era legítima, como se expresa en la irrecusable y auténtica escritura que acabo de extractar, y que en extenso se copia en mi primer articulo con el núm. 2, ¿quién fue la madre de Dª Isabel?

Fuente: Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional

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