miércoles

EL SUEÑO DE ESPRONCEDA

Por Ricardo Hernández Megías

Sé que voy a morir. Llevo postrado en la cama de mi humilde vivienda en la calle de la Greda nº 19, de Madrid, más de cuatro jornadas y presiento que hoy será mi último día en esta tierra a la que he amado con todas mis fuerzas y a la que he servido con la convicción de un poseso de su libertad. Pero ahora ya es tarde y todo queda muy lejano en mi memoria. Mi respiración está descompuesta y aunque mis amigos han costeado a los mejores médicos de la capital, el aire, ese aire limpio y perfumado madrileño que tantas veces he respirado por sus calles, sus plazas, sus románticos jardines, hoy entra en mis pulmones como si fueran afilados cristales que me desgarran por dentro. No puedo respirar y siento en mi garganta como una argolla de hierro candente que me va estrangulando poco a poco. Viendo mi estado, me viene a la memoria la escena del ajusticiamiento de un pobre diablo, allá por mi primera juventud, en que fue condenado al “garrote vil” en la Plaza de la Cebada de Madrid. Cuando el verdugo fue atornillando la argolla que aprisionaba su garganta, más que el terrible dolor físico del pobre individuo atado e indefenso en su potro de tortura, lo que recuerdo son sus ansias por absorber un poco de aire para sus pulmones. Siempre lo recordé como una afrenta a la dignidad del hombre, por muy perverso que éste fuera; siempre luché, tanto en las trincheras como en el Parlamento, para eliminar esta forma salvaje de hacer “justicia”, y ahora que yo me encuentro en una situación muy parecida, vuelve de nuevo a mi memoria lo terrible de la escena vivida.


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