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La edad de oro de los filibusteros

Por María Lara Martínez

La piratería ha sido un fenómeno de todas las épocas y todas las latitudes, pero fue América, y sobre todo el mar Caribe, la zona que durante el siglo XVII y principios del XVIII se convirtió en tierra de promisión para los piratas. Desde el siglo XVI empezaron a actuar allí numerosos corsarios, marinos como Drake o Morgan, que contaban con una patente de corso concedida por un monarca enemigo de España para asaltar barcos e incluso ciudades hispanas. A mediados del siglo XVII surgieron los llamados bucaneros y filibusteros. Los primeros eran aventureros que se instalaron en la región deshabitada de La Española, donde se alimentaban de carne de ganado cimarrón que ahumaban mediante un método indígena llamado bucon. En las décadas centrales del siglo XVII se lanzaron a la piratería, al igual que los filibusteros, término derivado del holandés vrijbuitcr, «que toma botín libremente».
Pero fue a principios del siglo XVIII cuando el Caribe vivió su particular «edad de oro» de la piratería; un período corto, de unos pocos años, durante el cual unos centenares de piratas -en total, tal vez unos 4.000- sembraron el terror entre los mercaderes que surcaban las aguas caribeñas. Este auge de la piratería se explica en gran medida por la coyuntura que siguió al fin de la guerra de Sucesión española, en 1715, que dejó a muchos marinos desocupados, entre ellos numerosos corsarios que habían colaborado con la armada británica, quienes no dudaron en convertirse en auténticos piratas. Además, se sabe mucho más sobre los piratas entre los años 1715-1725 que sobre los de ningún otro período gracias, entre otras fuentes, a la historia de los más famosos piratas publicada en 1724 por el capitán Charles Johnson (según algunos autores, seudónimo de Daniel Defoe, autor de Robinson Crusoe). La documentación de archivo también proporciona abundante información sobre el tema en esos años. La correspondencia, los informes coloniales y navales, las declaraciones de antiguos prisioneros de los piratas y las crónicas periodísticas nos transmiten interesantes datos para reconstruir la realidad de la vida de los piratas en esa época.

LA VIDA A BORDO DE UN BARCO PIRATA
Casi todos los piratas eran marinos que habían servido en barcos mercantes o incluso en las armadas reales. Decidían convertirse en filibusteros al encontrarse de repente sin ocupación o para huir de las terribles condiciones de vida a bordo de los navios, donde recibían salarios muy bajos y sufrían a menudo un trato tiránico por parte de los capitanes. El salto a la piratería se daba a veces después de un motín o al ser capturado por piratas, en cuyas tripulaciones muchos se enrolaban voluntariamente y otros a la fuerza.
Casi todos los piratas eran jóvenes. A principios del siglo XVIII, su media de edad era de 27 años, igual que la registrada entre los marinos mercantes y entre los marineros de la armada británica. Por su dureza, el oficio requería salud, fuerza física y resistencia, de ahí que la juventud fuera un elemento importante. Casi todos los piratas estaban solteros, pues la mayoría de capitanes piratas preferían contar con tripulantes que no estuvieran casados a fin de que no se vieran impulsados a desertar por motivos familiares. Se estima que entre 1716 y 1726 sólo hubo un cuatro por ciento de piratas casados.
Por otra parte, los piratas no lo eran para toda la vida. Aparte de los que fueron capturados y ejecutados por las autoridades, muchos decidían renunciar a esta actividad al cabo de unos años, una vez habían reunido un botín que les permitiera retirarse. Durante las travesías, algunos piratas abandonaron la vida aventurera para sentar la cabeza. Por ejemplo, tras hacer escala por reparaciones, Howell Davis dejó en Cabo Verde a cinco tripulantes que se enamoraron de lugareñas. Asimismo, en 1709,47 mujeres, esposas y demás familiares de piratas y bucaneros de Madagascar enviaron a la reina Ana de Inglaterra una petición de amnistía.
Cualquier lugar era bueno para que los piratas se refugiaran y repararan sus barcos, y las costas del Caribe ofrecían numerosas calas recónditas e islas deshabitadas perfectas para ello. Pero existieron auténticos nidos de piratas, dotados con un puerto o fondeadero más amplio, que permitían a los cabecillas reclutar a sus hombres y, a la vuelta de una expedición, derrochar el botín. A mediados del siglo XVII desempeñó esta función la isla de Tortuga, al norte de La Española, a la que sucedió Kingston, principal puerto de Jamaica, hasta que un terremoto la devastó en 1692. Pero en la edad de oro de los piratas, el gran centro corsario fue una isla de las Bahamas, Nueva Providencia, y su puerto de Nassau. Allí se formó una auténtica «república de piratas» que logró expulsar al gobernador inglés y nutrió las expediciones de los grandes corsarios de esos años: Hornigold Vane, Calicó Jack, Bellamy, Barbanegra, Bartholomew Roberts...

Aquí pueden leer el artículo completo publicado por
National Geographic, Nº 62


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