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El yobel calceatense y otras reliquias numinosas


Iván Vélez

La presencia en los templos católicos de cuernos, ya sea en forma de yobel o integrados en la media luna que se sitúa a los pies de las vírgenes, da cuenta de la particular y potente racionalidad inherente al catolicismo, expresada a través de cuerpos, frente al espiritualismo incorpóreo mahometano o protestante


El día 22 de abril de 2009, tuvo lugar en el Centro Riojano de Madrid la conferencia titulada «Santo Domingo de la Calzada en el 900 aniversario de su muerte y Año Jubilar», acto que corrió a cargo del clérigo Francisco Suárez y del filósofo Gustavo Bueno Sánchez. En dicho evento, centrado en la vida y obra del santo, se hizo una breve alusión al yobel que se conserva en la catedral de dicha ciudad. El presente artículo pretende someter a análisis esta y otras reliquias de origen animal desde las posiciones propias del Materialismo Filosófico, sistema fundado por un ilustre calceatense: Gustavo Bueno Martínez.

La palabra hebrea «yobel», designa la trompeta con que se anuncian los años jubilares, siendo éste un instrumento musical confeccionado originariamente con el cuerno de un morueco o yobel, vocablo que, por metonimia, acabaría sirviendo para dar nombre a una institución objetual mucho más refinada en su manufactura, y de la cual el de Santo Domingo de la Calzada, constituye un excelente ejemplo.

El año jubilar, celebrado en su origen por los judíos, acarreaba numerosas acciones que tenían por objeto la regeneración del orden existente, a costa incluso de hacer tabla rasa con lo anterior. En este sentido, puede citarse el hecho de dejar en barbecho las tierras como imagen agrícola del regeneracionismo antes aludido. Pero si esta acción era importante, máxime teniendo en cuenta la gran dependencia que aquella sociedad tenía con respecto a la agricultura, relación que según nuestras coordenadas es propia del eje radial del espacio antropológico, el conformado por las relaciones entre hombres y objetos inanimados; el año jubilar también contemplaba la restitución de las tierras a sus antiguos propietarios, la liquidación de deudas, o la liberación de esclavos –percibidos a menudo como animales–, operaciones todas ellas de carácter circular, es decir, establecidas entre unos hombres y otros.

La Iglesia Católica terminaría incorporando esta institución judía. Así, tras diversos ajustes llevados a cabo por los papas Bonifacio VIII y Clemente VI, los jubileos quedarían establecidos como celebraciones que cerraban intervalos de 25 años, siendo Jerusalén, Santiago de Compostela, Caravaca de la Cruz y Santo Toribio de Liébana –repárese en el origen español de tres de ellos–, los únicos lugares con potestad de celebrar Año Santo a perpetuidad. En el caso de Santo Domingo el jubileo que ahora se celebra es un hecho excepcional en el cual no sólo intervienen aspectos exclusivamente religiosos.

Pero regresemos al yobel, para lo cual expondremos de forma somera las líneas maestras de la filosofía de la religión a la que nos acogemos. El Materialismo Filosófico distingue entre un núcleo, un curso y un cuerpo de la religión. El núcleo originario lo constituirían los númenes animales, por tanto, corpóreos y dotados de voluntad, con los que el hombre se relacionaría. Tras la domesticación de los animales, o en el caso de algunas fieras, su exterminio, los númenes se proyectarían sobre la bóveda celeste en forma de zoo-diaco o darían lugar a los dioses zoomorfos representativos de la segunda fase de la religión. Finalmente, tras llegar a la etapa final del curso religioso, encontraríamos a las religiones terciarias, de la cual el catolicismo es fiel exponente. Religiones que incorporan en su cuerpo, componentes filosóficos a menudo de la mano de la Teología, pero que a su vez mantienen materiales anteriores tales como el yobel del que estamos tratando.
A la luz de lo expuesto, ¿cómo cabe analizar el cuerno o yobel que se halla en la Catedral de Santo Domingo de la Calzada? La respuesta nos la da la Teoría de la Historia fenoménica también debida a Gustavo Bueno. Así, la Historia, y el catolicismo es una religión histórica al margen de otras muchas caracterizaciones, sólo podría construirse mediante el concurso de reliquias y relatos{2}. En efecto, la religión que ha servido para erigir la propia ciudad riojana, es pródiga en el uso de reliquias de santos y, ni que decir tiene, en relatos, no en vano es una de las religiones «del libro». Hasta tal punto fueron importantes las reliquias, que para albergar éstas y facilitar su veneración por parte de los fieles sin interferir en el culto, surgieron espacios específicos para su contemplación, las girolas en las cabeceras de las catedrales, e incluso propiciarían la traza del Camino de Santiago, si se entiende como reliquia el supuesto sepulcro «hallado» en tierras gallegas .
El yobel calceatense, por lo tanto, puede definirse como una reliquia en la que perduran componentes numinosos, pues no en vano es una parte formal de un animal que ha sobrevivido a la putrefacción. Un fetiche, en suma, que conecta al catolicismo con su «verdad» originaria, de la cual tardaría en desprenderse, como nos recuerda el Libro, la Biblia, en el episodio que recoge la historia de Aarón y el becerro de oro –¿acaso un regreso al culto al buey Apis?– que Moisés destruiría tras recoger en el Monte Sinaí las Tablas de la Ley entregadas por un dios que carece ya de pezuñas y cuernos, cerrando así este episodio de idolatría, de religión secundaria según nuestras coordenadas, para dirigir al pueblo elegido hacia el estado terciario de la religión.

Sea como fuere, lo cierto es que los astados, ya sean éstos carneros, pero especialmente el toros, en su doble condición de animales numinosos y de bestias domésticas, han acompañado al hombre desde hace milenios formando parte de ceremonias de todo tipo, ya sea como animal vivo o a través de algunas de las partes formales que no desaparecen tras su muerte.

Por lo que se refiere a la participación ceremonial del toro en tanto que animal vivo, su presencia ha llegado hasta nuestros días por diversos cauces. Muchas de ellas ya están desaparecidas, tal es el caso del taurobolio, sacrificio del toro con fines sanadores dedicado a la diosa Cibeles que daría lugar a la construcción de edificios dedicados a tales ceremonias como es el caso de Santa Eulalia de Bóveda, en Lugo, posteriormente aprovechada como templo cristiano. Dejando atrás el taurobolio o incluso las más antiguas ceremonias cretenses, el ejemplo más evidente de institución con el toro por protagonista en la cual persisten vestigios religiosos, es obligado referirse a la tauromaquia, estudiada con brillantez por Alfonso Fernández Tresguerres en su libro Los dioses olvidados. Caza, toros y filosofía de la religión (Pentalfa, Oviedo 1993). Por su parte, los bueyes, y aun a pesar de la facilidad con que se podrían haber sustituido por vehículos de motor, continúan plenamente incorporados en romerías, concurso que se sostiene en gran medida debido a su percepción como animales que en modo alguno son máquinas.

Pasemos ahora al uso de las astas percibidas fundamentalmente como soporte material para elaboración de instituciones objetuales. Podemos comenzar por referirnos a las diversas venus talladas en cuernos, huesos o colmillos, e incluso, como veremos, venus que manipulan cuernos. Estas representaciones figurativas, las suponemos incorporadas a rituales mágicos que operarán sobre la «Naturaleza» o sobre los hombres que circundan al mago, con la «fertilidad» como común objetivo de la manipulación de las tallas. Una breve enumeración de estas venus, podría comenzar con la que hasta la fecha es la figura humana más antigua conocida, datada en unos 35.000 años. Se trata de una mujer tallada en marfil de mamut con sus atributos sexuales sobredimensionados que mide apenas 60 milímetros, descubierta recientemente en la cueva alemana de Höhle Fels. Podríamos continuar nuestra serie citando la Venus de Tarte, tallada en asta de reno durante el Magdaleniense. El uso de los cuernos para la confección de estas venus y otros objetos –recipientes, instrumentos musicales &c.– es antiquísimo, prueba de ello es la llamada Venus de Laussel que, realizada en piedra caliza, sostiene en su mano un cuerno de bisonte. Según sostienen los estudiosos de esta reliquia, el cuerno sería una cornucopia, un cuerno de la abundancia.

Desligándose de aspectos religiosos, los cuernos, pasarán a ser percibidos como simple material equiparable a la madera o la piedra, un material que, no obstante, ofrece características tan específicas como su propia forma, cualidad que lo sitúa en el origen de diversos instrumentos musicales. En este sentido podemos citar rudimentarios instrumentos populares que han llegado hasta nuestros días, como la chifla de Campoo, o diversas gaitas confeccionadas con el citado material. No hemos de olvidar, por otro lado, el uso de cuernos como reclamo para la caza, o el empleo de los mismos en una institución rural castellana, la dula, consistente en la reunión de las caballerías de varios propietarios, de los cuales se hace cargo un mozo contratado al efecto, el dulero, que toca su cuerno para reunir a las bestias en el terreno comunal denominado ejido. De este modo dichos cuernos, que mantendrán dicho nombre aun cuando se vean sustituidos por caracolas, al involucrar en su uso a animales domésticos o salvajes, reintroducen el eje angular a nuestro análisis.

Pero regresemos a Santo Domingo de la Calzada. El yobel que, junto al gallo y las gallinas, se custodian en dicho templo, son reliquias conectadas tanto con el origen «animal» de la religión católica, cuanto con los milagros que se atribuyen al fundador de la ciudad. Unos milagros que no son exclusivos de esta ciudad, sino que, muy al contrario, forman parte del cuerpo de la religión terciaria que es el catolicismo. En el caso de los milagros atribuidos al santo tanto en vida como tras su óbito, Gustavo Bueno ha elaborado una precisa clasificación en su artículo «Los milagros de Santo Domingo»{3}. En dicho trabajo, el filósofo distingue entre milagros materiales y formales, siendo así que los milagros «realizados» por Santo Domingo serían de tipo material, o dicho en palabras del propio Bueno, se trata de milagros «cinematográficos»{4}. Dichos milagros también se ordenarán en relación con los tres ejes del espacio antropológico.

Dejaremos en este punto La Rioja para, siguiendo un camino análogo al abierto por Bueno, tratar otros «asunto de cuernos».

Como dijimos, la casuística milagrosa es inabarcable, por lo que habremos de optar por algún conjunto de milagros que graviten en torno a algún santo o virgen que sirva a nuestros propósitos. De este modo, nos decantaremos por los milagros descritos por don Francisco Antonio Fuero, cura nacido en el pueblo conquense de Cañizares, dentro de una potente saga eclesiástica, quien en 1765 publicó el libro titulado: Breve noticia del aparecimiento de María Santísima de Los Hoyos, y situación de Ercávica sobre la Hoz de Peñaescrita en la ribera del río Guadiela{5}. En el volumen impreso en Universidad de Alcalá de Henares, el religioso, además de polemizar con otros autores sobre la localización de la ciudad romana de Ercávica y otros episodios de la Historia de España, relata cómo la imagen de la virgen que en el siglo noveno enterrara el obispo Sebastián de Ercávica, en su huida a Galicia por causa de la invasión islámica, es descubierta por una joven vaquera llamada Polonia enterrada junto a una campana que habría de tañer en la espadaña de la ermita que en aquel sitio erigieron los fieles para venerar la recobrada talla.

Lo narrado por Fuero recuerda otras muchas leyendas que involucran a bueyes o toros, como la localizada en Cabezón de la Sal, según la cual, una imagen de la virgen fue descubierta por los cuernos de un toro cuando se disponía a beber agua en un bebedero. Por citar otro ejemplo, podemos referirnos al caso del municipio cordobés de Encinas Reales, que debe el levantamiento de su templo al hecho de que los bueyes que transportaba la imagen de un Ecce homo, se detuvieron, sin poder avanzar, hasta quebrarse las patas en su esfuerzo, en el punto en que hoy se alza la iglesia.

El relato narrado por Antonio Fuero es de carácter arquetípico, y se adecua a la costumbre de enterrar imágenes sagradas, tanto de vírgenes, como de crucifijos o santos. Tales enterramientos eran norma habitual para aquellas tallas que se habían quedado «anticuadas» con el paso del tiempo y que habían sido sustituidas por otras más acordes con el gusto artístico de épocas posteriores, por lo que aquéllas se emparedaban o enterraban. No se podían destruir, ni mucho menos arrojar al fuego, por eso se optaba por esas alternativas para hacerlas desaparecer. Prueba de esta práctica es el hecho de que hoy, al realizar obras en los templos, no es extraño encontrar piezas de este tipo ocultas bajo el pavimento, o al vaciar algún arco o ventana e incluso detrás de algún retablo. En el caso que nos ocupa, la cuestión de la imagen enterrada ofrece numerosas y fundadas dudas, pues la huida del Obispo de Ercávica se produjo en el siglo IX, por lo que su viaje se inscribe en el período de las fuertes reacciones iconoclastas inauguradas por León III de Bizancio. Al margen de esto, hemos de añadir que las primeras imágenes de vírgenes que se conservan son posteriores a esta fecha, siendo la figura del Salvador, heredera del Pantocrator acompañado del tetramorfo, la más frecuente en la época en que suceden los hechos que narra Fuero. Por último, según la documentación estudiada por el propio cura de Azañón, la primera imagen venerada dataría del 1389, año en que es encontrada en las ruinas de Ercávica, es decir, cuatrocientos años más tarde de la huida de Sebastián, dato que posibilitaría su condición de talla románica o gótica.

Sea como fuere, lo que nos interesa es hablar de los milagros atribuidos a la Virgen de los Hoyos, milagros que, por de pronto, se diferencian de los del santo riojano en que la Virgen no los realizaría «directamente», como ocurrió con las sanaciones y resurrecciones debidas a los «poderes» de Santo Domingo. En el citado libro, el clérigo que oficiaría en la villa de Azañón, da fe de multitud de milagros que podríamos clasificar como milagros materiales si atendemos a los criterios empleados por Bueno. Ante la invocación de la Virgen de Los Hoyos, los ciegos vuelven a ver, los tullidos recuperan la verticalidad y las fuerzas, los males de ojo son anulados, se producen curaciones de ultramar, incluso sanan los animales, brutos los llama Fuero, en claro paralelismo con la terminología empleada por Feijoo, de quien el de Cañizares fue un ávido lector. Así lo narra el cura conquense:

«Es cosa maravillosa por el concurso de gente, que viene a esta Santa Casa de los Hoyos, y quantos sana de enfermedades terribles, unos en sus tierras encomendándose antes que vengan, otros viniendo, en el campo otros, estando en esta Santa Casa otros; otros bolviendose tocados con la Santa Imagen, que en esta Iglesia con tanta veneracion está; otros con llevarles algunas cosas tocadas á Nuestra Señora á los enfermos. Dios que los obra por intercesion de su gloriosa Madre, sabe bien estas maravillas; y tantos quebrados sanos, y desvencijados niños, y niñas, mozos, y á hombres viejos, y muchachos de mal de corazon, hombres, y mugeres, especialmente siendoles tocados con la Santa Imagen en el corazon es como red abarredera en esta enfermedad; y mugeres sanas de sangre lluvia, de perlesía, de locura, de falta de vista, de sordera, de manquéz de manos, y tullicion de pies, de quartanas, tercianas, y de otras muchas enfermedades...»{6}

Conseguida la increíble curación, los feligreses, agradecidos, no dudan en ofrecerle a la Señora las penitencias prometidas, o los bienes ofrecidos en momentos tan delicados. Entre los exvotos de cera –reproducciones de extremidades fundamentalmente– muletas y aparatos ortopédicos que se ubican el altar, destacó, hasta hace escasas décadas la presencia de una reliquia numinosa, un reptil disecado del que nos ocuparemos más adelante. Es interesante, por otro lado, detenernos, parafraseando a Bueno, en la mayor «descarga» de milagros acaecidos con la ermita y la Virgen como epicentro. Volvamos al libro:

«Casi todos los milagros autenticados en la referida forma sucedieron por los años de 1560 hasta el 1583 y despues acá no se han experimentado tan singulares, y frequentes. El necio, y preocupado vulgo está persuadido, a que Maria Santissima de los Hoyos no hace tantos prodigios despues que dieron nueva encarnación los Pintores al sagrado rostro de su Imagen, pero á mi me parece que por dos razones, que no subsisten al tiempo presente obró Dios Nuestro Señor por medio de este antiguo, y adorable Simulacro de su Madre Santissima tantos portentos, y maravillas en los referidos años, en que era de mayor necesidad el uso de los milagros.»{7}

Mientras que el vulgo, atribuiría la ausencia de milagros a la falta de «eficacia» de la nueva imagen, estableciendo una férrea relación fetichista entre la figura y los milagros, Fuero ve en dichas muestras externas del poder ultraterreno, una réplica, «por la vía de los hechos milagrosos», al auge logrado por los reformistas, que habrían puesto a la católica España en su punto de mira. Demos de nuevo la palabra a Antonio Fuero:

«Concluido el Concilio de Trento en el año de 1563, y condenados los errores de Lutero, y de Calvino, empezaron sus sectarios con el mayor esfuerzo á propagar sus malditos dogmas que hicieron infelicismo este siglo, infestando la Ingalaterra, Olanda, Dinamarca, Suecia, y la mayor parte de Alemania: Negaron estos perfidos heresiarcas el culto de las Sagradas Imagenes, como el que dios obre Milagros por la veneración que los Catholicos con humildad, y rendimiento les tributan; y era de temer se extendiese á nuestra Hespaña tan pestilente doctrina, yá por estár dominante en gran parte de la Europa, y yá por el esfuerzo que los mismos Hereges hicieron para introducirla con varios Libros, segun refiere el Padre Famiano Estrada: pero se opuso Maria Santissima como Maestra de la verdad a la incredulidad temeraria de estos Hereges, no permitiendo que á su amada Hespaña contaminase la heregía, que como negaba este monstruo la existencia, y certidumbre de los milagros, quiso el poder divino obrarlos en copioso numero por invocacion y culto de la Imagen de Maria Santissima de los Hoyos. Cómo á vista de esto se dexarian engañar los Hespañoles, viendo, y experimentado por sí mismos, lo que negaban los impios Luteranos? Ni como havian de contestár los Fieles el desprecio de las Santissimas Imagenes, experimentando en su veneracion estupendos prodigios?»{8}

Al margen de los diversos milagros, como se puede apreciar, en torno a la Santa Casa de los Hoyos, se celebraban muchas y diversas ceremonias, con la romería que ha perdurado hasta hoy como acontecimiento cumbre. Entre estas celebraciones, Fuero no se resiste, para reprobarlas, a citar las comedias allí representadas –arte fuertemente ligado al catolicismo–, los bailes, e incluso, los toros que en sus aledaños se lidiaban, volviendo de este modo a aflorar, siempre según nuestras coordenadas, componentes de la religión primaria.

A la narración dada a la imprenta por Antonio Fuero, y al margen de la obra de teatro escrita también en el siglo XVIII por Julián Manzano del Pino bajo el título: El asombro de la tierra, en milagros y devotos: Nuestra Señora de los Hoyos, se superpondría posteriormente otro relato, en este caso de carácter oral. La leyenda popular, que por los datos que aporta, y por no figurar en la obra del erudito párroco cañizariego, podría situarse en el siglo XIX, dice que un pastor de la zona domesticó a un lagarto –hecho por lo demás nada extraordinario pues el que esto escribe ha sido testigo de cómo estos reptiles llegan incluso a comer de la mano del hombre– en el monte. Dicho pastor tuvo que marchar a la guerra –no se especifica cuál– y al regresar, tras llamar al lagarto, éste acudió convertido en un reptil de grandes proporciones que intentó atacar a su otrora protector. El muchacho, aterrorizado, corrió hacia la ermita invocando a la Virgen, y ésta, aplastó al lagarto cerrando de golpe las puertas de la ermita al paso de éste.

Lo interesante de este popular milagro es que tuvo un correlato físico que sobrevivió hasta hace unas décadas en el altar de la citada ermita. Se trataba, al parecer de un reptil disecado, si bien otros, más escépticos, rebajando así el nivel de adecuación entre reliquia y relato, dicen que en realidad era una figura artificial que representaba a un saurio. En definitiva, al margen de su «fidelidad» y adecuación con el modelo que protagoniza la leyenda, lo que se exhibió en la ermita fue otra reliquia numinosa. Dado que Fuero habla de milagros de ultramar, bien pudiera ser que el animal disecado o una representación realista del mismo, fuera allí enviada por algún indiano.

Junto a los exvotos aludidos, la figura central del templo es la Virgen de los Hoyos. La imagen que allí se venera, porta en sus manos al Niño y su cabeza está coronada bajo un nimbo de estrellas en el que se inserta una paloma que simboliza al Espíritu Santo. A sus pies se halla una media luna en cuarto creciente, resultando ser una composición que encaja a la perfección con la cita que el evangelista S. Juan hace en el capítulo 12 del Libro del Apocalipsis:

«Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.»

Será de nuevo uno de los atributos simbólicos de la Virgen, lo que nos permita recorrer, en el sentido inverso, las diversas fases de la religión. Nos estamos refiriendo a la media luna que se posa sobre sus ropajes. Este símbolo, que algunos exegetas relacionan con san Juan Bautista y otros con el Islam derrotado por la Cristiandad –una cristiandad, en cualquier caso, hispana– permite una interpretación diferente a las citadas. La luna nos pondrá de nuevo en contacto con las astas de los toros. Una vez más habremos de recurrir a Gustavo Bueno, en concreto a su magna obra. En el cuarto todo de su Teoría del Cierre Categorial, en un contexto en el que se refiere a la separación de las identificaciones fenoménicas, el riojano recurre a un ejemplo de gran utilidad para nuestra argumentación:

«El Sol de identificará con el fuego, por semejanza que su calor y su luz presentan con el calor y luz de una hoguera, de la misma manera que, en épocas anteriores, los cuernos de la Luna se identificaban con los cuernos de la vaca Athor o del toro Mitra.»{9}

Esta identificación nos situará ya en la fase secundaria de la religión. Los cuernos de la luna darían cuenta del paso del numen físico, el toro, a su proyección en los cuerpos celestes, en el zoodiaco, una proyección de las astas del toro que, por otro lado, sigue un proceso similar al establecido entre la bóveda arquitectónica, y su análoga en el cielo visible.

Interpuestos entre la Luna y la Virgen cristina, habremos de citar a deidades femeninas que presentan iconografías muy similares a las actuales. Entre ellas cabe destacar a la diosa Isis, diosa de la maternidad, representada con cuernos y un disco solar entre ellos, cuyo culto también se dio en España hasta el punto de que ciertas vírgenes negras podrían ser directamente representaciones de dicha deidad adaptadas al cristianismo hispano. En este sentido, la «aparición» de muchas tallas no sería sino la recuperación de imágenes de Isis reutilizadas en el nuevo culto.

Finalizamos. La presencia en los templos católicos de cuernos, ya sea en forma de yobel o integrados en la media luna que se sitúa a los pies de las vírgenes, da cuenta de la particular y potente racionalidad inherente al catolicismo, expresada a través de cuerpos, frente al espiritualismo incorpóreo mahometano o protestante. A nuestro juicio, este es un motivo más que suficiente para conservar dichos vestigios de religiosidades pretéritas. Vaya desde aquí nuestra felicitación a los clérigos riojanos por el mantenimiento de esta reliquia numinosa dentro del templo calceatense, hecho que permite que el yobel siga formando parte del cuerpo de la religión. Sacar del templo al yobel, desacralizarlo, supondría enfrentar a esta reliquia, en tanto que fetiche, con otros fetiches artísticos que, al calor del Mito de la Cultura, anegan los museos y son contemplados con la misma veneración que un católico admira una crucifixión, como podemos comprobar, por ejemplo, al leer a Juan-Eduardo Cirlot, quien en el capítulo titulado «Concepto mágico del objeto», que forma parte de su libro El mundo del objeto a la luz del surrealismo, afirma lo siguiente:

«Al lado del «conocimiento técnico» del objeto (que lo estudia según su función), del estético, (que se ocupa de su belleza y perfección formal), del «físico» (que trata de las condiciones relacionadas con el objeto, como cuerpo en el espacio y como materia dotada de ciertas propiedades) y, añadiríamos, del «sentimental», que prescinde de todo lo anterior, para atender sólo a relaciones extraobjetivas que dependen de conyunturas externas y personales, hay el concepto «mágico» del objeto. La cosa es, a su luz, considerada como un receptáculo de fuerzas universales, como un centro que irradia poderío místico.»{10}

Tras la lectura de estas líneas debidas a la pluma del insigne crítico de arte barcelonés, cabe plantearse hasta qué punto una serie de movimientos artísticos nacidos tras la llamada «inversión teológica», y al amparo de sociedades no católicas, han conducido a la sacralización de objetos banales y descontextualizados tras los cuales no se halla ni la embestida animal ni el dios trinitario, sino, a menudo, el capricho de un demiurgo autosatisfecho que trabaja para un público igualmente complacido que circula en días festivos por las nuevas girolas artísticas y devora, con anhelos eucarísticos, las sagradas escrituras de comisarios y críticos.

Notas
{1} El presente trabajo resulta de la ampliación de un artículo titulado «El yobel calceatense, una reliquia numinosa», publicado en el nº4, correspondiente a junio de 2009, de la revista Rioja abierta, editada por el Centro Riojano de Madrid.
{2} Consúltese «Reliquias y relatos: construcción del concepto de ‘historia fenoménica’», (El Basilisco, 1ª época, nº 1, 1978, páginas 5-16), disponible en http://www.fgbueno.es/bas/bas10101.htm
{4} Para ahondar en estas cuestiones recomendamos la lectura del artículo de Gustavo Bueno titulado «¿Qué significa cine religioso?» (El Basilisco, 2ª época, nº 15, 1993, pág. 15-28), disponible además en: http://www.filosofia.org/rev/bas/bas21502.htm
{5} En adelante nos serviremos de una edición facsímil de esta obra realizada en el municipio conquense de Priego, accesible en el Convento de San Miguel de las Victorias, construido en conmemoración de la Batalla de Lepanto.
{6} Op. cit., pág. 19.
{7} Ibid., págs. 21-22.
{8} Ibid., pág. 22-23.
{9} TCC, tomo 4, pág. 1085.
{10} El mundo del objeto a la luz del surrealismo, Anthropos, Barcelona 1986.

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