lunes

Eflorescencias

Eflorescencias


El sol estival traspasó suavemente las cortinas de la habitación de Teresa. La anciana, todavía acostada, vio retroceder las sombras y percibió una nueva luminosidad en los objetos que le rodeaban. Un ruido de pasos, procedente del pasillo, penetró en sus oídos. El par de zuecos blancos, cesó su taconeo y se detuvo tras la puerta. Tras una pausa silenciosa, el picaporte giró y la puerta dejó ver el uniforme impoluto de la enfermera.

-Buenos días, Teresa ¿Qué tal ha pasado la noche?- dijo estirando las eses.

La mujer, como escondida bajo la sábana, leyó la tarjeta plastificada que colgaba del bolsillo de la enfermera: Amalia.

- Muy bien, gracias - respondió sin dejar de observar hasta el más nimio detalle de su entorno.

La enfermera, tras dejar la bandeja sobre el regazo de la anciana, comenzó a organizar la alcoba mientras ésta desayunaba distraída.
Ese fue el primer destello de su recién recuperada lucidez. Postrada en la clínica, sin que sus hijos, por causas laborales y conyugales, pudieran atenderla, la habían recluido en ese antiguo edificio apartado de la ciudad y rodeado de jardines, como una isla de mansedumbre que resistía al ruido de la cercana autovía. Como ella, decenas de ancianos, esperaban la muerte cuidados por enfermeras y médicos, recibiendo la visita de los familiares los fines de semana, cuando la rutina laboral se fracturaba para dar paso al ocio. Así, cada siete días, Teresa veía a sus dos hijos, a sus dos nueras, a sus tres nietos. Siete caras a menudo sin nombre, que se esforzaban en definirse frente a ella, a menudo confundidas por Teresa con sus hermanos, con sus vecinos o conocidos. El recuerdo, cuando lo hacía, afloraba agónico y doloroso.
La doctora Rodríguez fue la primera en darse cuenta del giro inesperado que había tomado la enfermedad de Amalia. Fue antes de la hora de la comida, cuando le practicó su reconocimiento diario. Esta vez no tuvo que recordarle que se llamaba Rocío, pues la vieja la llamó así nada más verla aparecer por la puerta con un estetoscopio por collar.
Tras la sorpresa inicial, un científico escepticismo se apoderó de la doctora Rodríguez. Era preciso cerciorarse de que la extraña recuperación era real.
En primer lugar, comenzó a interrogar a Teresa acerca de lo más inmediato: ¿qué había cenado la noche anterior?¿qué día era hoy?¿qué edad tenía?¿dónde había nacido?
Las respuestas, una a una, fueron cayendo, seguras y precisas. Incluso, al contestar, Teresa mostró en su rostro una mezcla de estupor y hastío. Todo aquello le parecía ridículo, sin embargo, la distancia que siempre había tenido hacia las batas blancas, hizo que se mostrara dócil.
Tras esta primera exploración, Rocío fue ahondando en el recuerdo. De un pasado que se mezclaba con el presente, se trasladó hacia la memoria más remota. Así, Teresa fue rescatando el año de su boda, acompañado de minuciosos detalles, después recuperó el nombre de sus compañeras de escuela, el bullicio del aula, los gritos del patio, más tarde, recreó el rostro blanco de su abuela Leonor, y sus manos, serpenteadas de venas amoratadas en contraste con la filigrana del ganchillo que esos mismos dedos tejían incansables.
Cuando la puerta de la habitación se cerró a la espalda de la doctora Rodríguez, una multitud de dudas, mezcladas con los nombres de los más reputados autores, se agolparon en su mente. Esa noche, algunas hipótesis se fueron modelando mientras cogía el sueño.
Al día siguiente, sin embargo, la realidad, obstinada, terminó por imponerse. La recuperación de Teresa, parecía total. Rocío Rodríguez, desde la ventana de su despacho, vio a la vieja cortar algunas flores de los pequeños parterres que bordeaban el patio sobre cuya arena, algunas sillas de ruedas dejaban dos suaves surcos a su paso.
La visita que a media mañana le practicó, terminó por despejar todas sus dudas. Teresa, consciente de que era jueves, preguntó si al día siguiente vendría alguno de sus hijos a visitarla. Después, la conversación fue pasando por diversos temas, con preguntas que la doctora iba intercalando a fin de seguir sondeando a la paciente.
A eso de las nueve de la mañana he subido el coche, dejando atrás la desgana de ver a mi madre atrapada por la enfermedad, rodeada de intactos recuerdos de un tiempo remoto, viejas y gastadas joyas, como esos insectos de otras eras que el ámbar ha conservado y se exhiben ahora en las vitrinas de los museos. Es insoportable el peso de saber que cuando llegue, tendré que presentarme y doblegar a una figura del pasado (¿quién será esta vez?, ¿su hermano?, ¿su padre?) hasta hacerme reconocer. Lorena no ha querido venir, ha utilizado a los niños como excusa. No le he reprochado nada.
Después de echar gasolina, he desayunado en la estación de servicio mientras hojeaba el periódico. El diario me guardaba una sorpresa. En una página interior, he visto una foto que nunca había contemplado, pero que me ha resultado extrañamente familiar. Se trataba de la imagen que ilustraba una noticia que daba cuenta de la atroz sequía que asola España. La foto mostraba una vieja torre de campanario que había emergido de un pantano seco. A su alrededor, una paisaje desértico, entre submarino y lunar. Se trataba, leí abajo, del oscense pantano de Mediano, que con sus aguas anegó el pueblo de mis padres, obligándoles a emigrar a la ciudad, y que ahora apenas tiene agua.
Terminado el café, he reemprendido el viaje. La calima, que poco a poco se va adueñando del asfalto, diluye la línea del horizonte hasta hacer flotar esa línea en que se tocan tierra y cielo.
Al llegar a la residencia, tras acreditarme, he pasado al despacho de la doctora Rocío Rodríguez, que me ha contado el extraño suceso. La recuperación de mi madre, rayana en lo milagroso, parece total, su memoria no tiene interrupciones y le permite viajar hacia sus recuerdos, entre el presente y el pasado, sin problemas. Después he pasado a su habitación.
Al verme, enseguida ha pronunciado mi nombre. Su rostro, antaño empañado y ausente, me ha parecido más fresco y espontáneo. Mientras me explicaba lo ocurrido durante la semana descendiendo a detalles minuciosos, he extraído del bolsillo un papel doblado. Se trataba del artículo.
Mientras lo desdoblaba con sus manos serpenteadas de venas traslúcidas, mi madre, emocionada e invadida por la nostalgia, ha comenzado a hablar de lo que hacían en esa época del año, de la siega y la trilla, de los bailes estivales, de sus padres y del mundo estático en el que, al ritmo de las estaciones, vivió durante su juventud. Después ha recorrido su árbol genealógico, rescatando nombres arcaicos y retorcidos parentescos. Yo la he escuchado absorto, evocando las imágenes que su relato iba confeccionando, he aspirado el humo de las chimeneas que el agua del pantano sumergiría más tarde, he escuchado las viejas canciones, he sentido el frescor de las alcobas enjalbegadas y el calor de las bestias en su esfuerzo mientras la tarde se precipitaba hacia su final. A eso de las ocho, me he despedido de ella, con la amarga certeza de que lo hacía para siempre.
Después he abandonado el viejo caserón despojado de barreras arquitectónicas en que se encierran retazos de vida y figuras sonámbulas. El coche, al arrancar, ha dejado una queja de neumáticos sobre la gravilla. Mientras el edificio empequeñecía en el retrovisor, he mirado de nuevo el recorte y lo he depositado con tristeza sobre el asiento de mi ausente esposa. Por la otra cara de la noticia, el parte meteorológico anuncia un frente nuboso.


Iván Vélez

No hay comentarios:

Las entradas mas visitadas en los últimos 30 días